Igualdad
"Ahora hay una mujer". Esto es lo que me decía el padre de mi adorado tormento el miércoles pasado mientras hacíamos zapping entre Muchachada Nui y Caiga Quien Caiga (por cierto y aunque no venga a cuento: ¿quién coño ha hecho el casting de esta edición de CQC? Que lo despidan, por favor).
El comentario no debería de chocar. ¿Que hay de malo (o de bueno) en que haya una mujer en un grupo de reporteros caraduras vestidos de traje y escondidos detrás de unos cristales negros de Ray-Ban que regalan al primero que se pone a tiro? Pues eso, que no hay nada malo (ni bueno). Pero choca, ¿verdad? Un programa que en sus no sé cuántos años de emisión lo más parecido que han tenido a una mujer ha sido Deborah Ombres...
El tema está ya más pasado de moda que llevar un palestino anudado al cuello y no ser de Palestina. Lo sé, pero es que si no lo escribo, reviento.
Me hace gracia que tengamos un Ministerio de la Igualdad. Si necesitamos tal ministerio, es porque no hay igualdad. Esto es una tautología puesto que sabemos, vemos, palpamos que igualdad no hay. Pero, de veras, ¿quién quiere que haya igualdad en según qué niveles? ¿es que queremos ser todos iguales a todos? ¿no somos lo suficientemente borregos adocenados por nuestras forma de vida gris y anodina? Yo no quiero ser igual a nadie, quiero ser única dentro de mi normalidad como homo sapiens hembra.
Otra cosa diferente son los derechos y los deberes. Aquí sí que deberíamos estar todos (hombres, mujeres, foráneos, nativos, etc) en igualdad de condiciones. Porque lo que hoy por hoy es normal es que si dentro de una empresa hay que promocionar a alguien, y Fulanita y Menganito tienen las mismas características laborales, casi siempre escogerán primero a Menganito (posiblemente por ser hombre) que a Fulanita (posiblemente por ser mujer).
Porque no es normal que yo cobre bastante menos que mis compañeros varones -que tienen la misma categoría y desarrollan los mismos trabajos que yo- por no sé qué extraña razón.
Porque no es normal que si yo quiero tener hijos sea visto como una baja maternal de no sé cuantas semanas, vamos, como algo negativo, y si un hombre quiere tenerlos se vea como un ser entrañable que se preocupa por los suyos. ¿Qué pasa, que él no va a tener que cambiar pañales, ir al médico con los rorros, llevarles al médico si se ponen malos? Yo creo que sí... Aunque si me pongo a analizar mi contexto más cercano... siempre son ellas las que se "sacrifican".
Pero por otro lado tampoco estoy de acuerdo con la paridad. Tendemos demasiado a mirar la entrepierna de la persona cuando lo que deberíamos hacer es fijarnos en su mente.
Y sí, estoy muy orgullosa de ser mujer, pero definitivamente, si hoy alguien me hiciera aquella pregunta de la niñez "¿qué quieres ser de mayor?" le respondería sin ninguna duda: hombre.
El comentario no debería de chocar. ¿Que hay de malo (o de bueno) en que haya una mujer en un grupo de reporteros caraduras vestidos de traje y escondidos detrás de unos cristales negros de Ray-Ban que regalan al primero que se pone a tiro? Pues eso, que no hay nada malo (ni bueno). Pero choca, ¿verdad? Un programa que en sus no sé cuántos años de emisión lo más parecido que han tenido a una mujer ha sido Deborah Ombres...
El tema está ya más pasado de moda que llevar un palestino anudado al cuello y no ser de Palestina. Lo sé, pero es que si no lo escribo, reviento.
Me hace gracia que tengamos un Ministerio de la Igualdad. Si necesitamos tal ministerio, es porque no hay igualdad. Esto es una tautología puesto que sabemos, vemos, palpamos que igualdad no hay. Pero, de veras, ¿quién quiere que haya igualdad en según qué niveles? ¿es que queremos ser todos iguales a todos? ¿no somos lo suficientemente borregos adocenados por nuestras forma de vida gris y anodina? Yo no quiero ser igual a nadie, quiero ser única dentro de mi normalidad como homo sapiens hembra.
Otra cosa diferente son los derechos y los deberes. Aquí sí que deberíamos estar todos (hombres, mujeres, foráneos, nativos, etc) en igualdad de condiciones. Porque lo que hoy por hoy es normal es que si dentro de una empresa hay que promocionar a alguien, y Fulanita y Menganito tienen las mismas características laborales, casi siempre escogerán primero a Menganito (posiblemente por ser hombre) que a Fulanita (posiblemente por ser mujer).
Porque no es normal que yo cobre bastante menos que mis compañeros varones -que tienen la misma categoría y desarrollan los mismos trabajos que yo- por no sé qué extraña razón.
Porque no es normal que si yo quiero tener hijos sea visto como una baja maternal de no sé cuantas semanas, vamos, como algo negativo, y si un hombre quiere tenerlos se vea como un ser entrañable que se preocupa por los suyos. ¿Qué pasa, que él no va a tener que cambiar pañales, ir al médico con los rorros, llevarles al médico si se ponen malos? Yo creo que sí... Aunque si me pongo a analizar mi contexto más cercano... siempre son ellas las que se "sacrifican".
Pero por otro lado tampoco estoy de acuerdo con la paridad. Tendemos demasiado a mirar la entrepierna de la persona cuando lo que deberíamos hacer es fijarnos en su mente.
Y sí, estoy muy orgullosa de ser mujer, pero definitivamente, si hoy alguien me hiciera aquella pregunta de la niñez "¿qué quieres ser de mayor?" le respondería sin ninguna duda: hombre.
Marry me, Adam Green!
Live in Madrid, 04/05/08
Live in Madrid, 04/05/08
Con una semana de retraso, lo sé, pero más vale tarde que nunca. Además, estoy de exámenes, así que está todo más que justificado, ¿no?
Ya puede ser que tengas el peor de los días, que te hayan echado del curro, que te haya dejado tu novia/o y tus padres se encabronen contigo, yo qué sé, que se te muera el canario, que como vayas a un concierto de Adam Green la diversión está garantizada.

Fotografía cortesía de Anjali Knebworth . Yo, as usual, sin cámara. Bueno, también tengo excusa: Ulises está estropeada. Sniff.
Mi descubrimiento de hace dos años en el festival Summer Case (me compré todos sus discos hasta la fecha) actuaba en directo en la Sala Heineken de Madrid. Sala pequeñita y correctamente acondicionada. Pero que sea una sala de esas características no significa que se oiga bien. Cuando el neoyorquino saltó al escenario precedido de dos despampanantes negras de timbre gospeliano sonaban únicamente los acordes de “Festival Song” y digo sonaban únicamente porque sólo los intrumentos estaban por las nubes mientras que la imponente voz de crooner de Green se hizo difícil de escuchar en ese momento. Pero tal y como apuntó él más tarde le acompañaba la mejor banda de España (sic.) y el percance estuvo solucionado cuando comenzó a sonar “Morning After Midnight”, quinto corte de su nuevo y más producido álbum Sixes & Sevens y segunda canción a interpretar en la cálida noche.
La velada prometía música de la buena y espectáculo porque Green, además de ser un buen compositor e intérprete, es una auténtico payaso. Entiéndaseme con todo el cariño y respeto esto de payaso: es un showman. Todo el concierto estuvo chapurreando una especie de spanglish muy apañado, ya se sabe, confundiendo los géneros y españolizando vocablos anglosajones. Dando botes como un loco por las tablas. Tocando ahora la guitarra, ahora los bongos, ahora un xilófono. Tirándose por el escenario y por lo que no era escenario, haciendo apología de las drogas y el alcohol. Criticando el excesivo precio de las entradas… En fin, Adam Green al cien por cien.
El público –mayoritariamente femenino- se comunicaba con el músico neoyorquino a través de papelitos, al más puro estilo colegio de prepúberes. Escritos como “Get Nacked” protagonizaron más de un gag humorístico en la actuación. Después de haber escuchado la tierna y ñoña “Drowning Head First”, acompañado de una muchacha que presentó primero como su novia y después como una excelente cantante operística (y que más tarde estaba en el stand del merchandasing, chica multi-tasking, desde luego) pidió explicaciones sobre las obscenas notitas que le mandaban desde la pista. Ni corto ni perezoso subió a la chica que había escrito semejante cosa al escenario. Esta vez la niña elegida dio poco juego al músico. Si me pone a mí una Gibson al hombro, teniendo al lado a Adam Green haciendo su típico espectáculo vodevil, lo último que se me ocurriría es ponerme en cuclillas y quedarme parada (serían los nervios).
Acudió poco al repertorio de sus anteriores trabajos, pero no faltaron hits como “Bluebirds” (petición del público), “Jessica Simpson” o “Carolina” con la cual despidió dando las gracias al público madrileño por haber estado allí con ellos. Eché de menos “Nat King Cole”, pero estuvo en general todo genial.
Un espectáculo totalmente aconsejable para superar depresiones y estados existenciales grises. Adam Green bien se merece un altar (un par de altavoces, quiero decir) en más de una unidad de salud mental.
Ya puede ser que tengas el peor de los días, que te hayan echado del curro, que te haya dejado tu novia/o y tus padres se encabronen contigo, yo qué sé, que se te muera el canario, que como vayas a un concierto de Adam Green la diversión está garantizada.

Fotografía cortesía de Anjali Knebworth . Yo, as usual, sin cámara. Bueno, también tengo excusa: Ulises está estropeada. Sniff.
Mi descubrimiento de hace dos años en el festival Summer Case (me compré todos sus discos hasta la fecha) actuaba en directo en la Sala Heineken de Madrid. Sala pequeñita y correctamente acondicionada. Pero que sea una sala de esas características no significa que se oiga bien. Cuando el neoyorquino saltó al escenario precedido de dos despampanantes negras de timbre gospeliano sonaban únicamente los acordes de “Festival Song” y digo sonaban únicamente porque sólo los intrumentos estaban por las nubes mientras que la imponente voz de crooner de Green se hizo difícil de escuchar en ese momento. Pero tal y como apuntó él más tarde le acompañaba la mejor banda de España (sic.) y el percance estuvo solucionado cuando comenzó a sonar “Morning After Midnight”, quinto corte de su nuevo y más producido álbum Sixes & Sevens y segunda canción a interpretar en la cálida noche.
La velada prometía música de la buena y espectáculo porque Green, además de ser un buen compositor e intérprete, es una auténtico payaso. Entiéndaseme con todo el cariño y respeto esto de payaso: es un showman. Todo el concierto estuvo chapurreando una especie de spanglish muy apañado, ya se sabe, confundiendo los géneros y españolizando vocablos anglosajones. Dando botes como un loco por las tablas. Tocando ahora la guitarra, ahora los bongos, ahora un xilófono. Tirándose por el escenario y por lo que no era escenario, haciendo apología de las drogas y el alcohol. Criticando el excesivo precio de las entradas… En fin, Adam Green al cien por cien.
El público –mayoritariamente femenino- se comunicaba con el músico neoyorquino a través de papelitos, al más puro estilo colegio de prepúberes. Escritos como “Get Nacked” protagonizaron más de un gag humorístico en la actuación. Después de haber escuchado la tierna y ñoña “Drowning Head First”, acompañado de una muchacha que presentó primero como su novia y después como una excelente cantante operística (y que más tarde estaba en el stand del merchandasing, chica multi-tasking, desde luego) pidió explicaciones sobre las obscenas notitas que le mandaban desde la pista. Ni corto ni perezoso subió a la chica que había escrito semejante cosa al escenario. Esta vez la niña elegida dio poco juego al músico. Si me pone a mí una Gibson al hombro, teniendo al lado a Adam Green haciendo su típico espectáculo vodevil, lo último que se me ocurriría es ponerme en cuclillas y quedarme parada (serían los nervios).
Acudió poco al repertorio de sus anteriores trabajos, pero no faltaron hits como “Bluebirds” (petición del público), “Jessica Simpson” o “Carolina” con la cual despidió dando las gracias al público madrileño por haber estado allí con ellos. Eché de menos “Nat King Cole”, pero estuvo en general todo genial.
Un espectáculo totalmente aconsejable para superar depresiones y estados existenciales grises. Adam Green bien se merece un altar (un par de altavoces, quiero decir) en más de una unidad de salud mental.





