
Como suele ser costumbre en mi despistada cabeza, ayer olvidé que la luna iba a mostrar, por un efecto óptico, un tamaño superior al habitual. Siempre siento curiosidad por estos fenómenos y siempre, también, se me olvida contemplarlos. Pero... Anoche, tras cerrar el libro y apagar la luz, me di la vuelta en la cama y me encontré con una luna ciertamente esplendorosa que me observaba al otro lado de la ventana abierta. Le sonreí como a la antigua amiga que es y le agradecí la visita, máxime si esta se produce cada 18 años. A saber donde andará uno dentro de dieciocho años... Me pregunté quienes de los que quiero la estarían mirando en aquel momento. Y le pregunté a ella, a la luna, apelando a su alma de cotilla, si podría darme noticias de quien deseo tenerlas. Mas la luna a la par que cotilla es discreta, y siempre guarda silencio. Intenté recordar qué demonios estaría haciendo yo hace 18 años. Ver la luna grandota no, pues me acordaría. Creo que la luna sonrió en aquel momento porque adivinaba que yo no sentía ni asomo de nostalgia del pasado. Sólo el presente vive. Quedé abrazado a la luna hermosísima que me regaló sueños de presente y sonrisas desconocidas y contradictorias.
El próximo fenómeno sideral será una lluvia de estrellas. Quizá algún alma piadosa me lleve de la mano a verla. Será la manera de que no se me olvide.