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Cuaderno de viaje en Amsterdam
Apuntes sobre la vida de un pacense en Amsterdam
Acerca de
Experiencias, anécdotas y alguna que otra reflexión de un pacense que se ha lanzado a la aventura de buscarse la vida en Amsterdam. En definitiva, un cuaderno de viajes donde almacenar recuerdos.
Sindicación
 
Alfonso y Carmen

Alfonso era un depredador nocturno, un don Juan de barra de bar, un romántico mentiroso, un amante de usar y tirar. Alfonso era un conquistador: entendía perfectamente la mirada de una mujer y siempre sabía cuando sonreír. Mil y una mujeres habían compartido con él almohada y placer. Alfonso siempre hacía la cama antes de salir de casa, y dejaba su corazón guardado en algún cajón para que no se lo robaran.

Alfonso nunca se enamoró, pero una noche conoció a Carmen.

Carmen era una mujer que sentía con pasión. Carmen se había enamorado mil y una veces, y siempre de verdad. Todos sus besos eran con lengua. A Carmen le gustaba el baile flamenco, las telenovelas, el color rojo. Carmen tenía la piel cálida y los ojos negros. Carmen muchas veces lloró; la mayoría, sin razón.

Cuando Carmen lo miró en aquel bar, Alfonso no fue capaz de aceptar la invitación a ser atrevido.

Compartieron toda la noche la mirada. Era un intercambio eléctrico, un tren de alta velocidad que circulaba de un lado a otro de la barra con puntualidad. Alfonso no podía apartar los ojos de Carmen, que le habían atrapado con el anzuelo de sus pestañas. No fue hasta que encendieron las luces del bar, cuando Carmen se acercó a él y le besó. Fue un beso con lengua.

Aquel beso le robó el aliento, y Alfonso no habló en toda la noche. A Carmen no le importó, ella no necesitaba hablar. Dejaron que la vista, el olfato, el oído y el tacto lo dijeran todo entre ellos.

Esa noche se amaron seis o siete veces.

A la mañana siguiente Alfonso se levantó con el otro lado de la cama frío. Revolvió las sábanas, miró debajo de la cama, vació las entrañas del colchón, pero nada más que el vacío encontró.

Carmen había desaparecido y se había llevado consigo su corazón guardado en algún cajón.

Aquella noche, entre todas las cosas que Alfonso perdió, una fue el apetito. No le importaba, prefería morir de hambre antes que de amor. En su torso famélico, entre la telaraña de huesos que deprimían su piel, tenía un bulto en el pecho. Era el hueco vacío donde antes tenía el corazón, que se había hinchado de tanto dolor.

A las pocas semanas, Alfonso murió. El médico le diagnosticó un ataque cardiovascular, sorprendido al no encontrar su corazón. Pero nadie supo jamás que Alfonso había muerto por la más peligrosa de las enfermedades que existe: el mal de amor.

Carmen fue a su entierro y lloró.
 
Comentario:
Gracias por este tipo de historias, nunca dejas de sorprender, Amigo.
No