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Como vaca sin cencerro
¡Qué pena hija mía, tan joven y ya estás como vaca sin cencerro!
Acerca de
Me gusta hablar. Muchas veces hablo conmigo mismo con tal de escucharme y soy tan inteligente que a veces no entiendo lo que digo.
-Oscar Wilde


No sé cuál es la clave del éxito, pero la clave del fracaso es intentar agradar a todo el mundo.
-Bill Cosby


Si quieres saber algo más de la sin cencerro, mi difunto blog es eso, un difunto, así que naranjas de la China.
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Rinconcillos de la cuadra descencerrada
Sindicación
 
Sola en casa. Epílogo.
Sí, sí, ya sé que no existen en este weblog los capítulos precedentes a este colgajo: simplemente no existen. Primera y última vez.

Hoy, esta tarde, dentro de apenas un par de horas, voy a disfrutar de lo lindo de mi soledad findesemanera (ah, añorada y buscada soledad). ¡Estoy sola en casa! Bien, estoy sola, si no contamos con la compañía que me otorgan mis enanas aladas y las desagradables cuquis. Sola, sin ningún humano a mi alrededor. NADIE.

Y, ¿que, cómo voy a disfrutar de mis primeras horas de soledad? Muy sencillo: me voy a echar un pedazo siesta que no está en los escritos. Sin ruido de cacharros, ni tele a volumen nuclear, ni nadie que me achuche dulcemente en la cama (ahora no me vengáis con que nunca habéis sentido molesta la compañía en el lecho compartido, ¡venga!). NADA.

Mañana aprovecharé para escuchar esos cinco o seis discos que tengo en la retaguardia, esperando para ser oídos a conciencia, me haré un cine forum conmigo misma y es posible que, si el tiempo lo permite –calor no, por favor-, salga por Madrid a tomar unas instantáneas de la ciudad que me exprime y cobija. TODO.

El domingo, otro tanto. Estrujaré todo lo posible cada uno de mis minutos con ella porque sé, lo intuyo, que la ocasión no se volverá a repetir a menos que pasen otros treinta años. Me temo que las visitas que la soledad buscada me hace son tan escasas como los paseos que el Halley se da por la órbita de la Tierra. NUNCA. SIEMPRE.

Feliz fin de semana. Calamity.

P.D. Hacía mucho que no me pegaba la paliza que hoy tengo en el cuerpo: estoy aquí, ahora y de empalmada. Sí, sí, desde el miércoles no piso la cama. Y no precisamente por estar de fiesta, que sería algo más lógico viniendo de mí. Ay, no nos tocarán los euromillones...
 
El chocolate espeso (muy espeso)
Ayer por la noche estaba yo cual libélula pululando por encima de las charcas que se originan al lado de la vereda de los ríos (ricas en alimento para ellas, me figuro) pensando en la cantidad de cosas que tenía para compartir con los que me rodean. A ver, que me explico.

El día fue desidioso como pocos. Es más, fue el primer día aburrido hasta la extenuación que tuve en mi nuevo curro, pero, como la gente es muy pero que muy agradable, no se me hizo especialmente pesado. Sólo estaba –igual que hoy- con el remordimiento interno de no cumplir mis deberes laborales. Pero se terminó. A la siete eché el cierre y me fui a por el autobús que, para variar, llegó tarde, mal y nunca.

Llegué al zulo y casi todo estaba manga por hombro, as usual, basura apestosa incluida. Agarré mi bolsa Adidas del todo a cien haciéndome la sueca ante semejante despropósito de hogar y me fui para el gym dispuesta a empezar en serio con mi entrenamiento de ciclo indoor, o spinning (mejor pegar golpes a un saco de boxeo que a los cojines –qué caros son los cojines, por dios- de tu casa). Es decir, a comprobar que todos y cada uno de los músculos de tus piernas existen de verdad. Más tarde empiezas a sentir también los de los brazos y para cuando suda ya hasta tu propia sombra estás tratando de huir del dolor pensando en tu precioso perro pelirrojo corriendo por el campo. Una situación bucólica para contrarrestar el masoquismo más absoluto (todo sea por dos kilos menos de celulitis, ja, ja).

Oye, salí del spinning más suave que un guante. No podía evitar una sonrisa bobalicona al cruzarme con cualquiera. Entré a por un zumo a un China Town y los dependientes debieron de pensar que me había escapado de un sanatorio mental o algo así: ¡nadie es tan feliz porque le claven 2,10 euros por un bote de Granini, leches!

Llegué a casa y, qué extraño, nada había cambiado: la mierda seguía en el mismo sitio de antes. Bueno, qué se la va a hacer… Entre el friegue de cacharros, la barrida del suelo, deshacerse de la basura y hacerme un caldo de verduras y pollo, me iban y me venían mil y una ideas a la mocha. Eso sí, yo sumisa y feliz como una vaca tibetana atendiendo a nuestras labores (digo nuestras porque no soy la única que vive en el zulo, se entiende).

Encendí el ordenata por si acaso me daba por sentar el culo de una vez a escribir. La pena es que acabé de ejercer de abnegada ama de casa a la una de la madrugada. Con las mismas lo apagué. Pese a ello me arropé en la cama pensando que el día me había cundido y que mañana –osease, hoy- iba a ser aún mejor.

Pero no. Hoy no es mejor. Mecagüentoloquesemena. No sé si lo sabéis, pero los animales de compañía también tienen pesadillas. O si no, ¿alguien me puede explicar qué demonios hacían mis cuatro cotorritas gritando como locas –todas- a las dos y pico de la mañana y revoloteando por la jaula? Antes de pegar un respingo del catre para socorrer a mis amigas aladas, pensé que había entrado un tigre de Bengala y que estaba amenazando a las gritonas. Una hora (¡una hora!) me he pasado anoche calmando a las petardas mías.

Lo peor de todo es que ellas estarán tranquilas echándose una siesta mientras yo, aún con la legaña pegada, estoy aquí intentando hacer que funcione la neurona que acciona la creatividad (luego dirá mi madre que cuando le hago abuela. Ja).

Besos para todos. Cal.
 
Como los japones
Me siento como un japonés en vacaciones. A ver, me explico: me embuto entre esa marabunta de pequeñitos asiáticos que recorren nerviosamente todo aquel monumento (arquitectónico, teatral o humano) que se les ponga por delante, apuntando con sus ultra-slim cámaras Sony digitales, cegando con flashazos por aquí y por acullá al personal. Cazando instantes, que diría por ahí el señor Barthes.

En Londres sólo he tirado unos cuatro carretes y medio de fotografías (alucinante ciudad) y me he venido con una pesadumbre en el alma que, lejos de irse, se ha acrecentado. Una mezcla de desazón, de preguntas sin respuestas factibles, de volver, siempre volver, y de malas y previsibles noticias.

Como no hay mal que por bien no venga o viceversa, un día especialmente atareado hasta el momento –todavía no he comido-, me ha hecho olvidar que el 16 de Mayo era el día en el que la más anciana de las tres Parcas tenía que cortar el hilo del huso que marcaba la vida de mi tía Graci (en realidad se hacía llamar Caridad y poca fue la caridad que dios tuvo con ella, si es que tal señor existe de verdad porque sinceramente cada día me lo creo menos). Ahora mismo un cortejo fúnebre se dirige desde Palencia hasta Cáceres para que el consumiducho cuerpecillo de tía Cari sea devuelto a la tierra. Y yo aquí, de negro impoluto y más triste por momentos ahora que la frenética actividad de los últimos dos días deja paso a los quehaceres cotidianos en detrimento de los laborales.

No sé qué deciros de Londres. ¿Que, si me gustó? ¡Pues claro! Tanto que afloraron las dudas alrededor de mi cabecita de la misma manera que las amapolas lo hacen en los campos primaverales. La más importante: ¿realmente merece el esfuerzo diario, los disgustos por el dinero, las modas, alquileres e hipotecas, los dimes y diretes, el quítame allá esas pajas, para conseguir un bonito álbum de fotos disparadas a mil por hora -porque el tiempo no da para más- lleno de lugares exóticos y gentes peculiares para que luego, así de repente sin comerlo ni beberlo, te venga un pedazo cáncer que te va a llevar por delante sin ningún remedio?

Sí, tengo un precioso álbum de fotos de viajes. Minutos felices que, al mirarlos, hoy más que nunca, sólo me hacen cuestionarme aún más el porqué de todo este embrollo vital que nos quieren vender y en el que estamos metidos hasta las cejas sin ni siquiera planteárnoslo (¿acaso nos dejan planteárnoslo?). Personalmente creo que en estos momentos sería mucho más feliz si estuviera en Papua dedicándome a, ¡yo qué sé!, el cultivo de perlas.

Hoy, con vuestro permiso, los besos, más grandes como un mamut, son para mi tía Cari, allá donde quiera que esté (qué pena no creer en la vida eterna en momentos como éste).
Calamity.

P.D. Ahora que lo pienso, a lo mejor los nipones ni se lo plantean y son súper felices con sus 14 días de vacaciones anuales yendo de aquí para allá como tarambanas para enseñar la típica foto-postal-souvenir a la familia… Hmmm.
 
Se ¿traspasa?
Como si del paso anterior a un traspaso de negocio se tratase, mi bitácora anda desatendida y sin repuestas. Ni estoy pendiente de los que por aquí se pasan, ni visito sus casas (el Bloglines, al que me conecto de vez en cuando, está que echa fuego), ni escribo, ni nada de nada. Un auténtico desastre, vaya.

Son tiempos de acople, de aprendizaje (os aseguro que me he formado más en este casi mes y medio de nuevo curro que en el último año en el anterior trabajo. Y lo que me queda por empollar, afortunadamente). Os diré que ahora mismo estoy inmersa en una tarea que me vuelve del revés: hacer cajas para juguetes. Ay, me va a encantar más que nunca pasearme estas próximas navidades, como que estuvieran aquí a la vuelta de la esquina, por las jugueterías de este país. Trataré de ir sin cartera que una, a sus taytantos años, es coleccionista de juguetes, especialmente de Barbies Collectibles y maquetas metálicas escala 1:18 de coches. Lo dejo aquí puesto, como quien no quiere la cosa :P

Por si fuera poco las aproximadamente once horas del día que me ocupa el trabajo –entre trabajo, comida, idas y venidas con la M-511 atascada continuamente y un pésimo servicio de autobuses públicos en el que lo que más me llama la atención es la cantidad de culturas y acentos diferentes que se mezclan a las ocho de la mañana junto a la pijería absoluta del Oeste madrileño- empecé de nuevo en el gimnasio (me duelen hasta las pestañas. Dos años practicando tumbing se notan, y mucho), empecé a buscar un nuevo piso (qué carísimos están los alquileres, por dios) y sigo con mis proyectos fotográfico-pictóricos y literarios (estos últimos más abandonados que los primeros y que nunca).

Ah, y también voy al cine e intento salir por ahí un poquito (en fin, es casi más una imposición que me marcan las visitas al zulo madrileño, agradables visitas que conste, de mis amigos del pueblo en detrimento del trabajo monacal que me marco cada fin de semana) e ir a algún que otro concierto (pedazo de agenda que tengo para el veranito: Summer Case aquí al lado, FIB –gracias Txarly, a ver si te escribo por lo menos agradeciéndote el esfuerzo, mis admiradísimos e idolatrados Pearl Jam, etcétera…). Cuanto menos tiempo tienes, más cosas haces. Qué paradojas tiene la vida, desde luego.

No lo parece, pero, con toda mi honestidad, estoy relajada. Posiblemente porque estoy leyendo un montón de autobús en autobús, aunque menos de lo que quisiera, claro. Esquilo, Sófocles, Eurípides, Herodoto, Píndaro, Safo y, por supuestísimo, Homero (¡faltaría más!). A este paso me voy a doctorar en Filología Clásica sin haber pasado por la Facultad (y me volveré majareta del todo si no abandono a los clásicos ya mismo).

Lo que os decía, que tengo olvidadísimo el noble oficio de escribir y pasear por la blogocosa, ¡con todo lo que se podría comentar de estos días que nos han tocado vivir! Encima, pese al acelerado tren de vida que me gasto en las últimas semanas que conforman mi pasado más cercano, me voy a Londres para visitar, entre otras, los Mármoles de Elgin (erre que erre con la Hélade) y el Teatro El Globo.

Prometo volver. No sé ni cuándo ni desde dónde (todos los que me conocen dicen de mí que Londres es mi ciudad… Yo creo que es más Dublín por eso de la cerveza negra, ah, y por Colin Farrel of course).

Big kisses for everybody, dears. Calamity