El restaurante argentino
Me he pasado toda la mañana en el cuarto. Ha sido espectacular comprobar a través de mi ventana como puede cambiar tantas veces y tanta velocidad el clima en Amsterdam. ¿Cómo hacen las nubes para moverse a tanta velocidad?
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Llevo casi 2 meses trabajando en el restaurante argentino y apenas he escrito sobre él. Será porque paso demasiados horas metido en él, y cuando salgo mi cabeza elimina toda la información referente a él. Será un método de auto-defensa de mi organismo. Pero para alguna que otra historia ya me da que contar.
Podría empezar porque el domingo, después de haber trabajado ininterrumpidamente de lunes a sábado, estuvieron toda la tarde llamándome desde el curro. Llegué a acumular 25 llamadas perdidas. Pero no iba a cometer el mismo error que el sábado: coger el teléfono. Mi jefe me pidió con su habitual delicadeza que mandara a la mierda mi día libre para ir al restaurante. Le respondí educadamente que estaba en Rotterdam, y que no podía ser. “O vienes o estás despedido”. Luego no se dignó a agradecer mi presencia. Ni siquiera me dio las buenas tardes. Antes de irme le dejé claro que no iba a trabajar el domingo. Ese hombre no se merece ya ni el más mínimo de mis favores. Barajé la posibilidad de estar despedido el lunes. No fue así. Quizá hubiera sido mejor así: mi salud moral ya empieza a necesitar un respiro.
Pero si todavía no me he decidido a buscar otro curro es porque me siento muy cómodo en el restaurante argentino. Ya conozco todo los secretos para que no se hunda el barco y ya se de que pie cojea cada uno de mis compañeros. Hay tanto personaje junto a mi alrededor que disfruto trabajando. Un claro ejemplo es Gabriel, uno de los manager. Es italiano de padres sicilianos. Gabriel está completamente engachado a los porros. Se fuma 4 o 5 al día (sin contar los de antes de irse a la cama). Dice que es la única manera que conoce para aguantar las 14 horas que trabaja diariamente. ¿Por qué necesitará tanto dinero? Por supuesto, siempre tiene cara de estar cansado. Pero no para ni un solo segundo, excepto cuando se fuma un cigarro en 5 caladas. Dicen que baja muchas veces al servicio. También está enganchado al Sprite. Está constantemente pidiendo vasos medio llenos, a pesar de que se lo ha prohibido el médico. A veces fuma puritos. Con Gabriel siempre hay tiempo para la broma y parece de todo menos manager.
Geza, un húngaro de Budapest, es con la persona que tengo más relación. Geza lleva 6 años en Holanda, tras enamorarse de una holandesa. La conoció en un crucero en el que llevaba trabajando 3 años. Empezó de kitchen porter y acabó siendo jefe de 300 camareros. Geza lleva 2 meses en Amsterdam, tras romper con la holandesa. Es tan buena persona que nada ha cambiado en él desde que ha ascendido a manager. Un día nos fuimos de copas en un intenso mano a mano.
En el restaurante argentino también trabajan: Abbas, un manager pakistaní, que es demasiado buena persona para este trabajo, que se despide de ti juntando las manos e inclinándose ligeramente y que tiene interiorizado todo lo bueno de la cultura árabe; “El Chef”, el jefe de la cocina, que me llama “son” y que un día me dibujó en una servilleta donde estaba situado su país, Kurdistán, y lo situó en el norte de Irak; Horacio, el único argentino que trabaja en el restaurante, que trabaja de pinche de cocina, que tiene a su cuidado un hijo de 12 años, que siempre se está quejando y amenazando con buscarse otro trabajo y que es muy argentino; Marteen, jamaicano de 40 años, con el que no me gustaría tener que pegarme y que siempre está diciendo “You shout also”; Sebas, holandés de padres africanos, que trabaja todos los días con una sonrisa de oreja a oreja y que toda chica que le gusta acaba siempre siendo despedida...
También podría contar de que el otro día pillé a una camarera robando de las propinas, que mi jefe es un ex-soldado israelí que se cree que todavía está en los Altos del Golán luchando contra los árabes y que los camareros somos su ejercito, que este mismo personaje nunca se cambia de ropa, que tiene casi todos los restaurantes y hoteles de la calle, que como no acumula suficiente dinero nos quita las propinas cuando la caja no cuadra, que los managers de sus propios restaurantes se roban los clientes entre ellos por temor a no hacer una buena caja y recibir su severa bronca, que una italiana que ha empezado a trabajar hace un par de semanas me tiene muy tonto y me está produciendo trastornos en el sueño (hacía tanto tiempo que no sufría esa desagradable sensación)... Pero, bueno, estás son otras historias que ya contaré otro día.
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Ayer estuve por la tarde con Sara Rizos. Fue un encuentro de apenas unas horas, debido a unos terribles problemas de incomunicación en los días previos. Me quedé con la sensación de que había sido un encuentro a medios, como si mi dosis de poperismo no hubiera sido la suficiente. Pero me alegro de haberme sentido tan agusto hablando de problemas de estreñimiento, de repasar brevemente la vida de amigos comunes, de contarnos anécdotas, de recorrernos decenas de coffee-shops para atender a las exigentes demandas de sus amigos... Y es que el tiempo pasa, pero lo más valioso siempre se mantiene intacto.
Aupa!
Comentario:
¿4 ó 5 porros al día son muchos?
Vaya, entonces creo que tengo un problema más grave que el de Gabriel.
¿Una caladita?
Vaya, entonces creo que tengo un problema más grave que el de Gabriel.
¿Una caladita?
Comentario:
chino, te digo que también tienes casa en Valencia y en México, D. F.
Comentario:
A este tipo de jefes habría que colgarlos de los güevos...
De sobra es sabido que los ejercitos los hacen los soldados y no los generales; Chino, el día antes de irte de ese restaurante recuerdale a tu jefe el tema de la humildad y más siendo judio...
De sobra es sabido que los ejercitos los hacen los soldados y no los generales; Chino, el día antes de irte de ese restaurante recuerdale a tu jefe el tema de la humildad y más siendo judio...





