The last day of our acquaintance
Bueno chicos y chicas de la blogosfera. Hoy no os voy a dar la brasa con uno de mis interminables textos.
Os dejo con lo siguiente.
(necesitais tener el Flash Player instalado. Ah y el Shockwave también, creo)
Eso sí. Agosto está repleto de fechas importantes para mi... Estaré por aquí, al menos hasta el día 18 que me voy, me voy, me voy. Ya os informaré (qué ilusa soy, la mayoría de vosotros ya sabéis dónde me voy).
Una última cosa: os voy a echar mucho de menos.
Muchos besitos. Calamity.
Os dejo con lo siguiente.
(necesitais tener el Flash Player instalado. Ah y el Shockwave también, creo)
Eso sí. Agosto está repleto de fechas importantes para mi... Estaré por aquí, al menos hasta el día 18 que me voy, me voy, me voy. Ya os informaré (qué ilusa soy, la mayoría de vosotros ya sabéis dónde me voy).
Una última cosa: os voy a echar mucho de menos.
Muchos besitos. Calamity.
La experiencia es el peine que te regala la vida cuando ya estás calvo.
Me encantaría haberme inventado la frase del título, pero no, no llegamos a tanto ingenio, al menos para las metáforas brillantes. Fin de semana en mi pueblo. Qué gozada. No os imagináis lo maravilloso que es dormir en pleno julio con una mantita por encima en la cama… Me figuro que para mis paisanos no será tan agradable, pero claro, viniendo de Madrid con no-sé-cuantísimos grados a la sombra, se agradece.
El viernes salir de la capital fue toda una proeza. Y una prueba de paciencia que no sé yo si el santo Job hubiese aguantado. Casi dos horas para ir del centro hasta Guadalix. Vamos, que con una hora más de camino en circunstancias normales ya me hubiese plantado en mi pueblo. Afortunadamente me había hecho una selección musical genial y se nos pasaron las dos horas entre gallitos y desentonos cantando a Escuela de Calor de Radio Futura, Green Eyes de Coldplay, todo el “Achtung Baby” de U2 y la maravillosa Tribulations de LCD Soundsystem.
Al llegar a Burgos también tuvimos que soportar otro atasco (¿?). Paquete y yo no dábamos crédito. En el coche íbamos como los argelinos y los marroquíes cuando pasan el estrecho de Gibraltar: las plantas, los periquitos –que vaya viaje nos dieron-, Mary Chain –mi cadena musical, es que en la Quinta de los Sustos se ha estropeado la que había-, kilos y kilos de ropa veraniega, entre ellos el bikini. Por supuesto. Y kilos y kilos de revistas y libros que ya no me caben en el zulo madrileño.
No sé porqué no me imaginaba que me esperara un fin de semana tan duro.
Al llegar a casa vi a mi madre. Fue como que de repente en los ocho meses que hemos estado separadas le hubiesen caído todos los años que tiene de golpe. Ahora aparenta la edad que tiene. Si me apuráis, está algo más vieja. Es una sensación extraña. De ser una mujer “joven” ha pasado a ser una anciana en un santiamén.
Cenamos una rica merluza a la vasca –aunque sea de Palencia, la gastronomía euskaldun está muy arraigada por la zona- y entre pastitas y café nos pusimos a charlar sobre los avatares de la vida. Pocas veces nos había pasado pero mi madre y yo estábamos en total desacuerdo con ciertos temas de la Quinta. Por ejemplo, que mi abuelita volviese a casa. Yo no quiero. Sólo quiero lo que Nico, mi abuela, quiera. Ella está muy feliz en la residencia. Tiene sus amigos e incluso un noviete (ya os lo contaré otro día). Mi madre quiere que vuelva a toda costa. Y yo sólo puedo ver que eso le va a perjudicar ostensiblemente: mi madre necesitaría que alguien cuidase de ella, no tener que cuidar ella de otra persona. Pues nada. No entra en razón. Y seguro no quiere que nadie vaya a “cuidarlas”. Excepto yo. Como este, todos lo temas de los que hablamos. Ahora yo soy la mala.
Me fui a la cama a las dos de la mañana con más preocupaciones de las que llevo de serie desde Madrid. En fin, que a pesar de la frescura de la noche, no pegué ojo. Unos sueños rarísimos me persiguieron durante mi vigilia. A las nueve ya estaba en pie con una ojeras que ni en las mejores madrugadas de fiesta en el Ohm y el Taboo.
Al levantarme lo primero que recibí fue un mohín: “Pues si te levantas a estas horas, estamos apañados”. Con la legaña en el ojo yo contesté “Buenos días, mamá”. No odiéis a mi madre: está asustada y se siente muy sola, eso creo yo. Es más quiero creer. Para ella amar a alguien es concederle todos los caprichos que monetariamente uno se pueda permitir. Amar para mi es algo totalmente diferente. El dinero –importante, cómo no- es sólo un medio. Hasta el lunes no nos hemos reconciliado. Una gozada de finde que casi acaba con mis nervios.
Pero en una moneda siempre existen dos caras. La buena cara del fin de semana la pusieron los amigos. No hubo barbacoa en la playa (sí Gilda querida, claro que mi pueblo no tiene playa de mar, pero sí playa de río). Ahora están prohibidas por imperativo legal bajo cualquier circunstancia. En fin, como no había posibilidad de barbacoa, pues nos fuimos a un pueblito llamado Ruesga –cerca de donde veranea Bree Van de Kamp- de cena. Salimos reventados. Madre mía, en estos sitios el buen yantar es una religión: morcillita de Burgos, ventresca del Cantábrico, tortilla de patatas, ensalada mixta, jijas (un plato típico de mi tierra), torreznos, pulpo… Todo aderezado con un tinto de Ribera.
Después de fiesta por mi pueblo. Tras más de cuatro meses sin hacer acto de presencia por la noche del norte palentino, mucha gente vino a saludarme y a preguntar sobre mi vida. Me encontré con mucha familia mía. Me enteré que uno de mis primines pequeños, uno con el que yo he disfrutado como que se tratase de un hermano, había tenido un accidente de tráfico en el cual casi pierde la vida. Para más inri, poco después le dejó su novia (que, francamente, mejor, porque con semejante mula…). Otro al que le habían caído los años de repente. Tiene 23 y parece un “señor” de taitantos.
El muy capullo me invitó a un chupito de licor de melocotón –que no me gustan, pero bueno, a caballo regalado…- cuando al darle el primer sorbo noto en mi boca el amargo sabor de la ginebra. Lo siento, siempre he bebido whisky y como consecuencia suelo odiar la ginebra. Hasta el sábado. Yo no sé si sería Bombay Shapphire o qué, pero estaba muy rica (y algo caliente, uaj).
Una sensación extraña recorrió mi mente durante la noche: sólo conocía a mis amigos de toda la vida. El resto de las personas que nos acompañaron por los diferentes bares de mi pueblo eran absolutos extraños, eso sí, sin contar con los camareros… Me di cuenta de que los años no pasan en balde y que nos plantamos en la treintena y en la cuarentena en menos de lo que canta un gallo. Y que la mayoría de la gente que pululaba por calles y rincones no superaban los veinte años o por muy poco llegaban a ellos.
De vuelta a Madrid el lunes bien temprano –paquete estaba de guardia- vinimos escuchando en el coche una melancólica melodía que, a pesar de no pertenecer a “mi época”, no dejó de ponerme más nostálgica de lo que ya estaba. Con ganas de escapar de las infinitas discusiones, sí, pero con unos arrebatadores deseos de quedarme allí para vivir lo que el tiempo me está robando.
En fin. El tiempo no cura nada, el tiempo no es un doctor. Besitos. Calamity.
PD. Como suelo decir últimamente me gustaría poder visitar más vuestras bitácoras y en cuanto puedo me escapo del trabajo y lo hago, pero la vigilancia aquí sigue siento intensa y angustiosa. Al igual que el trabajo. Cuatro días y, zas, de vacaciones.
El viernes salir de la capital fue toda una proeza. Y una prueba de paciencia que no sé yo si el santo Job hubiese aguantado. Casi dos horas para ir del centro hasta Guadalix. Vamos, que con una hora más de camino en circunstancias normales ya me hubiese plantado en mi pueblo. Afortunadamente me había hecho una selección musical genial y se nos pasaron las dos horas entre gallitos y desentonos cantando a Escuela de Calor de Radio Futura, Green Eyes de Coldplay, todo el “Achtung Baby” de U2 y la maravillosa Tribulations de LCD Soundsystem.
Al llegar a Burgos también tuvimos que soportar otro atasco (¿?). Paquete y yo no dábamos crédito. En el coche íbamos como los argelinos y los marroquíes cuando pasan el estrecho de Gibraltar: las plantas, los periquitos –que vaya viaje nos dieron-, Mary Chain –mi cadena musical, es que en la Quinta de los Sustos se ha estropeado la que había-, kilos y kilos de ropa veraniega, entre ellos el bikini. Por supuesto. Y kilos y kilos de revistas y libros que ya no me caben en el zulo madrileño.
No sé porqué no me imaginaba que me esperara un fin de semana tan duro.
Al llegar a casa vi a mi madre. Fue como que de repente en los ocho meses que hemos estado separadas le hubiesen caído todos los años que tiene de golpe. Ahora aparenta la edad que tiene. Si me apuráis, está algo más vieja. Es una sensación extraña. De ser una mujer “joven” ha pasado a ser una anciana en un santiamén.
Cenamos una rica merluza a la vasca –aunque sea de Palencia, la gastronomía euskaldun está muy arraigada por la zona- y entre pastitas y café nos pusimos a charlar sobre los avatares de la vida. Pocas veces nos había pasado pero mi madre y yo estábamos en total desacuerdo con ciertos temas de la Quinta. Por ejemplo, que mi abuelita volviese a casa. Yo no quiero. Sólo quiero lo que Nico, mi abuela, quiera. Ella está muy feliz en la residencia. Tiene sus amigos e incluso un noviete (ya os lo contaré otro día). Mi madre quiere que vuelva a toda costa. Y yo sólo puedo ver que eso le va a perjudicar ostensiblemente: mi madre necesitaría que alguien cuidase de ella, no tener que cuidar ella de otra persona. Pues nada. No entra en razón. Y seguro no quiere que nadie vaya a “cuidarlas”. Excepto yo. Como este, todos lo temas de los que hablamos. Ahora yo soy la mala.
Me fui a la cama a las dos de la mañana con más preocupaciones de las que llevo de serie desde Madrid. En fin, que a pesar de la frescura de la noche, no pegué ojo. Unos sueños rarísimos me persiguieron durante mi vigilia. A las nueve ya estaba en pie con una ojeras que ni en las mejores madrugadas de fiesta en el Ohm y el Taboo.
Al levantarme lo primero que recibí fue un mohín: “Pues si te levantas a estas horas, estamos apañados”. Con la legaña en el ojo yo contesté “Buenos días, mamá”. No odiéis a mi madre: está asustada y se siente muy sola, eso creo yo. Es más quiero creer. Para ella amar a alguien es concederle todos los caprichos que monetariamente uno se pueda permitir. Amar para mi es algo totalmente diferente. El dinero –importante, cómo no- es sólo un medio. Hasta el lunes no nos hemos reconciliado. Una gozada de finde que casi acaba con mis nervios.
Pero en una moneda siempre existen dos caras. La buena cara del fin de semana la pusieron los amigos. No hubo barbacoa en la playa (sí Gilda querida, claro que mi pueblo no tiene playa de mar, pero sí playa de río). Ahora están prohibidas por imperativo legal bajo cualquier circunstancia. En fin, como no había posibilidad de barbacoa, pues nos fuimos a un pueblito llamado Ruesga –cerca de donde veranea Bree Van de Kamp- de cena. Salimos reventados. Madre mía, en estos sitios el buen yantar es una religión: morcillita de Burgos, ventresca del Cantábrico, tortilla de patatas, ensalada mixta, jijas (un plato típico de mi tierra), torreznos, pulpo… Todo aderezado con un tinto de Ribera.
Después de fiesta por mi pueblo. Tras más de cuatro meses sin hacer acto de presencia por la noche del norte palentino, mucha gente vino a saludarme y a preguntar sobre mi vida. Me encontré con mucha familia mía. Me enteré que uno de mis primines pequeños, uno con el que yo he disfrutado como que se tratase de un hermano, había tenido un accidente de tráfico en el cual casi pierde la vida. Para más inri, poco después le dejó su novia (que, francamente, mejor, porque con semejante mula…). Otro al que le habían caído los años de repente. Tiene 23 y parece un “señor” de taitantos.
El muy capullo me invitó a un chupito de licor de melocotón –que no me gustan, pero bueno, a caballo regalado…- cuando al darle el primer sorbo noto en mi boca el amargo sabor de la ginebra. Lo siento, siempre he bebido whisky y como consecuencia suelo odiar la ginebra. Hasta el sábado. Yo no sé si sería Bombay Shapphire o qué, pero estaba muy rica (y algo caliente, uaj).
Una sensación extraña recorrió mi mente durante la noche: sólo conocía a mis amigos de toda la vida. El resto de las personas que nos acompañaron por los diferentes bares de mi pueblo eran absolutos extraños, eso sí, sin contar con los camareros… Me di cuenta de que los años no pasan en balde y que nos plantamos en la treintena y en la cuarentena en menos de lo que canta un gallo. Y que la mayoría de la gente que pululaba por calles y rincones no superaban los veinte años o por muy poco llegaban a ellos.
De vuelta a Madrid el lunes bien temprano –paquete estaba de guardia- vinimos escuchando en el coche una melancólica melodía que, a pesar de no pertenecer a “mi época”, no dejó de ponerme más nostálgica de lo que ya estaba. Con ganas de escapar de las infinitas discusiones, sí, pero con unos arrebatadores deseos de quedarme allí para vivir lo que el tiempo me está robando.
En fin. El tiempo no cura nada, el tiempo no es un doctor. Besitos. Calamity.
PD. Como suelo decir últimamente me gustaría poder visitar más vuestras bitácoras y en cuanto puedo me escapo del trabajo y lo hago, pero la vigilancia aquí sigue siento intensa y angustiosa. Al igual que el trabajo. Cuatro días y, zas, de vacaciones.
Sorpresas te da la vida
Escribo hoy con la euforia de aquel al que todo lo que hace le sale bien. Me siento muy feliz, a pesar de las circunstancias que este mundo nuestro nos muestra en boletines informativos y papel reciclado de periódicos. Ayer las curvas y las rectas de mi futuro de confabularon para dibujarme la sonrisa en la faz (si no contamos con el vacío que se me hace en el ámbito, ejem, laboral. Bueno, tampoco voy a ser mala, simplemente he de admitir que yo soy la empleada, ni más ni menos, y todo irá mejor).
A lo que voy, que me pierdo y me entra la mala leche. Con la solana de 37º C a la sombra que hacía ayer en la Villa y Corte del reino me fui a pasear por las calles desérticas del centro. Desérticas por la falta de gente y también por el polvo medioambiental que nos proporciona la contaminación y las numerosas obras que asolan la capital. Me fui a comprar unas cartulinas para montar mi portfolio. Después me fui a la caza y captura de un nuevo bañador o bikini (como me he puesto como una vaca el minúsculo trozo de tela que me regaló mi paquetín el año pasado no me entra). Luego os digo para qué tantas prisas.
En el transcurso de la tarde recibo una llamada de NiCo para quedar a tomar unas cervecitas en la tarde noche, única hora practicable del día. Pues, hijos míos, genial. No existe cosa en el mundo que más me guste que una charla con mis amigos (chicos, me dejáis que os llame así, ¿verdad?). Cogí el Metro en Argüelles y me encaminé a mi zulo para metamorfosear mi aspecto de niña playera de ciudad sin mar.
Ya en casa me encuentro con la seta, osease, mi compañero de piso y amigo desde que tengo uso de razón. Un hola normalito, así sin muchas ganas, y cada uno a hacer su vida. Él viendo la tele (Cosas que diría con solo mirarla como me gusta esa película, ay) y yo dedicándome a montar la carpeta con mis dibujos, fotografías y diseños mientras escuchaba la radio (lo de Londres, pero ¿cómo se puede ser tan hijoputa? Vale, que hoy estoy feliz).
Ya en la cena va el muchacho y ¡¡¡¡¡¡¡me regala un vasito de té árabe!!!!!!! Pero, pero, coño, me dejó sin palabras. Jamás de los jamases se había acordado de mi en los cuatro años que llevamos viviendo juntos. En fin. Luego bajó la basura, con lo cual mi grado de expectación alcanzó cotas inimaginables. Será que algo quiere… No seáis mal pensados.
Llegamos a Princesa y ¡leche! aparcamos a la primera. No dimos ni una vuelta. Bajamos del coche mi chaval y yo y nos encaminamos hacia el Conde Duque, despacito, disfrutando del humo seco y los niños de vacaciones correteando cual cabras por las calles de Madrid. Del Conde Duque salía un son muy apetecible de escuchar… Casi hasta me dio igual que allí todavía no hubiera ninguna persona con la que habíamos quedado (NiCo, Cool ya sé que me llamasteis, guapos, que sois unos soletes, para decir que llegabais un poco más tarde). El caso que aparece un hombre y nos dice que si queremos entrar al concierto que a ellos no les dejan y bla, bla, bla. Estaba de una mala leche el chico y no me extraña: veintitantos euros por cabeza. Y no ya sólo por el dinero, se perdían a un músico muuuy bueno. Dos entradas por nuestra cara bonita.
Nos acercamos paquete y yo y nos dejaron entrar (¿sería mi falda?). Estuvimos poquito tiempo, hasta que llegaron toda la trouppe. Pero, coño, mereció la pena. Qué pasada de banda, qué ritmo, qué ambiente. El público estaba entregadísimo. Dockof, no sé porqué me acordé un montón de ti; le dije a paquete que sabía que te hubiera gustado. No me digas porqué, esa intuición tonta que aparece cuando menos te lo esperas…
La noche también acompañaba. Venía una brisita que hacía soñar con que el mar estaba cerca. La cuadrilla que acompañaba al solista era de la pera: un saxo tenor, un trompetista, batería, teclista, bajo y guitarra. Sonaban potentes ritmos de Rythm’n’Blues con tintes Country y mucho, mucho Jazz rockanrroleado. Una maravilla.
Ah, que quién era. Pues, para que luego digáis que escriba más cosas sobre música, no había oído hablar de él en mi vida: COLIN JAMES (www.colinjames.com). Fue simplemente mágico.
Y la magia continuó durante toda la velada buscando un bar con gambas a la plancha que ya no existía y una terraza con aire acondicionado que tampoco. Bar, cervecitas (algunas con limón, otras no tras una comanda de colegial con brazos y deditos arriba), llamadas por teléfono, anécdotas y hechizo. Gracias Ángel, Asturbyte, Coolazul, Dawu, Divina Gilda, NiCo, Paquete y Soliloco (y a la del teléfono, Carol B, pues también). Sois geniales.
El bañador, que se me olvidaba. Me voy para mi amadísimo norte. A mi pueblo. Estoy emocionada de verdad: hace ocho meses que no veo a mi mamá. La noche de hoy promete mimos a tutiplén. Yo ya me estoy preparando con Kiss FM (permitidme una arcada) a toda pastilla en el trabajo. Mañana barbacoa en la playa con más amigos, por eso el bañador con esa urgencia. ¿Se le puede pedir más a la vida?
Besitos y feliz fin de semana (o vacaciones). Calamity.
A lo que voy, que me pierdo y me entra la mala leche. Con la solana de 37º C a la sombra que hacía ayer en la Villa y Corte del reino me fui a pasear por las calles desérticas del centro. Desérticas por la falta de gente y también por el polvo medioambiental que nos proporciona la contaminación y las numerosas obras que asolan la capital. Me fui a comprar unas cartulinas para montar mi portfolio. Después me fui a la caza y captura de un nuevo bañador o bikini (como me he puesto como una vaca el minúsculo trozo de tela que me regaló mi paquetín el año pasado no me entra). Luego os digo para qué tantas prisas.
En el transcurso de la tarde recibo una llamada de NiCo para quedar a tomar unas cervecitas en la tarde noche, única hora practicable del día. Pues, hijos míos, genial. No existe cosa en el mundo que más me guste que una charla con mis amigos (chicos, me dejáis que os llame así, ¿verdad?). Cogí el Metro en Argüelles y me encaminé a mi zulo para metamorfosear mi aspecto de niña playera de ciudad sin mar.
Ya en casa me encuentro con la seta, osease, mi compañero de piso y amigo desde que tengo uso de razón. Un hola normalito, así sin muchas ganas, y cada uno a hacer su vida. Él viendo la tele (Cosas que diría con solo mirarla como me gusta esa película, ay) y yo dedicándome a montar la carpeta con mis dibujos, fotografías y diseños mientras escuchaba la radio (lo de Londres, pero ¿cómo se puede ser tan hijoputa? Vale, que hoy estoy feliz).
Ya en la cena va el muchacho y ¡¡¡¡¡¡¡me regala un vasito de té árabe!!!!!!! Pero, pero, coño, me dejó sin palabras. Jamás de los jamases se había acordado de mi en los cuatro años que llevamos viviendo juntos. En fin. Luego bajó la basura, con lo cual mi grado de expectación alcanzó cotas inimaginables. Será que algo quiere… No seáis mal pensados.
Llegamos a Princesa y ¡leche! aparcamos a la primera. No dimos ni una vuelta. Bajamos del coche mi chaval y yo y nos encaminamos hacia el Conde Duque, despacito, disfrutando del humo seco y los niños de vacaciones correteando cual cabras por las calles de Madrid. Del Conde Duque salía un son muy apetecible de escuchar… Casi hasta me dio igual que allí todavía no hubiera ninguna persona con la que habíamos quedado (NiCo, Cool ya sé que me llamasteis, guapos, que sois unos soletes, para decir que llegabais un poco más tarde). El caso que aparece un hombre y nos dice que si queremos entrar al concierto que a ellos no les dejan y bla, bla, bla. Estaba de una mala leche el chico y no me extraña: veintitantos euros por cabeza. Y no ya sólo por el dinero, se perdían a un músico muuuy bueno. Dos entradas por nuestra cara bonita.
Nos acercamos paquete y yo y nos dejaron entrar (¿sería mi falda?). Estuvimos poquito tiempo, hasta que llegaron toda la trouppe. Pero, coño, mereció la pena. Qué pasada de banda, qué ritmo, qué ambiente. El público estaba entregadísimo. Dockof, no sé porqué me acordé un montón de ti; le dije a paquete que sabía que te hubiera gustado. No me digas porqué, esa intuición tonta que aparece cuando menos te lo esperas…
La noche también acompañaba. Venía una brisita que hacía soñar con que el mar estaba cerca. La cuadrilla que acompañaba al solista era de la pera: un saxo tenor, un trompetista, batería, teclista, bajo y guitarra. Sonaban potentes ritmos de Rythm’n’Blues con tintes Country y mucho, mucho Jazz rockanrroleado. Una maravilla.
Ah, que quién era. Pues, para que luego digáis que escriba más cosas sobre música, no había oído hablar de él en mi vida: COLIN JAMES (www.colinjames.com). Fue simplemente mágico.
Y la magia continuó durante toda la velada buscando un bar con gambas a la plancha que ya no existía y una terraza con aire acondicionado que tampoco. Bar, cervecitas (algunas con limón, otras no tras una comanda de colegial con brazos y deditos arriba), llamadas por teléfono, anécdotas y hechizo. Gracias Ángel, Asturbyte, Coolazul, Dawu, Divina Gilda, NiCo, Paquete y Soliloco (y a la del teléfono, Carol B, pues también). Sois geniales.
El bañador, que se me olvidaba. Me voy para mi amadísimo norte. A mi pueblo. Estoy emocionada de verdad: hace ocho meses que no veo a mi mamá. La noche de hoy promete mimos a tutiplén. Yo ya me estoy preparando con Kiss FM (permitidme una arcada) a toda pastilla en el trabajo. Mañana barbacoa en la playa con más amigos, por eso el bañador con esa urgencia. ¿Se le puede pedir más a la vida?
Besitos y feliz fin de semana (o vacaciones). Calamity.
Por un puñado de dólares
Hoy me encuentro indignada como pocos días en vida. Hoy no ha lugar para risas y cachondeo. Hoy me asquea pertenecer a esto que llamamos humanos (y menos homo sapiens pues creo que de sabios poco tenemos).
Níger (un país africano no precisamente pequeño pero sí insignificante, visto lo visto, para este nuestro Primer Mundo) se muere de hambre. Y, paradojas de la vida, me he enterado esta mañana mientras desayunaba tostadas y café tan pancha en el sofá de mi casa.
Níger –que no Nigeria- es un país que basa su economía en el pastoreo y en la agricultura. Parte del país está ocupado por el Desierto del Sahara y la colindante al río Níger es la más productiva en cuanto a cereales se refiere. La mayoría de los bosques fueron talados (oh) para usarse como madera en el pasado siglo XX. Una curiosidad más: Níger es uno de los grandes exportadores de cacahuetes.
El año pasado un plaga de langosta acabó con la cosecha por completo. Este año la sequía está haciendo que la situación se agrave al máximo (¿no os recuerda esto a la gran hambruna que pasó Etiopia en los ochenta?). Tanto que en UNICEF y en Médicos Sin Fronteras están horrorizados. Las ong’s –como casi siempre- ya han llegado a Niamey hace unos meses. Están tratando de paliar la catastrófica situación de la mejor manera que pueden. Los más afectados son los 350.000 niños del país (en estos países la vejez es una rareza).
En Mayo la ONU informó de la situación a los países más ricos del planeta pidiéndoles la irrisoria (y lo digo con pleno conocimiento de causa pues la cantidad es ínfima comparada con los presupuestos que se destinan a otros menesteres menos provechosos en los países ricos) cantidad de 16 millones de dólares para solucionar el problema, al menos momentáneamente.
Me parece increíble que sólo se haya conseguido “recaudar” la cuarta parte de lo necesario. Pero, señores, ¿qué diablos está pasando? Coño, que hace quince días ha habido una reunión del G8 en Gran Bretaña, ¿qué me están contando los dirigentes de las ocho naciones más ricas del mundo? ¿Qué se creen ellos para hacer lo que hacen? ¿Cómo es posible que no se les caiga la cara de vergüenza al ver a un niño que con un año supera con poco los tres kilos de peso? ¿Dónde se han dejado olvidados el corazón y los ojos?
Yo por mi parte ayudaré lo que mi modesta economía me permita (no me largo para allá porque no tengo el suficiente valor…). No sé deciros ningún sitio donde se recauden fondos o comida, pero seguramente la noticia saltará en lo que queda de semana en los telediarios… Las páginas web de las ong’s tendrán más información…
Hoy, en serio, no tengo ganas ni de dar besos. Calamity.
Níger (un país africano no precisamente pequeño pero sí insignificante, visto lo visto, para este nuestro Primer Mundo) se muere de hambre. Y, paradojas de la vida, me he enterado esta mañana mientras desayunaba tostadas y café tan pancha en el sofá de mi casa.
Níger –que no Nigeria- es un país que basa su economía en el pastoreo y en la agricultura. Parte del país está ocupado por el Desierto del Sahara y la colindante al río Níger es la más productiva en cuanto a cereales se refiere. La mayoría de los bosques fueron talados (oh) para usarse como madera en el pasado siglo XX. Una curiosidad más: Níger es uno de los grandes exportadores de cacahuetes.
El año pasado un plaga de langosta acabó con la cosecha por completo. Este año la sequía está haciendo que la situación se agrave al máximo (¿no os recuerda esto a la gran hambruna que pasó Etiopia en los ochenta?). Tanto que en UNICEF y en Médicos Sin Fronteras están horrorizados. Las ong’s –como casi siempre- ya han llegado a Niamey hace unos meses. Están tratando de paliar la catastrófica situación de la mejor manera que pueden. Los más afectados son los 350.000 niños del país (en estos países la vejez es una rareza).
En Mayo la ONU informó de la situación a los países más ricos del planeta pidiéndoles la irrisoria (y lo digo con pleno conocimiento de causa pues la cantidad es ínfima comparada con los presupuestos que se destinan a otros menesteres menos provechosos en los países ricos) cantidad de 16 millones de dólares para solucionar el problema, al menos momentáneamente.
Me parece increíble que sólo se haya conseguido “recaudar” la cuarta parte de lo necesario. Pero, señores, ¿qué diablos está pasando? Coño, que hace quince días ha habido una reunión del G8 en Gran Bretaña, ¿qué me están contando los dirigentes de las ocho naciones más ricas del mundo? ¿Qué se creen ellos para hacer lo que hacen? ¿Cómo es posible que no se les caiga la cara de vergüenza al ver a un niño que con un año supera con poco los tres kilos de peso? ¿Dónde se han dejado olvidados el corazón y los ojos?
Yo por mi parte ayudaré lo que mi modesta economía me permita (no me largo para allá porque no tengo el suficiente valor…). No sé deciros ningún sitio donde se recauden fondos o comida, pero seguramente la noticia saltará en lo que queda de semana en los telediarios… Las páginas web de las ong’s tendrán más información…
Hoy, en serio, no tengo ganas ni de dar besos. Calamity.
Sencillo y conciso (y musical)
Definitivamente la neurona ha sucumbido a los calores estivales que este año se están dando por la capital del reino... Mi cerebro está poco, más o menos que aguado. Estoy off de 11:00 AM a 11:00 PM, vamos, que sólo funciono por las noches y, teníendome que levantar a las 6:30 AM, como que a una no tiene el horno para bollos con eso de escribir en la nocturnidad...
Voy a hacer caso a Ángel (http://blogs.ya.com/vidasdeperros) y voy a ser tajante con mi verborrea. Una imagen vale más que mil palabras.

Este fin de semana me volveré a la Quinta de los Sustos y habrá juerguecilla nocturna, digo yo. Me haré una camiseta con la foto para ver si los deejays de mi pueblo se dan por aludidos porque lo que es entender de música, poco, muy poco.
Ay, y a ver si en lo que va de semana la neurona vuelve en sí y puedo escribir algo más decente. Desde luego... Lo peor, soy lo peor.
Besitos. Cal.
PD. Una mención a quien creo que me envió esta imagen. Fuiste tú, ¿no, Amaya?
Voy a hacer caso a Ángel (http://blogs.ya.com/vidasdeperros) y voy a ser tajante con mi verborrea. Una imagen vale más que mil palabras.

Este fin de semana me volveré a la Quinta de los Sustos y habrá juerguecilla nocturna, digo yo. Me haré una camiseta con la foto para ver si los deejays de mi pueblo se dan por aludidos porque lo que es entender de música, poco, muy poco.
Ay, y a ver si en lo que va de semana la neurona vuelve en sí y puedo escribir algo más decente. Desde luego... Lo peor, soy lo peor.
Besitos. Cal.
PD. Una mención a quien creo que me envió esta imagen. Fuiste tú, ¿no, Amaya?
Movida
Ayer estaba yo aburrida en casa y con un calor en el cuerpo que no me podía menear cuando decidí hacer una cosa que me encanta: ir al cine sola (o en su defecto con alguien que no moleste). Paquete ya me había advertido de que no fuera a ninguna de las pelis que él quería ver. De acuerdo. Buscaría una de esas “raras” que no conociese ni la madre que las parió para que mi chaval no se molestara. Pero, tenía un problema: Primer de Shane Carruth ya la he visto (como apunte deciros que no vayáis a verla con resaca o con dolor de cabeza o, digamos, sin ganas de comeros el coco). Y La memoria del asesino también. Caramba con la cartelera de verano.
Me encaminé hacia un cine comercial, craso error, y me metí a ver El Calentito de Chus Gutiérrez, que no es en absoluto extraña ni poco conocida, pero es que había entendido a paquete que él no quería verla. No le comprendí ya que el muchachote vivió aquellos años de movida con pomada anti acné y ganas de comerse el mundo… Uno y una que ya tienen sus añitos. Je, je (como lea esto me va a matar). El caso es que me metí a la sala número 11 de los Cine Cité. Uff, si lo llego a saber saco el bazoca de casa: dos cotorras delante de mi comentando todos los modelitos que sacaba la niña esta de los Serrano, Verónica Sánchez; detrás una parejita de la quinta de paquete que comentaba todas y cada una de las canciones, lugares, historias, etcétera. Y lo peor de lo peor: padres agobiados que no saben qué hacer con sus hijos pequeños y se los llevan al cine a ver una peli en la que la mayor preocupación de las criaturas es el sexo –perder la virginidad una de ellas con quien sea-, las drogas y sacar un disco le pese a quien le pese. Yo me preguntaba “pero, ¿estos padres sabrán a donde traen a los niños?”. Con la pila de infumables que hay en verano para los rorros.

A mi los ochenta me pillaron aún pequeñaja. No me enteré mucho de lo que pasaba y mi única conexión con aquel extravagante y creativo mundo fue, como tantos otros, a través de mi querida Bola de Cristal donde aparecían un jovencísimo Pedro Reyes, Faemino y Cansado (a los cuales adoro), Alaska (icono ochentero donde les haya), los hermanos Auserón (fui a un concierto de Santiago y, coñe, hace lo que le da la gana con el público; es un genio), Javier Gurruchaga…
Ahora escucho muchísimo a Ejecutivos Agresivos, a Aviadro Dro, a Rubi y los Casinos –anda que no nos gustaba a mi prima Eus y a mi la rubia melena de la cantante-, a Derribos Arias, a Golpes Bajos, a los Secretos (sí, ya sé que después de escuchar un disco suyo a uno le apetece cortarse las venas, pero me molan, qué pasa), a Gabinete Caligari (un poco más de finales de los 80), a los Zombies, a los Pegamoides, a Nacha Pop, a Fanny Diva, a Radio Futura…
Almodóvar siempre representó para mi algo muy especial. Sólo con deciros que en casa tengo enmarcada la canción “Chica Almodóvar” de Joaquín Sabina, os digo todo. Y si no mirad el título de este cuaderno de bitácora. Me he tragado todas y cada una de sus películas. Laberinto de Pasiones esa extraña película icono de la movida junto con Arrebato que no recuerdo quién es el director…
Esas ganas de libertad reprimida durante años explosionó y salpicó a todos. El nacimiento de la denominación de origen diseño gráfico español con “La Luna” y “Madrid me mata” de mis queridos Moncho Alpuente –vecino mío en Segovia-me-agobia- y Oscar Mariné. Ouka Lele y García Alíx con sus personales puntos de vista fotográficos… En los noventa (podríamos decir que fue mi generación, denominada X) todos se achantó. Volvió la represión disfrazada de respeto a los ciudadanos y la movida murió de éxito. Demasiado elitismo, quizá, y demasiadas ganas de coger el dinero y largarse a no sé dónde.
Comentan que ahora se está reviviendo una nueva y loca corriente cultural en la capital del reino (si queréis, comprad el penúltimo número de “Neo2” que tiene un reportaje sobre el tema) gracias a diversos locales que, de manera personal y sin ninguna ayuda, igual que sucedió al finales de los setenta, programan agendas con conciertos y eventos artísticos multidisciplinares que van desde el Teatro amateur a las video proyecciones y las performances… No sé. He trabajado en uno de los bares que denominan de “La Nueva Movida” y, qué queréis que os diga, a lo mejor estuve poco tiempo y no me enteré –seguramente no cumpliría los cánones estéticos de la nueva generación-, pero yo no vi ningún movimiento cultural al uso, más bien mucha fachada. Eso sí me puse las botas de conciertos raros, raros, raros.
Bueno, que iba a hablar de la película y me he ido por los cerros de Úbeda. El caso es que las condiciones para visionar el film no eran del todo agradables. Y la cosa se complicó más cuando me doy cuenta de que la actriz que interpreta a Carmen es la hermana de mi prima Saruca. Pues vaya. El mundo es un pañuelo, desde luego. No la había conocido en las fotos porque con tanto maquillaje y el pelo teñido de negro la niña cambia mucho. Así que otro aliciente para no enterarme de la misa a la mitad. Le diré que me ha gustado su interpretación, que, vaya, no está mal para ser debutante. Algo me habían comentado en mi familia y al ver el primer fotograma se consolidó la pieza del puzzle que faltaba.
El Calentito se desarrolla en un bar en el que su directora, Chus Gutiérrez, trabajó en los años 80. Trata de dar su visión particular del Madrid de aquellos entonces a través de su propia experiencia. No sé si os acordaréis que Chus tenía un grupo musical llamado la Xoxonees o Chochonis que cantaban también muy mal. Recuerdo una canción rara en la que decían algo así como tírate a un yupi o similar. En fin, los ochenta.
Una personal y lúdica mirada sobre el golpe de estado del 23 F de 1.981. Sobresaliente la interpretación de Nuria González, sí señor. Guapísimo Nilo Mur (qué lunares tiene el chavalín, qué mono es). Sosilla Verónica Sánchez, aunque es el papel que le toca. Lluvia Rojo, tan guapísima y rubísima como siempre, de bollera pija y trepa. Fabuloso el guiño en el montaje al introducir la mítica actuación de Fabio McNamara y Almodóvar cantando aquello de “Suck it to me, suck it to me now. After breakfast, before breakfast. After dinner, before dinner. Suck it to me, suck it to me now” que no desentona nada en el largometraje.
No es ni de lejos la mejor película de la directora granadina (me quedo con Poniente y con Sexo Oral), pero es divertida. Para salir del cine contagiado de nostalgia.
Buen fin de semana a todos. Besitos. Calamity.
Me encaminé hacia un cine comercial, craso error, y me metí a ver El Calentito de Chus Gutiérrez, que no es en absoluto extraña ni poco conocida, pero es que había entendido a paquete que él no quería verla. No le comprendí ya que el muchachote vivió aquellos años de movida con pomada anti acné y ganas de comerse el mundo… Uno y una que ya tienen sus añitos. Je, je (como lea esto me va a matar). El caso es que me metí a la sala número 11 de los Cine Cité. Uff, si lo llego a saber saco el bazoca de casa: dos cotorras delante de mi comentando todos los modelitos que sacaba la niña esta de los Serrano, Verónica Sánchez; detrás una parejita de la quinta de paquete que comentaba todas y cada una de las canciones, lugares, historias, etcétera. Y lo peor de lo peor: padres agobiados que no saben qué hacer con sus hijos pequeños y se los llevan al cine a ver una peli en la que la mayor preocupación de las criaturas es el sexo –perder la virginidad una de ellas con quien sea-, las drogas y sacar un disco le pese a quien le pese. Yo me preguntaba “pero, ¿estos padres sabrán a donde traen a los niños?”. Con la pila de infumables que hay en verano para los rorros.

A mi los ochenta me pillaron aún pequeñaja. No me enteré mucho de lo que pasaba y mi única conexión con aquel extravagante y creativo mundo fue, como tantos otros, a través de mi querida Bola de Cristal donde aparecían un jovencísimo Pedro Reyes, Faemino y Cansado (a los cuales adoro), Alaska (icono ochentero donde les haya), los hermanos Auserón (fui a un concierto de Santiago y, coñe, hace lo que le da la gana con el público; es un genio), Javier Gurruchaga…
Ahora escucho muchísimo a Ejecutivos Agresivos, a Aviadro Dro, a Rubi y los Casinos –anda que no nos gustaba a mi prima Eus y a mi la rubia melena de la cantante-, a Derribos Arias, a Golpes Bajos, a los Secretos (sí, ya sé que después de escuchar un disco suyo a uno le apetece cortarse las venas, pero me molan, qué pasa), a Gabinete Caligari (un poco más de finales de los 80), a los Zombies, a los Pegamoides, a Nacha Pop, a Fanny Diva, a Radio Futura…
Almodóvar siempre representó para mi algo muy especial. Sólo con deciros que en casa tengo enmarcada la canción “Chica Almodóvar” de Joaquín Sabina, os digo todo. Y si no mirad el título de este cuaderno de bitácora. Me he tragado todas y cada una de sus películas. Laberinto de Pasiones esa extraña película icono de la movida junto con Arrebato que no recuerdo quién es el director…
Esas ganas de libertad reprimida durante años explosionó y salpicó a todos. El nacimiento de la denominación de origen diseño gráfico español con “La Luna” y “Madrid me mata” de mis queridos Moncho Alpuente –vecino mío en Segovia-me-agobia- y Oscar Mariné. Ouka Lele y García Alíx con sus personales puntos de vista fotográficos… En los noventa (podríamos decir que fue mi generación, denominada X) todos se achantó. Volvió la represión disfrazada de respeto a los ciudadanos y la movida murió de éxito. Demasiado elitismo, quizá, y demasiadas ganas de coger el dinero y largarse a no sé dónde.
Comentan que ahora se está reviviendo una nueva y loca corriente cultural en la capital del reino (si queréis, comprad el penúltimo número de “Neo2” que tiene un reportaje sobre el tema) gracias a diversos locales que, de manera personal y sin ninguna ayuda, igual que sucedió al finales de los setenta, programan agendas con conciertos y eventos artísticos multidisciplinares que van desde el Teatro amateur a las video proyecciones y las performances… No sé. He trabajado en uno de los bares que denominan de “La Nueva Movida” y, qué queréis que os diga, a lo mejor estuve poco tiempo y no me enteré –seguramente no cumpliría los cánones estéticos de la nueva generación-, pero yo no vi ningún movimiento cultural al uso, más bien mucha fachada. Eso sí me puse las botas de conciertos raros, raros, raros.
Bueno, que iba a hablar de la película y me he ido por los cerros de Úbeda. El caso es que las condiciones para visionar el film no eran del todo agradables. Y la cosa se complicó más cuando me doy cuenta de que la actriz que interpreta a Carmen es la hermana de mi prima Saruca. Pues vaya. El mundo es un pañuelo, desde luego. No la había conocido en las fotos porque con tanto maquillaje y el pelo teñido de negro la niña cambia mucho. Así que otro aliciente para no enterarme de la misa a la mitad. Le diré que me ha gustado su interpretación, que, vaya, no está mal para ser debutante. Algo me habían comentado en mi familia y al ver el primer fotograma se consolidó la pieza del puzzle que faltaba.
El Calentito se desarrolla en un bar en el que su directora, Chus Gutiérrez, trabajó en los años 80. Trata de dar su visión particular del Madrid de aquellos entonces a través de su propia experiencia. No sé si os acordaréis que Chus tenía un grupo musical llamado la Xoxonees o Chochonis que cantaban también muy mal. Recuerdo una canción rara en la que decían algo así como tírate a un yupi o similar. En fin, los ochenta.
Una personal y lúdica mirada sobre el golpe de estado del 23 F de 1.981. Sobresaliente la interpretación de Nuria González, sí señor. Guapísimo Nilo Mur (qué lunares tiene el chavalín, qué mono es). Sosilla Verónica Sánchez, aunque es el papel que le toca. Lluvia Rojo, tan guapísima y rubísima como siempre, de bollera pija y trepa. Fabuloso el guiño en el montaje al introducir la mítica actuación de Fabio McNamara y Almodóvar cantando aquello de “Suck it to me, suck it to me now. After breakfast, before breakfast. After dinner, before dinner. Suck it to me, suck it to me now” que no desentona nada en el largometraje.
No es ni de lejos la mejor película de la directora granadina (me quedo con Poniente y con Sexo Oral), pero es divertida. Para salir del cine contagiado de nostalgia.
Buen fin de semana a todos. Besitos. Calamity.
La descripción de una curva
La última vez que hablé –y por tanto vi- a Nicolás fue a la salida de la Colegiata de San Miguel Arcángel de mi pueblo hace casi seis años. Se estaba celebrando la novena (o como se diga) por la muerte de mi padre y ya casi estaba a punto de finalizar el calvario de tener todos los días que ir al Rosario y a la Misa de siete en memoria del ausente. Sólo lo hice por él que era muy creyente.
Estaba fuera. Apostado en una de las columnas del pórtico gótico que abre las puertas del templo, con un cigarrillo negro en la mano y sin barba en la faz, con lo cual me costó reconocerle. Yo estaba hablando con mis tías sobre el día a día y la insoportable levedad que sufría mi madre en aquellos duros momentos (si leéis a Kundera, sabréis de lo que hablo) cuando oí mi nombre saliendo de la boca de aquel hombre hasta entonces no conocido: “Cal, ¿qué tal te encuentras?”. Cuando me volví y caí en la cuenta de quién era aquél señor pequeño, delgado y con ese aspecto anclado en los años 70 no pude más que sonreírme y decir “Nicolás, pero, ¿qué haces aquí?”. Ya ves, un profesor como él y yo tratándole de tú como si tal cosa. Su respuesta fue “acompañarte”. Luego estuvimos un largo rato hablando de nuestras cosas, de qué hacía yo, de si había acabado la carrera y qué estaba estudiando, de dónde estaba él y de porqué se había rasurado su característica barba.
Con esta breve descripción digo casi todo de aquel hombre que fue, es y será mi profesor más querido. A él he de agradecerle que hoy sea quien soy y que hoy tenga un amor indescriptible por el Jazz y por Jerusalén. Y por las matemáticas. Porque Nicolás era profesor de mates, asignatura casi siempre odiada por todos y cada uno de los alumnos del mundo. Por mi también, hasta que él entró en mi vida.
Nicolás tenía fama de profesor hueso de Bachiller. Aprobaba muy poca gente su asignatura de Matemáticas y era implacable en clase. No se oía ni el zumbido de una mosca cuando él estaba explicando los puntos de inflexión de las curvas y las derivadas que había que hacerse para hallarlos (si mal no recuerdo). Todos los días nos mandaba el estudio de una curva y esa era una tarea que llevaba varias horas en la tarde… Y lo peor es que al día siguiente te podía tocar por arte de birlibirloque salir al encerado a describir la curva en cuestión y como no la tuvieras…
Un día me tocó a mi. Era una curva normalita, no muy compleja, pero, como casi todas las curvas tenía un “peralte” complicado.
- A ver. Señorita Calamidad, salga usted y muestre a sus compañeros cómo es esta curva.
En clase siempre nos trataba de usted. Yo salí con más nervios que María Barranco en una conocida peli de Almodóvar y con absolutamente nada de seguridad en mi misma. Las mates, aunque me esforzaba por entender, no se me daban bien. Me puse en el encerado, tomé una tiza blanca y me puse a resolver ecuaciones. El tiempo discurría leeeeeeeeeeeeeeento. El silencio era sepulcral. Y mi pulso se apaciguaba muy poco a poco.
Cuando yo ya estaba totalmente metida en mi papel de alumna ejemplar, oigo unas risillas nerviosas que vienen de la platea. Miro hacia atrás, miro al lado y me encuentro a don Nicolás subido en una silla de madera a mi lado en la pizarra. Me debí de quedar petrificada o con cara de idiota cuando me salta con la más absoluta seriedad: “Un profesor no puede ser más bajo que ninguno de sus alumnos”. Y me guiñó un ojo. Yo en ese momento ya no tenía ni concentración, ni mano para escribir, ni apuntes en el cuaderno porque se acababa de caer al suelo.
Empecé a conocer a Nicolás como persona cuando fue el Jefe de Estudios. La abajo firmante estaba más tiempo fuera que dentro de clase. A veces queriendo y otras veces por imposición de algún profesor desalmando que nos soportaba mi batería de preguntas sobre Filosofía (si por algo estudié periodismo, digo yo). Normalmente me sentaba en las escaleras que bajaban a las clases donde de impartía EGB y me encendía un pitillo. Solía llevar algún libro en el cabás así que me ponía a leer. Pero me aburría como una ostra. Más aún. Nicolás estaba casi siempre en la habitación pequeñita del fondo del pasillo cumpliendo con sus obligaciones de profesor –corrigiendo exámenes básicamente- y de jefe de estudios –escribiendo cartas a los padres de los alumnos rebeldes.
Un día, después de verme puluar por los pasillos varias veces, me invitó a entrar. No sé si sonaba Miles Davis o alguien similar en un tocadiscos… Despejó un viejo sofá de piel color granate y me sentó allí sin decirme nada. Estuvimos un rato en silencio hasta que fue roto por una de sus preguntas “Señorita Calamidad, ¿por qué está usted siempre fuera de clase?”. La verdad es que no lo sabía ni yo misma. Y así comenzó nuestra primera conversación alumna – jefe de estudios que poco a poco se fue transformando en una plática amiga – amigo. Cuando comenzó la siguiente clase llevaba en la mochila varios vinilos de Jazz para escuchar tranquilamente en casa. Desde entonces empezó nuestro intercambio de discos que no terminó hasta que no finalizaron mis estudios de COU y me fui a la Universidad.
Como Jefe de Estudios Nicolás fue el encargado de cuidarnos durante nuestros exámenes de Selectividad. Al vivir en un pueblo teníamos que ir hasta Palencia –a 99 kilómetros- para realizar las pruebas de acceso a la universidad. Entre examen y examen Nicolás nos distraía con sus viajes y su basta cultura. No sé cómo le dije un día que me gustaría conocer Jerusalén (estaba yo atravesando una época muy pía en mi vida, hasta me confirmé y todo) y nunca olvidaré lo que me contestó, aunque no me gustara en aquel momento: “Cal, Jerusalén no te gustará nada. Ha crecido mucho y sin control y las zonas bonitas están restringidas a las mujeres”. Con esto me quiso decir que de la visita Muro de las Lamentaciones, que seguramente fuese lo único de lo que yo había oído hablar por aquellos entonces, nada de nada.
Pero nos contó las maravillas de Ispahán, de Petra y los nabateos, de Abu Simbel y la búsqueda de las fuentes del Nilo, de Belén, de Beirut, de Damasco, de Troya y Esmirna, de Samarcanda allá en Uzbekistán… De Marco Polo y la China, de Alejandro Magno y su Babilonia, de Salah al-Din y la Tercera Cruzada, de Jesús de Nazareth, San Pablo y San Pedro, de Gandhi, de Winston Churchill, de la Madre Teresa de Calcuta, de Einstein y Marie Curie… Fascinación es poco para describir esos mágicos instantes.
Hace algo más de un año me enteré de su repentina muerte tras sufrir un rebrote de malaria. Los médicos le dijeron que debería distanciar más su vuelta a las misiones, pero nada, era más terco que una mula. Había dejado el cómodo Primer Mundo para irse a la India a enseñar a los niños a leer y a calcular… Me dejó tristísima. Fue un duro golpe para mi. Ese día (y cualquier día que paso por mi antiguo colegio) recordé más que nunca la figura del fraile Nicolás: un hombre de los pies a la cabeza, un ser humano adorable, una persona única que se murió por su dedicación a los demás y que nunca aparecerá en ningún santoral ni en ninguna lista de premios con sobrada reputación, pero que siempre ocupará un primer puesto en mi corazón de alumna.
Besillos para todos y en especial para ti, Nicolás, donde quiera que estés. Calamity.
Estaba fuera. Apostado en una de las columnas del pórtico gótico que abre las puertas del templo, con un cigarrillo negro en la mano y sin barba en la faz, con lo cual me costó reconocerle. Yo estaba hablando con mis tías sobre el día a día y la insoportable levedad que sufría mi madre en aquellos duros momentos (si leéis a Kundera, sabréis de lo que hablo) cuando oí mi nombre saliendo de la boca de aquel hombre hasta entonces no conocido: “Cal, ¿qué tal te encuentras?”. Cuando me volví y caí en la cuenta de quién era aquél señor pequeño, delgado y con ese aspecto anclado en los años 70 no pude más que sonreírme y decir “Nicolás, pero, ¿qué haces aquí?”. Ya ves, un profesor como él y yo tratándole de tú como si tal cosa. Su respuesta fue “acompañarte”. Luego estuvimos un largo rato hablando de nuestras cosas, de qué hacía yo, de si había acabado la carrera y qué estaba estudiando, de dónde estaba él y de porqué se había rasurado su característica barba.
Con esta breve descripción digo casi todo de aquel hombre que fue, es y será mi profesor más querido. A él he de agradecerle que hoy sea quien soy y que hoy tenga un amor indescriptible por el Jazz y por Jerusalén. Y por las matemáticas. Porque Nicolás era profesor de mates, asignatura casi siempre odiada por todos y cada uno de los alumnos del mundo. Por mi también, hasta que él entró en mi vida.
Nicolás tenía fama de profesor hueso de Bachiller. Aprobaba muy poca gente su asignatura de Matemáticas y era implacable en clase. No se oía ni el zumbido de una mosca cuando él estaba explicando los puntos de inflexión de las curvas y las derivadas que había que hacerse para hallarlos (si mal no recuerdo). Todos los días nos mandaba el estudio de una curva y esa era una tarea que llevaba varias horas en la tarde… Y lo peor es que al día siguiente te podía tocar por arte de birlibirloque salir al encerado a describir la curva en cuestión y como no la tuvieras…
Un día me tocó a mi. Era una curva normalita, no muy compleja, pero, como casi todas las curvas tenía un “peralte” complicado.
- A ver. Señorita Calamidad, salga usted y muestre a sus compañeros cómo es esta curva.
En clase siempre nos trataba de usted. Yo salí con más nervios que María Barranco en una conocida peli de Almodóvar y con absolutamente nada de seguridad en mi misma. Las mates, aunque me esforzaba por entender, no se me daban bien. Me puse en el encerado, tomé una tiza blanca y me puse a resolver ecuaciones. El tiempo discurría leeeeeeeeeeeeeeento. El silencio era sepulcral. Y mi pulso se apaciguaba muy poco a poco.
Cuando yo ya estaba totalmente metida en mi papel de alumna ejemplar, oigo unas risillas nerviosas que vienen de la platea. Miro hacia atrás, miro al lado y me encuentro a don Nicolás subido en una silla de madera a mi lado en la pizarra. Me debí de quedar petrificada o con cara de idiota cuando me salta con la más absoluta seriedad: “Un profesor no puede ser más bajo que ninguno de sus alumnos”. Y me guiñó un ojo. Yo en ese momento ya no tenía ni concentración, ni mano para escribir, ni apuntes en el cuaderno porque se acababa de caer al suelo.
Empecé a conocer a Nicolás como persona cuando fue el Jefe de Estudios. La abajo firmante estaba más tiempo fuera que dentro de clase. A veces queriendo y otras veces por imposición de algún profesor desalmando que nos soportaba mi batería de preguntas sobre Filosofía (si por algo estudié periodismo, digo yo). Normalmente me sentaba en las escaleras que bajaban a las clases donde de impartía EGB y me encendía un pitillo. Solía llevar algún libro en el cabás así que me ponía a leer. Pero me aburría como una ostra. Más aún. Nicolás estaba casi siempre en la habitación pequeñita del fondo del pasillo cumpliendo con sus obligaciones de profesor –corrigiendo exámenes básicamente- y de jefe de estudios –escribiendo cartas a los padres de los alumnos rebeldes.
Un día, después de verme puluar por los pasillos varias veces, me invitó a entrar. No sé si sonaba Miles Davis o alguien similar en un tocadiscos… Despejó un viejo sofá de piel color granate y me sentó allí sin decirme nada. Estuvimos un rato en silencio hasta que fue roto por una de sus preguntas “Señorita Calamidad, ¿por qué está usted siempre fuera de clase?”. La verdad es que no lo sabía ni yo misma. Y así comenzó nuestra primera conversación alumna – jefe de estudios que poco a poco se fue transformando en una plática amiga – amigo. Cuando comenzó la siguiente clase llevaba en la mochila varios vinilos de Jazz para escuchar tranquilamente en casa. Desde entonces empezó nuestro intercambio de discos que no terminó hasta que no finalizaron mis estudios de COU y me fui a la Universidad.
Como Jefe de Estudios Nicolás fue el encargado de cuidarnos durante nuestros exámenes de Selectividad. Al vivir en un pueblo teníamos que ir hasta Palencia –a 99 kilómetros- para realizar las pruebas de acceso a la universidad. Entre examen y examen Nicolás nos distraía con sus viajes y su basta cultura. No sé cómo le dije un día que me gustaría conocer Jerusalén (estaba yo atravesando una época muy pía en mi vida, hasta me confirmé y todo) y nunca olvidaré lo que me contestó, aunque no me gustara en aquel momento: “Cal, Jerusalén no te gustará nada. Ha crecido mucho y sin control y las zonas bonitas están restringidas a las mujeres”. Con esto me quiso decir que de la visita Muro de las Lamentaciones, que seguramente fuese lo único de lo que yo había oído hablar por aquellos entonces, nada de nada.
Pero nos contó las maravillas de Ispahán, de Petra y los nabateos, de Abu Simbel y la búsqueda de las fuentes del Nilo, de Belén, de Beirut, de Damasco, de Troya y Esmirna, de Samarcanda allá en Uzbekistán… De Marco Polo y la China, de Alejandro Magno y su Babilonia, de Salah al-Din y la Tercera Cruzada, de Jesús de Nazareth, San Pablo y San Pedro, de Gandhi, de Winston Churchill, de la Madre Teresa de Calcuta, de Einstein y Marie Curie… Fascinación es poco para describir esos mágicos instantes.
Hace algo más de un año me enteré de su repentina muerte tras sufrir un rebrote de malaria. Los médicos le dijeron que debería distanciar más su vuelta a las misiones, pero nada, era más terco que una mula. Había dejado el cómodo Primer Mundo para irse a la India a enseñar a los niños a leer y a calcular… Me dejó tristísima. Fue un duro golpe para mi. Ese día (y cualquier día que paso por mi antiguo colegio) recordé más que nunca la figura del fraile Nicolás: un hombre de los pies a la cabeza, un ser humano adorable, una persona única que se murió por su dedicación a los demás y que nunca aparecerá en ningún santoral ni en ninguna lista de premios con sobrada reputación, pero que siempre ocupará un primer puesto en mi corazón de alumna.
Besillos para todos y en especial para ti, Nicolás, donde quiera que estés. Calamity.
Oooooooooooh
Vale, ahora estoy más tranquila y me conformo con un sonoro y tristón oh, pero si alguno de vosotros, por una remota casualidad, me hubiera llamado el sábado por la tarde noche un oh era lo más improbable que le hubiera dicho. Estaba de uñas. Cabreadísima.
Sacrifiqué un fin de semana junto a mi enano y mi mamá (bueno que aún no ha regresado a la Quinta de los Sustos) y subir a Gijón a una macro quedada para complacer un deseo que desde hacía tiempo tenía pensado en cumplir: ir a Pedraza (www.pedraza.net) para pasar allí el segundo sábado de Julio. Día en el que se celebra el –ahora sí- archiconocido Concierto de las Velas. La primera vez que fui, hace ya muchos años, casi no me enteré del concierto. Ni lo que tocaron ni qué compañía lo tocó. Es más ni me enteré y así pasó lo que pasó el sábado: que yo pensaba que las cosas eran en plan altruista…

Paquete y yo nos encaminamos con un sol de justicia rumbo a Segovia para llegar más tarde a la conocida villa de la Sierra de Guadarrama. Cremita de protección solar total, litros de agua, bocatas (después de lo de Hacienda y de las vacaciones que se acercan peligrosamente el horno no está para bollos), cámara de fotos y vestimenta elegante dispuestos a sentarnos un par de horas para escuchar a los Madrigalistas de Praga el Réquiem de Mozart (pieza adorada por mi desde que tengo uso de razón. Es lo que tiene tener unos padres melómanos). Yo estaba que me salía de alegría. Nunca he escuchado en directo dicha composición.
El primer problema se nos presentó con la carretera de circunvalación de Segovia. Hijos míos, hace seis años que no vivo en dicha ciudad así que desconocía por completo la calzada. Para coger la Nacional 110, acabamos en Bernuy de Porreros (momento de risas, ja,jas y demás… el pueblo se llama así, yo no me invento nada) e incluso un poco más allá porque yo seguía erre que erre que se iba por ahí. Y claro que hubiéramos llegado. Eso sí, dando un rodeo de 45 kilómetros. Hala vuelta a Segovia para reencontrarnos con la nacional.
Llegamos a Pedraza y, coño, aquello era un sinsentido, la debacle, la hecatombe. Era como que no existiese otro lugar en el mundo salvo el pueblito en cuestión. Yo estaba horrorizada. Nunca me han gustado las aglomeraciones. Es que ¡habían hasta autobuses de Cádiz y demás sitios periféricos de la península ibérica! (Amaltea, hija, no tengo nada en contra de los gaditanos, eh, es que me llamó la atención que vinieran de tan lejos). Era un ir y venir de gente horroroso. Como que estuvieses en el Carrefour un sábado por la mañana pero a precios de boutique de delicatessen. Qué horror. Y que conste que yo estoy totalmente de acuerdo con que la cultura ha de llegar a todos.
Tuvimos que aparcar en un descampado a tomar por el saco de las murallas y la velas. Y yo con tacones. A medida que nos íbamos acercando a la fortificación medieval iban apareciendo velitas y carteles invitándonos al encendido de velas colectivo. Al principio me gustó la idea. Luego, después de lo que a continuación viene, vamos, vamos…
Entramos a ver al antigua cárcel. Un edificio bien curioso que merece la pena visitar. Está justo encima de la única entrada que tiene el pueblo y actualmente está limpio y restaurado. Muy cuco para ser una cárcel. Conserva las celdas de madera originales del siglo XVII (claustrofóbicas a más no poder) y una piedra de chimenea con un león labrado que, francamente, fue lo que más me gustó. Cuando salimos de la mini visita, me entró la sensación de haber sido estafada. ¿2,50 € por una visita de 15 minutos? Venga ya.
Fuimos corriendo hacia el castillo para poder visitarlo. Yo no lo conocía por dentro. Y me quedé sin conocerlo. Cuatro euros costaba la entrada. Tócate los pies. Y había una cola… Ni en el Museo del Vaticano. Paquete y yo optamos por irnos a ver el pueblo y pillar sitio para escuchar a mi Mozart. Foto por allí, foto por allá y fuera.
Pero, oh sorpresa, que el concierto no era gratis, que había que pagar una cantidad que, sinceramente, prefiero desembolsarla para ver cualquier Ópera en el Real… Y lo peor de todo es que la plaza porticada estaba cerrada al público (lógico por otra parte).
En fin, que me agarré un puteo de los morrocotudos. Me empecé a cabrear y puse pucheros y, nada, ni velitas, ni nada. Antes de que anocheciese de verdad paquete y yo estábamos comiéndonos nuestros bocatas de jamón (eso sí, de pata negra que una tiene cierta clase :PPPP) cerca del Santuario de la Fuencisla en Segovia (uno de mis sitios preferidos de la ciudad).
Besitos más que nunca calamitosos. Calamity.
PD: la foto es de Paquete. Yo no tiré ni un carrete gracias al cabreo considerable que me pillé.
Sacrifiqué un fin de semana junto a mi enano y mi mamá (bueno que aún no ha regresado a la Quinta de los Sustos) y subir a Gijón a una macro quedada para complacer un deseo que desde hacía tiempo tenía pensado en cumplir: ir a Pedraza (www.pedraza.net) para pasar allí el segundo sábado de Julio. Día en el que se celebra el –ahora sí- archiconocido Concierto de las Velas. La primera vez que fui, hace ya muchos años, casi no me enteré del concierto. Ni lo que tocaron ni qué compañía lo tocó. Es más ni me enteré y así pasó lo que pasó el sábado: que yo pensaba que las cosas eran en plan altruista…

Paquete y yo nos encaminamos con un sol de justicia rumbo a Segovia para llegar más tarde a la conocida villa de la Sierra de Guadarrama. Cremita de protección solar total, litros de agua, bocatas (después de lo de Hacienda y de las vacaciones que se acercan peligrosamente el horno no está para bollos), cámara de fotos y vestimenta elegante dispuestos a sentarnos un par de horas para escuchar a los Madrigalistas de Praga el Réquiem de Mozart (pieza adorada por mi desde que tengo uso de razón. Es lo que tiene tener unos padres melómanos). Yo estaba que me salía de alegría. Nunca he escuchado en directo dicha composición.
El primer problema se nos presentó con la carretera de circunvalación de Segovia. Hijos míos, hace seis años que no vivo en dicha ciudad así que desconocía por completo la calzada. Para coger la Nacional 110, acabamos en Bernuy de Porreros (momento de risas, ja,jas y demás… el pueblo se llama así, yo no me invento nada) e incluso un poco más allá porque yo seguía erre que erre que se iba por ahí. Y claro que hubiéramos llegado. Eso sí, dando un rodeo de 45 kilómetros. Hala vuelta a Segovia para reencontrarnos con la nacional.
Llegamos a Pedraza y, coño, aquello era un sinsentido, la debacle, la hecatombe. Era como que no existiese otro lugar en el mundo salvo el pueblito en cuestión. Yo estaba horrorizada. Nunca me han gustado las aglomeraciones. Es que ¡habían hasta autobuses de Cádiz y demás sitios periféricos de la península ibérica! (Amaltea, hija, no tengo nada en contra de los gaditanos, eh, es que me llamó la atención que vinieran de tan lejos). Era un ir y venir de gente horroroso. Como que estuvieses en el Carrefour un sábado por la mañana pero a precios de boutique de delicatessen. Qué horror. Y que conste que yo estoy totalmente de acuerdo con que la cultura ha de llegar a todos.
Tuvimos que aparcar en un descampado a tomar por el saco de las murallas y la velas. Y yo con tacones. A medida que nos íbamos acercando a la fortificación medieval iban apareciendo velitas y carteles invitándonos al encendido de velas colectivo. Al principio me gustó la idea. Luego, después de lo que a continuación viene, vamos, vamos…
Entramos a ver al antigua cárcel. Un edificio bien curioso que merece la pena visitar. Está justo encima de la única entrada que tiene el pueblo y actualmente está limpio y restaurado. Muy cuco para ser una cárcel. Conserva las celdas de madera originales del siglo XVII (claustrofóbicas a más no poder) y una piedra de chimenea con un león labrado que, francamente, fue lo que más me gustó. Cuando salimos de la mini visita, me entró la sensación de haber sido estafada. ¿2,50 € por una visita de 15 minutos? Venga ya.
Fuimos corriendo hacia el castillo para poder visitarlo. Yo no lo conocía por dentro. Y me quedé sin conocerlo. Cuatro euros costaba la entrada. Tócate los pies. Y había una cola… Ni en el Museo del Vaticano. Paquete y yo optamos por irnos a ver el pueblo y pillar sitio para escuchar a mi Mozart. Foto por allí, foto por allá y fuera.
Pero, oh sorpresa, que el concierto no era gratis, que había que pagar una cantidad que, sinceramente, prefiero desembolsarla para ver cualquier Ópera en el Real… Y lo peor de todo es que la plaza porticada estaba cerrada al público (lógico por otra parte).
En fin, que me agarré un puteo de los morrocotudos. Me empecé a cabrear y puse pucheros y, nada, ni velitas, ni nada. Antes de que anocheciese de verdad paquete y yo estábamos comiéndonos nuestros bocatas de jamón (eso sí, de pata negra que una tiene cierta clase :PPPP) cerca del Santuario de la Fuencisla en Segovia (uno de mis sitios preferidos de la ciudad).
Besitos más que nunca calamitosos. Calamity.
PD: la foto es de Paquete. Yo no tiré ni un carrete gracias al cabreo considerable que me pillé.
El horror
Hace aproximadamente tres o cuatro años que no veo en condiciones una película de género bélico que, hoy por hoy y a mi modo de entender el cine, es decir, de manera totalmente prosaica, es de lo mejor que he visto. En mi “lista” ocupa el primer puesto en cuanto a cine de guerra se refiere. El libro del que parte la película también está entre mis favoritos.
Estoy hablando de Apocalypse Now de Coppola y del libro de Joseph Conrad El Corazón de las Tinieblas. Ambos con localizaciones diferentes –uno en la Guerra de Vietnam, otro en el salvaje y misterioso río Congo en la África Colonial del siglo XIX- narran un viaje que, plagado de metáforas, más bien creo que es un viaje hacia el interior de uno mismo, hacia el lugar donde se encuentra la locura y ese punto de inflexión, ese punto de no retorno donde todo cambiará para siempre.
Y todo esto por qué. Muy sencillo. Ayer de nuevo el horror se apoderó del mundo. Primero Nueva York, algo increíble para el mundo de occidente en aquel momento. Yo lo vi en la estación de Metro de Moncloa y pensé que era una película con unos sorprendentes efectos especiales hasta que me di cuenta que no, que era real. Luego Madrid. Por desgracia este le viví, como todos los madrileños, en primera persona. Tardé una semana en poder llorar. Y ayer Londres. Con un susto morrocotudo empecé a llamar a mi prima Eus que vive en la capital británica sin ninguna suerte. Llamé a su madre y poco después su madre me llamó a mi para decirme que no le había pasado nada. A ella no. A su marido tampoco. Pero a aproximadamente 738 personas sí. Treinta y ocho ya no lo contarán. De los 700 heridos, veremos a ver. Esta mañana he llorado entre cruasáns recién hechos, café y sacarina.
No me extiendo más. Os dejó con una minúscula parte del guión del señor John Milius. Unas palabras que, no sabemos si en plena locura o en plena cordura, el Capitán Kurtz piensa en alto delante del que será su verdugo, el Teniente Willard.
***
Kurtz está muriendo y susurra sus últimas palabras.
KURTZ: El horror. El horror.
Willard encuentra un manuscrito de Kurtz donde dice:
"Lanzad la bomba. Exterminadlos a todos."
Willard abandona el templo entre nativos con arcos y flechas. Deja el machete delante de ellos y recoge a Lance para volver juntos al bote.
Willard apaga la radio. Un largo camino de regreso les espera...
"El horror. El horror."
***
PD. Los que habéis visto el film sé que no me malinterpretaréis. Yo no soy partidaria del exterminio de nadie. Creo que el peor de los castigos para semejantes especímenes es prolongar lo máximo posible la vida de estos haciéndoles sentir una culpabilidad extrema y no menos grande de la que deberían de sufrir de aquí a que la muerte se acuerde de ellos. Igual que le sucederá, con toda seguridad, al Teniente Willard.
PD. Y perdón por la traducción del guión. Seguramente es bastante mala. Esta tarde me veré la peli y lo podré corroborar.
Besitos. Calamity.
Estoy hablando de Apocalypse Now de Coppola y del libro de Joseph Conrad El Corazón de las Tinieblas. Ambos con localizaciones diferentes –uno en la Guerra de Vietnam, otro en el salvaje y misterioso río Congo en la África Colonial del siglo XIX- narran un viaje que, plagado de metáforas, más bien creo que es un viaje hacia el interior de uno mismo, hacia el lugar donde se encuentra la locura y ese punto de inflexión, ese punto de no retorno donde todo cambiará para siempre.
Y todo esto por qué. Muy sencillo. Ayer de nuevo el horror se apoderó del mundo. Primero Nueva York, algo increíble para el mundo de occidente en aquel momento. Yo lo vi en la estación de Metro de Moncloa y pensé que era una película con unos sorprendentes efectos especiales hasta que me di cuenta que no, que era real. Luego Madrid. Por desgracia este le viví, como todos los madrileños, en primera persona. Tardé una semana en poder llorar. Y ayer Londres. Con un susto morrocotudo empecé a llamar a mi prima Eus que vive en la capital británica sin ninguna suerte. Llamé a su madre y poco después su madre me llamó a mi para decirme que no le había pasado nada. A ella no. A su marido tampoco. Pero a aproximadamente 738 personas sí. Treinta y ocho ya no lo contarán. De los 700 heridos, veremos a ver. Esta mañana he llorado entre cruasáns recién hechos, café y sacarina.
No me extiendo más. Os dejó con una minúscula parte del guión del señor John Milius. Unas palabras que, no sabemos si en plena locura o en plena cordura, el Capitán Kurtz piensa en alto delante del que será su verdugo, el Teniente Willard.
***
Kurtz está muriendo y susurra sus últimas palabras.
KURTZ: El horror. El horror.
Willard encuentra un manuscrito de Kurtz donde dice:
"Lanzad la bomba. Exterminadlos a todos."
Willard abandona el templo entre nativos con arcos y flechas. Deja el machete delante de ellos y recoge a Lance para volver juntos al bote.
Willard apaga la radio. Un largo camino de regreso les espera...
"El horror. El horror."
***
PD. Los que habéis visto el film sé que no me malinterpretaréis. Yo no soy partidaria del exterminio de nadie. Creo que el peor de los castigos para semejantes especímenes es prolongar lo máximo posible la vida de estos haciéndoles sentir una culpabilidad extrema y no menos grande de la que deberían de sufrir de aquí a que la muerte se acuerde de ellos. Igual que le sucederá, con toda seguridad, al Teniente Willard.
PD. Y perdón por la traducción del guión. Seguramente es bastante mala. Esta tarde me veré la peli y lo podré corroborar.
Besitos. Calamity.
Fluido Rosa
La mayoría de las veces que pienso en cómo somos los seres humanos sólo me viene a la cabeza un adjetivo: deplorables. Sin embargo dentro de nuestra penosa existencia, a lo largo de la historia muchos seres humanos han destacado por múltiples cualidades (sin necesidad de que el márketing esté haciendo de las suyas). En medio de esa capacidad nuestra para hacernos daño y hacer daño al resto de congéneres también sobresalen pequeñas islas de bondad y savoir faire con los demás. Y menos mal.
Mientras muchos de vosotros estabais celebrando el Día del Orgullo Gay por todo lo alto y, hay que decirlo, como se merece (vuelvo a repetir que enhorabuena a todos los homosexuales de este país), aquí Misss Calamity estaba disfrutando del Live Aid 2004 (www.live8live.com) organizado por Bob Geldof, líder del grupo Boomtown Rats, en varias ciudades del planeta: Londres, Roma, Johannesburgo, Moscú, Filadelfia, Barrie, Tokyo y Berlín. Eso sí por la tele. Hubiera dado mi brazo derecho por estar, sobre todo, en Londres, pero no pudo ser.
Cuando era enanilla, es decir, hace 20 años, también estuve viendo con mi padre alguno de los conciertos del anterior Live Aid. Con nueve añitos me enteraba más bien poco de lo que estaba sucediendo como comprenderéis. También vimos juntos y por la tele el concierto de The Wall poco después de caer el Muro de Berlín en 1989... Ese le recuerdo mucho mejor. Creo ver a Nina Hagen o Cindy Lauper (¿?) brincar por el escenario. Y, ¿qué tiene que ver The Wall en todo esto? Tranquilos, tranquilos.
Me entusiasma que tanta gente –gente comprometida con grandes multinacionales discográficas y con agendas muy apretadas- dediquen un día de su tiempo para los demás y de manera altruista, sin cobrar nada a cambio. Sólo les movía una cosa: acabar con la pobreza del mundo. Una utopía, tal vez, mientras nuestros dirigentes sigan haciendo oídos sordos a las necesidades del Tercer Mundo que, por cierto, gracias a él en el Primer Mundo vivimos como vivimos. Veremos a ver qué tal va la cumbre del G8 en Edimburgo.
Pero no quiero hablar aquí de Política (tema que me fascina, pero no creo que sea el momento adecuado). Quiero hablar de Música. Más que de Música de un grupo musical. Para mi la madre del cordero, la quintaesencia de la música, unos maestros absolutos. Pink Floyd. (www.pinkfloyd.co.uk)

Con sólo cuatro canciones de su extenso repertorio consiguieron emocionarme como a un chavalín con un juguete nuevo. Paquete me había estado diciendo todo el día que iban a tocar Pink Floyd y todo el día estuve viendo los diferentes miniconciertos (me gustaron mucho Green Day y Velvet Revolver y una chica rubia norteamericana (¿?) que cantaba como los negros, maravillosa, entre otros. Una pena REM; parecía como que Michael Stipe estuviera acatarrado) para llegar a la noche y ver a los pesos pesados de la música. Me sorprendí a mi misma cuando no conocí a The Who, bueno, a parte de The Who. Me reproché y me reprocharé por secula seculorum que lleve casi un año y medio desconectada del panorama musical…
Me estaba arreglando para salir al cine cuando, estando en el aseo, oigo a Paquete gritar un “¡Calamity ven!” desde el salón. Sin ver la pantalla ya supe qué ocurría, como esas veces que estás pensando en alguien y de repente te llama por teléfono. Pues esta vez David Gilmour y Roger Waters me estaban llamando a mi.
Momento histórico para cualquier fan de Pink Floyd: Gilmour y Waters de nuevo juntos sobre un escenario. Y qué mayorcitos están. Estuve mirando las fotos del libreto de “The Dark Side of the Moon” y da no sé qué ver a Gilmour sin su melena (aunque lleva ya muchos años con el pelo rapado). El tiempo no perdona.
Ni Richard Write ni Nick Mason pudieron estar en tan magno evento. De Syd Barret ni hablamos. Éste último seguirá en su “paraíso” particular. Sin embargo empezaron el concierto con una canción compuesta por el batería Mason Speak to me. Casi me da un soponcio en ese mismo instante.
El bobo del comentarista añadió a la interpretación un coletilla que se la podía haber callado. Cualquiera sabe que Speak to me es la primera canción de “The Dark Side of the Moon”, no del álbum “Animals”. Es la leche. Se dedican a la Música, trabajan y viven de ella y se permiten tener esos fallos. Imperdonable. Y además ser tan descarados como para pisar con sus tontas voces la siguiente canción Money, una de mis favoritas. Una de las pocas canciones que existen en el mundo que consiguen ponerme todos los pelos como escarpias. Una de las canciones que está en mi Top Ten particular.
Luego vino Wish You Where Here del álbum homónimo. Era previsible y parecía que anunciaba el final del conciertillo. Yo ya estaba en el Nirvana en ese mismo instante. A Paquete le tenía abrumado sacando todos los discos que tengo de Pink Floyd y enseñándole cosas y fotos y diciéndole que si esta canción es de aquí y la otra de acullá… Pobre, qué paciencia tiene conmigo. Pero como me veía feliz y con los ojos cristalinos, él también se contagió de mi alegría.
Bravo por el realizador del evento que, desde Hyde Park en Londres, hizo un guiño al grupo enfocando las cuatro chimeneas de Battersea Power Station que aparecen en la carátula de “Animals”.
Pensé que todo había acabado. Pensé que por un momento había tocado el cielo y ahora tocaba de nuevo bajar a la Tierra, pero qué va. Todavía quedaba Comfortably Numb del álbum más conocido de los Floyd “The Wall” que, realmente, es obra de Roger Waters en solitario prácticamente.
Si hubiese muerto en ese instante, hubiese muerto en la felicidad más absoluta.
Besitos con un toque de Ópera Rock. Calamity.
ACTUALIZACIÓN, 07/07/05, 11:09
Aunque no tiene mucho que ver con el post -mejor dicho no tiene nada que ver-, pero dadas las circunstancias de lo de Madrid 2012, aquí os dejo con link a una cosa que me pareció muy graciosilla hace tiempo y que creo que os hará reir:
http://home.datacomm.ch/marco.fernando/fla/bozzetto/olympics.swf
Tened paciencia que tarda mucho en cargar, pero es muy simpático. Besines y ánimo que para el 2020 serán nuestras (con la consabida subida de los precios en todo, incluídos los pisos).
Mientras muchos de vosotros estabais celebrando el Día del Orgullo Gay por todo lo alto y, hay que decirlo, como se merece (vuelvo a repetir que enhorabuena a todos los homosexuales de este país), aquí Misss Calamity estaba disfrutando del Live Aid 2004 (www.live8live.com) organizado por Bob Geldof, líder del grupo Boomtown Rats, en varias ciudades del planeta: Londres, Roma, Johannesburgo, Moscú, Filadelfia, Barrie, Tokyo y Berlín. Eso sí por la tele. Hubiera dado mi brazo derecho por estar, sobre todo, en Londres, pero no pudo ser.
Cuando era enanilla, es decir, hace 20 años, también estuve viendo con mi padre alguno de los conciertos del anterior Live Aid. Con nueve añitos me enteraba más bien poco de lo que estaba sucediendo como comprenderéis. También vimos juntos y por la tele el concierto de The Wall poco después de caer el Muro de Berlín en 1989... Ese le recuerdo mucho mejor. Creo ver a Nina Hagen o Cindy Lauper (¿?) brincar por el escenario. Y, ¿qué tiene que ver The Wall en todo esto? Tranquilos, tranquilos.
Me entusiasma que tanta gente –gente comprometida con grandes multinacionales discográficas y con agendas muy apretadas- dediquen un día de su tiempo para los demás y de manera altruista, sin cobrar nada a cambio. Sólo les movía una cosa: acabar con la pobreza del mundo. Una utopía, tal vez, mientras nuestros dirigentes sigan haciendo oídos sordos a las necesidades del Tercer Mundo que, por cierto, gracias a él en el Primer Mundo vivimos como vivimos. Veremos a ver qué tal va la cumbre del G8 en Edimburgo.
Pero no quiero hablar aquí de Política (tema que me fascina, pero no creo que sea el momento adecuado). Quiero hablar de Música. Más que de Música de un grupo musical. Para mi la madre del cordero, la quintaesencia de la música, unos maestros absolutos. Pink Floyd. (www.pinkfloyd.co.uk)

Con sólo cuatro canciones de su extenso repertorio consiguieron emocionarme como a un chavalín con un juguete nuevo. Paquete me había estado diciendo todo el día que iban a tocar Pink Floyd y todo el día estuve viendo los diferentes miniconciertos (me gustaron mucho Green Day y Velvet Revolver y una chica rubia norteamericana (¿?) que cantaba como los negros, maravillosa, entre otros. Una pena REM; parecía como que Michael Stipe estuviera acatarrado) para llegar a la noche y ver a los pesos pesados de la música. Me sorprendí a mi misma cuando no conocí a The Who, bueno, a parte de The Who. Me reproché y me reprocharé por secula seculorum que lleve casi un año y medio desconectada del panorama musical…
Me estaba arreglando para salir al cine cuando, estando en el aseo, oigo a Paquete gritar un “¡Calamity ven!” desde el salón. Sin ver la pantalla ya supe qué ocurría, como esas veces que estás pensando en alguien y de repente te llama por teléfono. Pues esta vez David Gilmour y Roger Waters me estaban llamando a mi.
Momento histórico para cualquier fan de Pink Floyd: Gilmour y Waters de nuevo juntos sobre un escenario. Y qué mayorcitos están. Estuve mirando las fotos del libreto de “The Dark Side of the Moon” y da no sé qué ver a Gilmour sin su melena (aunque lleva ya muchos años con el pelo rapado). El tiempo no perdona.
Ni Richard Write ni Nick Mason pudieron estar en tan magno evento. De Syd Barret ni hablamos. Éste último seguirá en su “paraíso” particular. Sin embargo empezaron el concierto con una canción compuesta por el batería Mason Speak to me. Casi me da un soponcio en ese mismo instante.
El bobo del comentarista añadió a la interpretación un coletilla que se la podía haber callado. Cualquiera sabe que Speak to me es la primera canción de “The Dark Side of the Moon”, no del álbum “Animals”. Es la leche. Se dedican a la Música, trabajan y viven de ella y se permiten tener esos fallos. Imperdonable. Y además ser tan descarados como para pisar con sus tontas voces la siguiente canción Money, una de mis favoritas. Una de las pocas canciones que existen en el mundo que consiguen ponerme todos los pelos como escarpias. Una de las canciones que está en mi Top Ten particular.
Luego vino Wish You Where Here del álbum homónimo. Era previsible y parecía que anunciaba el final del conciertillo. Yo ya estaba en el Nirvana en ese mismo instante. A Paquete le tenía abrumado sacando todos los discos que tengo de Pink Floyd y enseñándole cosas y fotos y diciéndole que si esta canción es de aquí y la otra de acullá… Pobre, qué paciencia tiene conmigo. Pero como me veía feliz y con los ojos cristalinos, él también se contagió de mi alegría.
Bravo por el realizador del evento que, desde Hyde Park en Londres, hizo un guiño al grupo enfocando las cuatro chimeneas de Battersea Power Station que aparecen en la carátula de “Animals”.
Pensé que todo había acabado. Pensé que por un momento había tocado el cielo y ahora tocaba de nuevo bajar a la Tierra, pero qué va. Todavía quedaba Comfortably Numb del álbum más conocido de los Floyd “The Wall” que, realmente, es obra de Roger Waters en solitario prácticamente.
Si hubiese muerto en ese instante, hubiese muerto en la felicidad más absoluta.
Besitos con un toque de Ópera Rock. Calamity.
ACTUALIZACIÓN, 07/07/05, 11:09
Aunque no tiene mucho que ver con el post -mejor dicho no tiene nada que ver-, pero dadas las circunstancias de lo de Madrid 2012, aquí os dejo con link a una cosa que me pareció muy graciosilla hace tiempo y que creo que os hará reir:
http://home.datacomm.ch/marco.fernando/fla/bozzetto/olympics.swf
Tened paciencia que tarda mucho en cargar, pero es muy simpático. Besines y ánimo que para el 2020 serán nuestras (con la consabida subida de los precios en todo, incluídos los pisos).
Los ángeles también tienen que pagar el colegio de los niños.
Esa fue la frase que Paquete me dijo el día que la Policía Nacional me hizo saber que mi cartera había aparecido en el barrio de Hortaleza. Todo empezó hace exactamente una semana. Paquete, unos amigos y yo salíamos extasiados de ver varios conciertos en el festival MetroRock. Ellos de ver a Siniestro Total y yo a Beck (el anterior post también va de eso, lo sé). Ellos de beberse unas cuantas cervezas y yo -aunque no lo creáis- no. Cuando escucho música, escucho música, no me pongo pedo. ;)
El caso es que a las tres de la mañana fue la última vez que vi en su original estado a mi carterita. Los últimos tickets del festival los pulimos en un par de panes de ajo. Emilio, uno de nuestros amigos, había perdido las llaves de su coche a la vez que había encontrado otro llavero que no era de ninguno de nosotros y andábamos de acá para allá buscando la oficina de objetos perdidos que estaba perdida. Vamos, que no existía.
Al día siguiente me levanté y bajé a mi tienda de chinitos habitual para comprar el pan cuando, cuál fue mi sorpresa, al pagar, ah, no estaba la cartera. Subí a casa y revolví a Roma con Santiago para constatar que nada, la cartera había desaparecido: DNI, dos tarjetas (de débito), varios carnés de clubes y demás, la tarjeta de la Seguridad Social, el abono de transportes y 30 € en dinero. Menos mal que me había dejado olvidado ese fin de semana el móvil en el curro.
Tarde de domingo de comisaría en comisaría para poner la denuncia. Llamadas a Visa y a 4B y etc, etc, etc. Tuve que pedir a Paquete unos eurillos porque estaba en bragas, monetariamente hablando.
El martes ya daba por desaparecido para siempre mi trocito de cuero repujado viejo y descosido cuando, de vuelta al trabajo después de haber comido en casa de Paquete junto con Joaquín –compañero de Paquete- recibo una llamada que empieza por seis y tiene muchos dígitos detrás y yo, inocente de mi, pensé que era NiCo (sí NiCo, tú) y le dejé a paquete que cogiera el teléfono para que esta vez fuera él el vacilado (es que siempre que hablamos por teléfono me engaña y pone acentos y no le conozco y encima entro al trapo). Mi churri, muy resuelto él, empieza a vacilar por teléfono hasta que al minuto veo que cambia su faz por completo, se pone serio, cambia su tono de voz y yo también me pongo seria “¿Qué ha pasado?”, yo siempre tan optimista, “Nada, nada, que es la poli. Que han encontrado tu cartera”. Os podéis imaginar, no podía contener mi risa, risa nerviosa, y mientras hablaba con el agente no podía ni escucharle, no sé ni lo que dijo. Sólo me quedé con que mi cartera estaba en Hortaleza. Y poco después Joaquín y Paquete se estaban riendo de mi pensando en lo que iba a decir el señor policía cuando me viese aparecer por la puerta de la comisaría a por lo que quedase del monedero...
La semana no me ha dado mucho tiempo para hacer otra cosa que no fuese trabajar. De doce horas frente al ordenador no he bajado y todo por un puto plazo mal cumplido para hacer una mierda de agenda que encima es más fea que pegar a una madre. Bueno, curros a parte, en medio de la semana me planté en la comisaría de Hortaleza con mis nuevos zancos de esparto y, señores y señoras, la Calamity cayó de bruces gracias a una pedazo zanja de esas que abundan últimamente por Madrid y que consiguió que me partiera un dedo por la mitad (bueno esto es un pelín exagerado), un moratón en medio de la espinilla y el consabido mecagüentoloquesemenea para llegar cojeando a comisaría y que los polis me vacilaran a mi por mi cartera, mi cojera y mi contestación al teléfono. Y yo callada como una tumba. Mis 30 € y una invitación para comer en un restaurante de la cadena VIPS habían desaparecido. Qué cutres los angelitos, ¿no?
Besos. Calamity.
PD: para colmo de mis males esta semana he ido al oftalmólogo y, al loro, tengo un espasmo ocular por acomodación ¿MANDE? Pues eso, que mis ojos se han quedado enfocados en un punto y más allá o más acá de ese punto no enfocan... Consejo del médico: “señorita, deje usted de lado el ordenador y no lea durante 15 días”. Respuesta mía: “ja, ja, ja, ja”. En fin, tendremos que esperar a las más ansiadas que nunca vacaciones. ¿Os he dicho ya que tengo todo un mes enterito para mi de vacaciones? No es por dar envidia, no. Je, je. Llevo cuatro años y pico sin vacaciones (no incluyo aquí un puente largo, que conste). Pues eso más besitos.
El caso es que a las tres de la mañana fue la última vez que vi en su original estado a mi carterita. Los últimos tickets del festival los pulimos en un par de panes de ajo. Emilio, uno de nuestros amigos, había perdido las llaves de su coche a la vez que había encontrado otro llavero que no era de ninguno de nosotros y andábamos de acá para allá buscando la oficina de objetos perdidos que estaba perdida. Vamos, que no existía.
Al día siguiente me levanté y bajé a mi tienda de chinitos habitual para comprar el pan cuando, cuál fue mi sorpresa, al pagar, ah, no estaba la cartera. Subí a casa y revolví a Roma con Santiago para constatar que nada, la cartera había desaparecido: DNI, dos tarjetas (de débito), varios carnés de clubes y demás, la tarjeta de la Seguridad Social, el abono de transportes y 30 € en dinero. Menos mal que me había dejado olvidado ese fin de semana el móvil en el curro.
Tarde de domingo de comisaría en comisaría para poner la denuncia. Llamadas a Visa y a 4B y etc, etc, etc. Tuve que pedir a Paquete unos eurillos porque estaba en bragas, monetariamente hablando.
El martes ya daba por desaparecido para siempre mi trocito de cuero repujado viejo y descosido cuando, de vuelta al trabajo después de haber comido en casa de Paquete junto con Joaquín –compañero de Paquete- recibo una llamada que empieza por seis y tiene muchos dígitos detrás y yo, inocente de mi, pensé que era NiCo (sí NiCo, tú) y le dejé a paquete que cogiera el teléfono para que esta vez fuera él el vacilado (es que siempre que hablamos por teléfono me engaña y pone acentos y no le conozco y encima entro al trapo). Mi churri, muy resuelto él, empieza a vacilar por teléfono hasta que al minuto veo que cambia su faz por completo, se pone serio, cambia su tono de voz y yo también me pongo seria “¿Qué ha pasado?”, yo siempre tan optimista, “Nada, nada, que es la poli. Que han encontrado tu cartera”. Os podéis imaginar, no podía contener mi risa, risa nerviosa, y mientras hablaba con el agente no podía ni escucharle, no sé ni lo que dijo. Sólo me quedé con que mi cartera estaba en Hortaleza. Y poco después Joaquín y Paquete se estaban riendo de mi pensando en lo que iba a decir el señor policía cuando me viese aparecer por la puerta de la comisaría a por lo que quedase del monedero...
La semana no me ha dado mucho tiempo para hacer otra cosa que no fuese trabajar. De doce horas frente al ordenador no he bajado y todo por un puto plazo mal cumplido para hacer una mierda de agenda que encima es más fea que pegar a una madre. Bueno, curros a parte, en medio de la semana me planté en la comisaría de Hortaleza con mis nuevos zancos de esparto y, señores y señoras, la Calamity cayó de bruces gracias a una pedazo zanja de esas que abundan últimamente por Madrid y que consiguió que me partiera un dedo por la mitad (bueno esto es un pelín exagerado), un moratón en medio de la espinilla y el consabido mecagüentoloquesemenea para llegar cojeando a comisaría y que los polis me vacilaran a mi por mi cartera, mi cojera y mi contestación al teléfono. Y yo callada como una tumba. Mis 30 € y una invitación para comer en un restaurante de la cadena VIPS habían desaparecido. Qué cutres los angelitos, ¿no?
Besos. Calamity.
PD: para colmo de mis males esta semana he ido al oftalmólogo y, al loro, tengo un espasmo ocular por acomodación ¿MANDE? Pues eso, que mis ojos se han quedado enfocados en un punto y más allá o más acá de ese punto no enfocan... Consejo del médico: “señorita, deje usted de lado el ordenador y no lea durante 15 días”. Respuesta mía: “ja, ja, ja, ja”. En fin, tendremos que esperar a las más ansiadas que nunca vacaciones. ¿Os he dicho ya que tengo todo un mes enterito para mi de vacaciones? No es por dar envidia, no. Je, je. Llevo cuatro años y pico sin vacaciones (no incluyo aquí un puente largo, que conste). Pues eso más besitos.