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Como vaca sin cencerro
¡Qué pena hija mía, tan joven y ya estás como vaca sin cencerro!
Acerca de
Me gusta hablar. Muchas veces hablo conmigo mismo con tal de escucharme y soy tan inteligente que a veces no entiendo lo que digo.
-Oscar Wilde


No sé cuál es la clave del éxito, pero la clave del fracaso es intentar agradar a todo el mundo.
-Bill Cosby


La búsqueda de la perfección suele obstaculizar la mejora.
-George F. Will



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Rinconcillos de la cuadra descencerrada
Sindicación
 
Morbosidad
Existen pocas cosas a esta parte de la realidad nuestra que no provoquen mi morbosidad, quiero decir, mi curiosidad (no es lo mismo pero es igual, que diría Silvio Rodríguez). Mi nivel de concentración suele ser caótico y mínimo precisamente por este particular: casi cualquier cosa llama mi atención. Cuando llegué a Madrid me dije a mí misma que me iría de aquí el día que entrara al suburbano y pudiera leer un libro poco interesante sin la más mínima interrupción, sin que nada ni nadie me sacara de la inopia del momento.

Las rutinas a las que nos tiene acostumbrados la vida hacen que en el vagón en el que sueles viajar viajen también los mismo personajes: el chico rubio de la coleta con pinta de programador obsesionado con la Play Station, la ecuatoriana de las uñas rojas desconchadas –siempre desconchadas-, el niño que lleva a los Lunnis en su mochila y que parece seguir dormido pese al traqueteo que escupe la máquina y la mirada atenta de su abuela, el hombre gris de mediana edad con su best seller en una bolsa de papel, la maruja que vaya usted a saber dónde va todos los días a semejantes horas con el 20 Minutos, el Metro, el Qué y si le apuras hasta el Crack 10 apoyados en su regazo…

A todos estos ya les tengo “fichados”. Siguen las mismas pautas de comportamiento. Suelen repetir su atuendo varias veces por semana y se suben y se bajan siempre en las mismas estaciones, a las mismas horas, supongo que para desarrollar las mismas actividades que ayer y antes de ayer y hace tres días. Es posible que ellos también me tengan controlada a mí: “mira, la chica que antes iba de rubia, la de los moñitos sobre las orejas en plan ensaimadas Princesa Leia, la que se sube en Oporto y se baja en Pacífico… Sísí, esa, esa”.

Pero ayer consiguió sacarme de mi interesante lectura un chico joven. Una especie de raperillo de medio pelo con pantalones vaqueros gastados talla XXL y sudadera azul eléctrico de la misma amplitud que los pantalones. Zapatillas raídas por el uso, gorra azul, rizos negros y barba de más de tres días. Su mochila no combinaba con el atuendo: era negra, de corte deportivo no obstante pero sin marca (a diferencia que todo lo anterior) y requete cosida con grandes puntadas por arriba con hilo azul celeste. El muchacho se sentó en frente de mí, abrió su fea mochila y sacó un ejemplar de la Metafísica de Aristóteles, perteneciente a la Colección de Clásicos Gredos. Cogía el volumen con una sola mano, lo situaba a la altura de sus ojos zaínos y un par de veces subrayó unas líneas a la par que garabateaba un par de notas al margen con un lapicero sacado del canguro de la sudadera.

Yo no pude leer más. Mi interés se desvió por completo hacia aquel individuo del que jamás hubiera dicho que pudiera leer al filósofo estagirita. El porqué. Pues, francamente, no lo sé.

Besos. Calamity.
 
Coldplay. Live in Madrid 22/11/05
Hace ya tiempo que los fuegos de artificio me dejaron de entusiasmar. Fui un caluroso día de septiembre de 1.997 a un concierto de los que por entonces eran dios para mí y salí con empacho escenográfico. No digo que la puesta en escena no sea importante (recordad que estudio museografía que, mucho, poco o regular, algo tienen en común ambas disciplinas); es importante siempre que no vaya en detrimento de, en este caso, la música.

Eso mismo pasó anoche en el concierto de Chris Martin y su troupe: mucho espectáculo visual pero poca calidad sonora (sin contar conque no hubiera estado de más añadirle unos cuantos centímetros de altura al escenario porque no se veían ni los focos). Ah, que hablo sólo de Chris porque el escenario –y parte de las gradas en las que aparece y desaparece al más puro estilo Houdini- es todo suyo. Es el hombre espectáculo. Se mueve más que alguien con el baile de San Vito y, pese a que la mayoría de los críticos traten de emparentarle por tal motivo con U2 / Bono o con Radiohead / Thom Yorke (que digo yo que será por el piano y porque son ingleses, porque por lo demás, nada de nada) su baile se asemejó más al movimiento que Michael Stipe derrocha encima de las tablas.



Parece que no me haya gustado. Pues he de decir que me gustó, que salí con una extraña sensación de euforia en el cuerpo. Y feliz. Conozco a Coldplay gracias a un anuncio de hipotecas de Barclays. (Últimamente donde mejor música se escucha es en los spots.) Me interesé por ellos, por ese soniquete tristón de piano y guitarra. Era, si mal no recuerdo, Don’t panic canción perteneciente a su primer largo “Parachutes”. Desde entonces les sigo como una fiel fan. No histérica, pero sí devota. Para mi gusto se han dejado influir demasiado por las corrientes musicales imperantes en el mundo indie y por eso les conocen hasta en el supermercado de los chinos de la esquina de mi casa.

Pero vamos con el concierto de anoche. Sólo un inciso: gran marranada lo que les hicieron a Goldfräpp, los teloneros, que son buenos a rabiar (otros que se conocen gracias a un spot de televisión). A la cuarta canción, mejor dicho en medio de, “alguien” decidió que ya era suficiente y cortó la luz, ¡zas!, de sopetón. Hala, hala, a freir espárragos que hay que montar una mega pantalla en el escenario. Pobres. Un cero coma cero a la organización.

Los cuatro londinenses empezaron con los platos fuertes. El concierto arrancó con Square One, primer corte de su último disco, posiblemente mi preferida de éste. Siguió con la espléndida Politik y siguieron sones conocidos por los allí presentes que corearon los estribillos con la emoción en la garganta. Chris –otra vez Chris- practicó su español con nosotros. Sólo le faltó gritar el mítico “¡¿cómo están ustedes?!” de Miliki. El hombre todavía tiene mucho que aprender, pero se agradece enormemente el intento. Si no hubiera sabido de antemano que son ingleses, jamás lo hubiera adivinado. Muy agradables y nada seriotes.

El momento más intenso, a mi modo de entender el concierto, llegó con God put a smile upon your face haciendo un guiño a los Beatles y coreando ya al final “we’re livin’ in a yellow submarine, yellow submarine, yellow submarine” que todos cantamos como si no hubiera mañana. Aquí se dio paso a la parte acústica. Una auténtica gozada con harmónica, tocada por el bajista Guy Berryman, al más puro estilo Bob Dylan. Sonaron Kingdom come y mi favorita que jamás hubiera pensado que iba a escuchar: Green eyes. Se comieron una estrofa. Bah, venga, pase por esta vez.

La gente saltó, gritó y se desmayó (nunca he visto tantos desmayos en un concierto) al ritmo de los soniquetes más manidos del grupo: Clocks, Yellow -con globos amarillos gigantes volando sobre nuestras cabezas y unas cotas muy por debajo del mínimo en cuanto a calidad sonora se refiere-, Speed of sound -su último hit que, por cierto, es una versión de una canción de Kraftwerk-, In my place…, pero no se alteraban ni un ápice cuando, guitarra en mano y cañón de luz apuntando, Chris –de nuevo Chris- cantó Trouble. ¿Un concierto puramente comercial? Mmm, tal vez.

Bis típico y final fraternal comprometido con Fix you al piano, saludo teatral de riguroso negro y anuncio contra la pobreza. Si hay algo que me emociona de este grupo es su compromiso con las zonas menos favorecidas del planeta. Aaaaaay (profundo suspiro de anhelo)...

Besitos. Calamity.

PD. Mi cariño y amor está hoy dedicado a NiCo y a su familia. Él sabe -y muchos de vosotros también- porqué. Un beso muuuuy fuerte y un abrazo grande como la eterna tormenta de Júpiter y una caricia para tu melena en este duro momento.
 
El placer de levantarse con Monteverdi
Tengo una personal manera de levantarme todos los días que he de madrugar. Siempre pongo varios despertadores, normalmente uno de ellos algo lejos de la cama para obligarme a salir de debajo de las mantas. Es como un ritual. Primero, unos veinte minutos antes de posar el primer pie en el suelo, se encienden con un sonido leve las noticias en la radio. Durante esos veinte minutos de información matutina, mientras voy despegando el ojo, me entero de lo que está pasando en el mundo –habitualmente nada bueno-, de si ese día voy a ir en Metro o en autobús, de la ropa que me pondré…Segundo, el despertador de verdad, el que suena con la implacable campanilla que anuncia el principio de un día más.

El sábado también había que madrugar (sesión de peluquería). Pensé que era un tosquedad tener que despertarse un día de descanso con las agoreras noticias, así que cambié mis planes y cargué en el cedé L’Orfeo de don Claudio. A las nueve y pico comenzó a sonar la tonante voz de Plutón.

Cosas del destino, el pasado sábado no quisieron sonar las campanillas del reloj de agujas. A las diez estaba soñando que estaba en la Ópera de Versalles escuchando emocionada la pieza en cuestión.



Notas al margen. Además, para regocijo de culés como yo, ganamos el pasado sábado en el Bernabeu. Lo tenía que decir, si no, reviento después de siete añitos metiendo el rabo entre las piernas. ¡¡¡ Força Barça!!! Grande fue ver un partidillo de fútbol con los amigos del pueblo en un pub irlandés (ay, qué tendré yo en Irlanda), lleno de hinchas de la Juve, la Roma, el Barça y, por supuesto, el Madrid. Una sensación de universalidad y comadreo maravillosa. ¿Por qué no tendrá el mundo tan buen rollo todos los días?
 
Se admiten sugerencias
Ha llegado el momento de hacerse un restyling. Voy a descolgar el teléfono, llamar a Moisés -mi peluquero, estilista, llamémoslo X- y pedir cita para mañana por la mañana.

Con permiso de Maitena:


Lo malo de estos días de frustre total y querer hacer miles de cambios por todos los lados y a la vez es que luego ni hay cambios, ni se hace nada y continúa la frustración.

¡ Qué fácil es engañarse a uno mismo !

Feliz fin de semana, éste sí que sí, nos vemos en los bares (tiembla Madrid). Misss Calamity.
 
Diálogos con la almohada. Una nueva entrega.
Hoy -qué curioso, qué extraño, qué casualidad- he vuelto a tener una conversación con mi almohada y por eso he llegado tarde al curro. A la tía se le antojó que mantuviéramos una plática sobre las diez de la mañana y yo, por más que he insistido diciéndole que tenía que diseñar una especie de puzzle heráldico para uno de nuestros clientes (sí, todavía estoy con la Heráldica a vueltas), no ha cedido.

Así que yo, que suelo ser de buen conformar, me he quedado a charlar con ella. Pero, no sé si es que ella se ha dado cuenta de que nuestras conversaciones ya no son lo de antes o yo me he dado cuenta de que ella se ha dado cuenta de que ya no necesita hablar tanto conmigo, que, el caso es que, esta última discusión no me ha sabido a nada. Quizá sí, me ha sabido a decepción.

Quería plantear mis preocupaciones sobre la vida laboral –que son muchas y últimamente me roban horas de sueño- y ella quería hablarme de la vida sentimental. Qué cotilla.

Ha querido hacerme creer que soy una mujer independiente y que sabe valerse por sí misma. Y yo le he dicho que eso es una falacia: salí de casa con 17 añitos y todavía no he conseguido vivir sola. Con lo cual soy dependiente. Dependiente de alguien que me ayude a pagar el alquiler del piso (que no es lo mismo que querer tener compañía en un piso alquilado). Lo de valerse por sí misma, en fin, eso da para uno, dos e incluso tres post, así que lo dejamos aquí.

Y más tarde -como cinco minutos más tarde- me ha comparado al “sí, quiero” dado en un altar o tenderete municipal con una paella. Ay, dios mío. Yo me he echado las manos a la cabeza. Vamos que “formalizar una relación legalmente” es algo así como ir a comer un día al chiringo de la playa una paella, te guste o no, sólo por complacer a tu adorado tormento. Venga ya.

Creo que mi almohada se está volviendo majareta. Y me da igual que aluda a sus estudios de psicología cognitiva y demás leches, o está como una chota o lo que yo le digo le importa un pimiento.

Besitos para todos, especialmente para Portorosa (él sabe porqué). Misss Calamity.
 
Necedades
Llevo un tiempo intentando sacar de mi cabeza cositas que voy oyendo por ahí y que me dejan horrorizada. Llamadme petulante, si queréis, pero es que se oyen unas cosas…

1. El Prado, ese lugar lleno de pastos para soltar el ganado.
Un precioso y rojizo día otoñal en Madrid. Yo, abandonada cual trapo de cocina, en medio del Paseo del Prado, en frente de la puerta principal de Museo del Prado, allí donde se haya Diego de Velázquez inmortalizado en forma de estatua, recibo una llamada al móvil:
- Calamity, ¿dónde estás?
- Hola Domingo. Estoy en el Prado.
- ¿En el prado? ¿Dónde está eso?
- Coño Domingo, ¡¡¡el museo del Prado!!! En el paseo del Prado, donde están los cuadros y varias estatuas… -mi mente se cercioró de que por muchas explicaciones artísticas que diera, Domin no iba a saber nunca qué era eso del Prado- . Mira, de la fuente de Neptuno a la glorieta de Atocha, ese edificio grandote que hay delante de la Iglesia de los Jerónimos, al lado del Ritz, casi en frente del Planet Hollywood…
- Ah. Y dices que eso es el Prado. Vaya.
- :S…


2. Pío Baroja, perdón, ¿decías Barbaroja?
Uno de nuestros clientes nos pide que le busquemos un nombre para una futura empresa que tendrá su sede principal en la capital navarra. Una de las teorías más manidas y aplicadas al naming & branding empresarial (uy, qué profesional esto del naming & branding, mi profe de estrategias se sentiría tremendamente orgulloso de mí) es ponerle el nombre del dueño más SL o SA o el nombre de alguien no sólo famoso sino de reconocido prestigio.
- Instituto Hemingway estaría bien –propone una compañera.
- Ya, pero Hemingway está cogido. ¿Por qué no buscamos un navarro ilustre? – había pensado con anterioridad en Ernest.
- Sí, ¿y a quién buscamos?
- Mujer, a bote pronto se me ocurre Pío Baroja. Vale, no es navarro, pero pasó la mayor parte de su vida allí. Escribió sus mejores libros allí…
- ¿Pío Baroja? No. Baroja no es representativo de la cultura española.
- :S…
Preferí callarme y no mentar si quiera a Pablo Sarasate o Montxo Armendáriz o Jorge Oteiza, por decir algunos, claro.


3. Al Pacino, gran actor de comedia infantil.
Ayer, una de la mañana, saliendo de ver la impresionante El Mercader de Venecia de la sala número dos de los Kinépolis (macro cines de Pozuelo con muy poco gusto cinematográfico. Lo del Mercader era la excepción que confirma la regla). Paquete y yo estupefactos en los títulos de crédito después de ver una gozada de trama shakesperiana con un elenco de actores de quitar el sentido.

Yo, al igual que el 98% de las veces que voy al cine, me quedé para ver la banda sonora y las localizaciones (lo de Venecia era obvio, pero es que vi un gabinete de estilo manuelino que me hizo cuestionarme otra localización. No acerté. No era Portugal, era Luxemburgo). Mientras estaban encendiendo las luces bajaban por las escaleras unos cinco muchachos farfullando:
- Menuda mierda de película.
- Ya ves. El Pacino se ha venido a menos, bla, bla, bla.
:S. Al menos no dieron la chapa en el patio de butacas.

Y más, muchas más. Eso sí, el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Voy a pensar en meteduras de pata mías hasta el corvejón, que haberlas las hay.

Besitos y feliz entrada en semana. Misss Calamity
 
No hay mal que dure cien años (ni bien que cien años dure)
Hoy os ha tocado a todos los que os acercáis por mi cuadra soportar una vez más mis murgas. Es que hoy me siento como que me hubiesen quitado una losa de encima. No porque haya terminado un trabajo que me tenía ocupada sus buenas doce horas del día (luego me dirán por ahí que por qué odio la navidad), no. La losa, como suele ser habitual, viene de otros lares.

Vamos con uno de mis habituales rodeos. Mañana hará dos años mi ma se cayó. Se pegó tal leñazo que se le rompieron el vomer -la nariz, vaya- y las dos caderas. Como la mujer no es precisamente una moza todavía está recuperándose de aquella caída. Hasta aquí, bien, todos sabéis.

Hace un mes mi madre se volvió a caer. En esta ocasión estuvo implicado un pelirrojillo que habita en mi casa desde hace ocho años y que alguno de vosotros ya conocéis: el señor Akebono Flöyd. Él, que es un culo de lo más inquieto, fue a darle la patita a mi ma y mi ma, que no se dio cuenta de que el animaluco le estaba dando la pata, tropezó y, hala, al suelo. Calma, calma. Sólo fue un susto. Moratones, un par de rozaduras y un diente a la virulé.



Pero, ¡ay cuándo me llamó!, las dos nos dimos cuenta de lo inevitable, de que había llegado el momento de pensar en serio qué hacer con el señor Flöyd. Por otro lado su padre (Paquete) y su madre (Calamity) veníamos pensando desde hace algo más de tres años qué hacer con el enano. Empezamos a buscar y todo una casita en Madrid con jardincito-patio interior o terraza tipo ático de Mujeres al borde de un ataque de nervios. Ilusos...

La solución que más a mano se nos vino fue llevar a Flöyd a la finca de mi tío Goyito. Así que carretera y manta. Cargamos las maletas, una buena selección de música, nuestros propios cuerpos y el de Flöyd caminito a Palencia. Llegamos y, a mi se me vino el mundo abajo. La finca, chulísima, pero el perrito tenía que estar atado todo el día y toda la noche, mientras no hubiera gente en la finca, porque cerca de ésta pasa una carretera general y el señorito, cazar no caza (tampoco le hemos enseñado), pero ladrar a los coches es que le priva (a más de un dueño he tenido que pedir disculpas porque el enano se sube –sin pedir permiso- en el asiento de copiloto como si de Luis Moya se tratase).

Pero ayer recibí una llamada de mi hermana Nina, aspirante a veterinaria, una chalada por los primates y los cánidos. Resulta que madre le había llamado por teléfono llorando a moco y baba diciendo que echaba de menos a Flöyd, que se había encontrado unas galletas para perro en la bata y que no sabía qué hacer con ellas ahora... Un show que luego también me montó a mi cuando le llamé por la tarde. Nina no se andó con rodeos y nos puso la solución en bandeja: “llevadle a un adiestrador”. Hija, que tiene ocho años, fue la contestación de Momi y de mí. Pero por lo visto si el adiestrador es bueno, puede obrarse el milagro.

El caso es que mi habitual estado ciclotímico, que oscila vertiginosamente entre la más pura de las euforias y la más profunda de las depresiones, se fue hacia arriba como un cohete de feria en cero coma un segundos. Ni litio, ni leches. Esto era incontrolable. El cielo se abrió y vi a los querubines y a los serafines tocando sus trompetillas con aire despreocupado. La losa desapareció. ¡Un adiestrador. Cómo no lo habría pensado yo antes!


Y mientras voy escribiendo esto, se apelotonan varias preguntas que hacen que mi nivel de serotonina en sangre se vaya restableciendo: ¿dónde encuentro yo un adiestrador? ¿cómo traigo o llevo al señor Flöyd a Madrid o a Barcelona? ¿y si no surte efecto?, bueno, esto mejor lo pienso otro día....¿quién va a querer más que yo a un loco pelirrojo que corre como el viento y que babea todo lo que tiene alrededor mientras te mira con ojitos de cordero degollado para que compartas tu donut de chocholate con él?

Besos para todos. Calamity.
 
Conservad el puente
En los años cincuenta del siglo pasado el gobierno del generalísimo se propuso llenar España de presas para prever posibles sequías –que ni con esas se han paliado- en un futuro cada vez más seco. Pero no vengo a hablar de si estuvo bien o mal tal decisión. Qué va. Los tiros van por otro sitio.

En el siglo pasado la conciencia artística de la clase media del país no era ni siquiera mínima. Lo mismo daba La fragua de Vulcano que un cuadro de salón con la típica estampa de una cacería al más puro estilo inglés para el poco ducho en aquello del Arte. Como consecuencia del poco valor que dábamos los españoles a nuestro patrimonio artístico, y por poner un ejemplo, los yanquis tienen un precioso bulevar de los claustros en Miami construido piedra a piedra amén de los conventos, abadías y edificios en completo estado de abandono y deterioro que se encontraban por doquier en el país con forma de piel de toro. Sin irnos tan lejos y por poner un segundo ejemplo los capiteles románicos de una abadía premostatense de mi pueblo están custodiados en el Museo Arqueológico de Madrid para que no fuera cualquier desaprensivo y los usase como pieza central de una chimenea rodeada de ladrillo cara vista y muebles de melamina.

Gracias a la sequía imperante la mayoría de los embalases están vacíos. El de mi pueblo no iba a ser menos. Con esta vacuidad salen a la luz los restos de antiguos pueblos que se quedaron debajo del agua en el momento que aquella comenzó a estancarse sin remisión alguna. Un turismo curioso este de imaginar lo que una vez fue y ya no es un sitio. Fijaos qué preciosidad:



Este puente –que no sé ni cómo se llama- pasó de ser el punto de unión entre las dos orillas del río Pisuerga a juguete de truchas, barbos y lucios bajo muchos metros cúbicos de agua embalsada. Como una leyenda urbana se alzaba el puente en las fábulas que salían de la boca de los ancianos que pertenecieron en el pasado a tal lugar. Mi padre me aseguraba haber pasado por encima de él con unas cuantas fanegas de hierba para el ganado. El puente romano, nos decían los viejos, el puente romano de Villanueva del Río.



Vale, no es un puente romano. Le delatan sus ojos tímidamente ojivales. Ha soportado varios siglos de frío, crecidas, guerras y hambrunas. Y por supuesto ha soportado algo más de cuarenta años debajo del agua. Desde el sábado pasado, día en el que mi adorado tormento y yo nos fuimos a practicar el turismo atípico mientras la abuelita dormía la siesta y nos hundíamos -cual gente de ciudad poco práctica en temas de campo- en el fango del antiguo pantano, cuelga una pancarta de tela, rudimentaria e incluso fea que grita a las autoridades competentes: “CONSERVAD EL PUENTE”.

Yo añadiría: conservad el atrio de San Pedro...



Conservad la fuente de Nuestra Señora de la Virgen del Llano...



Conservemos nuestro patrimonio artístico.

Besitos. Calamity.