Marry me, Adam Green!
Live in Madrid, 04/05/08
Live in Madrid, 04/05/08
Con una semana de retraso, lo sé, pero más vale tarde que nunca. Además, estoy de exámenes, así que está todo más que justificado, ¿no?
Ya puede ser que tengas el peor de los días, que te hayan echado del curro, que te haya dejado tu novia/o y tus padres se encabronen contigo, yo qué sé, que se te muera el canario, que como vayas a un concierto de Adam Green la diversión está garantizada.

Fotografía cortesía de Anjali Knebworth . Yo, as usual, sin cámara. Bueno, también tengo excusa: Ulises está estropeada. Sniff.
Mi descubrimiento de hace dos años en el festival Summer Case (me compré todos sus discos hasta la fecha) actuaba en directo en la Sala Heineken de Madrid. Sala pequeñita y correctamente acondicionada. Pero que sea una sala de esas características no significa que se oiga bien. Cuando el neoyorquino saltó al escenario precedido de dos despampanantes negras de timbre gospeliano sonaban únicamente los acordes de “Festival Song” y digo sonaban únicamente porque sólo los intrumentos estaban por las nubes mientras que la imponente voz de crooner de Green se hizo difícil de escuchar en ese momento. Pero tal y como apuntó él más tarde le acompañaba la mejor banda de España (sic.) y el percance estuvo solucionado cuando comenzó a sonar “Morning After Midnight”, quinto corte de su nuevo y más producido álbum Sixes & Sevens y segunda canción a interpretar en la cálida noche.
La velada prometía música de la buena y espectáculo porque Green, además de ser un buen compositor e intérprete, es una auténtico payaso. Entiéndaseme con todo el cariño y respeto esto de payaso: es un showman. Todo el concierto estuvo chapurreando una especie de spanglish muy apañado, ya se sabe, confundiendo los géneros y españolizando vocablos anglosajones. Dando botes como un loco por las tablas. Tocando ahora la guitarra, ahora los bongos, ahora un xilófono. Tirándose por el escenario y por lo que no era escenario, haciendo apología de las drogas y el alcohol. Criticando el excesivo precio de las entradas… En fin, Adam Green al cien por cien.
El público –mayoritariamente femenino- se comunicaba con el músico neoyorquino a través de papelitos, al más puro estilo colegio de prepúberes. Escritos como “Get Nacked” protagonizaron más de un gag humorístico en la actuación. Después de haber escuchado la tierna y ñoña “Drowning Head First”, acompañado de una muchacha que presentó primero como su novia y después como una excelente cantante operística (y que más tarde estaba en el stand del merchandasing, chica multi-tasking, desde luego) pidió explicaciones sobre las obscenas notitas que le mandaban desde la pista. Ni corto ni perezoso subió a la chica que había escrito semejante cosa al escenario. Esta vez la niña elegida dio poco juego al músico. Si me pone a mí una Gibson al hombro, teniendo al lado a Adam Green haciendo su típico espectáculo vodevil, lo último que se me ocurriría es ponerme en cuclillas y quedarme parada (serían los nervios).
Acudió poco al repertorio de sus anteriores trabajos, pero no faltaron hits como “Bluebirds” (petición del público), “Jessica Simpson” o “Carolina” con la cual despidió dando las gracias al público madrileño por haber estado allí con ellos. Eché de menos “Nat King Cole”, pero estuvo en general todo genial.
Un espectáculo totalmente aconsejable para superar depresiones y estados existenciales grises. Adam Green bien se merece un altar (un par de altavoces, quiero decir) en más de una unidad de salud mental.
Ya puede ser que tengas el peor de los días, que te hayan echado del curro, que te haya dejado tu novia/o y tus padres se encabronen contigo, yo qué sé, que se te muera el canario, que como vayas a un concierto de Adam Green la diversión está garantizada.

Fotografía cortesía de Anjali Knebworth . Yo, as usual, sin cámara. Bueno, también tengo excusa: Ulises está estropeada. Sniff.
Mi descubrimiento de hace dos años en el festival Summer Case (me compré todos sus discos hasta la fecha) actuaba en directo en la Sala Heineken de Madrid. Sala pequeñita y correctamente acondicionada. Pero que sea una sala de esas características no significa que se oiga bien. Cuando el neoyorquino saltó al escenario precedido de dos despampanantes negras de timbre gospeliano sonaban únicamente los acordes de “Festival Song” y digo sonaban únicamente porque sólo los intrumentos estaban por las nubes mientras que la imponente voz de crooner de Green se hizo difícil de escuchar en ese momento. Pero tal y como apuntó él más tarde le acompañaba la mejor banda de España (sic.) y el percance estuvo solucionado cuando comenzó a sonar “Morning After Midnight”, quinto corte de su nuevo y más producido álbum Sixes & Sevens y segunda canción a interpretar en la cálida noche.
La velada prometía música de la buena y espectáculo porque Green, además de ser un buen compositor e intérprete, es una auténtico payaso. Entiéndaseme con todo el cariño y respeto esto de payaso: es un showman. Todo el concierto estuvo chapurreando una especie de spanglish muy apañado, ya se sabe, confundiendo los géneros y españolizando vocablos anglosajones. Dando botes como un loco por las tablas. Tocando ahora la guitarra, ahora los bongos, ahora un xilófono. Tirándose por el escenario y por lo que no era escenario, haciendo apología de las drogas y el alcohol. Criticando el excesivo precio de las entradas… En fin, Adam Green al cien por cien.
El público –mayoritariamente femenino- se comunicaba con el músico neoyorquino a través de papelitos, al más puro estilo colegio de prepúberes. Escritos como “Get Nacked” protagonizaron más de un gag humorístico en la actuación. Después de haber escuchado la tierna y ñoña “Drowning Head First”, acompañado de una muchacha que presentó primero como su novia y después como una excelente cantante operística (y que más tarde estaba en el stand del merchandasing, chica multi-tasking, desde luego) pidió explicaciones sobre las obscenas notitas que le mandaban desde la pista. Ni corto ni perezoso subió a la chica que había escrito semejante cosa al escenario. Esta vez la niña elegida dio poco juego al músico. Si me pone a mí una Gibson al hombro, teniendo al lado a Adam Green haciendo su típico espectáculo vodevil, lo último que se me ocurriría es ponerme en cuclillas y quedarme parada (serían los nervios).
Acudió poco al repertorio de sus anteriores trabajos, pero no faltaron hits como “Bluebirds” (petición del público), “Jessica Simpson” o “Carolina” con la cual despidió dando las gracias al público madrileño por haber estado allí con ellos. Eché de menos “Nat King Cole”, pero estuvo en general todo genial.
Un espectáculo totalmente aconsejable para superar depresiones y estados existenciales grises. Adam Green bien se merece un altar (un par de altavoces, quiero decir) en más de una unidad de salud mental.
Mala hierba nunca muere.
Nick Cave & The Bad Seeds, Live in Barcelona, 25/04/08
Nick Cave & The Bad Seeds, Live in Barcelona, 25/04/08
Conocer a Nick Cave & The Bad Seeds me costó un viajecito a una tienda de discos de la capital burgalesa casi ex profeso. Cuando una tiene apenas 20 años y está empezando a conocer la música de verdad, la Música con mayúsculas, cuando está dejando atrás grupitos de niños monos confeccionados para chicas histéricas y reeducando su oído con algo bueno de veras, justo en ese momento tiene que asomar Nick Cave y sus Malas Semillas por algún lado.
A mí me pasó charlando con mi amigo L sobre el Quadrophenia de los Who, que si era uno de los mejores discos de los setenta, que si no… El caso es que no sé de qué manera salió a colación el polifacético músico australiano. Oye, yo ni flores, así que le dije a L que me prestase algún disco, a lo que él me contestó:
- No. Es que si alguien me dice que no le gusta Nick Cave, le empiezo a mirar de otra manera, me empieza a no caer bien.
Con esa tarjeta de presentación, ¿quién se podría resistir a empezar a escuchar a Nick Cave, pesara lo que pesase?
Ahora es posible que mi fanatismo por dicha banda esté a la altura, eso si no la sobrepasa, que el de L. Así que el pasado marzo, cuando me enteré que habían ampliado el aforo del concierto de Nick Cave & The Bad Seeds en Barcelona, me fui de cabeza a por unas entradas. Entiendo que un pabellón deportivo, palacio o cualquier recinto que no esté dedicado a la música ofrece de entrada mal augurio a un concierto, por lo menos a su sonido, pero, en fin, que no me voy a poner finolis, que estar en primera fila como cuando los ví en La Riviera hace siete años (creo) iba a ser algo más que improbable pero al menos iba a estar.
En fin, día de vacaciones, avión hasta Girona, bus hasta la Estació del Nord, comida con la family en la Ciudad Condal y paseo hasta el Pavelló Olímpico de Badalona. Ambientillo de concierto. Mucha cucaracha cuarentona por los alrededores (incluída yo, claro). Mucho indie. Mucha gafapasta. Entradas VIP y entradas de las otras. Niñas en tienda de campaña esperando a que abrieran las puertas el domingo para el concierto de los Back Street Boys (qué lástima).

(*)
Los teloneros, vamos, ni me enteré. Muy folk, con xilófonos, bajo y guitarra acústica. Como si a los Tortoise se volviesen country de repente. Ni fu ni fa. Yo lo que quería ver es a Nicolás y ¡ya! Música de Shirley Horn, de Dinah Washington y de otras grandes damas del Jazz en el intermezzo y ¡zas! los primeros acordes lúgubres de “Night Of The Lotus Easters” encienden los ánimos de las 5000 almas allí congregadas. Le sigue “Today’s Lesson” que nos muestra a una banda compenetrada, pletórica, con ganas de dar guerra, musicalmente impecable (aunque algo cansada: tres días de bolo para unos cuarentones-cincuentones lo mismo es mucho). Desde donde yo estaba, en gradas, se les oía y veía muy bien. Me quedé sorprendida con el sonido. Tal vez algo alto el bajo y la voz de Nick Cave, pero, vamos, que bien.
Después de la presentación de dos cortes de su nuevo álbum Dig, Lazarus, Dig!!! llegó MI momento: “Red Right Hand”. En aquel instante supe que el concierto iba a ser algo grande, no igual que la primera vez que les ví, pero interesante sin lugar a dudas.
Los viejos temas se fueron mezclando con las nuevas canciones de la banda australiana con una sobria e incluso espartana puesta en escena que contrastaba con el entusiasmo de Nick Cave, de Mick Harvey, James Jonhston, Martyn Casey, Thomas Wydler, Jim Sclavunos..., pero sobre todo de Warren Fucking Ellis (así lo presentó Nick al público).
Un parlanchín e histriónico Nick se dejó ver en las tablas (debe de ser que desde que lleva una vida sana se le ha desatado la lengua, el histrionismo venía de serie). Habló con la gente de la primera fila, dijo a una muchacha “you’re beautiful”. Se guaseó con que no entendía ni papa de español, que no veía bien porque no llevaba las gafas. Nos preguntó si nos estaba gustando el repertorio, nos dijo que a mucha gente le parecería mierda, incluida su madre, “but she’s 82, so...”. Por si acaso le dedicó la siguiente canción “The Ship Song”. Perdió los papeles - “where’re the fucking lyrics?”-, nunca mejor dicho, entre “Jesus of the Moon” y “Deanna” (anda que no habrán ejecutado esta última miles de veces), nos pegó buena caña en el primer bis después de hacernos cantar al unísono el repetitivo oh, mama de “The Lyre of Orpheus” y se transmutó en el segundo bis interpretando al piano la increíble “Into My Arms” anunciando que llegaba el final con “Stager Lee”.
Eché en falta más movimiento dentro del público… La pista parecía una marea de gente inmóvil más preocupada de sacar fotos que de disfrutar del concierto, salvo en contadas ocasiones. En la grada estaba la mayoría sentada, pero unos cuantos estábamos bailando y disfrutando como locos del concierto. Faltaron algunas canciones (“Do You Love Me?”, por ejemplo). Me pareció excesiva la pausa entre canción y canción (los ritmos no son los mismos para todo el mundo, supongo). Pero me gustó. Sí señor, me gustó mucho.
Ahora sólo me queda esperar al veranito para ver de nuevo a Nico Cueva, Warren Fucking Ellis, Jim Sclavunos y Martyn Casey tocar como chavalillos de veintipocos con su banda paralela Grinderman. Ay, virgencita, que se haga corta la espera.
(*) Fotografía propiedad de Crónicas de Motel. Como siempre, yo sin cámara. Vaya una fotógrafa de mis coj... estoy hecha.
A mí me pasó charlando con mi amigo L sobre el Quadrophenia de los Who, que si era uno de los mejores discos de los setenta, que si no… El caso es que no sé de qué manera salió a colación el polifacético músico australiano. Oye, yo ni flores, así que le dije a L que me prestase algún disco, a lo que él me contestó:
- No. Es que si alguien me dice que no le gusta Nick Cave, le empiezo a mirar de otra manera, me empieza a no caer bien.
Con esa tarjeta de presentación, ¿quién se podría resistir a empezar a escuchar a Nick Cave, pesara lo que pesase?
Ahora es posible que mi fanatismo por dicha banda esté a la altura, eso si no la sobrepasa, que el de L. Así que el pasado marzo, cuando me enteré que habían ampliado el aforo del concierto de Nick Cave & The Bad Seeds en Barcelona, me fui de cabeza a por unas entradas. Entiendo que un pabellón deportivo, palacio o cualquier recinto que no esté dedicado a la música ofrece de entrada mal augurio a un concierto, por lo menos a su sonido, pero, en fin, que no me voy a poner finolis, que estar en primera fila como cuando los ví en La Riviera hace siete años (creo) iba a ser algo más que improbable pero al menos iba a estar.
En fin, día de vacaciones, avión hasta Girona, bus hasta la Estació del Nord, comida con la family en la Ciudad Condal y paseo hasta el Pavelló Olímpico de Badalona. Ambientillo de concierto. Mucha cucaracha cuarentona por los alrededores (incluída yo, claro). Mucho indie. Mucha gafapasta. Entradas VIP y entradas de las otras. Niñas en tienda de campaña esperando a que abrieran las puertas el domingo para el concierto de los Back Street Boys (qué lástima).

(*)
Los teloneros, vamos, ni me enteré. Muy folk, con xilófonos, bajo y guitarra acústica. Como si a los Tortoise se volviesen country de repente. Ni fu ni fa. Yo lo que quería ver es a Nicolás y ¡ya! Música de Shirley Horn, de Dinah Washington y de otras grandes damas del Jazz en el intermezzo y ¡zas! los primeros acordes lúgubres de “Night Of The Lotus Easters” encienden los ánimos de las 5000 almas allí congregadas. Le sigue “Today’s Lesson” que nos muestra a una banda compenetrada, pletórica, con ganas de dar guerra, musicalmente impecable (aunque algo cansada: tres días de bolo para unos cuarentones-cincuentones lo mismo es mucho). Desde donde yo estaba, en gradas, se les oía y veía muy bien. Me quedé sorprendida con el sonido. Tal vez algo alto el bajo y la voz de Nick Cave, pero, vamos, que bien.
Después de la presentación de dos cortes de su nuevo álbum Dig, Lazarus, Dig!!! llegó MI momento: “Red Right Hand”. En aquel instante supe que el concierto iba a ser algo grande, no igual que la primera vez que les ví, pero interesante sin lugar a dudas.
Los viejos temas se fueron mezclando con las nuevas canciones de la banda australiana con una sobria e incluso espartana puesta en escena que contrastaba con el entusiasmo de Nick Cave, de Mick Harvey, James Jonhston, Martyn Casey, Thomas Wydler, Jim Sclavunos..., pero sobre todo de Warren Fucking Ellis (así lo presentó Nick al público).
Un parlanchín e histriónico Nick se dejó ver en las tablas (debe de ser que desde que lleva una vida sana se le ha desatado la lengua, el histrionismo venía de serie). Habló con la gente de la primera fila, dijo a una muchacha “you’re beautiful”. Se guaseó con que no entendía ni papa de español, que no veía bien porque no llevaba las gafas. Nos preguntó si nos estaba gustando el repertorio, nos dijo que a mucha gente le parecería mierda, incluida su madre, “but she’s 82, so...”. Por si acaso le dedicó la siguiente canción “The Ship Song”. Perdió los papeles - “where’re the fucking lyrics?”-, nunca mejor dicho, entre “Jesus of the Moon” y “Deanna” (anda que no habrán ejecutado esta última miles de veces), nos pegó buena caña en el primer bis después de hacernos cantar al unísono el repetitivo oh, mama de “The Lyre of Orpheus” y se transmutó en el segundo bis interpretando al piano la increíble “Into My Arms” anunciando que llegaba el final con “Stager Lee”.
Eché en falta más movimiento dentro del público… La pista parecía una marea de gente inmóvil más preocupada de sacar fotos que de disfrutar del concierto, salvo en contadas ocasiones. En la grada estaba la mayoría sentada, pero unos cuantos estábamos bailando y disfrutando como locos del concierto. Faltaron algunas canciones (“Do You Love Me?”, por ejemplo). Me pareció excesiva la pausa entre canción y canción (los ritmos no son los mismos para todo el mundo, supongo). Pero me gustó. Sí señor, me gustó mucho.
Ahora sólo me queda esperar al veranito para ver de nuevo a Nico Cueva, Warren Fucking Ellis, Jim Sclavunos y Martyn Casey tocar como chavalillos de veintipocos con su banda paralela Grinderman. Ay, virgencita, que se haga corta la espera.
(*) Fotografía propiedad de Crónicas de Motel. Como siempre, yo sin cámara. Vaya una fotógrafa de mis coj... estoy hecha.
La tía Gloria
Los nombres personales no llevan artículo delante. Tuve que escribir esta frase en el encerado de clase, a la tierna edad de 14 años, unas doscientas veces que yo recuerde. Todo por decir delante de mi profesora de Historia –odiada por todas las niñas de la escuela e idolatrada por mi persona en cuanto empezó a hablar en clase de las pinturas negras de Goya- que me iba a casa de la Gloria, mi tía. Al terminar el castigo me dirigí a la susodicha profesora y le pregunté conscientemente de lo que hacía: “entonces, ¿me puedo ir ya a casa de la Gloria?”. Ella me dijo refunfuñando que sí.
Y es que en la zona de donde yo vengo los nombres personales, sobre todo los femeninos, SÍ llevan artículo delante. Esta es una verdad tan grande como que el cielo es de color celeste mientras no esté nublado (o contaminado, como en Madrid). Así pues yo no soy Cal sino la Cal. Mi madre no es Momi sino la Momi. Mi tía no es Gloria sino la Gloria.
Pero, a todo esto, ¿quién demonios es la Gloria? La Gloria es una de las hermanas pequeñas de mi madre. Pizpireta y resuelta. Animosa, feliz y gordita. Gordita ahora porque cuando era joven le llamaban “la sardina” por lo flaca y poca chicha que era.
La Gloria siempre ha sido el centro de todas las fiestas. Si alguien de la familia celebraba algo, era en su casa donde se programaba el evento. El bingo navideño era en su casa. El primer cotillón de año nuevo, antes de salir por ahí de fiesta, ídem. Si querías enterarte de cualquier cotilleo del pueblo, pero de buen rollo, sin chismorrear a lo tonto, llamabas al teléfono de la Gloria y ella te lo contaba. Las mejores timbas de julepe se organizaban alrededor de la mesa redonda de la cocina de mi tía. Cuando ya empezaba a despuntar el alba y la carterilla de más de uno flojeaba de suelto, la tía Gloria seguía al pie del cañón, echando cabezadas entre reparto y reparto de cartas, despertando al grito de guerra “¡Gloria, te toca dar!”. (Creo que lo de “dar las cartas” es un localismo. En cristiano significa “repartir”, pero en mi pueblo no se usa.)
Tal vez uno de los secretos de su éxito fuera que siempre que acudías al resguardo que proporcionaban sus faldas, la trébede se llenaba de dulces caseros riquísimos: rosquillas de vino, polvorones, huesillos extremeños (una delicia para quien no les haya probado), miles de variedades de tartas, bizcochos... Llenabas el estómago hasta estar al borde un coma glúcido. Pero siempre había más y más y más. Cual bolso de Mary Poppins, los armarios de la cocina de la tía Gloria escondían postres por doquier. Nunca, nunca se acababan.
Recuerdo aún uno de aquellos días tontorrones de comadreo entre hermanas en el cual me enteré de que la Gloria estaba embarazada de nuevo. Su cuarto hijo. Su cuarto hijo varón. Tenía un medio disgusto porque ella siempre quiso tener una niña para vestirla como a una muñeca, pero tuvo cuatro varones en casa. Ese cuarto niño ha sido siempre el muñeco precioso de toda la familia (incluso ahora con sus veintitantos años lo sigue siendo). Fue el primer bebé que me dejaron sujetar entre los brazos. También el primero que se me cayó de los mismos al resbalar en un suelo recién fregado.
Mi tía Gloria fue mi primera jefa. Ella me brindó mi primer trabajo: limpiadora de su casa. Es que yo de pequeña quería ser limpiadora (de hecho ahora no descarto la posibilidad siempre y cuando el horario sea de ocho a cinco y bien remunerado). Me pagaba quinientas pesetas por limpiarle la cocina. Yo se la limpiaba para mientras tomar nota de las recetas de sus postres.
Pero no todo es vida y dulzura. He tenido también mis menos con la Gloria. Ahora, casi diez años después de que menospreciara a mi padre recién muerto, de que uno de sus hijos retirase el saludo a mi madre, a mi padre, a mi hermana-prima Nina, de que ese núcleo cálido y confortable que suponía cualquier reunión en casa de mi tía se tornase sombrío y de mal gusto entre los integrantes de la mitad de la familia, me he dado cuenta de que la culpa de todo aquello no fue realmente de un ser tan bonachón como Gloria sino de alguien tan frío, calculador y desalmado como lo era el padre de mi madre y sus hermanos (porque este señor nunca ha sido mi abuelo). Diez años perdidos. Irrecuperables. El devenir, la vida, no permiten aquello del ensayo y error. ¡Malditas herencias!
Hace unos meses me encontré a la Gloria comprando en uno de los supermercados de mi pueblo. Me hizo una ilusión tremenda verla allí. Nos quedamos juntas dándole a la sin hueso -¡menudas dos nos juntamos!- y fuimos paseando con las bolsas reventando de comida hacia nuestras respectivas casas.
Por el camino hablamos de lo divino y lo humano. De lo contenta que estaba porque va a ser abuela primeriza dentro de nada, de que se le había muerto la perruca y lo había pasado muy mal, de que se encontraba muy triste a ratos, de que el otro día se perdió por el pueblo, que no sabía cómo volver a casa, de que se le olvidaban los postres en el horno hasta que el olor del quemazón se extendía por toda la casa, de lo sola que se sentía a veces. Uy, qué mala espina tuve con toda esa conversación... Le aconsejé una visita al médico.
Antes de ayer mi madre confirmó mi sospecha: alzheimer.
Estas pocas palabras son solamente un sentido y profundo homenaje a mi tía para que por lo menos queden escritos los recuerdos que ella trae a mi memoria. Esos recuerdos que de aquí a nada llenarán el libro en blanco en que se transformará la cándida cabecita de una de mis tías, pese a todo, más queridas: la Gloria.
Y es que en la zona de donde yo vengo los nombres personales, sobre todo los femeninos, SÍ llevan artículo delante. Esta es una verdad tan grande como que el cielo es de color celeste mientras no esté nublado (o contaminado, como en Madrid). Así pues yo no soy Cal sino la Cal. Mi madre no es Momi sino la Momi. Mi tía no es Gloria sino la Gloria.
Pero, a todo esto, ¿quién demonios es la Gloria? La Gloria es una de las hermanas pequeñas de mi madre. Pizpireta y resuelta. Animosa, feliz y gordita. Gordita ahora porque cuando era joven le llamaban “la sardina” por lo flaca y poca chicha que era.
La Gloria siempre ha sido el centro de todas las fiestas. Si alguien de la familia celebraba algo, era en su casa donde se programaba el evento. El bingo navideño era en su casa. El primer cotillón de año nuevo, antes de salir por ahí de fiesta, ídem. Si querías enterarte de cualquier cotilleo del pueblo, pero de buen rollo, sin chismorrear a lo tonto, llamabas al teléfono de la Gloria y ella te lo contaba. Las mejores timbas de julepe se organizaban alrededor de la mesa redonda de la cocina de mi tía. Cuando ya empezaba a despuntar el alba y la carterilla de más de uno flojeaba de suelto, la tía Gloria seguía al pie del cañón, echando cabezadas entre reparto y reparto de cartas, despertando al grito de guerra “¡Gloria, te toca dar!”. (Creo que lo de “dar las cartas” es un localismo. En cristiano significa “repartir”, pero en mi pueblo no se usa.)
Tal vez uno de los secretos de su éxito fuera que siempre que acudías al resguardo que proporcionaban sus faldas, la trébede se llenaba de dulces caseros riquísimos: rosquillas de vino, polvorones, huesillos extremeños (una delicia para quien no les haya probado), miles de variedades de tartas, bizcochos... Llenabas el estómago hasta estar al borde un coma glúcido. Pero siempre había más y más y más. Cual bolso de Mary Poppins, los armarios de la cocina de la tía Gloria escondían postres por doquier. Nunca, nunca se acababan.
Recuerdo aún uno de aquellos días tontorrones de comadreo entre hermanas en el cual me enteré de que la Gloria estaba embarazada de nuevo. Su cuarto hijo. Su cuarto hijo varón. Tenía un medio disgusto porque ella siempre quiso tener una niña para vestirla como a una muñeca, pero tuvo cuatro varones en casa. Ese cuarto niño ha sido siempre el muñeco precioso de toda la familia (incluso ahora con sus veintitantos años lo sigue siendo). Fue el primer bebé que me dejaron sujetar entre los brazos. También el primero que se me cayó de los mismos al resbalar en un suelo recién fregado.
Mi tía Gloria fue mi primera jefa. Ella me brindó mi primer trabajo: limpiadora de su casa. Es que yo de pequeña quería ser limpiadora (de hecho ahora no descarto la posibilidad siempre y cuando el horario sea de ocho a cinco y bien remunerado). Me pagaba quinientas pesetas por limpiarle la cocina. Yo se la limpiaba para mientras tomar nota de las recetas de sus postres.
Pero no todo es vida y dulzura. He tenido también mis menos con la Gloria. Ahora, casi diez años después de que menospreciara a mi padre recién muerto, de que uno de sus hijos retirase el saludo a mi madre, a mi padre, a mi hermana-prima Nina, de que ese núcleo cálido y confortable que suponía cualquier reunión en casa de mi tía se tornase sombrío y de mal gusto entre los integrantes de la mitad de la familia, me he dado cuenta de que la culpa de todo aquello no fue realmente de un ser tan bonachón como Gloria sino de alguien tan frío, calculador y desalmado como lo era el padre de mi madre y sus hermanos (porque este señor nunca ha sido mi abuelo). Diez años perdidos. Irrecuperables. El devenir, la vida, no permiten aquello del ensayo y error. ¡Malditas herencias!
Hace unos meses me encontré a la Gloria comprando en uno de los supermercados de mi pueblo. Me hizo una ilusión tremenda verla allí. Nos quedamos juntas dándole a la sin hueso -¡menudas dos nos juntamos!- y fuimos paseando con las bolsas reventando de comida hacia nuestras respectivas casas.
Por el camino hablamos de lo divino y lo humano. De lo contenta que estaba porque va a ser abuela primeriza dentro de nada, de que se le había muerto la perruca y lo había pasado muy mal, de que se encontraba muy triste a ratos, de que el otro día se perdió por el pueblo, que no sabía cómo volver a casa, de que se le olvidaban los postres en el horno hasta que el olor del quemazón se extendía por toda la casa, de lo sola que se sentía a veces. Uy, qué mala espina tuve con toda esa conversación... Le aconsejé una visita al médico.
Antes de ayer mi madre confirmó mi sospecha: alzheimer.
Estas pocas palabras son solamente un sentido y profundo homenaje a mi tía para que por lo menos queden escritos los recuerdos que ella trae a mi memoria. Esos recuerdos que de aquí a nada llenarán el libro en blanco en que se transformará la cándida cabecita de una de mis tías, pese a todo, más queridas: la Gloria.
El efecto falda de tubo
Nada mejor para levantar el ánimo de una misma que meterse en una falda de tubo negra, con la cintura alta, una camisa, medias, zapatos de charol negro con cuña y salir a dar una vuelta por el paseo del Prado de Madrid bajo los rayos de Sol de una Primavera adelantada.

Vía Laietana, 1962, "El Piropo", de Xavier Miserachs
O nada mejor para ponerse de los nervios con tanta grosería machirula…
Pásenme buen fin de semana. Cal.

Vía Laietana, 1962, "El Piropo", de Xavier Miserachs
O nada mejor para ponerse de los nervios con tanta grosería machirula…
Pásenme buen fin de semana. Cal.
Propuestas a ochenta euros
Está claro que no se puede todo en la vida. A mí me gustaría tener un amplio repertorio de puertas para abrir y no tenerme que decantar por ninguna de ellas (Gracias, F., por la imagen metafórica). Poder elegir todas, vaya. Abrir, asomarme, explorar lo que allí hay y, si me gusta, quedármelo. Pero esto es un sueño. Algo tan onírico como irreal. La vida no es así.
Ayer tocaron The Cure en Madrid. De diez años a esta parte ocasión en que han venido a España, ocasión en que he disfrutado de su directo, pero ayer no pude. Se me pasó ir a por la entrada. Siempre nos quedará la reventa…O no: de 36 euros a 80 (las más baratas). En fin, que no pude abrir esa puerta después de intentarlo fehacientemente. Compuesta y sin novio, como se suele decir, me quedé.
Lo que os decía, que todo no se puede y que no habré visto a los Cure, pero ya tengo mis entradas y mi disco de Nicolás Cueva y sus Malas Semillas. (Con lo cotizadas que están puede que me pague el viaje a Barcelona con una de ellas… Es una coña, claro.)

Ayer tocaron The Cure en Madrid. De diez años a esta parte ocasión en que han venido a España, ocasión en que he disfrutado de su directo, pero ayer no pude. Se me pasó ir a por la entrada. Siempre nos quedará la reventa…O no: de 36 euros a 80 (las más baratas). En fin, que no pude abrir esa puerta después de intentarlo fehacientemente. Compuesta y sin novio, como se suele decir, me quedé.
Lo que os decía, que todo no se puede y que no habré visto a los Cure, pero ya tengo mis entradas y mi disco de Nicolás Cueva y sus Malas Semillas. (Con lo cotizadas que están puede que me pague el viaje a Barcelona con una de ellas… Es una coña, claro.)

Music is Revolution
Tokyo Sex Destruction, Live in Madrid, 01/03/08
Tokyo Sex Destruction, Live in Madrid, 01/03/08
De las magnánimas salas de conciertos a los locales más íntimos y auténticos. De las bandas internacionalmente reconocidas al producto nacional nada mainstream y de altísima calidad. Del ruido armonioso y eleborado al ruido de raíz funky y garagera. Vamos, de ver hace dos días a los Mars Volta a disfrutar ayer de madrugada (a la una y media de la madrugada salieron a tocar los de Vilanova) de los Tokyo Sex Destruction.

Mi relación con los “hermanos” Sinclair viene ya de lejos. Esta ha sido la segunda vez que los veo en directo. La primera fue en el Festimad’04 -justo antes de ver a dios, quiero decir, a los Pixies- y me dejaron tan buen sabor de boca que me apunté el nombre para posibles visitas futuras (ja, ja, ríete tú de los Hives y sus sastres blancos conociendo a los TSD).
Lo que me tenía a mí preocupada anoche era cómo conseguirían moverse a sus anchas los TSD en un escenario tan chiquitín como el del Gruta 77… La solución fue más que sencilla: ocupando parte del espacio destinado al público porque anoche tanto R.J. –voz y teclados- como R.R. –guitarra principal- saltaron a la platea en multitud de ocasiones y deleitaron con sus espasmos sonoros y corpóreos a los allí presentes.
En un espectáculo completamente adrenalítico el cuarteto catalán revisó las canciones de sus cuatro elepés y dos epés y dedicó la mayor parte de su repertorio a su último y más heterogéneo largo, Singles (no os dejéis engañar por el nombre, no se trata de una recopilación de temas antiguos), que también ha tenido la suerte de ser publicado en Francia, en Alemania y en EEUU (de igual modo que sus anteriores trabajos) y que pasarán a promocionar en nada por tierras yanquis. En fin, que en España parece que apreciamos poco lo que tenemos.
Que, ¿no les conocéis? Seguro que sí. Echad un vistazo a la versión que se marcan de la archiconocida “Route 66” del mítico Chuck Berry y me decís. ;D

Mi relación con los “hermanos” Sinclair viene ya de lejos. Esta ha sido la segunda vez que los veo en directo. La primera fue en el Festimad’04 -justo antes de ver a dios, quiero decir, a los Pixies- y me dejaron tan buen sabor de boca que me apunté el nombre para posibles visitas futuras (ja, ja, ríete tú de los Hives y sus sastres blancos conociendo a los TSD).
Lo que me tenía a mí preocupada anoche era cómo conseguirían moverse a sus anchas los TSD en un escenario tan chiquitín como el del Gruta 77… La solución fue más que sencilla: ocupando parte del espacio destinado al público porque anoche tanto R.J. –voz y teclados- como R.R. –guitarra principal- saltaron a la platea en multitud de ocasiones y deleitaron con sus espasmos sonoros y corpóreos a los allí presentes.
En un espectáculo completamente adrenalítico el cuarteto catalán revisó las canciones de sus cuatro elepés y dos epés y dedicó la mayor parte de su repertorio a su último y más heterogéneo largo, Singles (no os dejéis engañar por el nombre, no se trata de una recopilación de temas antiguos), que también ha tenido la suerte de ser publicado en Francia, en Alemania y en EEUU (de igual modo que sus anteriores trabajos) y que pasarán a promocionar en nada por tierras yanquis. En fin, que en España parece que apreciamos poco lo que tenemos.
Que, ¿no les conocéis? Seguro que sí. Echad un vistazo a la versión que se marcan de la archiconocida “Route 66” del mítico Chuck Berry y me decís. ;D
Ni con aceite hirviendo
The Mars Volta – Live in Madrid, 29/02/08
The Mars Volta – Live in Madrid, 29/02/08
Nos dejan tocar una canción, no más. Así se expresaba un exultante Cedric Bixler-Zavala, front man de la banda texana The Mars Volta, tras dos horas y media largas de enardecido concierto. La última canción que ejecutaron con una precisión quirúrgica nos mantuvo saltando a las 2.500 almas allí congregadas durante casi veinte minutos más después de disfrutar del único y breve relajo que nos brindaron escuchando la versión desenchufada con las guitarras de Omar Rodríguez y Paul Hinojos de su éxito “Miranda That Ghost Just Isn't Holy Anymore” y de otra, en español íntegramente, que, ¿me podría decir alguien de cuál se trata? (eso me pasa por ir con los deberes sin hacer a un concierto, :-/ ).

La fórmula musical de los Mars Volta es harto compleja: hay que mezclar en una batidora Rock Progresivo, King Crimson, Psicodelia, Emocore, Led Zeppelin, ritmos fronterizos mexicanos, Ennio Morricone, fantasmas del más allá, Jimmi Hendrix, Metal, Morphine, Nu Jazz, dislexia bilingüe, Tool, Dub, Salsa, Yes, negro (mucho negro), blanco… Agitar el batiburrillo a la máxima velocidad que la máquina permita y ¡voilà! Estruendo de difícil digestión, sin duda.
El combo americano –ni más ni menos que ocho músicos de sobrada pericia- inundó el espacio circundante poco después de las ocho y media de la tarde ejecutando los primeros acordes de “Roulette Dares” que alargaron increíblemente con la primera de las sucesivas jams, capitaneada por Rodríguez y su Squier Super-Sonic para zurdos, que nos iban a deparar el resto de la velada.
Un recorrido por toda la discografía de The Mars Volta nos llevó sin pausa a la presentación de los temas más promocionados de su último largo, The Bedlam in Goliath, esto es, “Wax Simulacra” y “Goliath”, directamente traídos del otro mundo gracias a las experiencias paranomarles de la extraña pareja jugando con una tabla de ouija.
“Cygnus… Vismund Cygnus”, el corte que abre su controvertido largo Frances the Mute, logró hacer estallar al público reunido de la misma manera que coreamos las partes en español de “Miranda that Ghost just isn’t Holy Anymore” y saltamos como posesos con “Aberinkula” –mientras Cedric, tras desaparecer unos instantes del escenario, apareció disfrazado con una caja de cartón en la cabeza- y la larguíiiiiiiiisima e interminable versión que se montaron de “Day of Baphomets”.
Si no les llegan a parar los pies (supongo que los de la propia organización del evento), estoy convencida de que tanto Cedric como Omar como el resto de músicos que los acompañan todavía estarían pegando guitarrazos y haciendo temblar las paredes de La Riviera y a nosotros con ellas. Un concierto altamente recomendable para los amantes del ruido en estado puro.
PD. Ah, y a falta de libro de gira (por si no lo sabíais, los colecciono), nos encontramos un precioso avioncito de papel, pisoteado y sucio, que contenía la short list del recital (como si sólo se hubieran ceñido a lo que allí había pautado, ja) y que suscitó más de un suculento soborno de alguno de los asistentes al cual no sucumbí.

La fórmula musical de los Mars Volta es harto compleja: hay que mezclar en una batidora Rock Progresivo, King Crimson, Psicodelia, Emocore, Led Zeppelin, ritmos fronterizos mexicanos, Ennio Morricone, fantasmas del más allá, Jimmi Hendrix, Metal, Morphine, Nu Jazz, dislexia bilingüe, Tool, Dub, Salsa, Yes, negro (mucho negro), blanco… Agitar el batiburrillo a la máxima velocidad que la máquina permita y ¡voilà! Estruendo de difícil digestión, sin duda.
El combo americano –ni más ni menos que ocho músicos de sobrada pericia- inundó el espacio circundante poco después de las ocho y media de la tarde ejecutando los primeros acordes de “Roulette Dares” que alargaron increíblemente con la primera de las sucesivas jams, capitaneada por Rodríguez y su Squier Super-Sonic para zurdos, que nos iban a deparar el resto de la velada.
Un recorrido por toda la discografía de The Mars Volta nos llevó sin pausa a la presentación de los temas más promocionados de su último largo, The Bedlam in Goliath, esto es, “Wax Simulacra” y “Goliath”, directamente traídos del otro mundo gracias a las experiencias paranomarles de la extraña pareja jugando con una tabla de ouija.
“Cygnus… Vismund Cygnus”, el corte que abre su controvertido largo Frances the Mute, logró hacer estallar al público reunido de la misma manera que coreamos las partes en español de “Miranda that Ghost just isn’t Holy Anymore” y saltamos como posesos con “Aberinkula” –mientras Cedric, tras desaparecer unos instantes del escenario, apareció disfrazado con una caja de cartón en la cabeza- y la larguíiiiiiiiisima e interminable versión que se montaron de “Day of Baphomets”.
Si no les llegan a parar los pies (supongo que los de la propia organización del evento), estoy convencida de que tanto Cedric como Omar como el resto de músicos que los acompañan todavía estarían pegando guitarrazos y haciendo temblar las paredes de La Riviera y a nosotros con ellas. Un concierto altamente recomendable para los amantes del ruido en estado puro.
PD. Ah, y a falta de libro de gira (por si no lo sabíais, los colecciono), nos encontramos un precioso avioncito de papel, pisoteado y sucio, que contenía la short list del recital (como si sólo se hubieran ceñido a lo que allí había pautado, ja) y que suscitó más de un suculento soborno de alguno de los asistentes al cual no sucumbí.
Lola
Lola es una bella canción de los Kinks. Lola es el nombre typical spanish, diminutivo de otro menos agraciado que el primero.
Lola era mi guitarra clásica española. Su nombre vino ya dado de fábrica: Admira Dolores. Precioso instumento de cedro y sapelly que sonaba igual que un coro de ángeles cantando.
Me la compró mi padre en una desaparecida tienda de fotografía que hacía las veces de distribuidor de instumentos musicales cuando tenía once años. Empecé a tocarla con una monja, encargada de las asignaturas musicales en el colegio, que me desanimó diciéndome que me dedicara a otra cosa. La hice caso. En vez de golpear las cuerdas con sosas canciones de misa me apliqué con los acordes y punteos de la música del momento.
Así estuve años hasta que empecé la Universidad. En primero de carrera me la llevé a la residencia, pero apenas practiqué unos días durante todo el semestre. Los días que me encapriché con un guitarrista místico que vivía en uno de los colegios mayores… Esos días…
El resto de años me acompañó de casa en casa, pero ya no salía de su funda. El año pasado se la regalé a mi mejor amigo, L, un excelente guitarrista, aunque él diga que no. Me daba pena ver a Lola abandonada en una esquina de mi habitación, sin ser acariciada.
Ayer, después de siete años sin tocar la guitarra, he echado de menos a Lola. La hubiera sacado de su funda, le habría puesto nuevas cuerdas, afinado y acariciando su puente con los diferentes acordes mientras las notas inundan el aire.
Lola era mi guitarra clásica española. Su nombre vino ya dado de fábrica: Admira Dolores. Precioso instumento de cedro y sapelly que sonaba igual que un coro de ángeles cantando.
Me la compró mi padre en una desaparecida tienda de fotografía que hacía las veces de distribuidor de instumentos musicales cuando tenía once años. Empecé a tocarla con una monja, encargada de las asignaturas musicales en el colegio, que me desanimó diciéndome que me dedicara a otra cosa. La hice caso. En vez de golpear las cuerdas con sosas canciones de misa me apliqué con los acordes y punteos de la música del momento.
Así estuve años hasta que empecé la Universidad. En primero de carrera me la llevé a la residencia, pero apenas practiqué unos días durante todo el semestre. Los días que me encapriché con un guitarrista místico que vivía en uno de los colegios mayores… Esos días…
El resto de años me acompañó de casa en casa, pero ya no salía de su funda. El año pasado se la regalé a mi mejor amigo, L, un excelente guitarrista, aunque él diga que no. Me daba pena ver a Lola abandonada en una esquina de mi habitación, sin ser acariciada.
Ayer, después de siete años sin tocar la guitarra, he echado de menos a Lola. La hubiera sacado de su funda, le habría puesto nuevas cuerdas, afinado y acariciando su puente con los diferentes acordes mientras las notas inundan el aire.
Más vistas que el TBO
Por las tardes Eus –mi prima- y yo solíamos matar el tiempo acudiendo puntuales a nuestra cita con el Tetris. La primera máquina que hubo en mi pueblo estaba colocada a la entrada (o salida, según se mire) de la discoteca más importante de la localidad. Qué cosas, entonces abría todos los días (¡ay, los ochenta!).
Eus tenía buena excusa: mientras jugábamos colocando piezas solían aparecer Marcos –el novio de ésta- y sus amigos. A mí no me gustaba nadie en particular; me contentaba con escuchar las truculentas historias de pasión y desafecto de Eus y nuestras amigas, sentadas en el altillo del baño de chicas (tenía unas escaleras hacia una especie de sótano que se convertían en los aseos) fumando los primeros cigarrillos robados de la chaqueta de domingos de nuestros padres. Ducados y lloros de desamor proferidos por Erato.
Teníamos entre doce y quince años. Yo era de las más pequeñas, bueno, era la pequeña. :)
Una tarde de aquellas apareció por la puerta de la discoteca una figura menuda con foulard y bolso de mano en vez de mochila. Una persona de todas todas extraña para la fauna que solía habitar en aquel lugar. Era mi madre. A las nueve de la noche aún no había aparecido por casa. Se suponía que debería estudiar para el día siguiente, cosa que dudaba que ya pudiese hacer, cenar, etcétera. En vez de eso estaba sentada en uno de los cómodos sillones del local flaqueada por un par de gemelos, más interesados en alguna de mis amigas que en mí, con coca cola y pitillo en mano.
Sin mayor contemplación mi madre me arrancó de las garras de la perdición conduciendo mi pequeño cuerpo de entonces desde la discoteca hasta el hogar familiar, amargándome de continuo con lo que mi padre iba a decir una vez que se enterase de lo que había pasado. Temerosa de la reacción de mi padre –no es que él fuera violento, es que era muy crítico y eso la mayoría de las veces duele mucho más que un cachete- iba alargando el paseo con rodeos y vista de escaparates (hasta una tienda de muebles escrutamos mi madre y yo de cabo a rabo).
Con los dedos cruzados crucé el umbral de la puerta. Cabeza gacha y ojos de cordero. Mi madre se lo soltó todo a mi padre que no movió un músculo más que para decir: “De aquí a nada vais a estar más vistas que el TBO” y mi madre siguió con la retahíla que puede generar esa frase lapidaria que no es poca, claro.
Las navidades acaban de pasar. Días familiares no cabe duda. Pero también días para cultivar la fraternidad entre congéneres. Con los años que ya tenemos es raro que nos reunamos todos los amigos siquiera una vez al año: niños, trabajos, obligaciones… Aún así lo solemos conseguir por estas fechas (y menos mal porque el sólo hecho de tener que adocenarse sí o sí a la vida normal me produce urticaria).
Salimos por ahí hasta las tantas sin miedo a que nuestros padres aparezcan en escena cuando menos se los espera (ahora somos nosotros los padres ;]). No conozco a prácticamente nadie. Nadie me conoce a mí con total seguridad. Se me acerca un chico joven: “Hola, ¿eres de aquí?”. “Sí, de aquí soy y además podría ser tu madre”. El muchacho se marcha con una sonrisilla dibujada en su faz. Más vista que el TBO, murmuro para mis adentros… ¡ay!
Eus tenía buena excusa: mientras jugábamos colocando piezas solían aparecer Marcos –el novio de ésta- y sus amigos. A mí no me gustaba nadie en particular; me contentaba con escuchar las truculentas historias de pasión y desafecto de Eus y nuestras amigas, sentadas en el altillo del baño de chicas (tenía unas escaleras hacia una especie de sótano que se convertían en los aseos) fumando los primeros cigarrillos robados de la chaqueta de domingos de nuestros padres. Ducados y lloros de desamor proferidos por Erato.
Teníamos entre doce y quince años. Yo era de las más pequeñas, bueno, era la pequeña. :)
Una tarde de aquellas apareció por la puerta de la discoteca una figura menuda con foulard y bolso de mano en vez de mochila. Una persona de todas todas extraña para la fauna que solía habitar en aquel lugar. Era mi madre. A las nueve de la noche aún no había aparecido por casa. Se suponía que debería estudiar para el día siguiente, cosa que dudaba que ya pudiese hacer, cenar, etcétera. En vez de eso estaba sentada en uno de los cómodos sillones del local flaqueada por un par de gemelos, más interesados en alguna de mis amigas que en mí, con coca cola y pitillo en mano.
Sin mayor contemplación mi madre me arrancó de las garras de la perdición conduciendo mi pequeño cuerpo de entonces desde la discoteca hasta el hogar familiar, amargándome de continuo con lo que mi padre iba a decir una vez que se enterase de lo que había pasado. Temerosa de la reacción de mi padre –no es que él fuera violento, es que era muy crítico y eso la mayoría de las veces duele mucho más que un cachete- iba alargando el paseo con rodeos y vista de escaparates (hasta una tienda de muebles escrutamos mi madre y yo de cabo a rabo).
Con los dedos cruzados crucé el umbral de la puerta. Cabeza gacha y ojos de cordero. Mi madre se lo soltó todo a mi padre que no movió un músculo más que para decir: “De aquí a nada vais a estar más vistas que el TBO” y mi madre siguió con la retahíla que puede generar esa frase lapidaria que no es poca, claro.
Las navidades acaban de pasar. Días familiares no cabe duda. Pero también días para cultivar la fraternidad entre congéneres. Con los años que ya tenemos es raro que nos reunamos todos los amigos siquiera una vez al año: niños, trabajos, obligaciones… Aún así lo solemos conseguir por estas fechas (y menos mal porque el sólo hecho de tener que adocenarse sí o sí a la vida normal me produce urticaria).
Salimos por ahí hasta las tantas sin miedo a que nuestros padres aparezcan en escena cuando menos se los espera (ahora somos nosotros los padres ;]). No conozco a prácticamente nadie. Nadie me conoce a mí con total seguridad. Se me acerca un chico joven: “Hola, ¿eres de aquí?”. “Sí, de aquí soy y además podría ser tu madre”. El muchacho se marcha con una sonrisilla dibujada en su faz. Más vista que el TBO, murmuro para mis adentros… ¡ay!
Me lo pido
Pues no sé si esto se convertirá en una tradición...
Tampoco sé si llego tarde para que Papa Noël, el Cagané, el Olentzero o los mismísimos Reyes Magos de Oriente se den por aludidos...
Pero este año vuelvo a hacer mi lista de regalitos navideños. Bueno, lista no. A diferencia del año pasado, éste voy a ser prudente (para ver si me hacen caso alguno de los arriba citados) y voy a pedir un único regalo, eso sí, muy especial.
Señoras, señores, Mr. Paul Julian Banks:

Sí, sí, sí. Me gusta, me fascina. Me encanta lo que escribe -por muy ininteligible que sea-, lo que lee, sus guitarras (Gibson Les Paul y Fender Jaguar), cómo canta, su pinta entre nerd-boho-wigger y, sí, me chiflan sus lunares.
Tampoco sé si llego tarde para que Papa Noël, el Cagané, el Olentzero o los mismísimos Reyes Magos de Oriente se den por aludidos...
Pero este año vuelvo a hacer mi lista de regalitos navideños. Bueno, lista no. A diferencia del año pasado, éste voy a ser prudente (para ver si me hacen caso alguno de los arriba citados) y voy a pedir un único regalo, eso sí, muy especial.
Señoras, señores, Mr. Paul Julian Banks:

Sí, sí, sí. Me gusta, me fascina. Me encanta lo que escribe -por muy ininteligible que sea-, lo que lee, sus guitarras (Gibson Les Paul y Fender Jaguar), cómo canta, su pinta entre nerd-boho-wigger y, sí, me chiflan sus lunares.