Y el otro nominado... (ya sólo nos falta uno)
ROMANCE DE LOS EXILIADOS
Miguel González Plaza
Han llegado a las montañas
el Rey Thror, seis mil herreros,
y aunque vienen cantando
traen el corazón maltrecho.
Encorvado va el señor,
cuya tez, tasajo viejo,
muestra una honda añoranza
por su hogar desierto y yermo.
Su armadura está abollada,
entumecido lleva el pecho,
en la mano su martillo,
boto el filo y el respeto,
y en el dedo un fino anillo
ocultado con recelo.
A siniestra va su hijo
en gruesas pieles envuelto.
Turbio y brumoso el mirar,
Thrain de su padre es espejo.
Thror ha mandado acampar,
hay muchos que están hambrientos.
El propio Rey necesita
recuperar el resuello.
Cansadamente se vuelve
hacia el pueblo barbiluengo,
pétrea mesnada indomable
marcada por mil aceros
y les dice "hemos llegado,
aquí el cavar será bueno.
Sacad pronto las bujardas,
rompamos este calvero,
quebremos en mil añicos
la pena bruñida en negro
que tinta nuestro pasado
y marca nuestros recuerdos."
Han llegado a las montañas
el Rey Thror, seis mil herreros,
y aunque vienen cantando
traen el corazón maltrecho.
Recogen hatos de leña,
preparan el campamento,
cargan agua desde el río
y cocinan un carnero.
Los que parecen ociosos
alegran al compañero
dando palmadas, cantando
o tocando un instrumento.
Muy cerca se escucha el violín,
más allá resuena el cuerno.
Flautas, bombardos, tambores
estremecen el páramo seco.
Aparte ha quedado el señor,
estatua enfrentada al viento,
sólo sus ojos se mueven,
testigos de un gran tormento.
"Ese cobarde gusano
usurpó corona y cetro.
Dormita sobre un tesoro
al que no tiene derecho.
Cofres repletos de joyas,
y hachas y lanzas y yelmos,
producto de nuestra ciencia,
trabajo de mil maestros,
despojos de cien batallas,
en que cayeron los nuestros."
"Maldigo toda su estirpe
de ladrones avarientos
y juro por piedra y metal
venganza por estos hechos."
Han llegado a las montañas
el Rey Thror, seis mil herreros,
y aunque vienen cantando
traen el corazón maltrecho.
Thrain, que no estaba lejano,
ha escuchado el juramento.
Cuando cruzan las miradas
ambos se ponen de acuerdo.
"Ven, hijo mío, y escucha.
Ahora somos extranjeros
pero pronto las mansiones
que sin duda construiremos
calmarán nuestros dolores,
dormirán nuestros anhelos.
Para entonces, no lo dudes,
marcharé de este mi cuerpo
pero antes yo quisiera
proclamarte mi heredero
y legarte cuanto tengo:
este anillo y un deseo.
Cúmplete en servir venganza
contra el dragón joyelero
no convierta en lagartera,
con su robo ese rastrero
la Montaña Solitaria,
morada de tus ancestros."
Asiente Thrain a su padre
y piensa qué trocha o sendero
marca el mapa chamuscado
que sin luna queda huero
salvado de la rapiña
en los momentos postreros
y si será de valía
o tan sólo desafuero.
¿Pudiera llevar a los naugrim
a vencer en ese duelo
que por más que lo imagina
se le antoja nudo ciego?
Han llegado a las montañas
el Rey Thror, seis mil herreros,
y aunque vienen cantando
traen el corazón maltrecho.
Pasan los días y meses,
el otoño y el invierno.
Afanosos, ocupados,
nadie permanece quieto.
Abren minas y viviendas
con piedra, adobe y mortero.
Bajo la montaña el Rey
se sienta en un trono perfecto
y sus estancias privadas
se engalanan con denuedo
mas no sirve todo el oro
para conciliar el sueño
cuando a la mente regresan,
con su peso, los recuerdos.
Levántase cada noche
y cada noche dan comienzo
letanías de tristeza,
oraciones de lamentos,
invocando los poderes
que les dieron nacimiento:
"¿Quiere Aule este destino,
entretallarnos el ceño
picar nuestras esperanzas,
socavar todo consuelo,
que nos llueva oro bermejo
y que no gocemos lecho,
vagabundos desastrados,
de lo que fuimos un eco?
Pues no doblaré la cerviz,
ni pienso quedar contento.
Devolveré cada golpe
multiplicado por ciento."
Vuelve el silencio a su cuarto.
Thrain ha lanzado su reto.
Miguel González Plaza
Han llegado a las montañas
el Rey Thror, seis mil herreros,
y aunque vienen cantando
traen el corazón maltrecho.
Encorvado va el señor,
cuya tez, tasajo viejo,
muestra una honda añoranza
por su hogar desierto y yermo.
Su armadura está abollada,
entumecido lleva el pecho,
en la mano su martillo,
boto el filo y el respeto,
y en el dedo un fino anillo
ocultado con recelo.
A siniestra va su hijo
en gruesas pieles envuelto.
Turbio y brumoso el mirar,
Thrain de su padre es espejo.
Thror ha mandado acampar,
hay muchos que están hambrientos.
El propio Rey necesita
recuperar el resuello.
Cansadamente se vuelve
hacia el pueblo barbiluengo,
pétrea mesnada indomable
marcada por mil aceros
y les dice "hemos llegado,
aquí el cavar será bueno.
Sacad pronto las bujardas,
rompamos este calvero,
quebremos en mil añicos
la pena bruñida en negro
que tinta nuestro pasado
y marca nuestros recuerdos."
Han llegado a las montañas
el Rey Thror, seis mil herreros,
y aunque vienen cantando
traen el corazón maltrecho.
Recogen hatos de leña,
preparan el campamento,
cargan agua desde el río
y cocinan un carnero.
Los que parecen ociosos
alegran al compañero
dando palmadas, cantando
o tocando un instrumento.
Muy cerca se escucha el violín,
más allá resuena el cuerno.
Flautas, bombardos, tambores
estremecen el páramo seco.
Aparte ha quedado el señor,
estatua enfrentada al viento,
sólo sus ojos se mueven,
testigos de un gran tormento.
"Ese cobarde gusano
usurpó corona y cetro.
Dormita sobre un tesoro
al que no tiene derecho.
Cofres repletos de joyas,
y hachas y lanzas y yelmos,
producto de nuestra ciencia,
trabajo de mil maestros,
despojos de cien batallas,
en que cayeron los nuestros."
"Maldigo toda su estirpe
de ladrones avarientos
y juro por piedra y metal
venganza por estos hechos."
Han llegado a las montañas
el Rey Thror, seis mil herreros,
y aunque vienen cantando
traen el corazón maltrecho.
Thrain, que no estaba lejano,
ha escuchado el juramento.
Cuando cruzan las miradas
ambos se ponen de acuerdo.
"Ven, hijo mío, y escucha.
Ahora somos extranjeros
pero pronto las mansiones
que sin duda construiremos
calmarán nuestros dolores,
dormirán nuestros anhelos.
Para entonces, no lo dudes,
marcharé de este mi cuerpo
pero antes yo quisiera
proclamarte mi heredero
y legarte cuanto tengo:
este anillo y un deseo.
Cúmplete en servir venganza
contra el dragón joyelero
no convierta en lagartera,
con su robo ese rastrero
la Montaña Solitaria,
morada de tus ancestros."
Asiente Thrain a su padre
y piensa qué trocha o sendero
marca el mapa chamuscado
que sin luna queda huero
salvado de la rapiña
en los momentos postreros
y si será de valía
o tan sólo desafuero.
¿Pudiera llevar a los naugrim
a vencer en ese duelo
que por más que lo imagina
se le antoja nudo ciego?
Han llegado a las montañas
el Rey Thror, seis mil herreros,
y aunque vienen cantando
traen el corazón maltrecho.
Pasan los días y meses,
el otoño y el invierno.
Afanosos, ocupados,
nadie permanece quieto.
Abren minas y viviendas
con piedra, adobe y mortero.
Bajo la montaña el Rey
se sienta en un trono perfecto
y sus estancias privadas
se engalanan con denuedo
mas no sirve todo el oro
para conciliar el sueño
cuando a la mente regresan,
con su peso, los recuerdos.
Levántase cada noche
y cada noche dan comienzo
letanías de tristeza,
oraciones de lamentos,
invocando los poderes
que les dieron nacimiento:
"¿Quiere Aule este destino,
entretallarnos el ceño
picar nuestras esperanzas,
socavar todo consuelo,
que nos llueva oro bermejo
y que no gocemos lecho,
vagabundos desastrados,
de lo que fuimos un eco?
Pues no doblaré la cerviz,
ni pienso quedar contento.
Devolveré cada golpe
multiplicado por ciento."
Vuelve el silencio a su cuarto.
Thrain ha lanzado su reto.





