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Como vaca sin cencerro
¡Qué pena hija mía, tan joven y ya estás como vaca sin cencerro!
Acerca de
Me gusta hablar. Muchas veces hablo conmigo mismo con tal de escucharme y soy tan inteligente que a veces no entiendo lo que digo.
-Oscar Wilde


No sé cuál es la clave del éxito, pero la clave del fracaso es intentar agradar a todo el mundo.
-Bill Cosby


La búsqueda de la perfección suele obstaculizar la mejora.
-George F. Will



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Rinconcillos de la cuadra descencerrada
Sindicación
 
La tía Gloria
Los nombres personales no llevan artículo delante. Tuve que escribir esta frase en el encerado de clase, a la tierna edad de 14 años, unas doscientas veces que yo recuerde. Todo por decir delante de mi profesora de Historia –odiada por todas las niñas de la escuela e idolatrada por mi persona en cuanto empezó a hablar en clase de las pinturas negras de Goya- que me iba a casa de la Gloria, mi tía. Al terminar el castigo me dirigí a la susodicha profesora y le pregunté conscientemente de lo que hacía: “entonces, ¿me puedo ir ya a casa de la Gloria?”. Ella me dijo refunfuñando que sí.

Y es que en la zona de donde yo vengo los nombres personales, sobre todo los femeninos, SÍ llevan artículo delante. Esta es una verdad tan grande como que el cielo es de color celeste mientras no esté nublado (o contaminado, como en Madrid). Así pues yo no soy Cal sino la Cal. Mi madre no es Momi sino la Momi. Mi tía no es Gloria sino la Gloria.

Pero, a todo esto, ¿quién demonios es la Gloria? La Gloria es una de las hermanas pequeñas de mi madre. Pizpireta y resuelta. Animosa, feliz y gordita. Gordita ahora porque cuando era joven le llamaban “la sardina” por lo flaca y poca chicha que era.

La Gloria siempre ha sido el centro de todas las fiestas. Si alguien de la familia celebraba algo, era en su casa donde se programaba el evento. El bingo navideño era en su casa. El primer cotillón de año nuevo, antes de salir por ahí de fiesta, ídem. Si querías enterarte de cualquier cotilleo del pueblo, pero de buen rollo, sin chismorrear a lo tonto, llamabas al teléfono de la Gloria y ella te lo contaba. Las mejores timbas de julepe se organizaban alrededor de la mesa redonda de la cocina de mi tía. Cuando ya empezaba a despuntar el alba y la carterilla de más de uno flojeaba de suelto, la tía Gloria seguía al pie del cañón, echando cabezadas entre reparto y reparto de cartas, despertando al grito de guerra “¡Gloria, te toca dar!”. (Creo que lo de “dar las cartas” es un localismo. En cristiano significa “repartir”, pero en mi pueblo no se usa.)

Tal vez uno de los secretos de su éxito fuera que siempre que acudías al resguardo que proporcionaban sus faldas, la trébede se llenaba de dulces caseros riquísimos: rosquillas de vino, polvorones, huesillos extremeños (una delicia para quien no les haya probado), miles de variedades de tartas, bizcochos... Llenabas el estómago hasta estar al borde un coma glúcido. Pero siempre había más y más y más. Cual bolso de Mary Poppins, los armarios de la cocina de la tía Gloria escondían postres por doquier. Nunca, nunca se acababan.

Recuerdo aún uno de aquellos días tontorrones de comadreo entre hermanas en el cual me enteré de que la Gloria estaba embarazada de nuevo. Su cuarto hijo. Su cuarto hijo varón. Tenía un medio disgusto porque ella siempre quiso tener una niña para vestirla como a una muñeca, pero tuvo cuatro varones en casa. Ese cuarto niño ha sido siempre el muñeco precioso de toda la familia (incluso ahora con sus veintitantos años lo sigue siendo). Fue el primer bebé que me dejaron sujetar entre los brazos. También el primero que se me cayó de los mismos al resbalar en un suelo recién fregado.

Mi tía Gloria fue mi primera jefa. Ella me brindó mi primer trabajo: limpiadora de su casa. Es que yo de pequeña quería ser limpiadora (de hecho ahora no descarto la posibilidad siempre y cuando el horario sea de ocho a cinco y bien remunerado). Me pagaba quinientas pesetas por limpiarle la cocina. Yo se la limpiaba para mientras tomar nota de las recetas de sus postres.

Pero no todo es vida y dulzura. He tenido también mis menos con la Gloria. Ahora, casi diez años después de que menospreciara a mi padre recién muerto, de que uno de sus hijos retirase el saludo a mi madre, a mi padre, a mi hermana-prima Nina, de que ese núcleo cálido y confortable que suponía cualquier reunión en casa de mi tía se tornase sombrío y de mal gusto entre los integrantes de la mitad de la familia, me he dado cuenta de que la culpa de todo aquello no fue realmente de un ser tan bonachón como Gloria sino de alguien tan frío, calculador y desalmado como lo era el padre de mi madre y sus hermanos (porque este señor nunca ha sido mi abuelo). Diez años perdidos. Irrecuperables. El devenir, la vida, no permiten aquello del ensayo y error. ¡Malditas herencias!

Hace unos meses me encontré a la Gloria comprando en uno de los supermercados de mi pueblo. Me hizo una ilusión tremenda verla allí. Nos quedamos juntas dándole a la sin hueso -¡menudas dos nos juntamos!- y fuimos paseando con las bolsas reventando de comida hacia nuestras respectivas casas.

Por el camino hablamos de lo divino y lo humano. De lo contenta que estaba porque va a ser abuela primeriza dentro de nada, de que se le había muerto la perruca y lo había pasado muy mal, de que se encontraba muy triste a ratos, de que el otro día se perdió por el pueblo, que no sabía cómo volver a casa, de que se le olvidaban los postres en el horno hasta que el olor del quemazón se extendía por toda la casa, de lo sola que se sentía a veces. Uy, qué mala espina tuve con toda esa conversación... Le aconsejé una visita al médico.

Antes de ayer mi madre confirmó mi sospecha: alzheimer.

Estas pocas palabras son solamente un sentido y profundo homenaje a mi tía para que por lo menos queden escritos los recuerdos que ella trae a mi memoria. Esos recuerdos que de aquí a nada llenarán el libro en blanco en que se transformará la cándida cabecita de una de mis tías, pese a todo, más queridas: la Gloria.
 
Comentario:
Queridísima Cal,
En realidad nadie sabe muy bien en qué laberintos se encuentra escondida esa memoria suya que creemos perdida.
Mi madre era capaz de preguntarme con la vista perdida quién era yo, y unos instantes después decirme con su mirada más tierna: hola corazón.
Así que yo quiero creer y creo que en su interior más profundo recuerdan porque sus recuerdos más hermosos son ya tatuajes en su alma.
Millones de besos.
 
Comentario:
Bienvenida a la blogocosa, Brujaroja. Muchas gracias por tus palabras. No sé si le enseñaré algún día a mi tía este escrito... Ella no sabe quién es Miss Calamity (como nadie de mi familia lo sabe).

Espero que nunca te falte la memoria querido Jo. De todas maneras, por si las flies, me apunto lo que me dices. Y lo mismo te pido yo porque tú, a diferencia de mí, sí que eres un escritor de los de verdad. A ver si arrasco algo de tiempo al día y escribo algo para tu blog (me temo que no estará a la altura, claro).

Muchas gracias Servidora. He estado rebuscando en el baúl de los recuerdos a ver si tenía una foto de ella, pero nada. Aprovecharé este fin de semana, que voy a casa de mi madre, y le cogeré prestada alguna instantánea para colgarla aquí. Ella es un encanto, lo que se suele denominar "la alegría de la huerta" de la familia. Su nombre, a diferencia del mío y el de mi madre (aunque a mi madre yo sí la llamo así en la vida "real"), sí que es de verdad: se llama Gloria.

Besos para los tres y pásenme un buen fin de semana, que no me entere yo de lo contrario, hmmm.
Cal.
 
Comentario:
:-)

Será corporativismo, pero me ha caído bien la Gloria. Y me han entrado muchas ganas de daros un beso grande grande a las dos.

Ánimo, y me uno a la petición popular: hay que contar más historias como esta :-)
 
Comentario:
Ojalá que, si algún día a mí me empieza a faltar la memoria, tú estés cerca para recordármela tal y como hoy has recordado a la Gloria.

El otro día vi una serie sobre una chica (adolescente) que cuidaba de una niña pequeña y decía "me da mucha pena que cuando sea mayor no se acuerde de quién soy, su madre dice que con el tiempo la niña se olvidará de mí, que yo sólo soy una niñera y que los niños olvidan rápido", y el tipo que la está escuchando le responde: "esa madre está muy muy equivocada, la niña no te olvidará jamás, los niños no se olvidan de nada, somos los adultos los que podemos hacer eso". Se ve que el tío tenía razón porque te acuerdas de la Gloria con mil escenas.

Y yo sé que no se le debe pedir a nadie que escriba en su blog, pero insisto: ven de vez en cuando con historias como ésta, anda, mujé.

Un beso del Jo para la Cal.
 
Comentario:
Jo, Cal, cómo me ha gustado tu historia, cómo me ha conmovido... En todas las familias hay historias que quedaron suspendidas, relaciones que se rompieron y que a veces se pueden recuperar y otras no... A veces sólo nos queda recurrir a la memoria a dejar que los buenos recuerdos, las imágenes imprescindibles, queden en tu propia memoria, pero también en la de aquellos con quien se comparten. La tía Gloria olvidará cómo se hacían sus dulces, pero gracias a tus palabras, auténticos desconocidos, hemos podido grabar en la memoria su olor y su sabor, sin haberlo sentido nunca...
Nunca dejes de contar esas cosas: es una forma de salvarlas del olvido...
Besos
No