Dios existe (y debe de ser canadiense)
Crónica Summercase, Boadilla del Monte, S14/07/07
Tenía que estar prohibido esto de programar conciertos antes de que el sol estuviese escondiéndose por el horizonte. Las horas más inertes del día son precisamente las que van desde el mediodía hasta el ocaso, al menos para mí.
Segunda vez que íbamos a ver a los Editors en concierto; ilusionados cual niño con piruleta que estábamos mi adorado y yo por tan egregio evento. El ultimo largo de la banda An End as a Start sonando a volumen nuclear en el coche de camino a Boadilla, mientras nostros tarareábamos la musiquilla… Carreras para llegar a tiempo y, ¡mierda!, el chaval de la entrada me dice que mi pulsera del Summercase no es buena (ya me temía yo que una pulsera esponsorizada por Timofónica no me podía dar buen resultado). Pues nada, que ahí me dejó abandonada, el muy capullo, hasta que vino otra chavala con el mismo problema que yo, mucho más puesta y con muchísima menos paciencia. Yo solo me empecé a impacientar cuando oí la intensa voz de Tom Smith y las afiladas guitarras de Chris Urbanowicz, que cada día se me parecen más en su uso a las guitarras de The Edge en canciones como “Untill the End of the World”, despuntar los primeros acordes de creo que “And End as Start”.
Dos canciones y media nos perdimos entre colas, protestas y demás. Los hubiera matado a los mierda-organizadores. Y claro, perderse dos canciones en un recital de dos horas te fastidia, pero ¡en un mini concierto de 45 minutos, es intolerable! El cuarteto inglés se portó correctamente encima de las tablas. Repasaron los cortes más importantes de su nuevo trabajo y nos deleitaron con algún viejo tema que hizo las delicias de los allí presentes, pero, corto, muy corto. Fue, tal y como dijo Paquete, como un coitus interruptus. Pues sí, una putada, sin contar conque en ese escenario no actuaría nadie hasta las diez de la noche y eran apenas las nueve. ¿Y el concierto, qué tal? Ah, sí, el concierto. Bien, bien, me divertí aunque para mi gusto un pelín fríos, claro que me tenían mal acostumbrada.
A Lilly Allen me negué a verla. Sinceramente su música no deja de parecer lo mismo que hacen todas las niñas bien de los países con habla anglo sajona. Vamos, ni en broma. Así que dirigimos nuestros pasos hacia lo que restase del concierto de Señor Chinarro, mas por el camino nos entretuvimos a ejercer los deberes que tenemos que desempeñar con nuestro sistema capitalista. Y yo en la zona de tiendas tengo un peligro con los puestecillos de discos… Uy, uy, uy. Bueno, sólo cayeron tres esta vez (¡maldita extra de verano!) y una suscripción a la revista Ojo de Pez, así que llegamos al concierto del sevillano justo cuando finalizaba. ¡Mierda!
Después de ayudar a mantener el sistema que nos ateneza y perdernos el concierto de Señor Chinarro, nos encaminamos hacia la Terminal S a verla a ella. Sí, ella, ella, ella. ¡Ah, cuántos años he esperado para verla! Lo que hubiera dado yo por compartir una velada con PJ Harvey y una de sus parejas -Nick Cave, for her to eternity- en, quién sabe, una casita en el bohemio Blomsbury… Ay (¿os imagináis que se arrancan estos dos a cantar entre la ensalada y el rosbif? Qué lujazo). Polly Jean salió al escenario sin ningún acompañamiento más que sus guitarras y un piano. Fue como en el FIB de hace unos años: ella sola frente a la marabunta de seguidores incondicionales de la compositora británica. En persona es muchísimo más bella que cualquiera de las fotografías en las que sale. Es más, me pareció preciosa, así que debe tener poca fotogenia simplemente. Evidentemente no puedo decir nada malo de PJ Harvey, su concierto fue exquisito, delicado y aspero. Repasó canciones de prácticamente todos sus álbumes, soberbia “Rid of me”, extraña “Oh my lover”, poética “Horses in my dreams”, suicida “Kamikaze”, poniéndole un sentimiento y una pasión que ya lo quisieran para sí más de uno y dos y tres artistas. Impresionante, fantástica, brutal.
Eso sí, un cero –un cero bien gordo- a los de sonido. Me figuro que no será sólo culpa de ellos. Con la tralla que estaban metiendo los Phoenix en el escenario de al lado, cuando PJ Harvey se sentaba en su piano, no se oía una mierda. El público empezó a silbar y ella paró sus canciones y nos pidió a los allí presentes que si no oímos, se lo dijéramos. Se lo dijimos y habló desde el escenario con los técnicos de sonido, pero poco más se podía hacer, la verdad. Pobre Polly Jean. Según me ha contado Paquete, leyó en el “On Madrid” que PJ Harvey bajó del escenario con lágrimas en los ojos. Lástima porque el concierto era una verdadera delicatessen.
Tiempo ahora para escuchar y ver a Flaming Lips. Mi jefe se estaría mordiendo las uñas, tirándose de los pelos, si los tuviese, y gritando como un loco en su concierto, pero a mí me defraudaron con creces. Mucho fuego de artificio, mucha puesta en escena y muy bonita eso sí, Wayne Coyne, vocalista de la formación, bailando como loco para animar el cotarro, pero nada. Paquete se fue a cotillear al concierto de Astrud y yo preferí tumbarme en la zona chill out, que a esas horas ya parecía más bien un vertedero de basuras muy húmedo, para recuperar fuerzas. Se aproximaba la hora del plato fuerte de la jornada.
Junto a PJ Harvey y Jesus and Mary Chain el combo canadiense Arcade Fire eran para mí las bazas fuertes en esta partida de cartas llamada Summercase (si no habeis visto su página web, visitadla porque es preciosa). De hecho esperaba su concierto como agüica de Mayo. Es casi increíble, corriendo los tiempos que corren, que un grupo novel con sólo dos discos en su haber tenga un repertorio de canciones tal que se echen de menos en un concierto algunas de ellas. No exagero un ápice cuando digo que tras la escucha de Funeral, el primer largo de los Arcade Fire, tuve la misma sensación que la primera vez que escuché Nevermind de Nirvana, Ok Computer de Radiohead, White blood cells de los White Stripes o Mellon Collie and the Infinite Sadness de Smashing Pumpkins, entre otros.
Guitarras, bajos, baterías, órganos de iglesia, violines, acordeón, xilófonos, videoinstalaciones, biblias… Una organización perfecta dentro de lo que a priori parecía el caos más absoluto. Vertiginosos, lisérgicos estos Arcade Fire. Comenzaron su repertorio con “Keep the car running” y con la segunda canción –“No cars go”- ya nos teían rendidos a sus pies. “Haiti”, “Laika”, “Rebellion (lies)”, “Power out” (ay, casi me muero ahí mismo), “Ocean of noise”, “Antichrist Television Blues” (con ese final tan perfecto)… todas maravillosamente ejecutadas con una furia que parecía salirles de las entrañas. Hicieron bis, cosa harto complicada en un festival, con “Wake up”. Y ahí terminó todo.
Me pasó lo mismo que ayer con !!!: después de la descarga adrenalítica mucho se tendrían que entregar el resto de grupos como para que me enganchase a sus conciertos. Fuimos a ver a Bloc Party, banda de jovenzuelos atontolinados que me sorprendió mucho con su primer trabajo Silent Alarm, pero me aburrieron enseguida. Mira que tienen canciones potentes los chavales, pero ná, nos fuimos a ver a James Murphy, es decir a LCD Soundsystem que, ¡coño!, hicieron un conciertazo de la leche. Marcha, marcha y más marcha. Hicieron que estos cansados cuerpos de taytantos se movieran como en sus tiempos mozos. Buena banda, buena música y buena disposición para el disfrute.
Rotos en pedazos rematamos la faena viendo un poquito el espectáculo que estaban ofreciendo los neoyorkinos Scissors Sisters. Nuestras molidas carcasas ya no aguantaban más tralla así que escuchamos atentamente los mensajes entre divertidos, polémicos y políticos de Ana Matronica y de Jack Shears. Divertido muy divertido, pero todavía tendrán que mejorar su repertorio de canciones para llenar una hora y media de recital.
Y nada más. Y nada menos. ¡Esta vida loca, loca, loca, con su loca realidaaaaaaad!
Tenía que estar prohibido esto de programar conciertos antes de que el sol estuviese escondiéndose por el horizonte. Las horas más inertes del día son precisamente las que van desde el mediodía hasta el ocaso, al menos para mí.
Segunda vez que íbamos a ver a los Editors en concierto; ilusionados cual niño con piruleta que estábamos mi adorado y yo por tan egregio evento. El ultimo largo de la banda An End as a Start sonando a volumen nuclear en el coche de camino a Boadilla, mientras nostros tarareábamos la musiquilla… Carreras para llegar a tiempo y, ¡mierda!, el chaval de la entrada me dice que mi pulsera del Summercase no es buena (ya me temía yo que una pulsera esponsorizada por Timofónica no me podía dar buen resultado). Pues nada, que ahí me dejó abandonada, el muy capullo, hasta que vino otra chavala con el mismo problema que yo, mucho más puesta y con muchísima menos paciencia. Yo solo me empecé a impacientar cuando oí la intensa voz de Tom Smith y las afiladas guitarras de Chris Urbanowicz, que cada día se me parecen más en su uso a las guitarras de The Edge en canciones como “Untill the End of the World”, despuntar los primeros acordes de creo que “And End as Start”.
Dos canciones y media nos perdimos entre colas, protestas y demás. Los hubiera matado a los mierda-organizadores. Y claro, perderse dos canciones en un recital de dos horas te fastidia, pero ¡en un mini concierto de 45 minutos, es intolerable! El cuarteto inglés se portó correctamente encima de las tablas. Repasaron los cortes más importantes de su nuevo trabajo y nos deleitaron con algún viejo tema que hizo las delicias de los allí presentes, pero, corto, muy corto. Fue, tal y como dijo Paquete, como un coitus interruptus. Pues sí, una putada, sin contar conque en ese escenario no actuaría nadie hasta las diez de la noche y eran apenas las nueve. ¿Y el concierto, qué tal? Ah, sí, el concierto. Bien, bien, me divertí aunque para mi gusto un pelín fríos, claro que me tenían mal acostumbrada.
A Lilly Allen me negué a verla. Sinceramente su música no deja de parecer lo mismo que hacen todas las niñas bien de los países con habla anglo sajona. Vamos, ni en broma. Así que dirigimos nuestros pasos hacia lo que restase del concierto de Señor Chinarro, mas por el camino nos entretuvimos a ejercer los deberes que tenemos que desempeñar con nuestro sistema capitalista. Y yo en la zona de tiendas tengo un peligro con los puestecillos de discos… Uy, uy, uy. Bueno, sólo cayeron tres esta vez (¡maldita extra de verano!) y una suscripción a la revista Ojo de Pez, así que llegamos al concierto del sevillano justo cuando finalizaba. ¡Mierda!
Después de ayudar a mantener el sistema que nos ateneza y perdernos el concierto de Señor Chinarro, nos encaminamos hacia la Terminal S a verla a ella. Sí, ella, ella, ella. ¡Ah, cuántos años he esperado para verla! Lo que hubiera dado yo por compartir una velada con PJ Harvey y una de sus parejas -Nick Cave, for her to eternity- en, quién sabe, una casita en el bohemio Blomsbury… Ay (¿os imagináis que se arrancan estos dos a cantar entre la ensalada y el rosbif? Qué lujazo). Polly Jean salió al escenario sin ningún acompañamiento más que sus guitarras y un piano. Fue como en el FIB de hace unos años: ella sola frente a la marabunta de seguidores incondicionales de la compositora británica. En persona es muchísimo más bella que cualquiera de las fotografías en las que sale. Es más, me pareció preciosa, así que debe tener poca fotogenia simplemente. Evidentemente no puedo decir nada malo de PJ Harvey, su concierto fue exquisito, delicado y aspero. Repasó canciones de prácticamente todos sus álbumes, soberbia “Rid of me”, extraña “Oh my lover”, poética “Horses in my dreams”, suicida “Kamikaze”, poniéndole un sentimiento y una pasión que ya lo quisieran para sí más de uno y dos y tres artistas. Impresionante, fantástica, brutal.
Eso sí, un cero –un cero bien gordo- a los de sonido. Me figuro que no será sólo culpa de ellos. Con la tralla que estaban metiendo los Phoenix en el escenario de al lado, cuando PJ Harvey se sentaba en su piano, no se oía una mierda. El público empezó a silbar y ella paró sus canciones y nos pidió a los allí presentes que si no oímos, se lo dijéramos. Se lo dijimos y habló desde el escenario con los técnicos de sonido, pero poco más se podía hacer, la verdad. Pobre Polly Jean. Según me ha contado Paquete, leyó en el “On Madrid” que PJ Harvey bajó del escenario con lágrimas en los ojos. Lástima porque el concierto era una verdadera delicatessen.
Tiempo ahora para escuchar y ver a Flaming Lips. Mi jefe se estaría mordiendo las uñas, tirándose de los pelos, si los tuviese, y gritando como un loco en su concierto, pero a mí me defraudaron con creces. Mucho fuego de artificio, mucha puesta en escena y muy bonita eso sí, Wayne Coyne, vocalista de la formación, bailando como loco para animar el cotarro, pero nada. Paquete se fue a cotillear al concierto de Astrud y yo preferí tumbarme en la zona chill out, que a esas horas ya parecía más bien un vertedero de basuras muy húmedo, para recuperar fuerzas. Se aproximaba la hora del plato fuerte de la jornada.
Junto a PJ Harvey y Jesus and Mary Chain el combo canadiense Arcade Fire eran para mí las bazas fuertes en esta partida de cartas llamada Summercase (si no habeis visto su página web, visitadla porque es preciosa). De hecho esperaba su concierto como agüica de Mayo. Es casi increíble, corriendo los tiempos que corren, que un grupo novel con sólo dos discos en su haber tenga un repertorio de canciones tal que se echen de menos en un concierto algunas de ellas. No exagero un ápice cuando digo que tras la escucha de Funeral, el primer largo de los Arcade Fire, tuve la misma sensación que la primera vez que escuché Nevermind de Nirvana, Ok Computer de Radiohead, White blood cells de los White Stripes o Mellon Collie and the Infinite Sadness de Smashing Pumpkins, entre otros.
Guitarras, bajos, baterías, órganos de iglesia, violines, acordeón, xilófonos, videoinstalaciones, biblias… Una organización perfecta dentro de lo que a priori parecía el caos más absoluto. Vertiginosos, lisérgicos estos Arcade Fire. Comenzaron su repertorio con “Keep the car running” y con la segunda canción –“No cars go”- ya nos teían rendidos a sus pies. “Haiti”, “Laika”, “Rebellion (lies)”, “Power out” (ay, casi me muero ahí mismo), “Ocean of noise”, “Antichrist Television Blues” (con ese final tan perfecto)… todas maravillosamente ejecutadas con una furia que parecía salirles de las entrañas. Hicieron bis, cosa harto complicada en un festival, con “Wake up”. Y ahí terminó todo.
Me pasó lo mismo que ayer con !!!: después de la descarga adrenalítica mucho se tendrían que entregar el resto de grupos como para que me enganchase a sus conciertos. Fuimos a ver a Bloc Party, banda de jovenzuelos atontolinados que me sorprendió mucho con su primer trabajo Silent Alarm, pero me aburrieron enseguida. Mira que tienen canciones potentes los chavales, pero ná, nos fuimos a ver a James Murphy, es decir a LCD Soundsystem que, ¡coño!, hicieron un conciertazo de la leche. Marcha, marcha y más marcha. Hicieron que estos cansados cuerpos de taytantos se movieran como en sus tiempos mozos. Buena banda, buena música y buena disposición para el disfrute.
Rotos en pedazos rematamos la faena viendo un poquito el espectáculo que estaban ofreciendo los neoyorkinos Scissors Sisters. Nuestras molidas carcasas ya no aguantaban más tralla así que escuchamos atentamente los mensajes entre divertidos, polémicos y políticos de Ana Matronica y de Jack Shears. Divertido muy divertido, pero todavía tendrán que mejorar su repertorio de canciones para llenar una hora y media de recital.
Y nada más. Y nada menos. ¡Esta vida loca, loca, loca, con su loca realidaaaaaaad!





