Crisis fotográfica (por decir algo)
La primera vez que cayó en mis manos una cámara de fotos tenía ocho años. Ahora en las primeras comuniones se regalan pleiesteisions y nintendos. Cuando yo era pequeña y tuve que pasar por el aro del cristianismo el regalo más importante que te podían hacer era una Nancy vestida de Primera Comunión (más bien parecía una novia) y un bolígrafo “caro” de Inoxcrom o Paper Mate. Mi padrino –al que posiblemente no veo desde aquella fecha- en cambio se gastó los cuartos conmigo y me regaló una cámara Polaroid.
En ese día gasté los tres carretes de diez fotografías cada uno que se anexionaban al regalo. Instantáneas tontas: mi prima vestida de comunión también, mis padres con los langostinos del convite, los árboles de la ya inexistente Plaza de España de mi pueblo. Rosas y gatos. Piedras redondeadas por el run-run del agua. La procesión de la Virgen del Llano, patrona donde las haya...
Al poco tiempo la Polaroid se vino a menos y fue cambiada por una camarita pequeña de paso 110 (sí, esos negativos chiquitines que iban montados en carretes con dos rodillos). Y así seguí, sacando fotos a flores y pájaros de ciudad. Desde entonces con la intriga de lo que quedara dibujado por la luz en los haluros de plata del film. Hice mi primer, digámoslo así, reportaje fotográfico en las vacaciones de San Vicente de la Barquera: las olas rompiendo encima de mis primas y de mí, mi tío fumando puros apoyado en las barandillas del Paseo Marítimo, mi tía peinándose la melena al estilo Farrah Fawcett...
Rondando los doce tacos pegué el salto a las cámaras réflex, con sus objetivos, su flash independiente y todo ese tinglado. La culpa de eso la tuvo Montse, el rollo pasajero de un amigo de la familia que acababa de enviudar y no soportaba la soledad, una fotógrafa profesional que me dejó su Nikon para sacar la típica foto del castillo que corona uno de esos oteros secotes del Campoo del Yuste.
A los diecisiete me fui a Barcelona a estudiar fotografía.
A los treinta y tantos en el claustro superior de la Catedral de Oporto decidí que hasta aquí habíamos llegado. Hoy cualquiera hace una foto. Llega, mira (si es que mira), saca su móvil, su cámara digital ultra slim con tropecientos mil megapíxeles que nunca van a ser usados en condiciones, su lo que sea y dispara. Ni encuadre, ni luz, ni –lo que es más triste- interés por inmortalizar el momento. Simplemente hacer saber que él ha estado allí. Es posible que ni se acuerde, pero tiene el documento gráfico que así lo atestigua.
La Era de la Imagen (porqué no seguiría yo con aquella abandona tesis doctoral sobre semiótica de la imagen, porqué, porqué). Cualquiera puede ahorrarse miles de palabras (incomunicación generada por la propia comunicación) enseñando esas instantáneas tomadas ad hoc delante de cualquier edificio turístico, de cualquier cuadro famoso, de cualquier personaje asaltado por la calle, de cualquier siniestro terrorista... Y además algunas –pocas- son buenas, añado.
Qué triste tanto esfuerzo para llegar a nada...
Observo que no soy la única que piensa cómo yo sobre este particular.
En ese día gasté los tres carretes de diez fotografías cada uno que se anexionaban al regalo. Instantáneas tontas: mi prima vestida de comunión también, mis padres con los langostinos del convite, los árboles de la ya inexistente Plaza de España de mi pueblo. Rosas y gatos. Piedras redondeadas por el run-run del agua. La procesión de la Virgen del Llano, patrona donde las haya...
Al poco tiempo la Polaroid se vino a menos y fue cambiada por una camarita pequeña de paso 110 (sí, esos negativos chiquitines que iban montados en carretes con dos rodillos). Y así seguí, sacando fotos a flores y pájaros de ciudad. Desde entonces con la intriga de lo que quedara dibujado por la luz en los haluros de plata del film. Hice mi primer, digámoslo así, reportaje fotográfico en las vacaciones de San Vicente de la Barquera: las olas rompiendo encima de mis primas y de mí, mi tío fumando puros apoyado en las barandillas del Paseo Marítimo, mi tía peinándose la melena al estilo Farrah Fawcett...
Rondando los doce tacos pegué el salto a las cámaras réflex, con sus objetivos, su flash independiente y todo ese tinglado. La culpa de eso la tuvo Montse, el rollo pasajero de un amigo de la familia que acababa de enviudar y no soportaba la soledad, una fotógrafa profesional que me dejó su Nikon para sacar la típica foto del castillo que corona uno de esos oteros secotes del Campoo del Yuste.
A los diecisiete me fui a Barcelona a estudiar fotografía.
A los treinta y tantos en el claustro superior de la Catedral de Oporto decidí que hasta aquí habíamos llegado. Hoy cualquiera hace una foto. Llega, mira (si es que mira), saca su móvil, su cámara digital ultra slim con tropecientos mil megapíxeles que nunca van a ser usados en condiciones, su lo que sea y dispara. Ni encuadre, ni luz, ni –lo que es más triste- interés por inmortalizar el momento. Simplemente hacer saber que él ha estado allí. Es posible que ni se acuerde, pero tiene el documento gráfico que así lo atestigua.
La Era de la Imagen (porqué no seguiría yo con aquella abandona tesis doctoral sobre semiótica de la imagen, porqué, porqué). Cualquiera puede ahorrarse miles de palabras (incomunicación generada por la propia comunicación) enseñando esas instantáneas tomadas ad hoc delante de cualquier edificio turístico, de cualquier cuadro famoso, de cualquier personaje asaltado por la calle, de cualquier siniestro terrorista... Y además algunas –pocas- son buenas, añado.
Qué triste tanto esfuerzo para llegar a nada...
Observo que no soy la única que piensa cómo yo sobre este particular.
Comentario:
¿Morriña? ¿Intrusismo?
Yo soy informático y he aprendido a vivir teniendo una carrera y codeándome en mi trabajo con gente que ni ha pisado Academias Pelayo.
Simplemente hay que separar entre fotos y "fotos".
Yo no tengo ni repajolera de imagen, pero trato de hacer mis pinitos con mi digital y el gimp, y no me parecería justo que alguien me censurase por ello.
Eso sí, yo también odio las fotos turistas rollo "yo con cosas detrás" brrrrr
Aprovecho para hacerte sabedora de que puedes ver las fotos de mi último viaje en mi flickr: http://www.flickr.com/photos/jjvaca
:P
saludos y besitos.
Yo soy informático y he aprendido a vivir teniendo una carrera y codeándome en mi trabajo con gente que ni ha pisado Academias Pelayo.
Simplemente hay que separar entre fotos y "fotos".
Yo no tengo ni repajolera de imagen, pero trato de hacer mis pinitos con mi digital y el gimp, y no me parecería justo que alguien me censurase por ello.
Eso sí, yo también odio las fotos turistas rollo "yo con cosas detrás" brrrrr
Aprovecho para hacerte sabedora de que puedes ver las fotos de mi último viaje en mi flickr: http://www.flickr.com/photos/jjvaca
:P
saludos y besitos.
Comentario:
¡No le quites la ilusión, hombre! Ser fotógrafo (y periodista) es un trabajo -a veces- muy gratificante, como casi todos me figuro. Pero duro. Espero que Itziar sea algo mucho mejor que yo, que llegue más alto y con mayor calidad. Ella se lo merece y artes no le faltan. :)
Es fotográfica por decir algo, Servidora, pero tienes razón. Es una crisis en toda regla. Grande, gorda y pegajosa, como casi todas las crisis. Ya se pasará (el que no se consuela es porque no quiere). Y, ay, no me refería a dejar la fotografía por la falta de conocimientos del que las hace en estos momentos. No es eso. A mí me da igual que quien toma una foto sea un doctorado en Fotografía o no sepa que la lucecilla que ilumina las estampas nocturnas se llama flash. Es algo más intangible, no sé explicarlo. Es el hecho de que todo ha de ser fotografiado porque sí, sin esencia ni condición. Me asquea, de verdad.
(por cierto, ya he hecho muchas fotos este año y, por lo visto, según me dice mi adorado tormento, algunas de ellas están muy bien; será el amor :) El caso es que estoy impaciente por verlas ¡ya!).
¡Benditos los ojos Cool! Espero que hayas escrito tú también algo, guapa, que te haces de rogar un montón. Yo es que lo de la digital, uf, con cuentagotas, cuando no queda otro remedio.
Besos para los tres. C.
Es fotográfica por decir algo, Servidora, pero tienes razón. Es una crisis en toda regla. Grande, gorda y pegajosa, como casi todas las crisis. Ya se pasará (el que no se consuela es porque no quiere). Y, ay, no me refería a dejar la fotografía por la falta de conocimientos del que las hace en estos momentos. No es eso. A mí me da igual que quien toma una foto sea un doctorado en Fotografía o no sepa que la lucecilla que ilumina las estampas nocturnas se llama flash. Es algo más intangible, no sé explicarlo. Es el hecho de que todo ha de ser fotografiado porque sí, sin esencia ni condición. Me asquea, de verdad.
(por cierto, ya he hecho muchas fotos este año y, por lo visto, según me dice mi adorado tormento, algunas de ellas están muy bien; será el amor :) El caso es que estoy impaciente por verlas ¡ya!).
¡Benditos los ojos Cool! Espero que hayas escrito tú también algo, guapa, que te haces de rogar un montón. Yo es que lo de la digital, uf, con cuentagotas, cuando no queda otro remedio.
Besos para los tres. C.
Comentario:
Antes era una obsesa de la fotografía, y la verdad no se me daba mal del todo pero ahora...me estoy volviendo vaga, muy vaga, y eso que si quedan mal las puedo borrar y listo...en fin, estos días tengo la oportunidad de hacer muchas y espero que interesantes, ya te contaré.
Un beso guapa!! y Feliz año, jeje.
Un beso guapa!! y Feliz año, jeje.
Comentario:
Es que no te conozco mucho pero... ¿de verdad que la crisis es fotográfica? vamos, que si dejáramos de hacer las cosas que nos apasionan sólo porque hay mucho indocumentado que la perpetra y/o la caga, nos quedaríamos en casita de brazos cruzados ¿no?
Un beso, y que hagas muchas fotos en este año nuevo :-)
Un beso, y que hagas muchas fotos en este año nuevo :-)
Comentario:
... Y AÑADO, su regalo irrenunciable para la próxima comunión es una cámara de fotos (ay ay ay que tengo una pequeña Cal en ciernes)
Comentario:
Pues chica, mi hija está empeñada en ser fotógrafa y periodista, por este orden. ¿Le dejo leer tu post para que se lo saque de la cabeza?





