logotipo

img_google
Cuaderno de viaje en Amsterdam
Apuntes sobre la vida de un pacense en Amsterdam
Acerca de
Experiencias, anécdotas y alguna que otra reflexión de un pacense que se ha lanzado a la aventura de buscarse la vida en Amsterdam. En definitiva, un cuaderno de viajes donde almacenar recuerdos.
Sindicación
 
Misterios de Holanda



Faltan 15 días para mi vuelta a España. A pesar de intentar no pensarlo demasiado, y de tener ganas de volver a Badajoz, tengo una sensación extraña revolviéndome por dentro. No sé, voy a echar de menos esta ciudad. Quizá por eso ayer me volví andando a casa desde el centro, por primera vez desde que vivo en Amsterdam (o quizá porque ahora me cuesta mucho montarme en la bici por un incurable problema que tengo en mi casi traslucidas posaderas).

Ayer me dio por revolver el montón de papeles de diferentes procedencias que tengo guardados en un cajón. Entre ellos me encontré con un artículo que escribió A. Jiménez Barca a principios de agosto en "El País". Se llama "Misterios de Holanda" en el que realiza una crónica social de la vida en Amsterdam. Me parece que dice muchas verdades. Aquí voy a transcribir algunas líneas, para compartir su visión de Amsterdam para todo el que tenga ganas, y tiempo, de leerlo:

Hay tres cosas que sorprenden de Holanda: que los frenos de la mayoría de las bicicletas se activan pedaleando para atrás, que el hachís que se expende en los coffeeshops viene de ninguna parte y que hay barrios en que los homosexuales no pueden ir de la mano.
(...)La falta del sol en los inviernos demasiado largos y en las primaveras sin primavera del norte de Europa le convencieron de que se había equivocado.
(...) Ronald prefiere evitar que su relación con su novio y su condición de homosexual no sean muy explícitas a los ojos de los vecinos. El hecho implica un enorme paso atrás en Holanda, el país de la tolerancia, de la libertad sexual y el “vive y deja vivir”. “Es que en nuestro barrio hay muchos musulmanes marroquíes y, si nos ven, pueden insultarnos o pegarnos, y Ronald no quiere problemas”, explica Cristian.
(...) Algo fallaba en el encaje hasta entonces aparentemente estable del millón largo de musulmanes que habitan en una Holanda de 16 millones de personas.
(...) Por su parte, a Cristian, como a todos los inmigrantes en la actualidad, se le obligó a apuntarse a un curso de lengua y civilización holandesa para conseguir la nacionalidad. En eso está. “Aprendemos el holandés con preguntas y ejercicios que tratan de las costumbres de aquí. Por ejemplo: ¿qué comen los holandeses? ¿A qué horas? ¿Dónde debemos aparcar la bicicleta? ¿Qué día es el cumpleaños de la reina Beatriz? También nos ponen vídeos para explicarnos cómo se vive en Holanda: un playa con mujeres en top-less.
(...) Es necesario que respeten a las mujeres. Y a los homosexuales. En una palabra: que respeten esta sociedad. Si no, lo que tienen que hacer es marcharse”.
(...) “¿Sabe que hay un gran porcentaje de esos inmigrantes que no saben leer?”, dice, antes de perderse, seguido de un paso por los dos guardaespaldas.
(...) “Durante el pasado, los holandeses nos hemos agrupado por religión o tendencias: católicos, protestantes, comunistas... Cada parte de la sociedad constituía un pilar diferente. Y todos se toleraban unos a otros. Pero ojo: la base de la tolerancia estaba en la indiferencia. Y en que, a la hora de las inundaciones, todos tenían que unirse para aguantar el dique. Holanda es un país ganado al mar.
(...) A partir de finales de los sesenta, esto se destruye. Ya no hay lucha contra el mar codo con codo, porque hay un sistema de diques más fiable.
(...) La sociedad sigue siendo tolerante, con una tolerancia extrema que se basa, en el fondo, en una gran autodisciplina. Hay leyes ocultas.
(...) Esta mezcla de disciplina y tolerancia, de anarquía controlada, propia de una civilización muy compleja, muy liberal, muy permisiva, pero con muchas normas y leyes no escritas.
(...) Casi en la confluencia del canal Keizer con el Regulier, una familia descansa y toma el sol en la cubierta de su barco. Es una pinaza ancha de casi treinta metros, negra, roja y elegante. Él se llama Marcel, tiene 45 años y regenta un bar en una esquina cercana; ella, Anita, tiene 40 años y trabaja en una oficina; Nick, tiene 3. El barco es su casa.
(...) Queríamos viajar, estar cada mes en una parte, pero al final, y señala al niño, aquí nos hemos quedado, aquí tenemos el agua, la luz, el buzón de correos y la guardería de Nick”, explica Anita.
(...) -¿Conoce la Madurodam?
-No.
-Es una inmensa ciudad en miniatura que hay en La Haya y que gusta mucho a los niños: reproducciones a escala de casas, calles, (...) Eso éramos antes del asesinato de Theo van Gogh: como un país de Madurodam, de juguete, precioso, de mentira.
(...) El sol casi se ha puesto. El reflejo de la luz de las farolas destella en el agua mansa y oscura de los canales, en los perfiles de los puentes. La ciudad –una ciudad de verdad- ha ganado con las horas belleza y silencio.
(...) “¿Sabe?”, dice Marcel, “Nick, el niño, se asombra cuando vamos a visitar a amigos y ve que viven en casas”.





PD. La foto pertenece a un atardecer que sucedió ayer. Es una pena porque, una vez más, la foto no hace méritos a la realidad. Nunca había visto un atardecer igual.
PD2. Gracias a tener todo el tiempo libre del mundo, he podido dirigir a la expedición Ros-Glotas en su visita a Amsterdam. No pudimos ir a Utrecht, pero pudimos perdernos por Thailandia sin movernos de mi cuarto. Como siempre, muchas sensaciones, pero un poquito de paranoia. Cómo me gusta ahora fumar cigarrillos en mi cuarto. Al final no les voy a enviar ninguna postal, pero intentaré volver a Badajoz con el amigo Mario.
PD3. Hoy cenado con los padres de mi querido paisano. Hemos acabado comiendo en un restaurante argentino que era una réplica exacta del mío. El turismo nos trata a todos como borregos. La carta era idéntica, excepto por la tipografía. Espero no haberle hecho gasto a mi antiguo jefe.
PD4. La semana que viene empiezo mi incursión a un nuevo terreno laboral: el industrial. A pesar de haber opositado a cartero sin éxito, y eso que iba con enchufe, me tendré que dedicar al clásico arte de carga y descarga de camiones. Será duro, pero mi cuerpo necesita esforzarse un poco. ¿Cuándo fue la última vez que corrí?
No