Cuarto de siglo

Hace una semana cumplí 25 años. Como no quiero darle ninguna transcendencia a llevar un cuarto de siglo a mis espaldas, voy a hablar de otras personas.
El otro día me encontré en mi barrio con un gaditano que trabaja en el restaurante al que siempre iba a coger el hielo (por supuesto, también pertenece al dueño del mío). Resulta que vive en la calle paralela a la mía, y compartimos el mismo patio interior. Amsterdam a fin de cuentas es un pueblo. Este gaditano se vino desde Cádiz en bici hasta Amsterdam, pasándose antes por Alemania para ver en directo como Francia eliminaba a España del Mundial. Ayer ibamos andando a su casa, cuando se encontró en su propia calle la bici que le habían robado hace una semana. La reconoció por la correa verde chillón a la que llevó atado durante más de un mes su tienda de campaña. Era su bici, pero con un par de diferencias: tenía arreglada la luz y le habían cambiado la rueda trasera. Como estaba candada sólo a la rueda, la cogimos a pulso y la llevabamos hasta mi casa, donde el tío de mi casero, que está montando un cuarto de baño y una cocina en el cuarto del ático, rompió el candado en un abrir y cerrar de ojos con sus herramientas. El gaditano recuperó la bici que le habían robado casi en la puerta de su casa. Amsterdam a fin de cuentas es un pueblo.
El otro día Chantal, la chica holandesa que trabajaba conmigo por las mañanas en el restaurante, se puso parches de nicotina. Ese día decidió dejar de fumar. Pero a las pocas horas de ponerse los parches de nicotina se los tuvo que quitar porque le hacía sentir “dizzy”. Para compensar su debilidad física (o mental), decidió que iba a volver a practicar Thai-Boxing. Fue luchadora durante un año y medio, hasta que tuvo que dejarlo por falta de tiempo. Desde entonces ha engordado 5 kilos. Y mientras me comentaba sus planes se estaba comiendo un deliciosamente cargado de calorías pastel de chocolate. Y, de postre, un cigarrito por lo bien que lo había hecho. Al día de hoy, fuma más cigarros y no se ha pasado por el gimnasio.
El otro día vi como una chica timbraba la bici para no atropellar a unas palomas.
El otro día Marie, una francesa que va conmigo al curso de fotografía, discutió con su novio. El culpable de la discusión fue el móvil de ella, que se paso un día entero en la guantera del coche de su madre. El novio la estuvo llamando todo el día. Su novio no se cree lo de la guantera, porque ella siempre lleva el móvil encima, y busca desesperádamente saber qué estuvo haciendo esa tarde. El novio de Marie es extremadamente celoso. Marie se preguntaba si debía estar con una persona que no confiaba en ella. Pero al final sigue con él, aún sabiendo que esta situación va a volver a repetirse.
El otro día, lunes por la mañana, con la resaca del fin de semana, el cansancio y el agotamiento mental de toda una semana de trabajo por delante, Hazam, el manager de mi restaurante, le “roba” unas clientes al restaurante de al lado. Es la chispa mínima, pero efectiva, para que los dos managers, que minutos antes habían estado tomando un café juntos, se enzarcen en una pequeña pelea. Los empujones no pasan a los puños y los cabezazos no pasan de arriesgados amagos. Instantáneamente ambos desenfundan sus móviles para ser el primero en contarle su versión de los hechos al jefe. Lo dos mismos managers trabajan para el mismo jefe.
El otro día Horacio, como solía hacer cada 2 o 3 días a la semana, me comentó que estaba hasta las narices de trabajar en el restaurante. También me comentó que estuvo en una entrevista de trabajo en otro restaurante que le pagaban 13 euros por hora, casi el doble de lo que gana ahora. Todo parecía hecho, pero, tras entregarle los papeles necesarios para cerrar el contrato, el jefe del restaurante encontró un detalle que rompía el acuerdo: Horacio tiene 53 años. La fecha de nacimiento de su pasaporte no mentía, a diferencia de su energía y la vitalidad de su cara, que le quitan 10 años. Horacio tendrá que seguir buscando, pero para las próximas ocasiones, como él mismo comentó, irá con el pasaporte abierto y pegado en la frente. Ese mismo día Horacio acabó explotando tras una estúpida discusión con Chantal acerca de la mantequilla. Se marchó asegurando que ya no volvería más, a pesar de mis súplicas para que no lo hiciera (es la única persona cuerda de todo el restaurante). Horacio volvió 2 días después. Se la había atragantado el orgullo con las facturas y un hijo de 14 años.
Dije que no iba a hablar de mí, pero tengo que apuntar un pequeño dato: yo no tengo un hijo de 14 años y mis facturas son mínimas, así que no pienso volver al restaurante. El otro día me echaron, o me fui, no sé muy bien como definirlo, y ahora estoy en el paro. Pero no me preocupa: si algo sobra en Amsterdam es trabajo.
Aupa!

PD. Mañana recibo una inmejorable visita: cuatro intengrantes de la familia Ros-Glotas, a la que pertenecí hasta no hace mucho. Será divertido.
PD2. El amor es como las setas: te hace sentir la vida (pero si te da un mal viaje estás jodido).
Comentario:
felicidades
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Chino, tus huevos ahî, pistolas!!
Animo con lo del curro, afortunadamente, como dices, nuestras facturas son minimas y no tenemos descendencia. Salud!
Animo con lo del curro, afortunadamente, como dices, nuestras facturas son minimas y no tenemos descendencia. Salud!
Comentario:
¡Felicidades!





