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Como vaca sin cencerro
¡Qué pena hija mía, tan joven y ya estás como vaca sin cencerro!
Acerca de
Me gusta hablar. Muchas veces hablo conmigo mismo con tal de escucharme y soy tan inteligente que a veces no entiendo lo que digo.
-Oscar Wilde


No sé cuál es la clave del éxito, pero la clave del fracaso es intentar agradar a todo el mundo.
-Bill Cosby


La búsqueda de la perfección suele obstaculizar la mejora.
-George F. Will



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Rinconcillos de la cuadra descencerrada
Sindicación
 
Magia Potagia
Rara es la vez que se confabulan las fuerzas de la naturaleza, los cuatro elementos, los vientos y todas las constelaciones estelares para que el más común de los días despliegue todo su aroma a auténtica y genuina magia.

Hace unos años mi mejor amigo, L, –que entonces era algo más que mejor amigo- me regaló un libro, gracias a la intercesión de su hermano Jan (las editoriales no saben qué grandísimo escritor se están perdiendo cuando cierran las puertas a Jan sin mediar explicación), que me cautivó desde la primera de sus hojas. En él se narraban las peripecias, por decirlo de alguna manera, de un par de gemelos cantoneses de buena familia en la época en que ciertas partes de China eran colonia inglesa. Existía una extraña asociación llamada, si mal no recuerdo, el Loto Negro que trataba de que la cultura oriental no sucumbiera frente a los estirados británicos.

Pocas veces me ha pasado pero, pese a que la novela es algo compleja de seguir en según qué puntos, me la tuve que leer en ese mismo día. No podía dejar de leer y leer y leer y cuando llegó la página tras la cual ya no existían más letras, me sentí tremendamente vacía. No porque no me hubiera gustado, qué va, me sentí enrarecida porque haber leído aquello marcaba un punto de inflexión en mi, digamos, curiosidad literaria.

Desde aquel mismo momento el escritor –un joven español zamorano- pasó a mi Top Ten de escritores. Todo lo que escribía –y es bastante prolífico- lo devoraba nada más caer en las estanterías de las librerías (o en Internet porque también tiene relatos únicamente internáuticos. No dudaría lo más mínimo si alguien me dijera algún día que también tiene una bitácora).

***


Anoche en Madrid se celebró La Noche de los Libros. Con un nombre y una cartelería tan sugerente (al menos para mí) la curiosidad no tardó en hacer acto de presencia para poder averiguar de qué demonios era eso de la noche de los libros…

Al poco rato del comienzo de mi “investigación” me percaté de que el joven escritor zamorano iba a estar con aquellos que se quisieran acercar hasta la calle Génova de Madrid para charlar de lo humano y de lo divino. Por supuesto también para firmar los ejemplares que la gente comprase. Se me presentaba una difícil decisión: qué libro comprar. Los tengo prácticamente todos, excepto Las Noches Rojas, su libro de poesías que, debido a mi absoluta necedad con esta parte de la Literatura, no soy capaz de apreciar.

Realmente la difícil decisión no era esa sino acercarme hasta aquel hombre para pedirle una dedicatoria. Aunque penséis que soy una echápalante aquí la menda es incapaz de parlotear dos palabras seguidas con sentido frente a alguien a quien admira tanto. Me hubiera resultado más sencillo (y mucho más lento, supongo) comunicarme con una carta o un e-mail, pero así, de repente, el cara a cara me paraliza por completo.

Y como surgido de lo más hondo de mi ser una vocecita pequeña me susurró al oído: “Cal, la suerte favorece a los atrevidos” (¿sería Virgilio?). Así que rauda y veloz me acerqué para coger un libro de la mesa, no uno cualquiera, uno que me gusta especialmente por hablar de algo muy nuestro por desgracia, Las Trece Rosas, y fue él que se dirigió a mí con un gesto tan amable como de andar por casa, boli en mano, indicándome si quería que lo rubricara. Por supuesto que sí que quiero.

Ayer por fin conseguí que la inquieta mirada de Jesús Ferrero y la mía coincidieran.

Besos para todos y a disfrutar del fin de semana, ¿eh? Calamity.
 
Non stop
Ay. Estoy nostálgica últimamente. Sólo se me ocurre hablar de cosas que en su pasado eran de una manera y en el presente se conforman de otra. Sí, últimamente no puedo evitarlo.

El lunes, mientras le daba al coco de lo lindo para plasmar corporativismos empresariales en hojas de papel, no podía más que acordarme de los huevos de Pascua. Pensaba entonces, mejor dicho, de nuevo, qué es lo que estoy haciendo con mi vida. Los lunes de Pascua les pasábamos en casa buscando huevos de chocolate que estaban escondidos por los sitios más insospechados. Sólo ese lunes del año en mi casa se comía de postre nuestra colecta y además se compartía una mona habitada por figuritas de chocolate normalmente negro. Recuerdo la emoción de encontrar un decorado huevo entre los rosales del jardín. O mejor: encontrar días más tarde un huevo aplastado y fundido debajo del cojín del sofá de la sala. El huevo extraviado. ;)

Poco os puedo contar de esta pasada Semana Santa. No he parado ni un minuto, no he dejado de hacer cosas y todavía hubiera hecho muchas más, pero los días –aquí y en Pekín- sólo tienen veinticuatro horas. Es más, ni siquiera he cumplido con mi agenda prevista para los días santos: el jardín se ha quedado como estaba (llovía a mares), las plantas donde estaban (hacía frío para sacarlas a la calle) y mi abuela en el mismo sitio (ni una visita que le he hecho, mi pobre niña).

Eso sí, el jueves me comí toda la procesión de Jueves Santo de Burgos. Una, que es así de lista, esperando a que mamá y el resto de la familia llegaran desde Barcelona hasta el punto de encuentro, llámese Estación de Autobuses de Burgos, no se le ocurre otra cosa que irse a dar un paseo por la calle Laín Calvo (el centro) y alrededores. Oye, pues que me llamara mi madre diciendo que me estaban esperando y que empezaran a pasar señores con capirote fue todo uno. Así que allí me tenéis a mí, con mi ropa de calle (vaqueritos, camisa, gorrita y americana), desfilando con los penitentes porque necesitaba cruzar la calle en dirección a la Plaza Mayor. Fue un momentín. Justo el momentín en el que disparaban sus cámaras los reporteros gráficos burgaleses.

El viernes. Ay el viernes… Por supuesto lo primero fue llenar la despensa de la Quinta de los Sustos. A las ocho de la mañana la menda lerenda ya estaba con el carrito de la compra para arriba y para abajo. Tres veces, ¡tres!, me subí y me bajé las tres cuestas de mi barrio con viandas para la prole familiar. Entre subida y bajada me iba parando a hablar con vecinos, familiares, amigos y demás.

Más tarde a cocinar, claro. Hice una merluza al estilo madrileño para chuparse los dedos. Vamos, eso me dijeron porque la abajo firmante no probó ni una miga. Pero todo fue por una buena causa: tenía comida con mis amigos en el pinar de mi pueblo. Así que para allá que me fui. Y allí me quedé hasta las tantas, incluyendo su buena partida de Póker, como en los viejos tiempos. Hmmm… en los viejos tiempos, si mal no recuerdo, las partidas eran de Mus y la cerveza y el vino eran güisqui y ron (hay fotos, pero nos os prometo nada que luego no me las envían, como las de la boda que todavía estoy esperando como agüica de Mayo).

El sábado, tras el ritual de las compras matutinas (en mi pueblo, con mi madre allí, se ha de ir a comprar tooodos los días, si no, no se queda a gusto la mujer), y la estupefacción al ver que los veraneantes habían arrasado con el noventa por ciento de los lineales del supermercado, nos fuimos a chatear (ir de chatos o vinos, no ponerme frente a un ordenador, ea) por las tascas. Luego a dormir la medio melopea, despertar en el Salón de Belleza MariPili Nononó (mechas de plata, tintes farmatint y rulos para madre y tía) para más tarde acercarme al cine: Crash; mirad, muy buena la fotografía, muy bien la música, alguna interpretación (Don Cheadle y Matt Dilon, cómo me gustan estos hombres, por dios) maja, pero, uf, desde luego no han descubierto la sopa de ajo con la peli.

Cena con los colegas. No puede ir –estaba en el cine-, pero llegué a los chupitos. Y de ahí a las copas. Y más tarde a la discoteca, a desayunar, a ver cómo amanecía, a casa y al sobre. Tres horas de sueño y para Madrid de nuevo. Lo más curioso es que no pillé atasco. En el fondo debo de ser una afortunada…

Ay, sí, estoy nostálgica. Con lo fácil que hubiera sido resumir esto a la búsqueda entre macetas, plantas y sofás de unos cuantos huevos de chocolate…

Muchos besitos. Miss Calamity.
 
Santa semana
Me come el tiempo. Si antes estaba atareada encontrándome a treinta minutos del trabajo-casa, no os podréis imaginar las volteretas espacio temporales que me monto para ganar tan siquiera unos minutos al día. Eso sí, con una hora de ida y otra hora de vuelta, mínimo, estoy leyendo algo más, cosa que me propuse desde el principio de este año y no había conseguido.

En fin que aquí sigo. Menos histérica –sí, histérica no nerviosa; mis primeros días aquí fueron de histeria absoluta por mi parte- y preocupándome más por la parcela que ahora me atañe. Pasar de la imagen de dos universidades y alguna que otra constructora a la imagen de productos de consumo diario (por muy delicatessen que estos sean) ha sido un gran cambio. Ahora cuando entro en un súper mercado me voy fijando en los etiquetados de los yogures, los salchichones, el tomate frito, los botecillos de especias, los packs de salchichas y las vitolas de los jamones serranos. Recuerdo más que nunca aquello que siempre leía en la revista Visual sobre el poco afortunado y poco glamouroso sector del producto de consumo masivo (¡qué razón tenían!)

Estudio mucho así que casi no tengo tiempo de prepararme unos buenos (ejem, correctos) posts. Para más inri perdí un par de ellos que tenía preparados sobre un precioso sueño y una pesadilla horrible que tuve en estos días. No es bueno ser amigo de las prisas, sobre todo a la hora de extraer con seguridad un dispositivo USB del Mac.

Pienso, no obstante, apuntarme a unos cursos –rápidos eso sí- de Photoshop híper mega súper avanzado. Una ha de reconocer sus límites y capacidades. Mi falta de destreza con ciertas herramientas (tres años sin usarlo más que para lo básico) hace que mi potencial se dedique al dominio de la técnica en detrimento de la creatividad. Mal rollo en esto de la creatividad publicitaria.

Ay y mañana se me acabaron las vacaciones. Sí, sí, lo he escrito adrede de esta forma: mañana se terminaron mis vacaciones. Vamos que parto hacia la Quinta de los Sustos. ¡Hace cinco meses que no veo a mi santa madre! Y eso es mucha tela. Mucha, mucha: compras de lo básico (me volveré a fijar en sus etiquetados, arg, vuelta al día a día en el oeste madrileño), limpieza primaveral en la casa (mirar, limpiar, pensar en tirar y volver a empacar los mismos trastos de todos los años), visita a los familiares, al cementerio (al fin y al cabo aquí también está parte de la familia, esa parte que te mira desde el más allá con su cara de mármol), paseos a todo trapo con el enano pelirrojo (y algún que otro disgusto porque mi perro pasa de mí), relatos de dimes y diretes de unos y de otros, sobremesas de infarto que se juntan con la merienda, puesta a punto del jardín (tiraremos todos los cadáveres de plantas que murieron por el abandono)… Uff, me mareo y todavía no he hablado de mis amigos, sus múltiples planes de cenas, cafés, excursiones… Con las vacaciones que me había tirado yo estos últimos tres días en mi zulo madrileño, solita, leyendo, escuchando música, cocinando y haciendo lo que me viniera en gana. Dicen que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Ja, ja, me río yo.

Perdonad mi verborrea. Sólo quería deciros que disfrutarais del periodo vacacional y, ¡fíjate! vamos por las 578 palabras contando ésta última. Lo dicho, queridos navegantes, pásenme una feliz Semana Santa y no se fustiguen mucho (ni con látigos y penitencias, ni con alcoholes y desvaríos).

Besos para todos. Cal.

(612 palabras. Ni más ni menos.)
 
Omnia mutantur, nos et mutamur in illis
Dedicado a Amanda que me decía el otro día que no cambiara. Un beso, bonita.


Ayer hablaba con mi hermana-prima Nina por teléfono. Me contaba ella que estaba un poco desilusionada con un negocio que quiere poner en marcha y para el cual no encuentra el apoyo ni de los taytantos herederos de una tierra que necesita comprar a tal efecto ni de su marido. Su vida transcurre entre la secretaría de un taller donde fabrican ventanas, su hogar y los paseos que da a mi sobrina-perra por Barcelona. Pero ella no abandona su ilusión, lo cual me llena de orgullo. Al menos una de nosotras sigue siendo soñadora.

Cuando éramos enanas nuestros ociosos veranos transcurrían entre Covalagua y las playas que se generan en el pantano de mi pueblo. En medio de todo ello la Quinta de los Sustos con sus montones de flores, puertas, perros, gatos y oteros de arena y cemento para acabar una casa que nunca terminará de hacerse a sí misma.

Inocentes pensábamos Tetxu, Nina y yo (Nenén, el pequeñajo de la familia, todavía no había nacido) que cuando tuviéramos veintipocos años tendríamos una granja llena de vacas, ovejas, conejos, cabritillas, caballos y gallinas. Muchos perros pastores, gatos, periquitos, loros y canarios. Ah y un huerto con vegetales, hortalizas y árboles frutales cultivados sin Nitrato de Chile (un abono químico, para los no entendidos :P) que abastecería nuestras despensas en los duros inviernos del norte de Palencia. Una especie de Arca de Noé del siglo 21 (algo que veíamos muy pero que muy lejos). No se trataba de sacar usufructo; nosotras tres y otras tres primas más, viviríamos allí sin mayor preocupación que ver pasar la vida misma.

Al poco rato los adultos de la familia nos sacaban de nuestras ensoñaciones para mandarnos con veinte duros (0,60 euros para los no entendidos) a comprar lechuga y pan a la tienduca –que aún sigue abierta- más cercana a la casa que se encontraba tras tres cuestas que de nuevo tendríamos que subir para refugiarnos en el nido materno y seguir soñando sin miedo al futuro, eso sí, con pan y ensalada garantizadas.

Hoy en día somos nosotras (nosotros, quicir) las cajeras de la tienduca. Somos el barrendero del barrio. La empleada de banca. El conductor del Metro. El edil de un municipio cercano. La profesora de Mates. El teniente de la sección no sé qué en la división no sé cuántas. El encargado de las colecciones para hombre en una gran firma de ropa. La veterinaria de primates que alimenta orangutanes aborrecidos por sus madres. El botones del Ritz. El hombre del tiempo. El especulador que hace negocio con el suelo que nos pertenece. El médico que te atiende en urgencias y el que te receta Gelocatil para el dolor de muelas que aliviará días más tarde extrayéndote un diente estropeado. El traficante de drogas. La empleada de la limpieza que te cruzas cuando empiezas tu jornada laboral frente a una insípida pantalla. La que te pone la multa porque se ha pasado tu hora del parquímetro. El que actúa en un escenario y el que coloca a los invitados en el palco de honor. La puta. La princesa.

Y algún día seremos, si es que no lo somos ya, el adulto que dé a su vástago cinco euros para ir a por pan y lechuga al China Town de la esquina mientras él, inocente aún, va soñando con patos que graznan en el río cuando espera a que las truchas piquen en la caña, creyendo que toda su vida será así.

Besitos y pásenme un feliz de semana, ¿eh?. Misss Calamity.
 
De boda y currando
Sí, amigos blogueros. Hoy en teoría debería de estar en un lujoso comedor sita en la calle Cartagena de la capital del reino degustando ricas viandas con parte de mis amigos madrileños porque dos de ellos se han casado.

Ellos por ser peculiares, lo son hasta para casarse. Hasta hace unos seis meses no se conocían. Al menos no físicamente. Quiero decir, que no se habían tocado, besado y esas cosas. Su relación era meramente cibernética, al modo de las relaciones que llevamos muchos de nosotros por aquí. De vez en cuando se conectaban con una webcam y por lo menos podían verse y sentir las emociones que el uno y la otra estaban viviendo a ambas orillas del océano Atlántico.

Cansados de mirarse a través de la plana pantalla del ordenata, mi amigo se fue a México a conocer a su chica. Y se la trajo para España. La niña sólo puede ser clasificada como un Sol. De hecho la llamaré Sol (a mi amigo lo llamaremos Milo): pura, inocente y cristalina. Siempre tiene una sonrisa en la cara (y hace unas enchiladas de muerte).

Nada más verlos juntos supimos que, si es cierta la teoría de las medias naranjas, ellos la encarnan a la perfección. Las chirivitas que les salen de los ojos cuando se miran, no tienen descripción posible. Al menos no existen palabras en el diccionario para poder narrarlo.

Hace dos sábados –estando Paquete y yo por tierras extremeñas- recibimos a eso de la una de la mañana una llamada. Por cuestiones de hora supimos al momento quién era el autor de la misma: Milo. Y fue ese día a esa hora cuando inquieto, balbuceando como un niño pequeño y tembloroso de emoción nos dijo: “que Sol y yo nos casamos”. A mí se me salió un ojo de la órbita (es que con el otro estaba durmiendo).

Y hoy, lunes, a las doce y media de la mañana, entre anillos, flores, amigos y juezas, Sol y Milo se han dado el sí quiero.

Mientras aquí andaba yo, sentada frente al Mac, pero sin pensar mucho en las pegatinas que tengo que dibujar. Poco concentrada, vamos. Mi mente en ese momento sólo se podía imaginar a la preciosa Sol entrando por las puertas del juzgado de la calle Pradillo dejando turulato al que ahora es ya su marido.

Al poco recibí una llamadita de mi adorado diciéndome: “Cal, ya se han casado”. Y en pleno ataque de euforia, me he levantado de la silla y me he tirado confeti por encima dando aplausos mientras los papelitos cortados caían al suelo a causa de la fuerza gravitacional y yo gritaba enternecida:

¡Ya se han casado!

Besos para todos. Calamity.

PD: que sepáis que me he traído el vestido para la boda en mi bolsa del gimnasio; a la pelu ya fui el sábado (prometo foto, venga). ¡Vamos, hombre, me voy a perder yo un bodorrio un lunes de unos amigos; faltaría más! Cuando llegue ya estarán todos más pedo que Alfredo, pero da igual, tengo muchas ganas de abrazar, besar y felicitar a mis dos amigos. Estoy muy feliz por ellos. Con un principio de semana así, ¿quién se puede quejar?