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Cuaderno de viaje en Amsterdam
Apuntes sobre la vida de un pacense en Amsterdam
Acerca de
Experiencias, anécdotas y alguna que otra reflexión de un pacense que se ha lanzado a la aventura de buscarse la vida en Amsterdam. En definitiva, un cuaderno de viajes donde almacenar recuerdos.
Sindicación
 
S



Ahora se supone que tendría que estar viendo “Agua” en el cine “Rialto”, donde hoy ha empezado un festival de cine argentino. Para variar, fui con la hora al cuello, y cuando llegué ya no quedaban entradas. Problema solucionado: ya he comprado una entrada para “El Custodio”, otra película que echan mañana. En la vuelta a casa no ha parado de llover, a pesar de que una brasileña se ha comido un coche y se ha partido el labio.

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El otro día fracasé por primera vez en una cita. Esto suena muy arrogante, pero es que puedo contar con los dedos de la mano las citas -en el sentido estricto de la palabra- en las que he estado, y aún son menos en las que he acabado dejando claro el objetivo de la misma. Soy una persona solitaria, cobarde e insegura, y casi siempre he preferido dejar que las situaciones surgieran por sí solas. Pero en esta ocasión no fue así, ya sea por seguridad en mí mismo o por no poder soportar más la incertidumbre, y fracasé estrepitosamente.

Pero para entender un hecho siempre hay que sumergirse en sus antecedentes y las causas directas que lo provocaron. Sin contexto, los acontecimientos carecen de lógica y sentido. Todo empezó hace casi un mes, cuando S, una italiana de Torino, empezó a trabajar en el restaurante argentino. Desde el primer momento conectamos, incluso antes de presentarnos y saber cómo nos llamábamos cada uno. S habla español casi perfectamente, ha vivido durante 4 meses en Valencia, lo cual nos acercaba más y nos aislaba del resto de compañeros. El español nos servía para decirnos las cosas que no tenían por qué escuchar el resto.

Tras una semana trabajando 8 horas diarias juntos, a mí me cambiaron al turno de mañana (en el que todavía sigo y tan contento porque es como si trabajara en un restaurante completamente distinto. Eso sí, me tengo que levantar todos los días a las 7 de la mañana). De repente ya no nos veíamos, pero un cd de “Ojos de Brujo”, que se lo grabé por iniciativa mía, fue la excusa perfecta para quedar fuera del trabajo, por iniciativa suya. Aquella noche de risas y divertidas conversaciones que surgían sin ningún tipo de esfuerzo me dejó tonto. Y de repente el colchón de mi cuarto, sin somier y tirado sobre el suelo, dejó de ser suficientemente cómodo para poder dormir tranquilo.

Los días pasaban y no había forma de volver a quedar con ella. Siempre había alguna razón, o excusa, para que S rechazara mis insistentes propuestas,o excusas, para volver a estar juntos. A pesar de sus innumerables negativas, y de algún mensaje mío enturbiado por un par de copas de más –por lo cual ya perdí una vez una mujer que me importaba de verdad-, S seguía alimentado mis esperanzas con las cariñosas palabras que me escribía. Nos “sentiamos” casi a diario y sus mensajes no daban lugar a segundas interpretaciones -y todavía me pregunto cómo no se daba cuenta de las consecuencias que sus palabras podían provocar-.

Y por fin, con el fin de semana de resaca, quedamos para tomarnos unas cervezas. Yo elegí el lugar de encuentro: “Vaaghuizen”, un bar que me encanta y, que sin parecerse en nada, me recuerda mucho a “Country”, uno de mis sitios preferidos de Salamanca. Como era habitual entre nosotros, disfrutábamos uno del otro. Me tiré a la piscina sin miedo, seguro de poder sumergirme en el agua cristalina de una de sus miradas. Pero me rompí los piños con el bordillo, y eso que no me había resbalado antes de dar el salto.

Me estuve riendo nerviosamente durante un cuarto de hora. Pero, y tras permitirle a S ir a por otra ronda, todo volvió a la normalidad. El encuentro, a partir de este momento paso de llamarlo cita, se alargó casi 2 horas más como si nada hubiera pasado. Yo le expliqué de forma práctica porque un portero de balonmano lleva “huevera”, y ella me dejó bien claro porque la uña de un dedo gordo de la mano derecha puede ser un arma de defensa personal. Y yo me fui a casa tranquilo, como si en vez de perder una batalla, hubiera ganado una guerra.

La incertidumbre era la que me quitaba el sueño. Hoy volví a ver a S en el cambio de turno y ya hemos quedado para ir a ver “Amores Perros” al cine “The Movies”, donde la vuelven a echar en pantalla grande por el estreno de su nueva película, “Babel” (que, por cierto, fui a ver el otro día. Me gustó, a pesar de no entender nada de dos tramas por ser en versión original y subtituladas en holandés. ¿Qué le dice el policía al padre de la chica japonesa que se pasa el día sin bragas debajo de la minifalda?). Ya sé lo que hay entre nosotros, y puedo esperar a que un día me lleve una sorpresa mientras distrutamos uno del otro.

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Acabo de salir del diminuto cuarto de mi casa reservado única y exclusivamente para el retrete. Es un detalle muy holandés y, para mi humilde opinión, una gran idea por evidentes razones que no vienen al caso explicar. Y, como casi siempre, compartí muy breve estancia en el cuarto-retrete con los sollozos de una mujer que vive en el piso de arriba. Si no son sus gemidos, lo más habitual es escuchar los gritos dictatoriales de un hombre. Rara vez comparto mis necesidades básicas con el silencio al que antes estaba acostumbrado. Nunca me he cruzado en las escaleras con la mujer de los sollozos, ni con el hombre de los gritos; pero sí sé a quien voy a negar el saludo.

También podría comentar que Chantal, mi mañanera y holandesa compañera de trabajo, ha utilizado hoy parches de nicotina, pero los ha tenido que dejar porque le hacían sentir “dizzy”; que no me da ninguna lástima que a Sadam Husein le hayan acusado a pena de muerte en su propio país, pero que no lo comparto (¿Para qué se mata a las personas que han matado personas? ¿Para demostrar que no se debe matar a las personas?); que Hasan, el mañanero y egipcio manager del restaurante argentino, habla solo a causa del constante estrés que sufre diariamente en su trabajo; que en el mundo del cine siempre funciona enlazar una escena del principio de la película, a la cual el espectador no le da ninguna importancia, con una del dramático final; que estos días está expuesta una muy humilde fotografía mía en una muy humilde exposición de fotografía de arte y ecologismo en el nada humilde museo “Nemo” de Amsterdam; que quién sabe lo que hubiera pasado el sábado con Sabina, una infantil, pero atractiva mexicana, si no hubiera tenido el bloqueo mental provocado por S...

Aupa!