mira telescópica
Hace tiempo escuché algo parecido a esta historia y juro que no recuerdo si fue de labios de un cuentacuentos, de S. (gran narrador, siempre oía sus historias en posición horizontal con la oreja encima de su pecho de flaco, desde lo profundo...) o de un programa de radio muy cursi al que estaba enganchada hace años.
Intenté escribirla y situarla. Nunca estuve en Ayacucho ni sé si allí hay selva pero miré un mapa del Perú y me gustaron ciertos nombres...
Da igual si eran unos traficantes de armas malencarados o unos narcos huyendo hacia ninguna parte. Personalmente preferiría que fueran guerrilleros con la cabeza llena de pájaros e ideales, pero igual que en nuestra civilizada noche todos los gatos son pardos, en Ayacucho (Perú) las intenciones de cualquiera vestido de verde y portando un cargamento de rifles se diluyen en la oscuridad de la selva.
El caso, es que en una de las fatigosas escalas de la huída, estos tipos decidieron hacer noche en la más pequeña y aislada de las aldeas de Lucanas. No sé si para impresionar a la chica de la venta o simplemente para intimidar, acabaron abriendo uno de los baúles del cargamento para mostrar a los asombrados parroquianos su flamante contenido de laberintos de clavijas y metal brillante.
Cuando después de examinar el incomprensible objeto el muchacho más avispado de la aldea sonrió maravillado al descubrir por fin su utilidad, supieron que aquellos indígenas, sus casas pequeñitas y su verde pedazo de selva concentrada nunca podrían sobrevivir en la era del progreso. El muchacho miraba absorto la luna más enorme del mundo, a través de la mira telescópica del fusil.

Entre Siddhartha y tanto cuentecito espiritual, sigue habiendo cosas que me despiertan la parte carnal. Ha llamado el guapo y promíscuo X para ver si le visito en Valladolid o nos vamos de fiesta a Madrid el próximo finde. Me pregunta que si conozco alguna pensión barata en Madrid. Pues sí, conozco. Pero me resisto a llevar a X, con sus músculos y su felicidad contagiosa, a la pensión del póster de Kandinsky.
Intenté escribirla y situarla. Nunca estuve en Ayacucho ni sé si allí hay selva pero miré un mapa del Perú y me gustaron ciertos nombres...
Da igual si eran unos traficantes de armas malencarados o unos narcos huyendo hacia ninguna parte. Personalmente preferiría que fueran guerrilleros con la cabeza llena de pájaros e ideales, pero igual que en nuestra civilizada noche todos los gatos son pardos, en Ayacucho (Perú) las intenciones de cualquiera vestido de verde y portando un cargamento de rifles se diluyen en la oscuridad de la selva.
El caso, es que en una de las fatigosas escalas de la huída, estos tipos decidieron hacer noche en la más pequeña y aislada de las aldeas de Lucanas. No sé si para impresionar a la chica de la venta o simplemente para intimidar, acabaron abriendo uno de los baúles del cargamento para mostrar a los asombrados parroquianos su flamante contenido de laberintos de clavijas y metal brillante.
Cuando después de examinar el incomprensible objeto el muchacho más avispado de la aldea sonrió maravillado al descubrir por fin su utilidad, supieron que aquellos indígenas, sus casas pequeñitas y su verde pedazo de selva concentrada nunca podrían sobrevivir en la era del progreso. El muchacho miraba absorto la luna más enorme del mundo, a través de la mira telescópica del fusil.

Entre Siddhartha y tanto cuentecito espiritual, sigue habiendo cosas que me despiertan la parte carnal. Ha llamado el guapo y promíscuo X para ver si le visito en Valladolid o nos vamos de fiesta a Madrid el próximo finde. Me pregunta que si conozco alguna pensión barata en Madrid. Pues sí, conozco. Pero me resisto a llevar a X, con sus músculos y su felicidad contagiosa, a la pensión del póster de Kandinsky.
Comentario:
Una historia curiosa...
No la conocía!
me alegro que te gustara la historia de Siddhartha!
No la conocía!
me alegro que te gustara la historia de Siddhartha!





