soñadores
El verano se me va pasando a velocidad supersónica, trabajando como una perra entre semana y con findes llenos de planes estivales. Tengo a mi pobre melancolía natural abandonada. Me gasto el dinero en copas en vez de en libros. He dejado de nadar y ni las mascarillas más tecnológicamente advanced me borran las ojeras. Energy. Señores, tengo vida social.
El fin de semana pasado fue compartir sudores musicados y visionar guiris angelicalmente guapos en Benicassim. Este transcurre en el piso de Hugo, en compañía de Jad.
Jad, Jad, Jad...hubo un tiempo en que repetía ese nombre como una letanía, en que leí del tirón todos los libros de Gibran y Malaouf, en que me pasaba las horas colgada de las fotos del verano mas feliz que tuve nunca. Todo empezó en Bruselas, verano del 2002.
Allá por cuarto de carrera, la señora e. solicito una de las becas en los centros de I+D del gigante multinacional BBB. Tras desgranarse el cerebro en unos 500 tests y en otros tantos case studies y tras pasar un finde encerrada como perra con otros 15 candidatos en un lujoso hotel madrileño diseñando estrategias de desarrollo de nuevos productos, a la señora e. le dieron una estancia para investigar por tres meses en el centro de I+D de Bruselas.
Llegue a Brussels con el ultimo examen de junio todavía rondándome la cabeza, con mi ropa inadecuada para los salones de moqueta de la BBB, con un novio esperándome en España y dispuesta a dejarme la piel en mi proyecto de investigación. Así comencé.
Pero un buen día, la hormiguita, en la cena de presentación se quedo colgada del intern libanés, el Jad, tan guapo, tan ostentosamente inteligente. Y todo hubiera sido solo una colgadura más si mi amigo Hugo no se hubiera venido a vivir conmigo a Bruselas.
Hugo es mi contrapunto un poco más social, el que me saca de fiesta, el bon vivant y cabeza loca. Y no se si Jad también vio este contrapunto a la vida un tanto naif de la BBB en el tandem E-Hugo. Pero el caso es que, los tres, nos hicimos inseparables.
Nos pasamos tardes tirados en la hierba del atomium, sin cansarnos nunca de hablar, nos pillamos borracheras íntimas con cócteles de vodka strawberry y litchis. Hicimos paellas y tahine, patatas a la riojana y tabule en el 10 de la Rue Blanche. Destrozamos la noche belga, las viejas decían-¡Jesús Christ! a nuestro escandaloso paso. Nunca he sido tan feliz.
Vi el otro día Soñadores, de Bertolucci y me recordó rabiosamente esta época.
Corte con mi pobre novio español (una de las peores perrerías que le he hecho nunca a nadie) deje un poco de lado mi proyecto en la BBB y un día de tormenta eléctrica, al final de la beca, ya sin Hugo, me acosté con Jad.
Y me quede colgada y acabo la beca y todo se nos hizo mas difícil, Hugo y yo en la gris universidad de Valladolid, Jad, que ya había terminado sus estudios, buscando trabajo en Europa, sin nacionalidad ni papeles. Escribiendo mails kilométricos y viajando para vernos.
Jad encontró el súper trabajo y vino un tiempo a vivir a España. A todo esto asumí que Jad era gay. Pasamos épocas juntos en Barcelona, termine la carrera, seguí sus buenos consejos profesionales. Me incorpore a la pérfida multinacional AAA. Aprendí a no amarle tan, uff, dolorosamente. Se traslado a Paris. Se echo novio.
Esta aquí este fin de semana. Durmiendo en la habitación de al lado mientras yo escribo.

(por cierto, no se que pasa con los acentos o tildes en el ordenador de Hugo, pero van mal, asin que perdonen mis faltas)
El fin de semana pasado fue compartir sudores musicados y visionar guiris angelicalmente guapos en Benicassim. Este transcurre en el piso de Hugo, en compañía de Jad.
Jad, Jad, Jad...hubo un tiempo en que repetía ese nombre como una letanía, en que leí del tirón todos los libros de Gibran y Malaouf, en que me pasaba las horas colgada de las fotos del verano mas feliz que tuve nunca. Todo empezó en Bruselas, verano del 2002.
Allá por cuarto de carrera, la señora e. solicito una de las becas en los centros de I+D del gigante multinacional BBB. Tras desgranarse el cerebro en unos 500 tests y en otros tantos case studies y tras pasar un finde encerrada como perra con otros 15 candidatos en un lujoso hotel madrileño diseñando estrategias de desarrollo de nuevos productos, a la señora e. le dieron una estancia para investigar por tres meses en el centro de I+D de Bruselas.
Llegue a Brussels con el ultimo examen de junio todavía rondándome la cabeza, con mi ropa inadecuada para los salones de moqueta de la BBB, con un novio esperándome en España y dispuesta a dejarme la piel en mi proyecto de investigación. Así comencé.
Pero un buen día, la hormiguita, en la cena de presentación se quedo colgada del intern libanés, el Jad, tan guapo, tan ostentosamente inteligente. Y todo hubiera sido solo una colgadura más si mi amigo Hugo no se hubiera venido a vivir conmigo a Bruselas.
Hugo es mi contrapunto un poco más social, el que me saca de fiesta, el bon vivant y cabeza loca. Y no se si Jad también vio este contrapunto a la vida un tanto naif de la BBB en el tandem E-Hugo. Pero el caso es que, los tres, nos hicimos inseparables.
Nos pasamos tardes tirados en la hierba del atomium, sin cansarnos nunca de hablar, nos pillamos borracheras íntimas con cócteles de vodka strawberry y litchis. Hicimos paellas y tahine, patatas a la riojana y tabule en el 10 de la Rue Blanche. Destrozamos la noche belga, las viejas decían-¡Jesús Christ! a nuestro escandaloso paso. Nunca he sido tan feliz.
Vi el otro día Soñadores, de Bertolucci y me recordó rabiosamente esta época.
Corte con mi pobre novio español (una de las peores perrerías que le he hecho nunca a nadie) deje un poco de lado mi proyecto en la BBB y un día de tormenta eléctrica, al final de la beca, ya sin Hugo, me acosté con Jad.
Y me quede colgada y acabo la beca y todo se nos hizo mas difícil, Hugo y yo en la gris universidad de Valladolid, Jad, que ya había terminado sus estudios, buscando trabajo en Europa, sin nacionalidad ni papeles. Escribiendo mails kilométricos y viajando para vernos.
Jad encontró el súper trabajo y vino un tiempo a vivir a España. A todo esto asumí que Jad era gay. Pasamos épocas juntos en Barcelona, termine la carrera, seguí sus buenos consejos profesionales. Me incorpore a la pérfida multinacional AAA. Aprendí a no amarle tan, uff, dolorosamente. Se traslado a Paris. Se echo novio.
Esta aquí este fin de semana. Durmiendo en la habitación de al lado mientras yo escribo.

(por cierto, no se que pasa con los acentos o tildes en el ordenador de Hugo, pero van mal, asin que perdonen mis faltas)
de cuando sueño
Un sueño raro acerca de un barrio con plazas ondulantes. En un suburbio interminable la bella K. y yo volábamos encima de una colcha. Dejamos la colcha en la puerta del parking más inmenso del mundo, pisos y pisos en un ascensor de números negativos penetrando en la corteza terrestre como una herida gigante. Descendíamos tanto, que el marcador de los pisos del ascensor venía en escala logarítmica. Yo le contaba a K. lo chungo que era que los logaritmos en base 10 del ascensor se iluminaran a velocidad constante. Bajábamos cada vez más rápido, una gráfica exponencial perfecta. Me daba un aire a la matemática flipada de la película PI, gesticulaba mucho para hacerme entender, como una adolescente americana contando un testimonio superincreíble al poli escéptico de los donuts.
En el centro de la tierra, que casualmente tenía la misma apariencia que mi santa habitación, K y yo nos enrrollábamos dulcemente, mientras K. (con su aire a lo Cristina Rosenvinge) tocaba la guitarra. Luego me besaba en la frente con aire celestial y me regalaba una cesta de productos de Ives Rocher. K siempre fué bella y considerada.
En el centro de la tierra, que casualmente tenía la misma apariencia que mi santa habitación, K y yo nos enrrollábamos dulcemente, mientras K. (con su aire a lo Cristina Rosenvinge) tocaba la guitarra. Luego me besaba en la frente con aire celestial y me regalaba una cesta de productos de Ives Rocher. K siempre fué bella y considerada.