Noche de difuntos
Es curioso ver cómo unas culturas van haciendo propias los hábitos de otras aparentemente muy diferentes. Tal es el caso de la noche de Halloween, para mí y de ahora en adelante, la noche de difuntos. Apostaría mi mano derecha (o la izquierda, me da igual) a que hoy mismo nos encontramos con más de un niño disfrazado de Conde Drácula diciendo aquello de “truco o trato”. Además nos encontraremos con el especímen que hace que el tal truco o trato tenga solución de continuidad, esto es, el adulto que dará al niño en cuestión unos cuantos caramelos.

Mis noches de difuntos siempre han sido peculiares hasta que llegué a Madrid (desde entonces no he vuelto a celebrar ninguna a la vieja usanza). Hoy es el cumpleaños de mi gran amiga Nuvilla (¡felicidades hermosa!) y para conmemorar tal celebración nos solíamos reunir todos los amigos que pululabamos por la zona en tales fechas en el Tele Club del pueblo de Nuvilla. Un pueblo-pueblo, de esos que tienen cuatro casitas y todos los que allí viven son labradores y no hay ni un alma por las calles a partir de las diez de la noche y el cementerio está al ladito mismo de la Iglesia, justo en la Plaza Mayor del mismo. Vamos, en el centro.
Para hacer más especial la velada alquilábamos un montón de pelis de miedo: Viernes 13, El exorcista, La semilla del diablo, La noche de los muertos vivientes... Cualquiera que estuviese libre en los estantes de la tienda que, entre otras cosas, alquilaba cintas de video. Julitros, Pichi y Tatín hacían una instalación casera ad hoc para poder ver el video en la tele del pueblo mientras el resto desplegábamos los manteles y las viandas (y el bebercio, para qué nos vamos a engañar).
La velada transcurría –cómo no- en la penumbra de las historias escabrosas que nuestras mentes adolescentes escudriñaban. Las habíamos escuchado miles de veces, pero esa noche, arropados por el silencio del exterior y con la sugestión a flor de piel, nos daban mucho, muchísimo, miedo.
Pero no contentos con eso, aquí, los amantes de la aventura, nos disponíamos a jugar al escondite por el puebluco y sus alrededores. Estábamos ya tan cagaditos de miedo que lo hacíamos en grupos. Ir uno solo consigo mismo y sus sombras se hubiera equiparado con la más grande de las hazañas pertrechadas por el mismísimo Shackleton.
La mejor fue aquella noche en la que los perros de un vecino se escaparon de su confortable redil para pegarnos un susto de muerte...
Feliz noche de difuntos, queridos. Cal.
PD. La imagen se corresponde con mi fondo de escritorio. Las ilustraciones se las debemos a Little Rainey

Mis noches de difuntos siempre han sido peculiares hasta que llegué a Madrid (desde entonces no he vuelto a celebrar ninguna a la vieja usanza). Hoy es el cumpleaños de mi gran amiga Nuvilla (¡felicidades hermosa!) y para conmemorar tal celebración nos solíamos reunir todos los amigos que pululabamos por la zona en tales fechas en el Tele Club del pueblo de Nuvilla. Un pueblo-pueblo, de esos que tienen cuatro casitas y todos los que allí viven son labradores y no hay ni un alma por las calles a partir de las diez de la noche y el cementerio está al ladito mismo de la Iglesia, justo en la Plaza Mayor del mismo. Vamos, en el centro.
Para hacer más especial la velada alquilábamos un montón de pelis de miedo: Viernes 13, El exorcista, La semilla del diablo, La noche de los muertos vivientes... Cualquiera que estuviese libre en los estantes de la tienda que, entre otras cosas, alquilaba cintas de video. Julitros, Pichi y Tatín hacían una instalación casera ad hoc para poder ver el video en la tele del pueblo mientras el resto desplegábamos los manteles y las viandas (y el bebercio, para qué nos vamos a engañar).
La velada transcurría –cómo no- en la penumbra de las historias escabrosas que nuestras mentes adolescentes escudriñaban. Las habíamos escuchado miles de veces, pero esa noche, arropados por el silencio del exterior y con la sugestión a flor de piel, nos daban mucho, muchísimo, miedo.
Pero no contentos con eso, aquí, los amantes de la aventura, nos disponíamos a jugar al escondite por el puebluco y sus alrededores. Estábamos ya tan cagaditos de miedo que lo hacíamos en grupos. Ir uno solo consigo mismo y sus sombras se hubiera equiparado con la más grande de las hazañas pertrechadas por el mismísimo Shackleton.
La mejor fue aquella noche en la que los perros de un vecino se escaparon de su confortable redil para pegarnos un susto de muerte...
Feliz noche de difuntos, queridos. Cal.
PD. La imagen se corresponde con mi fondo de escritorio. Las ilustraciones se las debemos a Little Rainey
Comentario:
edgst como estas
Comentario:
Sí, hombre, sí. ¡Claro que copian! Tú fíjate todo el boom latino que hay ahora en yankilandia. ¡Si hasta el trasero de la JeniFarlopa está asegurado!
En teoría en España no se hacía nada especial la noche de difuntos salvo rezar el rosario y llorar. Tampoco está mal un poco de color y reirnos de nuestro propio destino, esto es, la muerte. Ahora, eso sí, lo de "truco o trato", no, no, no, no, no puedo con ello. Vamos.
Un beso muy fuerte. C.
En teoría en España no se hacía nada especial la noche de difuntos salvo rezar el rosario y llorar. Tampoco está mal un poco de color y reirnos de nuestro propio destino, esto es, la muerte. Ahora, eso sí, lo de "truco o trato", no, no, no, no, no puedo con ello. Vamos.
Un beso muy fuerte. C.
Comentario:
deberiamos copiar algo que se desconoce, pero si tenemos nuestra noche de difuntos para que queremos halowenes y otras tonterias. Ellos no copian nada (creo) nuestro (creo) y mucho menos cambiar algo ya establecido (cosa lógica). Somos únicos.
Un beso guapa.
Un beso guapa.





