Conociendo la ciudad y buscando mi sitio
Qué bonito es vivir en Amsterdam! Paisa y yo estamos disfrutando como enanos de estos primeros días. Es la mágica burbuja en la que te metes cuando empiezas a conocer una ciudad. Es una sensación que, por suerte, ya he vivido en bastantes ocasiones, sobre todo, en mi etapa en UK.
Cuando te trasladas a una nueva ciudad, te vas integrando a ella poco a poco, sin pretender abarcarlo todo de golpe. Es como cuando conoces a una persona, a la que tratas con timidez y respeto los primeros días, pero cuando coges confianza a los pocos días, es cuando empiezas a conocer realmente a esa persona. Pasada la primera etapa de acercamiento a Amsterdam, en la que vas con un plano en el bolsillo, todo es nuevo para ti y constantemente te sientes desubicado, yo ya estoy empezando a coger confianza con la ciudad. La facilidad y la inexistencia de distancias gracias al uso de la bici (en mi caso, una auténtica bici holandesa de color negro y marca Gedo) está acelerando el proceso. En apenas una semana aquí ya tengo curro estable (restaurante Los Pilones), ya nos hemos hecho con un coffee-shop barato (Black-Star, un local regentado por ganeses), ya he estado en sus 2 parques principales (Vondelpark es un parque impresionante que va a dar mucho juego durante las horas muertas de verano), ya me he dado de alta en el consulado espanhol, ya tengo localizada la biblioteca y cómo utilizar internet gratuitamente, ya conozco un par de barrios suburbiales donde el precio medio de las cosas baja casi un 50%, ya he estado en el mercadillo de la ciudad (donde se encuentra de todo a precios casi irrisorios), ya se donde poder echar una pachanguita de fúltbol sin fallo... Vamos, que Amsterdam y yo ya nos podemos considerar amigos.
Por el resto, lo únicamente preocupante sigue siendo encontrar piso. Nadie sabe donde hay que ir para buscar ofertas y las pocas que hay son carísimas. Pero bueno, mientras tanto, Paisa y yo estamos disfrutando de la agitada vida de HANZ BRINKER HOTEL. Es un albergue de los de toda la vida con una sola pega: no tiene cocina. Allí, teniendo de aliados a donha maría y alguna cerveza fría, hemos entablado acercamientos con 3 londinenses muy majos (Dr. Power entre ellos), con la pareja canadiense con la que compartiamos habitación y tensión sexual (y con la que nos hicimos un enorme candido con 5 clases distintas de maria y hachis), con el regente del hostel (que se enfadó con Paisa porque criticó a Robben por ser un chupón), con la belleza negra que trabaja en la recepción, con los 2 coreanos que no les gustaba la ciudad Amsterdam y bebían cervezas Heineken en la habitación...
El pasado sábado, con la intención de dar un primer vistazo a la vida nocturna de Amsterdam, Paisa y yo nos compramos una botella del whisky más barato que encontramos. Como no podíamos beber en Hanz Brinker, decidimos beberla en un banco a pies del canal Prinsengracht. Era desconcertante el ambiente tan tranquilo que se respiraba en una calle tan centrica de la ciudad. Y no precisamente porque estuvieramos en una calle solitaria, ya que continuamente pasaban bicis, peatones y algún coche en dirección contraria. Seguramente éste era un efecto producido por el canal.
En el botellón también estaba Gandía, un valenciano q tambien trabaja en Los Pilones. Él no quería beber, pero no paraba de liar cigarritos tuneados. Apenas nos conociamos, pero las conversaciones cada vez se iban volviendo más personales y las intimidades cada vez eran más intimidades. Quizá éste también un efecto producido por el canal (aunque con el alcohol y el hachis de importantes aliados). La cuestión es que aquello se convirtió en un maratón entre Paisa y Gandía por ver quién desvelaba la mayor locura por amor (o más bien, desamor). Paisa no lo hizo mal, pero Gandía ganó de calle. Él fue capaz de viajar en avión desde Valencia a Stansted (Londres) para invitar a su exnovia, que lo acababa de dejar y casi seguro que por otro, a una botella de vino y una cena en el aeropuerto. Y lo mejor de todo es que ni siquiera sabía si ella iba a llegar a ese aeropuerto, ya que sólo sabía el día y la hora a la que llegaba a Londres. Él tío se la jugó, la llamó por teléfono cuando ella salía del avión para preguntarle si le apetecería tomarse una botella de vino con él y, tras el sí de ella, presentarse por su espalda con una botella de vino en las manos. Impresionante. Pero después de la cena, cada uno siguió de nuevo su camino, en direcciones diferentes...
Y, bueno, que me encanta esta maldita ciudad! Es una ciudad tan diferente al resto... Si es que con coger la bici y dar una vuelta por sus calles me vale para sentir que todo tiene sentido.
He dicho.
Cuando te trasladas a una nueva ciudad, te vas integrando a ella poco a poco, sin pretender abarcarlo todo de golpe. Es como cuando conoces a una persona, a la que tratas con timidez y respeto los primeros días, pero cuando coges confianza a los pocos días, es cuando empiezas a conocer realmente a esa persona. Pasada la primera etapa de acercamiento a Amsterdam, en la que vas con un plano en el bolsillo, todo es nuevo para ti y constantemente te sientes desubicado, yo ya estoy empezando a coger confianza con la ciudad. La facilidad y la inexistencia de distancias gracias al uso de la bici (en mi caso, una auténtica bici holandesa de color negro y marca Gedo) está acelerando el proceso. En apenas una semana aquí ya tengo curro estable (restaurante Los Pilones), ya nos hemos hecho con un coffee-shop barato (Black-Star, un local regentado por ganeses), ya he estado en sus 2 parques principales (Vondelpark es un parque impresionante que va a dar mucho juego durante las horas muertas de verano), ya me he dado de alta en el consulado espanhol, ya tengo localizada la biblioteca y cómo utilizar internet gratuitamente, ya conozco un par de barrios suburbiales donde el precio medio de las cosas baja casi un 50%, ya he estado en el mercadillo de la ciudad (donde se encuentra de todo a precios casi irrisorios), ya se donde poder echar una pachanguita de fúltbol sin fallo... Vamos, que Amsterdam y yo ya nos podemos considerar amigos.
Por el resto, lo únicamente preocupante sigue siendo encontrar piso. Nadie sabe donde hay que ir para buscar ofertas y las pocas que hay son carísimas. Pero bueno, mientras tanto, Paisa y yo estamos disfrutando de la agitada vida de HANZ BRINKER HOTEL. Es un albergue de los de toda la vida con una sola pega: no tiene cocina. Allí, teniendo de aliados a donha maría y alguna cerveza fría, hemos entablado acercamientos con 3 londinenses muy majos (Dr. Power entre ellos), con la pareja canadiense con la que compartiamos habitación y tensión sexual (y con la que nos hicimos un enorme candido con 5 clases distintas de maria y hachis), con el regente del hostel (que se enfadó con Paisa porque criticó a Robben por ser un chupón), con la belleza negra que trabaja en la recepción, con los 2 coreanos que no les gustaba la ciudad Amsterdam y bebían cervezas Heineken en la habitación...
El pasado sábado, con la intención de dar un primer vistazo a la vida nocturna de Amsterdam, Paisa y yo nos compramos una botella del whisky más barato que encontramos. Como no podíamos beber en Hanz Brinker, decidimos beberla en un banco a pies del canal Prinsengracht. Era desconcertante el ambiente tan tranquilo que se respiraba en una calle tan centrica de la ciudad. Y no precisamente porque estuvieramos en una calle solitaria, ya que continuamente pasaban bicis, peatones y algún coche en dirección contraria. Seguramente éste era un efecto producido por el canal.
En el botellón también estaba Gandía, un valenciano q tambien trabaja en Los Pilones. Él no quería beber, pero no paraba de liar cigarritos tuneados. Apenas nos conociamos, pero las conversaciones cada vez se iban volviendo más personales y las intimidades cada vez eran más intimidades. Quizá éste también un efecto producido por el canal (aunque con el alcohol y el hachis de importantes aliados). La cuestión es que aquello se convirtió en un maratón entre Paisa y Gandía por ver quién desvelaba la mayor locura por amor (o más bien, desamor). Paisa no lo hizo mal, pero Gandía ganó de calle. Él fue capaz de viajar en avión desde Valencia a Stansted (Londres) para invitar a su exnovia, que lo acababa de dejar y casi seguro que por otro, a una botella de vino y una cena en el aeropuerto. Y lo mejor de todo es que ni siquiera sabía si ella iba a llegar a ese aeropuerto, ya que sólo sabía el día y la hora a la que llegaba a Londres. Él tío se la jugó, la llamó por teléfono cuando ella salía del avión para preguntarle si le apetecería tomarse una botella de vino con él y, tras el sí de ella, presentarse por su espalda con una botella de vino en las manos. Impresionante. Pero después de la cena, cada uno siguió de nuevo su camino, en direcciones diferentes...
Y, bueno, que me encanta esta maldita ciudad! Es una ciudad tan diferente al resto... Si es que con coger la bici y dar una vuelta por sus calles me vale para sentir que todo tiene sentido.
He dicho.





