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Como vaca sin cencerro
¡Qué pena hija mía, tan joven y ya estás como vaca sin cencerro!
Acerca de
Me gusta hablar. Muchas veces hablo conmigo mismo con tal de escucharme y soy tan inteligente que a veces no entiendo lo que digo.
-Oscar Wilde


No sé cuál es la clave del éxito, pero la clave del fracaso es intentar agradar a todo el mundo.
-Bill Cosby


La búsqueda de la perfección suele obstaculizar la mejora.
-George F. Will



Enlaces
Rinconcillos de la cuadra descencerrada
Sindicación
 
Noche de difuntos
Es curioso ver cómo unas culturas van haciendo propias los hábitos de otras aparentemente muy diferentes. Tal es el caso de la noche de Halloween, para mí y de ahora en adelante, la noche de difuntos. Apostaría mi mano derecha (o la izquierda, me da igual) a que hoy mismo nos encontramos con más de un niño disfrazado de Conde Drácula diciendo aquello de “truco o trato”. Además nos encontraremos con el especímen que hace que el tal truco o trato tenga solución de continuidad, esto es, el adulto que dará al niño en cuestión unos cuantos caramelos.



Mis noches de difuntos siempre han sido peculiares hasta que llegué a Madrid (desde entonces no he vuelto a celebrar ninguna a la vieja usanza). Hoy es el cumpleaños de mi gran amiga Nuvilla (¡felicidades hermosa!) y para conmemorar tal celebración nos solíamos reunir todos los amigos que pululabamos por la zona en tales fechas en el Tele Club del pueblo de Nuvilla. Un pueblo-pueblo, de esos que tienen cuatro casitas y todos los que allí viven son labradores y no hay ni un alma por las calles a partir de las diez de la noche y el cementerio está al ladito mismo de la Iglesia, justo en la Plaza Mayor del mismo. Vamos, en el centro.

Para hacer más especial la velada alquilábamos un montón de pelis de miedo: Viernes 13, El exorcista, La semilla del diablo, La noche de los muertos vivientes... Cualquiera que estuviese libre en los estantes de la tienda que, entre otras cosas, alquilaba cintas de video. Julitros, Pichi y Tatín hacían una instalación casera ad hoc para poder ver el video en la tele del pueblo mientras el resto desplegábamos los manteles y las viandas (y el bebercio, para qué nos vamos a engañar).

La velada transcurría –cómo no- en la penumbra de las historias escabrosas que nuestras mentes adolescentes escudriñaban. Las habíamos escuchado miles de veces, pero esa noche, arropados por el silencio del exterior y con la sugestión a flor de piel, nos daban mucho, muchísimo, miedo.

Pero no contentos con eso, aquí, los amantes de la aventura, nos disponíamos a jugar al escondite por el puebluco y sus alrededores. Estábamos ya tan cagaditos de miedo que lo hacíamos en grupos. Ir uno solo consigo mismo y sus sombras se hubiera equiparado con la más grande de las hazañas pertrechadas por el mismísimo Shackleton.

La mejor fue aquella noche en la que los perros de un vecino se escaparon de su confortable redil para pegarnos un susto de muerte...

Feliz noche de difuntos, queridos. Cal.

PD. La imagen se corresponde con mi fondo de escritorio. Las ilustraciones se las debemos a Little Rainey
 
Diez entre doce
El problema de haber sido el décimo de doce hermanos, de haber nacido en tránsito y en medio de una guerra civil es que nunca sabes muy bien ni dónde ni cuándo naciste exactamente. Esto es lo que le pasaba a mi padre.

Hoy, teóricamente, hubiera cumplido 80 años (qué barbaridad). Hoy, porque hoy, 26 de Octubre (ni el 1 de Octubre que se plasmaba en su carné, ni el 16 de Octubre que figuraba en su partida de nacimiento), era el día que en la Quinta de los Sustos se revolucionaba absolutamente todo para celebrar la onomástica de mi padre. Porque a él, a diferencia de a mí, le encantaba cumplir años. Y soñaba con comerse las uvas del paso al nuevo milenio y contar a sus nietos aquello de pues en el siglo pasado tal y pascual.... No pudo hacerlo.

Dice la gente que le conoció que nos parecemos mucho: temperamentales, parlanchines, bondadosos, tercos, un poco payasos y manirrotas. Juzguen ustedes mismos (está claro que físicamente no):



Yo sólo puedo decir que le echo mucho de menos y que me hubiera encantado gastar cinco minutos de mi escueto tiempo para darle justo hoy ochenta tironcillos de oreja, ochenta regalitos, ochenta velitas, ochenta besazos.
 
Raindrops keep falling on my head
Me gusta la lluvia. El monótono caer del agua fina sobre las casas, los cuerpos, las cosas. Sí, de acuerdo, es incómoda y a veces un poco molesta (cuando está acompañada de viento sobre todo), pero casi con total seguridad lo que más me gusta de ella es observarla del mismo modo que un espectador mira una película frente a la pantalla de cine. A través de los cristales, arropada por el calor interior del recinto. Con una taza de café caliente y oloroso entre mis manos. Resguardada.

Hace tres días que - por fin - llueve en Madrid.
 
Sobre las estrellas


Aún recuerdo la última vez que conscientemente me senté ex professo a contemplar el globo estelar. Si me lo propongo, es posible que todavía pudiera dibujar alguna de las constelaciones que decoraban la oscura noche sin Luna de aquel tórrido agosto.

Parte de mis primos –los más cercanos en edad- y yo nos habíamos dispuesto a pasar una noche en vela en La Capachera. Éste era el nombre de una pequeña finca a las afueras de mi pueblo, amputada por el paso de la circunvalación N-611 Valladolid-Santander, que pertenecía a los padres de Eus y Mu, mis primos.

Acomodamos varias mesas llenas de viandas que nos habían dado nuestras respectivas madres/tías creyendo que aquello iba a ser una fiesta inocente y ausente de alcoholes, de sana algarabía, en definitiva. Pero eso no era posible entre tanta hormona adolescente desatada. Sobraron pinchos y faltaron hielos.

De peque me sentía enormemente atraída por lo infinitamente grande, el Universo, y por lo infinitamente pequeño, los átomos y sus componentes. Para mí ambas esferas de la Física tenían mucho en común. La antimateria, los positrones, neutrinos y demás parafernalia nuclear era muy similar a los tremendos agujeros negros que circundan y absorben la luz de las estrellas. Localizar las Pléyades, Sirah o Betelguse era tan sencillo como hacer una configuración atómica, al nivel que se pueden hacer en COU, claro.

A las pocas horas de que la zambra comenzara, mientras el resto de invitados estaba eufórico y dispuesto en torno al radiocassette (sí, aún no se estilaba lo del cedé y menos aún los emepetreses, ¡nadie tenía un ordenata, caramba!), yo me tumbaba todo lo largo que mi pequeña figura de entonces daba en el fresco césped a contemplar la espina dorsal del firmamento (la Vía Láctea) con copa de Kalimotxo y pitillo en mano.

El viernes yendo de camino a León mi mirada se quedó absorta viendo cómo iban naciendo las constelaciones de Otoño hacia el Este. Fue entonces cuando fui plenamente consciente de que en Madrid por más que te esfuerces no se ve una sola estrella.

Besos. Miss Calamity.
 
Bienvenido Mister Marshall
Los españoles parece que tenemos cierto complejo de, cómo denominarlo sin ofender a nadie, inferioridad frente a los negocios. Sí, el país de El lazarillo de Tormes, padece de una enfermedad endémica: somos muy poco chovinistas con según qué cosas (eso sí, la tortilla de patata, los toros y el Flamenco, ni tocarlo).

Todo esto viene a cuento por una sencilla razón. Llevamos revolucionados todos en la agencia una semana y media por la llegada –hoy- de una súper mega chupi guay agencia de Holanda que viene a hacer business con nosotros. Y, claro, nosotros nos debemos de ver como los mierdecillas del negocio.

Al menos eso parece (pese a que somos precisamente los que sacamos más castañas del fuego a nuestro cliente común) porque en una semana las pantallas del ordenador han mutado a plasma –las de cuentas y administración; los creatas seguimos con nuestros pantallones de siempre-, las paredes se han llenado de cuadros elegantemente colgados con los trabajos desarrollados para diversos clientes, los “trastos” han emigrado al sótano y nosotros –sí, nosotros, aunque no tengamos que ver nada con el business propiamente dicho- venimos con nuestras mejores galas laborales, peinaditos, afetaiditos (ellos), maquilladas (ellas, menos yo que no he tenido ni un minutillo esta mañana) y con cara de muchos amigos. Café y pastas en la salita de reuniones. Cocina limpia de humos (prohibido cocinar platos olorosos). Jardín –sólo la parte delantera- bien arreglado. Cartapacios corporativa y elegantemente decorados para revisar la orden del día. Traductores simultáneos.

En fin que sólo hubiera faltado que nuestros colegas holandeses hubieran pasado por delante de nuestra puerta con un coche a la velocidad del rayo para que esto fuera la mismita imagen de los habitantes de aquel pueblo típicamente español que esperaba ansiosamente la llegada de los americanos.

¡Coño, que los españoles también valemos la pena!

¿No... ?
 
Ruido, ruido y más ruido
Mogwai, Live Madrid 01/10/06
Quien diga que la música de hoy en día no emociona es que no ha escuchado nunca una canción de Mogwai. Si algún día tienen que definir tal concepto –musica emocional, quiero decir- aquellos que hacen las enciclopedias, tendrán que adjuntar una fotografía del quinteto escocés al lado.



No puedo ahondar en la discografía de Mogwai. Por desgracia no la conozco al completo. Apenas dos discos de ellos Rock Action -el más aclamado por la crítica- y Happy songs for happy people -el siguiente al anteriormente citado- pueblan las estanterías de mi casa, lo cual no significa que no me gustara tener la colección completa de long plays y singles de la banda. Por una razón muy sencilla: Mogwai siempre sorprenden a pesar de tener ese sonido tan característico de ellos, esas guitarras que cambian de distorsión al momento y te dejan como aplanado mientras tratas de seguir la armonía de una canción que no sabes por dónde demonios va a salir.

El relax no es posible. De la caricia de terciopelo más sugerente se pasa a la bofetada contundente y dolorosa que hace que tus tímpanos agradezcan unos tapones de cera, al ruido en estado puro. Decibelios y más decibelios de potentísimas guitarras que se desafinan en la mitad de todo aquel soniquete, bajo, batería, cajas de ritmos, pianos, teclados, voces inaudibles completamente distorsionadas, sintetizadores y rumores que utilizaban el fader para hacernos creer que una invasión medio alienígena iba a hacer acto de presencia inmediatamente.

He ido a infinitud de conciertos en La Riviera de Madrid, pero jamás de los jamases había notado cómo el techo y el suelo de la sala pugnaban por desplomarse lo antes posible frente a tal descarga adrenalítica sonora hasta ayer por la noche.

No me puedo extender más porque no sé qué decir (si tuviera que hacer una crónica en serio del concierto lo estaría pasando fatal ahora mismo). Lo que presencié anoche fue flipante, alucinante, mágico y muy, muy, muy especial. Y lo más curioso de todo es que pese al barullo de sonidos que se apoltronan en cualquier canción de Mogwai ninguna nota, distorsión, o quejido estuvo de más ni de menos. Todo, absolutamente todo perfectamente orquestado. Música en estado puro. Sólo música, no espectáculo (eso déjenselo para madonnas, udoses, princes y demás parafernalia escenográfica).

Besillos ruidos. Cal.

Si queréis conocer un poquito más del grupo escocés, siempre podéis acudir a su página web. En ella os podéis suscribir gratuitamente a su podcast y así ir conociendo poco a poco los nuevos trabajos de Mogwai. Pinchad aquí