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Diario de la ciudad visible
Simpáticas andanzas en los ventitantos
Acerca de
E: Yo. Venticinco, viviendo en una ciudad más pequena de lo que me gustaría. AAA: La empresa-secta de mis desamores. S: El gran amor de hace unos años que sigue sin quitárseme de la cabeza. Hugo: Mejor amiguito. Pablo: Pseudonovio de Hugo. X: Lo más promíscuo de Valladolid. Guapo guapísimo. Cirilo: Ex – novio de la uni. Actualmente es ginécologo. Juan: Sereno y sabio. También muy guapo. En el instituto andaba enamorada perdidamente de él. Y como marco incomparable, la ciudad de Cloe (una concesión a las ciudades invisibles de Italo Calvino) en sustitución del nombre compuesto de mi pequeñita ciudad visible.
Sindicación
 
wonderwall y el reino de la lycra
Llegué el domingo de la playita de Ajo, una de las más bonitas que he visto nunca, con acantilados y poca gente.
A la playa, costó llegar. Cuatro horas de viaje, con Juan y Eneko asados en mi horno-coche pero felices escuchando la obra omnia del Brett Anderson, desde Suede hasta el Here come the Tears y especulando , el Eneko y yo, acerca de si el Brett sería sexualmente vicioso o no. Cuando llegamos y nos encontramos con David y el brasileño surfero, habían cerrado el camping así que nos tocó montar las tiendas en la playa. Cenamos una hamburguesa en un extraño chiringuito en el que todos los camareros eran muy gordos e hicimos un poco de botellón. Para dormir, estábamos super estrechos en la tienda así que a las 9 ya estábamos despiertos. Yo, al despertar, abrí la cremallera de la tienda toda emocionada, pensando en encontrar la vista del mar, pero lo que vi, fue un hombre como de 60 años, desnudo y sonriente, como si fuera una visión zen. Al resto les dio asco, a mí no. No sé si me explico. No.
De buena mañana, nos trasladamos al camping que tan cruelmente nos cerró sus puertas la noche anterior. Era cutre, con muchas marujas de bilbao y manolos con riñonera. Volvimos a la playa y volvimos a comer en el bar de los camareros gordos y sonrientes. Segunda visión zen.
Tras quemarme a raíz de mi siesta playera, decidimos salir por Noja. Para salir, quedamos con una exnovia de Juan que vive en ajo y que insistía en quedarnos a pasar la nuit en la verbena de Ajo, porque actuaba Manolo Royo. Gente friki. En fin.

Noja nos pareció lo más jincho que habíamos visto en nuestras poco mundanas vidas. Estaba infestado de quinceañeras agresivas lanzándose improperios tipo “cacho puta, cómete un cagao, zorraputa” y moviendo caderas gordas a ritmo del reggetón, o como se escriba. La gente era muy fea, ellas vestidas todas como de mercadillo, con licras rosas y pelos con permanente y laca Nelly. Ellos con camisas brillantes de vivos colores o camisetas y coronas bakalas (o pelo cenicero, en honor a Superputo).
Eneko y yo, queríamos entrar a una Herriko taberna que había a ver si entre mullets vascos, ikurriñas y músicota de Kortatu, conseguíamos escapar del reino de la lycra. Pero la ex de Juan, nos llevó a un bar ambientado en plan chiringuito tropical. Fue la muerte. Me puse a hacer ojitos a un feo, porque sin gafas no le veía bien la cara y me parecía interesante. Menos mal que estaba toda roja de mi quemazón vespertina y resudada y fea y no se dio por aludido. Ay, que luego le vi al irme y era como clon de Marichalar.
Dormimos, cogí el coche y volvimos oyendo Oasis. Una parece que se ve vieja cuando empieza a decir eso de “esta canción es de mis tiempos”. Yo llevaba años sin oír Wonderwall.
Me emocionó.
Wonderwall es de mis tiempos.
 
Comentario:
Que viajecillo mas entrañable...

Y me has citao! (el termino es "pelocenicero" asi,todo junto).
 
Comentario:


Me han encantao las visiones zen jjejejjejeje

En serio te torturaron con el Royo ese? Maremiaaaaaaaaaaaaaaa!! Estás nominada hacia la canonización!
No