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Como vaca sin cencerro
¡Qué pena hija mía, tan joven y ya estás como vaca sin cencerro!
Acerca de
Me gusta hablar. Muchas veces hablo conmigo mismo con tal de escucharme y soy tan inteligente que a veces no entiendo lo que digo.
-Oscar Wilde


No sé cuál es la clave del éxito, pero la clave del fracaso es intentar agradar a todo el mundo.
-Bill Cosby


La búsqueda de la perfección suele obstaculizar la mejora.
-George F. Will



Enlaces
Rinconcillos de la cuadra descencerrada
Sindicación
 
Atracón
Ayer comentábamos en el estudio -que es como se llama a la zona creativa de la ofi- a raíz de que una compañera nos obsequiase con ricas y colesterosas viandas que qué engordaba más, un kilo de gominolas comido del tirón o un kilo de gominolas comido a lo largo de una semana. ¿Qué opináis?

La respuesta, que a mí me sorprendió, es que engorda más si te lo comes a lo largo de una semana ya que el cuerpo lo va asimilando poco a poco. Si te pegas un atracón un único día, tu cuerpo entra en una especie de "sugar coma" que te revuelve el estómago y te impide la asimilación de todos los glúcidos. Te pones malo y el azúcar no es asimilado en forma de cartucheras o barriga para batallas futuras por tu cuerpo.

Esta introducción tan nutricional me sirve para decir que ¡por fin! me estoy pegando unos buenos atracones de lecturas, de esos que a mí me gustaban en los tiempos mozos, cuando iba a la universidad y me podía quedar leyendo todo el día (y más de una noche completa) pasando hojas y hojas y hojas de libros.

Lo echaba de menos más de lo que pensaba (esto, por supuesto, también incluye vuestras bitácoras internetiles, claro) quizá no tanto por el placentero hecho de leer -que también- sino porque este común y simple gesto significa que empiezo a recomponerme, que ya estoy más concentrada, que las tormentas van pasando(aunque haya todavía días en los que arrecie el temporal) y que tanta ignominia y pesadumbre va dejando espacio al sosiego y el deleite.

Lejos de encontrarme mal por tal atracón diario, mi cuerpo lo está recibiendo con sumo gozo.

Que siga, que no vuelvan las oscuras golondrinas de mi alma.
 
La autoridad
¿No os ha pasado a veces que os hubiera gustado ostentar por un breve periodo de tiempo un puesto con autoridad? Sí. Me explico. Cuando vas por la carretera o por la acera caminando tranquilamente y ves a un macarra que va a, no sé, 120 Km/h en una calle estrecha pitando y sin respetar a nadie… ¿No os gustaría en ese momento tener una placa de la policía de tráfico y dejarle –al macarra- aunque no fuera más que acojonado?
- Policía de tráfico. Déjeme los papeles del coche y el permiso de conducir, por favor.
- Espere un momento...
- Bien. El seguro del coche, por favor.
- Aquí lo tiene –tras un corto pero eterno lapso de tiempo rebuscando en la guantera del auto.
- Sabe que iba circulando a 120 km/h en un tramo urbano, ¿no?
- …
En función de su respuesta yo sería benévola o la más pérfida de las mujeres policía que pisasen la tierra en ese mismo instante. ¡Ay, me chiflaría poder hacer esto!

Y es que el otro día, viniendo al trabajo, me encontré con la triste estampa de ver al chico que me atiende en la frutería del hipermercado del barrio –un chaval nada agradable, por otra parte- recibiendo una monumental bronca del que supongo fuera el dueño-jefe del establecimiento.

Pienso que cuando uno hace algo mal, como es lícito, reciba una “charla” de su superior, pero no entiendo que dicha riña se sobrepase en su forma. No son para nada justos los insultos personales (“eres un inútil”), ni las amenazas (“la próxima vez que venga y esté la tienda así, veremos a ver qué hago contigo”), ni hacerlo a grito pelado delante de todos los empleados justificando ¿el qué, su supremacía capitalista frente al resto de empleados? Falta de confianza en sí mismo, diría yo.

En ese mismo instante me hubiera gustado sacarme un carné de, no sé, de la comisión de trabajo del Ministerio, de inspector de la seguridad social, de ¡cualquier cosa! sólo para haber metido un poquitín de miedo en el cuerpo al tipo ese tan brusco. Porque, ¿cuál era el delito del empleado, que eran las nueve y cinco de la mañana y todavía no había colocado las peras conferencia en el estante? Venga, hombre ¿y eso es motivo suficiente para vejar a una persona? Yo creo que no.
 
Independencia
Me gusta conducir. Sí, pese a que no tengo carné de conducir, las veces que puedo, conduzco algo, poquito. Ahora mismo, si tuviera coche y permiso, estaría dándome una vuelta por ahí, con mi cámara Ulises y la música a volumen brutal en vez de estar escribiendo en la ofi, sin rumbo. Un respiro, supongo.

Desde pequeña siempre he querido tener una furgoneta, mejor, una roulotte en la que vivir e ir aparcando en aquellos sitios en los que el viento me inspirara la pausa. Sin dirección fija. Sin lugar en el mundo. El mundo sería, todo él, el lugar (la casa es la cárcel del hombre corriente, que diría un tuareg).

Ayer veníamos desde Ponferrada en dirección Madrid y, si hubiese tenido yo las riendas de mi propio devenir, hubiera parado al menos tres o cuatro veces. En Mota del Marqués, en una pequeña iglesia abandonada que no tiene techumbre situada en medio de la nada, en Rueda, en el parque de maquinaria industrial de Benavente... Hubiera incluso desviado mi camino para ir a Villafáfila y a Villalar de los Comuneros -que siempre he tenido curiosidad-, tal vez a Olmedo. O haberme tomado un café frente al Real Monasterio de Santa Clara en Tordesillas.

Seguramente todavía estaría llegando a Madrid... Tal vez no llegara nunca o podría ser que hiciera una breve parada para despedirme de mi actual, larga y monótona estancia en la capital del reino, libre, al fin.
 
La inopia
Siempre había pensado que la felicidad total se podría conseguir asentándose en la más absoluta de las ignorancias. No saber nada, no conocer nada. Ser como un pato al que todo le resbala.

Pues bien. No es así.

Llevo desde mi último cumpleaños en la inopia. No me entero de nada. No veo la tele. Apenas leo nada que tenga que ver con la actualidad. Ya ni enciendo la radio (que es el medio de comunicación de masas que más me "motiva"). No suelo salir de casa demasiado (excepto este fin de semana, lo admito). Mis charlas con los conocidos se limitan a banalidades "¿Qué tal?", "¡Cuánto tiempo que no te veía!", "Esos zapatos son muy monos"... (casi seguro por eso no escribo).

Ayer fui al centro a comprar dos discos de mis bandas musicales preferidas que suponía habían publicado ya y me sentí totalmente perdida, tanto que ni siquiera pregunté a los tenderos de la tienda. Me daba apuro. Evité el contacto verbal por la calle. Volví a casa habiendo abierto la boca únicamente para decir "hola" al señor que conducía el autobús. Nada más.

Soy tremendamente infeliz.

La inconsciencia del mundo que me rodea me ha hecho más desdichada de lo que ya posiblemente fuera. De aquí al hermetismo total y a la dipsomanía me falta un pequeño empujoncito. Solamente.