Historia de un día sin aventura
Hoy no ha habido desencuentro bohemio ante una taza de té por la simple razón de que caían rayos y centellas. Ya sé que no es mucha excusa pero, qué queréis, los días de tormenta me gusta quedarme en casita oyendo el chaparrón caer y viendo a mi gato saltar de una punta a otra de la habitación cada vez que suena un trueno. Por tanto, el día ha sido incluso menos emocionante que de costumbre, y tengo aún menos que decir que de costumbre.
Sed buenos y comed perdices.
*Y pasando a otro tema. Anoche descubrí en el ordenador otro cuento que va de cabello (¿qué coño me pasa con el cabello?). Recuerdo que lo escribí, creo que el año pasado, para algo pero ya no sé para qué. Es un relato corto, de motivaciones olvidadas y algo rococó. En fin, lo pongo aquí para que esté en algún sitio y no se vuelva a perder entre los archivos de mi pc.
***
Tu pelo huele a sueño. Cada vez que te agachas ante mí aspiro para llenarme de tus ojos, de tus manos, de tu estómago. Y es que para saludarme tienes que agacharte, ya que tu altura te obliga. Y cada vez que lo haces mi olfato se llena de tu cabello.
(Su cabello huele a pesadilla, a la pesadilla de la resistencia, al martirio de la descomposición de mi mano al tocarlo de manera fatua, no intencionada)
Miguel lleva notándolo un tiempo. Él también se ha dado cuenta de que tu mirada se enreda con la sexualidad ajena. Tus ojos vomitan mariposas, larvas de fuego. Sé que no le agrada que trabajes para mí. Un día estuve a punto de gritar tu nombre mientras me penetraba con su habitual incomodidad, un ruego para salir de este infierno de aburrimiento y estulticia, de este agujero de abulia que se ha apoderado de mi vagina, como si fuera una tormenta presagiada. No puedo intimar con mi marido cuando lo único íntimo que queda en mí es el deseo por tu aroma irritante, la malicia de tus folios grapados. Miguel ya no me habla cuando me toca, como hacía antaño, de novios, nunca me habla, y tú me hablas siempre, antes del café, después del almuerzo, frente a los números de teléfono de Recursos Humanos, me hablas sin abrir la boca, sin mover los labios de Saturno inaudito. Y es que tú devoras mi tiempo, devoras mi tráquea.
(Ha tocado a la puerta para entregarme los informes de esta semana. Yo no quiero papeles de nada azul sobre blanco, sólo la sustancia de su respiración tan cerca, el movimiento de su camisa al abrir el antebrazo y soltar la carpeta sobre mi mesa. Perderé el juicio, regresaré a la infancia, cuando todo estaba bien y tocar estaba permitido, para vergüenza de los padres).
Nadie lo sabe, claro. Pero cada día sospecho que lo ha descubierto aquella secretaria chismosa de la última fila, la de los pintalabios naranja y los tacones de prostituta. Porque es imposible que cualquier mujer normal con una resistencia media pueda andar con esos zapatos. Pero tal vez lo descubra el señor calvo que se sienta detrás de ti, que me mira a veces con lujuria y hoy se pregunta por qué he venido con una falda, cuando siempre intento hacerme respetar con unos pantalones de mujer controlada y respetable, de mujer deshecha y recompuesta que escupe fuerzas incontroladas de licencias absurdas escondidas en sus uñas de quimera. Nunca sabré si la cincuentona de la entrada ve a través de tu pelo incinerante y encuentra mi obsesión carismática e ineludible. Algo me dice que el mundo va al revés, y soy yo la que no lo sabe, cuando lo saben todos. O a lo mejor yo lo sé demasiado bien, y a nadie más le importa.
(Hace un comentario sobre la máquina de refrescos y se ríe. Llevo doce años dirigiendo esta empresa y nadie se había reído antes de la máquina de refrescos, ¿se sonrojarán las Coca-Colas? Su risa es aglutinante, reúne lo peor y lo mejor de mí en un solo sonido retórico, armonioso).
Por todo esto sé que debería disculparme ante ti, que lo que he hecho no tiene excusa y contraviene todos mis límites morales. Esperaría que de repente la oficina se detuviera, quedara congelada, y yo pudiera ir tocándolos a todos, haciendo que vuelvan a la normalidad, haciendo olvidar la sospecha, haciendo que las mesas no puedan gritar de mi pecado y avaricia. Hacer que tu silla nunca más tenga que reposar el pasado de nuestro día.
(Intento contestarle, no sé si lo consigo. Abro la carpeta y permanece allí, con ojos de esfinge y cabello de otro sistema solar. Me señala un punto en la hoja, se agacha sobre mí, una de sus uñas roza mi muñeca y mientras, sus tetas perfectas dibujan una sombra alucinógena sobre el reflejo del cristal, intentando escabullirse de un botón mal cosido. Se acerca tanto que mi pelo, a su vez, siempre alternativo, se enreda en el botón malevolente y me lanzo a retirarlo, sintiendo el calor de su pezón al equivocar el movimiento. Siento el sofoco en mis mejillas, mis ojos lagrimean, mi corazón lleva siglos en su propia maratón perdida que no consigo tranquilizar. Estoy poseída y me divido: mi cuerpo se escinde y mis dedos abren el botón, acarician el pecho izquierdo, mi sexo se transforma y es otro sexo, es nuevo e inocente, reclama nuevas atenciones y nuevos peligros. Mientras, mi mente se estrangula, horrorizada ante la visión de mis labios sobre su cuello. Ella no dice nada, y no sé cómo reacciona, tan ocupados están mi piel en saborearla y mi cerebro en flagelarme. Con violencia la empujo sobre la alfombra oriental y ansío volverme calamar para cubrirla con mis tentáculos, tanta necesidad siento de tenerla entera de mil formas diferentes, tanta desidia hacia todo lo que no sea su olor, su gusto, su cuerpo que cada vez aparece más desnudo bajo mis garras de criatura enloquecida. Hasta que mi lengua no ha descubierto el sabor de su clítoris no consigo volver a unirme, a recuperar mi equilibrio psicosomático. Aferrándome a la imagen de uno de los cuadros del despacho, un petirrojo insípido sobre una rama endeble, lentamente comienzo a volver a la realidad. Sus ojos están muy abiertos y todo este tiempo ha permanecido en silencio. Todo mi ser me impulsa a volver a su entrepierna, pero consigo levantarme e intentar recuperar algo de mi ya perdida para siempre compostura, alisarme la falda con la mano y colocarme la blusa. Ella permanece tendida en el suelo, sus ojos fijos en mí. Tras unos segundos asfixiantes, se levanta, arregla su vestimenta y sale del despacho sin esperar a que termine de repasar sus informes).
Y no puedo soportar el ridículo de mis lágrimas que caen sobre el espejo del cuarto de baño, porque sé que tal vez sí me perdones y sin embargo yo no podré perdonar esta vida alarmante, este matrimonio vacuo, este vientre estéril, esta existencia redundante que me separa de ti.
Sed buenos y comed perdices.
*Y pasando a otro tema. Anoche descubrí en el ordenador otro cuento que va de cabello (¿qué coño me pasa con el cabello?). Recuerdo que lo escribí, creo que el año pasado, para algo pero ya no sé para qué. Es un relato corto, de motivaciones olvidadas y algo rococó. En fin, lo pongo aquí para que esté en algún sitio y no se vuelva a perder entre los archivos de mi pc.
***
Tu pelo huele a sueño. Cada vez que te agachas ante mí aspiro para llenarme de tus ojos, de tus manos, de tu estómago. Y es que para saludarme tienes que agacharte, ya que tu altura te obliga. Y cada vez que lo haces mi olfato se llena de tu cabello.
(Su cabello huele a pesadilla, a la pesadilla de la resistencia, al martirio de la descomposición de mi mano al tocarlo de manera fatua, no intencionada)
Miguel lleva notándolo un tiempo. Él también se ha dado cuenta de que tu mirada se enreda con la sexualidad ajena. Tus ojos vomitan mariposas, larvas de fuego. Sé que no le agrada que trabajes para mí. Un día estuve a punto de gritar tu nombre mientras me penetraba con su habitual incomodidad, un ruego para salir de este infierno de aburrimiento y estulticia, de este agujero de abulia que se ha apoderado de mi vagina, como si fuera una tormenta presagiada. No puedo intimar con mi marido cuando lo único íntimo que queda en mí es el deseo por tu aroma irritante, la malicia de tus folios grapados. Miguel ya no me habla cuando me toca, como hacía antaño, de novios, nunca me habla, y tú me hablas siempre, antes del café, después del almuerzo, frente a los números de teléfono de Recursos Humanos, me hablas sin abrir la boca, sin mover los labios de Saturno inaudito. Y es que tú devoras mi tiempo, devoras mi tráquea.
(Ha tocado a la puerta para entregarme los informes de esta semana. Yo no quiero papeles de nada azul sobre blanco, sólo la sustancia de su respiración tan cerca, el movimiento de su camisa al abrir el antebrazo y soltar la carpeta sobre mi mesa. Perderé el juicio, regresaré a la infancia, cuando todo estaba bien y tocar estaba permitido, para vergüenza de los padres).
Nadie lo sabe, claro. Pero cada día sospecho que lo ha descubierto aquella secretaria chismosa de la última fila, la de los pintalabios naranja y los tacones de prostituta. Porque es imposible que cualquier mujer normal con una resistencia media pueda andar con esos zapatos. Pero tal vez lo descubra el señor calvo que se sienta detrás de ti, que me mira a veces con lujuria y hoy se pregunta por qué he venido con una falda, cuando siempre intento hacerme respetar con unos pantalones de mujer controlada y respetable, de mujer deshecha y recompuesta que escupe fuerzas incontroladas de licencias absurdas escondidas en sus uñas de quimera. Nunca sabré si la cincuentona de la entrada ve a través de tu pelo incinerante y encuentra mi obsesión carismática e ineludible. Algo me dice que el mundo va al revés, y soy yo la que no lo sabe, cuando lo saben todos. O a lo mejor yo lo sé demasiado bien, y a nadie más le importa.
(Hace un comentario sobre la máquina de refrescos y se ríe. Llevo doce años dirigiendo esta empresa y nadie se había reído antes de la máquina de refrescos, ¿se sonrojarán las Coca-Colas? Su risa es aglutinante, reúne lo peor y lo mejor de mí en un solo sonido retórico, armonioso).
Por todo esto sé que debería disculparme ante ti, que lo que he hecho no tiene excusa y contraviene todos mis límites morales. Esperaría que de repente la oficina se detuviera, quedara congelada, y yo pudiera ir tocándolos a todos, haciendo que vuelvan a la normalidad, haciendo olvidar la sospecha, haciendo que las mesas no puedan gritar de mi pecado y avaricia. Hacer que tu silla nunca más tenga que reposar el pasado de nuestro día.
(Intento contestarle, no sé si lo consigo. Abro la carpeta y permanece allí, con ojos de esfinge y cabello de otro sistema solar. Me señala un punto en la hoja, se agacha sobre mí, una de sus uñas roza mi muñeca y mientras, sus tetas perfectas dibujan una sombra alucinógena sobre el reflejo del cristal, intentando escabullirse de un botón mal cosido. Se acerca tanto que mi pelo, a su vez, siempre alternativo, se enreda en el botón malevolente y me lanzo a retirarlo, sintiendo el calor de su pezón al equivocar el movimiento. Siento el sofoco en mis mejillas, mis ojos lagrimean, mi corazón lleva siglos en su propia maratón perdida que no consigo tranquilizar. Estoy poseída y me divido: mi cuerpo se escinde y mis dedos abren el botón, acarician el pecho izquierdo, mi sexo se transforma y es otro sexo, es nuevo e inocente, reclama nuevas atenciones y nuevos peligros. Mientras, mi mente se estrangula, horrorizada ante la visión de mis labios sobre su cuello. Ella no dice nada, y no sé cómo reacciona, tan ocupados están mi piel en saborearla y mi cerebro en flagelarme. Con violencia la empujo sobre la alfombra oriental y ansío volverme calamar para cubrirla con mis tentáculos, tanta necesidad siento de tenerla entera de mil formas diferentes, tanta desidia hacia todo lo que no sea su olor, su gusto, su cuerpo que cada vez aparece más desnudo bajo mis garras de criatura enloquecida. Hasta que mi lengua no ha descubierto el sabor de su clítoris no consigo volver a unirme, a recuperar mi equilibrio psicosomático. Aferrándome a la imagen de uno de los cuadros del despacho, un petirrojo insípido sobre una rama endeble, lentamente comienzo a volver a la realidad. Sus ojos están muy abiertos y todo este tiempo ha permanecido en silencio. Todo mi ser me impulsa a volver a su entrepierna, pero consigo levantarme e intentar recuperar algo de mi ya perdida para siempre compostura, alisarme la falda con la mano y colocarme la blusa. Ella permanece tendida en el suelo, sus ojos fijos en mí. Tras unos segundos asfixiantes, se levanta, arregla su vestimenta y sale del despacho sin esperar a que termine de repasar sus informes).
Y no puedo soportar el ridículo de mis lágrimas que caen sobre el espejo del cuarto de baño, porque sé que tal vez sí me perdones y sin embargo yo no podré perdonar esta vida alarmante, este matrimonio vacuo, este vientre estéril, esta existencia redundante que me separa de ti.
Comentario:
Dios, ahora, despues de los analisis, decir que me ha gustado mucho queda muy soso... pero como tu ya me conoces y sabes que no valgo para sutilezas analiticas, pos se que me entiendes. El cabello, en nuestra cultura, tiene una connotacion muy sensual, asi que no me extranya que escribas sobre el.
Comentario:
Dios, ahora, despues de los analisis, decir que me ha gustado mucho queda muy soso... pero como tu ya me conoces y sabes que no valgo para sutilezas analiticas, pos se que me entiendes. El cabello, en nuestra cultura, tiene una connotacion muy sensual, asi que no me extranya que escribas sobre el.
Comentario:
A lo mejor es por la cantidad de horas que le llevo robadas al sueño últimamaente, pero leer un cuento así a primera hora en el curro no va a ser nada bueno para mantener mi ya de por sí precario equilibrio mental durante la jornada de trabajo, que lo sepas :p
Fuera de coña, está muy, muy bien. La literatura erótica siempre me ha parecido un género bastante difícil, para mí sería difícil conectar con esa sensibilidad. ¡A ver si las cafeterías sirven para que te prodigues más a menudo!
Fuera de coña, está muy, muy bien. La literatura erótica siempre me ha parecido un género bastante difícil, para mí sería difícil conectar con esa sensibilidad. ¡A ver si las cafeterías sirven para que te prodigues más a menudo!
Comentario:
Wow, me he quedado sin palabras :| Hacía tiempo que no me enganchaba así a un torrente de palabras y pensamientos en forma de relato. Me gusta la dualidad de voces narrativas (bueno,mejor lo analizas tú, que eres más experta en esas lides teóricas) y lo del cabello... Bueno, Freud diría algo pero lo pillas en mal momento.
Besicos
Besicos





