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Como vaca sin cencerro
¡Qué pena hija mía, tan joven y ya estás como vaca sin cencerro!
Acerca de
Me gusta hablar. Muchas veces hablo conmigo mismo con tal de escucharme y soy tan inteligente que a veces no entiendo lo que digo.
-Oscar Wilde


No sé cuál es la clave del éxito, pero la clave del fracaso es intentar agradar a todo el mundo.
-Bill Cosby


La búsqueda de la perfección suele obstaculizar la mejora.
-George F. Will



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Rinconcillos de la cuadra descencerrada
Sindicación
 
Más vistas que el TBO
Por las tardes Eus –mi prima- y yo solíamos matar el tiempo acudiendo puntuales a nuestra cita con el Tetris. La primera máquina que hubo en mi pueblo estaba colocada a la entrada (o salida, según se mire) de la discoteca más importante de la localidad. Qué cosas, entonces abría todos los días (¡ay, los ochenta!).

Eus tenía buena excusa: mientras jugábamos colocando piezas solían aparecer Marcos –el novio de ésta- y sus amigos. A mí no me gustaba nadie en particular; me contentaba con escuchar las truculentas historias de pasión y desafecto de Eus y nuestras amigas, sentadas en el altillo del baño de chicas (tenía unas escaleras hacia una especie de sótano que se convertían en los aseos) fumando los primeros cigarrillos robados de la chaqueta de domingos de nuestros padres. Ducados y lloros de desamor proferidos por Erato.

Teníamos entre doce y quince años. Yo era de las más pequeñas, bueno, era la pequeña. :)

Una tarde de aquellas apareció por la puerta de la discoteca una figura menuda con foulard y bolso de mano en vez de mochila. Una persona de todas todas extraña para la fauna que solía habitar en aquel lugar. Era mi madre. A las nueve de la noche aún no había aparecido por casa. Se suponía que debería estudiar para el día siguiente, cosa que dudaba que ya pudiese hacer, cenar, etcétera. En vez de eso estaba sentada en uno de los cómodos sillones del local flaqueada por un par de gemelos, más interesados en alguna de mis amigas que en mí, con coca cola y pitillo en mano.

Sin mayor contemplación mi madre me arrancó de las garras de la perdición conduciendo mi pequeño cuerpo de entonces desde la discoteca hasta el hogar familiar, amargándome de continuo con lo que mi padre iba a decir una vez que se enterase de lo que había pasado. Temerosa de la reacción de mi padre –no es que él fuera violento, es que era muy crítico y eso la mayoría de las veces duele mucho más que un cachete- iba alargando el paseo con rodeos y vista de escaparates (hasta una tienda de muebles escrutamos mi madre y yo de cabo a rabo).

Con los dedos cruzados crucé el umbral de la puerta. Cabeza gacha y ojos de cordero. Mi madre se lo soltó todo a mi padre que no movió un músculo más que para decir: “De aquí a nada vais a estar más vistas que el TBO” y mi madre siguió con la retahíla que puede generar esa frase lapidaria que no es poca, claro.

Las navidades acaban de pasar. Días familiares no cabe duda. Pero también días para cultivar la fraternidad entre congéneres. Con los años que ya tenemos es raro que nos reunamos todos los amigos siquiera una vez al año: niños, trabajos, obligaciones… Aún así lo solemos conseguir por estas fechas (y menos mal porque el sólo hecho de tener que adocenarse sí o sí a la vida normal me produce urticaria).

Salimos por ahí hasta las tantas sin miedo a que nuestros padres aparezcan en escena cuando menos se los espera (ahora somos nosotros los padres ;]). No conozco a prácticamente nadie. Nadie me conoce a mí con total seguridad. Se me acerca un chico joven: “Hola, ¿eres de aquí?”. “Sí, de aquí soy y además podría ser tu madre”. El muchacho se marcha con una sonrisilla dibujada en su faz. Más vista que el TBO, murmuro para mis adentros… ¡ay!

No