Mala hierba nunca muere.
Nick Cave & The Bad Seeds, Live in Barcelona, 25/04/08
Nick Cave & The Bad Seeds, Live in Barcelona, 25/04/08
Conocer a Nick Cave & The Bad Seeds me costó un viajecito a una tienda de discos de la capital burgalesa casi ex profeso. Cuando una tiene apenas 20 años y está empezando a conocer la música de verdad, la Música con mayúsculas, cuando está dejando atrás grupitos de niños monos confeccionados para chicas histéricas y reeducando su oído con algo bueno de veras, justo en ese momento tiene que asomar Nick Cave y sus Malas Semillas por algún lado.
A mí me pasó charlando con mi amigo L sobre el Quadrophenia de los Who, que si era uno de los mejores discos de los setenta, que si no… El caso es que no sé de qué manera salió a colación el polifacético músico australiano. Oye, yo ni flores, así que le dije a L que me prestase algún disco, a lo que él me contestó:
- No. Es que si alguien me dice que no le gusta Nick Cave, le empiezo a mirar de otra manera, me empieza a no caer bien.
Con esa tarjeta de presentación, ¿quién se podría resistir a empezar a escuchar a Nick Cave, pesara lo que pesase?
Ahora es posible que mi fanatismo por dicha banda esté a la altura, eso si no la sobrepasa, que el de L. Así que el pasado marzo, cuando me enteré que habían ampliado el aforo del concierto de Nick Cave & The Bad Seeds en Barcelona, me fui de cabeza a por unas entradas. Entiendo que un pabellón deportivo, palacio o cualquier recinto que no esté dedicado a la música ofrece de entrada mal augurio a un concierto, por lo menos a su sonido, pero, en fin, que no me voy a poner finolis, que estar en primera fila como cuando los ví en La Riviera hace siete años (creo) iba a ser algo más que improbable pero al menos iba a estar.
En fin, día de vacaciones, avión hasta Girona, bus hasta la Estació del Nord, comida con la family en la Ciudad Condal y paseo hasta el Pavelló Olímpico de Badalona. Ambientillo de concierto. Mucha cucaracha cuarentona por los alrededores (incluída yo, claro). Mucho indie. Mucha gafapasta. Entradas VIP y entradas de las otras. Niñas en tienda de campaña esperando a que abrieran las puertas el domingo para el concierto de los Back Street Boys (qué lástima).

(*)
Los teloneros, vamos, ni me enteré. Muy folk, con xilófonos, bajo y guitarra acústica. Como si a los Tortoise se volviesen country de repente. Ni fu ni fa. Yo lo que quería ver es a Nicolás y ¡ya! Música de Shirley Horn, de Dinah Washington y de otras grandes damas del Jazz en el intermezzo y ¡zas! los primeros acordes lúgubres de “Night Of The Lotus Easters” encienden los ánimos de las 5000 almas allí congregadas. Le sigue “Today’s Lesson” que nos muestra a una banda compenetrada, pletórica, con ganas de dar guerra, musicalmente impecable (aunque algo cansada: tres días de bolo para unos cuarentones-cincuentones lo mismo es mucho). Desde donde yo estaba, en gradas, se les oía y veía muy bien. Me quedé sorprendida con el sonido. Tal vez algo alto el bajo y la voz de Nick Cave, pero, vamos, que bien.
Después de la presentación de dos cortes de su nuevo álbum Dig, Lazarus, Dig!!! llegó MI momento: “Red Right Hand”. En aquel instante supe que el concierto iba a ser algo grande, no igual que la primera vez que les ví, pero interesante sin lugar a dudas.
Los viejos temas se fueron mezclando con las nuevas canciones de la banda australiana con una sobria e incluso espartana puesta en escena que contrastaba con el entusiasmo de Nick Cave, de Mick Harvey, James Jonhston, Martyn Casey, Thomas Wydler, Jim Sclavunos..., pero sobre todo de Warren Fucking Ellis (así lo presentó Nick al público).
Un parlanchín e histriónico Nick se dejó ver en las tablas (debe de ser que desde que lleva una vida sana se le ha desatado la lengua, el histrionismo venía de serie). Habló con la gente de la primera fila, dijo a una muchacha “you’re beautiful”. Se guaseó con que no entendía ni papa de español, que no veía bien porque no llevaba las gafas. Nos preguntó si nos estaba gustando el repertorio, nos dijo que a mucha gente le parecería mierda, incluida su madre, “but she’s 82, so...”. Por si acaso le dedicó la siguiente canción “The Ship Song”. Perdió los papeles - “where’re the fucking lyrics?”-, nunca mejor dicho, entre “Jesus of the Moon” y “Deanna” (anda que no habrán ejecutado esta última miles de veces), nos pegó buena caña en el primer bis después de hacernos cantar al unísono el repetitivo oh, mama de “The Lyre of Orpheus” y se transmutó en el segundo bis interpretando al piano la increíble “Into My Arms” anunciando que llegaba el final con “Stager Lee”.
Eché en falta más movimiento dentro del público… La pista parecía una marea de gente inmóvil más preocupada de sacar fotos que de disfrutar del concierto, salvo en contadas ocasiones. En la grada estaba la mayoría sentada, pero unos cuantos estábamos bailando y disfrutando como locos del concierto. Faltaron algunas canciones (“Do You Love Me?”, por ejemplo). Me pareció excesiva la pausa entre canción y canción (los ritmos no son los mismos para todo el mundo, supongo). Pero me gustó. Sí señor, me gustó mucho.
Ahora sólo me queda esperar al veranito para ver de nuevo a Nico Cueva, Warren Fucking Ellis, Jim Sclavunos y Martyn Casey tocar como chavalillos de veintipocos con su banda paralela Grinderman. Ay, virgencita, que se haga corta la espera.
(*) Fotografía propiedad de Crónicas de Motel. Como siempre, yo sin cámara. Vaya una fotógrafa de mis coj... estoy hecha.
A mí me pasó charlando con mi amigo L sobre el Quadrophenia de los Who, que si era uno de los mejores discos de los setenta, que si no… El caso es que no sé de qué manera salió a colación el polifacético músico australiano. Oye, yo ni flores, así que le dije a L que me prestase algún disco, a lo que él me contestó:
- No. Es que si alguien me dice que no le gusta Nick Cave, le empiezo a mirar de otra manera, me empieza a no caer bien.
Con esa tarjeta de presentación, ¿quién se podría resistir a empezar a escuchar a Nick Cave, pesara lo que pesase?
Ahora es posible que mi fanatismo por dicha banda esté a la altura, eso si no la sobrepasa, que el de L. Así que el pasado marzo, cuando me enteré que habían ampliado el aforo del concierto de Nick Cave & The Bad Seeds en Barcelona, me fui de cabeza a por unas entradas. Entiendo que un pabellón deportivo, palacio o cualquier recinto que no esté dedicado a la música ofrece de entrada mal augurio a un concierto, por lo menos a su sonido, pero, en fin, que no me voy a poner finolis, que estar en primera fila como cuando los ví en La Riviera hace siete años (creo) iba a ser algo más que improbable pero al menos iba a estar.
En fin, día de vacaciones, avión hasta Girona, bus hasta la Estació del Nord, comida con la family en la Ciudad Condal y paseo hasta el Pavelló Olímpico de Badalona. Ambientillo de concierto. Mucha cucaracha cuarentona por los alrededores (incluída yo, claro). Mucho indie. Mucha gafapasta. Entradas VIP y entradas de las otras. Niñas en tienda de campaña esperando a que abrieran las puertas el domingo para el concierto de los Back Street Boys (qué lástima).

(*)
Los teloneros, vamos, ni me enteré. Muy folk, con xilófonos, bajo y guitarra acústica. Como si a los Tortoise se volviesen country de repente. Ni fu ni fa. Yo lo que quería ver es a Nicolás y ¡ya! Música de Shirley Horn, de Dinah Washington y de otras grandes damas del Jazz en el intermezzo y ¡zas! los primeros acordes lúgubres de “Night Of The Lotus Easters” encienden los ánimos de las 5000 almas allí congregadas. Le sigue “Today’s Lesson” que nos muestra a una banda compenetrada, pletórica, con ganas de dar guerra, musicalmente impecable (aunque algo cansada: tres días de bolo para unos cuarentones-cincuentones lo mismo es mucho). Desde donde yo estaba, en gradas, se les oía y veía muy bien. Me quedé sorprendida con el sonido. Tal vez algo alto el bajo y la voz de Nick Cave, pero, vamos, que bien.
Después de la presentación de dos cortes de su nuevo álbum Dig, Lazarus, Dig!!! llegó MI momento: “Red Right Hand”. En aquel instante supe que el concierto iba a ser algo grande, no igual que la primera vez que les ví, pero interesante sin lugar a dudas.
Los viejos temas se fueron mezclando con las nuevas canciones de la banda australiana con una sobria e incluso espartana puesta en escena que contrastaba con el entusiasmo de Nick Cave, de Mick Harvey, James Jonhston, Martyn Casey, Thomas Wydler, Jim Sclavunos..., pero sobre todo de Warren Fucking Ellis (así lo presentó Nick al público).
Un parlanchín e histriónico Nick se dejó ver en las tablas (debe de ser que desde que lleva una vida sana se le ha desatado la lengua, el histrionismo venía de serie). Habló con la gente de la primera fila, dijo a una muchacha “you’re beautiful”. Se guaseó con que no entendía ni papa de español, que no veía bien porque no llevaba las gafas. Nos preguntó si nos estaba gustando el repertorio, nos dijo que a mucha gente le parecería mierda, incluida su madre, “but she’s 82, so...”. Por si acaso le dedicó la siguiente canción “The Ship Song”. Perdió los papeles - “where’re the fucking lyrics?”-, nunca mejor dicho, entre “Jesus of the Moon” y “Deanna” (anda que no habrán ejecutado esta última miles de veces), nos pegó buena caña en el primer bis después de hacernos cantar al unísono el repetitivo oh, mama de “The Lyre of Orpheus” y se transmutó en el segundo bis interpretando al piano la increíble “Into My Arms” anunciando que llegaba el final con “Stager Lee”.
Eché en falta más movimiento dentro del público… La pista parecía una marea de gente inmóvil más preocupada de sacar fotos que de disfrutar del concierto, salvo en contadas ocasiones. En la grada estaba la mayoría sentada, pero unos cuantos estábamos bailando y disfrutando como locos del concierto. Faltaron algunas canciones (“Do You Love Me?”, por ejemplo). Me pareció excesiva la pausa entre canción y canción (los ritmos no son los mismos para todo el mundo, supongo). Pero me gustó. Sí señor, me gustó mucho.
Ahora sólo me queda esperar al veranito para ver de nuevo a Nico Cueva, Warren Fucking Ellis, Jim Sclavunos y Martyn Casey tocar como chavalillos de veintipocos con su banda paralela Grinderman. Ay, virgencita, que se haga corta la espera.
(*) Fotografía propiedad de Crónicas de Motel. Como siempre, yo sin cámara. Vaya una fotógrafa de mis coj... estoy hecha.
La tía Gloria
Los nombres personales no llevan artículo delante. Tuve que escribir esta frase en el encerado de clase, a la tierna edad de 14 años, unas doscientas veces que yo recuerde. Todo por decir delante de mi profesora de Historia –odiada por todas las niñas de la escuela e idolatrada por mi persona en cuanto empezó a hablar en clase de las pinturas negras de Goya- que me iba a casa de la Gloria, mi tía. Al terminar el castigo me dirigí a la susodicha profesora y le pregunté conscientemente de lo que hacía: “entonces, ¿me puedo ir ya a casa de la Gloria?”. Ella me dijo refunfuñando que sí.
Y es que en la zona de donde yo vengo los nombres personales, sobre todo los femeninos, SÍ llevan artículo delante. Esta es una verdad tan grande como que el cielo es de color celeste mientras no esté nublado (o contaminado, como en Madrid). Así pues yo no soy Cal sino la Cal. Mi madre no es Momi sino la Momi. Mi tía no es Gloria sino la Gloria.
Pero, a todo esto, ¿quién demonios es la Gloria? La Gloria es una de las hermanas pequeñas de mi madre. Pizpireta y resuelta. Animosa, feliz y gordita. Gordita ahora porque cuando era joven le llamaban “la sardina” por lo flaca y poca chicha que era.
La Gloria siempre ha sido el centro de todas las fiestas. Si alguien de la familia celebraba algo, era en su casa donde se programaba el evento. El bingo navideño era en su casa. El primer cotillón de año nuevo, antes de salir por ahí de fiesta, ídem. Si querías enterarte de cualquier cotilleo del pueblo, pero de buen rollo, sin chismorrear a lo tonto, llamabas al teléfono de la Gloria y ella te lo contaba. Las mejores timbas de julepe se organizaban alrededor de la mesa redonda de la cocina de mi tía. Cuando ya empezaba a despuntar el alba y la carterilla de más de uno flojeaba de suelto, la tía Gloria seguía al pie del cañón, echando cabezadas entre reparto y reparto de cartas, despertando al grito de guerra “¡Gloria, te toca dar!”. (Creo que lo de “dar las cartas” es un localismo. En cristiano significa “repartir”, pero en mi pueblo no se usa.)
Tal vez uno de los secretos de su éxito fuera que siempre que acudías al resguardo que proporcionaban sus faldas, la trébede se llenaba de dulces caseros riquísimos: rosquillas de vino, polvorones, huesillos extremeños (una delicia para quien no les haya probado), miles de variedades de tartas, bizcochos... Llenabas el estómago hasta estar al borde un coma glúcido. Pero siempre había más y más y más. Cual bolso de Mary Poppins, los armarios de la cocina de la tía Gloria escondían postres por doquier. Nunca, nunca se acababan.
Recuerdo aún uno de aquellos días tontorrones de comadreo entre hermanas en el cual me enteré de que la Gloria estaba embarazada de nuevo. Su cuarto hijo. Su cuarto hijo varón. Tenía un medio disgusto porque ella siempre quiso tener una niña para vestirla como a una muñeca, pero tuvo cuatro varones en casa. Ese cuarto niño ha sido siempre el muñeco precioso de toda la familia (incluso ahora con sus veintitantos años lo sigue siendo). Fue el primer bebé que me dejaron sujetar entre los brazos. También el primero que se me cayó de los mismos al resbalar en un suelo recién fregado.
Mi tía Gloria fue mi primera jefa. Ella me brindó mi primer trabajo: limpiadora de su casa. Es que yo de pequeña quería ser limpiadora (de hecho ahora no descarto la posibilidad siempre y cuando el horario sea de ocho a cinco y bien remunerado). Me pagaba quinientas pesetas por limpiarle la cocina. Yo se la limpiaba para mientras tomar nota de las recetas de sus postres.
Pero no todo es vida y dulzura. He tenido también mis menos con la Gloria. Ahora, casi diez años después de que menospreciara a mi padre recién muerto, de que uno de sus hijos retirase el saludo a mi madre, a mi padre, a mi hermana-prima Nina, de que ese núcleo cálido y confortable que suponía cualquier reunión en casa de mi tía se tornase sombrío y de mal gusto entre los integrantes de la mitad de la familia, me he dado cuenta de que la culpa de todo aquello no fue realmente de un ser tan bonachón como Gloria sino de alguien tan frío, calculador y desalmado como lo era el padre de mi madre y sus hermanos (porque este señor nunca ha sido mi abuelo). Diez años perdidos. Irrecuperables. El devenir, la vida, no permiten aquello del ensayo y error. ¡Malditas herencias!
Hace unos meses me encontré a la Gloria comprando en uno de los supermercados de mi pueblo. Me hizo una ilusión tremenda verla allí. Nos quedamos juntas dándole a la sin hueso -¡menudas dos nos juntamos!- y fuimos paseando con las bolsas reventando de comida hacia nuestras respectivas casas.
Por el camino hablamos de lo divino y lo humano. De lo contenta que estaba porque va a ser abuela primeriza dentro de nada, de que se le había muerto la perruca y lo había pasado muy mal, de que se encontraba muy triste a ratos, de que el otro día se perdió por el pueblo, que no sabía cómo volver a casa, de que se le olvidaban los postres en el horno hasta que el olor del quemazón se extendía por toda la casa, de lo sola que se sentía a veces. Uy, qué mala espina tuve con toda esa conversación... Le aconsejé una visita al médico.
Antes de ayer mi madre confirmó mi sospecha: alzheimer.
Estas pocas palabras son solamente un sentido y profundo homenaje a mi tía para que por lo menos queden escritos los recuerdos que ella trae a mi memoria. Esos recuerdos que de aquí a nada llenarán el libro en blanco en que se transformará la cándida cabecita de una de mis tías, pese a todo, más queridas: la Gloria.
Y es que en la zona de donde yo vengo los nombres personales, sobre todo los femeninos, SÍ llevan artículo delante. Esta es una verdad tan grande como que el cielo es de color celeste mientras no esté nublado (o contaminado, como en Madrid). Así pues yo no soy Cal sino la Cal. Mi madre no es Momi sino la Momi. Mi tía no es Gloria sino la Gloria.
Pero, a todo esto, ¿quién demonios es la Gloria? La Gloria es una de las hermanas pequeñas de mi madre. Pizpireta y resuelta. Animosa, feliz y gordita. Gordita ahora porque cuando era joven le llamaban “la sardina” por lo flaca y poca chicha que era.
La Gloria siempre ha sido el centro de todas las fiestas. Si alguien de la familia celebraba algo, era en su casa donde se programaba el evento. El bingo navideño era en su casa. El primer cotillón de año nuevo, antes de salir por ahí de fiesta, ídem. Si querías enterarte de cualquier cotilleo del pueblo, pero de buen rollo, sin chismorrear a lo tonto, llamabas al teléfono de la Gloria y ella te lo contaba. Las mejores timbas de julepe se organizaban alrededor de la mesa redonda de la cocina de mi tía. Cuando ya empezaba a despuntar el alba y la carterilla de más de uno flojeaba de suelto, la tía Gloria seguía al pie del cañón, echando cabezadas entre reparto y reparto de cartas, despertando al grito de guerra “¡Gloria, te toca dar!”. (Creo que lo de “dar las cartas” es un localismo. En cristiano significa “repartir”, pero en mi pueblo no se usa.)
Tal vez uno de los secretos de su éxito fuera que siempre que acudías al resguardo que proporcionaban sus faldas, la trébede se llenaba de dulces caseros riquísimos: rosquillas de vino, polvorones, huesillos extremeños (una delicia para quien no les haya probado), miles de variedades de tartas, bizcochos... Llenabas el estómago hasta estar al borde un coma glúcido. Pero siempre había más y más y más. Cual bolso de Mary Poppins, los armarios de la cocina de la tía Gloria escondían postres por doquier. Nunca, nunca se acababan.
Recuerdo aún uno de aquellos días tontorrones de comadreo entre hermanas en el cual me enteré de que la Gloria estaba embarazada de nuevo. Su cuarto hijo. Su cuarto hijo varón. Tenía un medio disgusto porque ella siempre quiso tener una niña para vestirla como a una muñeca, pero tuvo cuatro varones en casa. Ese cuarto niño ha sido siempre el muñeco precioso de toda la familia (incluso ahora con sus veintitantos años lo sigue siendo). Fue el primer bebé que me dejaron sujetar entre los brazos. También el primero que se me cayó de los mismos al resbalar en un suelo recién fregado.
Mi tía Gloria fue mi primera jefa. Ella me brindó mi primer trabajo: limpiadora de su casa. Es que yo de pequeña quería ser limpiadora (de hecho ahora no descarto la posibilidad siempre y cuando el horario sea de ocho a cinco y bien remunerado). Me pagaba quinientas pesetas por limpiarle la cocina. Yo se la limpiaba para mientras tomar nota de las recetas de sus postres.
Pero no todo es vida y dulzura. He tenido también mis menos con la Gloria. Ahora, casi diez años después de que menospreciara a mi padre recién muerto, de que uno de sus hijos retirase el saludo a mi madre, a mi padre, a mi hermana-prima Nina, de que ese núcleo cálido y confortable que suponía cualquier reunión en casa de mi tía se tornase sombrío y de mal gusto entre los integrantes de la mitad de la familia, me he dado cuenta de que la culpa de todo aquello no fue realmente de un ser tan bonachón como Gloria sino de alguien tan frío, calculador y desalmado como lo era el padre de mi madre y sus hermanos (porque este señor nunca ha sido mi abuelo). Diez años perdidos. Irrecuperables. El devenir, la vida, no permiten aquello del ensayo y error. ¡Malditas herencias!
Hace unos meses me encontré a la Gloria comprando en uno de los supermercados de mi pueblo. Me hizo una ilusión tremenda verla allí. Nos quedamos juntas dándole a la sin hueso -¡menudas dos nos juntamos!- y fuimos paseando con las bolsas reventando de comida hacia nuestras respectivas casas.
Por el camino hablamos de lo divino y lo humano. De lo contenta que estaba porque va a ser abuela primeriza dentro de nada, de que se le había muerto la perruca y lo había pasado muy mal, de que se encontraba muy triste a ratos, de que el otro día se perdió por el pueblo, que no sabía cómo volver a casa, de que se le olvidaban los postres en el horno hasta que el olor del quemazón se extendía por toda la casa, de lo sola que se sentía a veces. Uy, qué mala espina tuve con toda esa conversación... Le aconsejé una visita al médico.
Antes de ayer mi madre confirmó mi sospecha: alzheimer.
Estas pocas palabras son solamente un sentido y profundo homenaje a mi tía para que por lo menos queden escritos los recuerdos que ella trae a mi memoria. Esos recuerdos que de aquí a nada llenarán el libro en blanco en que se transformará la cándida cabecita de una de mis tías, pese a todo, más queridas: la Gloria.