Semana Santa 1
Es la Semana Santa un momento propicio para el recogimiento y la meditación... siempre y cuando pueda hallarse un lugar lo suficientemente alejado del mundanal ruido. Para los desventurados urbanitas como el que suscribe, que no tenemos pueblo, esto suele antojarse aún más complejo. Las casas rurales se llenan de algarabía en este período vacacional. De los hoteles mejor no hablar. Para aislarse sólo queda el recurso de echarse al monte como un anacoreta, pero la práctica del trekking y los deportes de riesgo han convertido el intento en algo prácticamente imposible. Queda un método. Encerrarte en casa con el reloj guardado en el armario y desconectando todo tipo de enchufe, clavija, aparatejo y similar. Pero si vives en el centro siempre habrá desalmados que tocarán la bocina del coche, penitentes que tienen a bien procesionar bajo tu ventana, vecinos que en el paroxismo del aburrimiento ponen a todo volumen el último de Andy & Lucas.
Si yo sólo quería olvidarme del tiempo y meditar...
A pesar de todo, algo se ha podido hacer y en contados momentos me he quedado a solas con mi conciencia y honor pasándome factura de cosas sin importancia y elucubrando sobre el sexo de los ángeles, la Sábana Santa de Turín, la experiencia vital de los escarabajos peloteros o los misterios de la elaboración artesanal del aguardiente.
De momento tengo una cosa clara: El imbécil al que se le ocurrió materializar algo tan bello y abstracto como el tiempo, y dosificarlo en horas, debía estar en el más absoluto de los aburrimientos.
Comentario:
Uff me ha encantado. La frase final ha sido como la puntilla de los toros, el remate final... ains, me quito el sombrero. ¡Magnífico!