Credenciales
Ya no creo
no creo
ya no creo...
(no, no creo, nononono, no creo)
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(de mis rodillas, de mis costillas, de mis astillas...)
no creo
ya no creo...
Ya no creo en lo recíproco
(no, no creo, nononono, no creo)
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Ni en los morados de mis rodillas
(de mis rodillas, de mis costillas, de mis astillas...)
después de acostarme contigo
TE-REGENERA-TE
Dice que tengo la mirada enfermiza, que todas mis frases acaban en silenciosos puntos y aparte, que cambio de canción para no ponerme violenta mientras espero a que la lluvia vuelva a estar fría. Que mi tono de voz delata mis deseos. No le creo. Sigo marcando su teléfono con el método abreviado, pero no le creo. Sentada en la barra cierro otro bar haciendo como que no le escucho, inventándome la historia más triste del mundo. Por medio de nosotros pasa una bailarina de yeso; viene, va, se desvanece... reaparece raspando mi materia gris con su tu-tu almidonado, llega a mis ojos, y me visto con zapatillas rosas para ver la realidad de puntillas. Él, ella y una perfecta coreografía improvisada. Yo, quieta. Rellenando fondo. Bajo continuo. Ahogándome en pequeños sorbos. Un árbol (inmóvil) más, creando ambiente en alguna película bailando con lobos. Una (puta) parte del decorado.
Hoy estrello mi whisky contra tu pared, el espejo que yo fui y la fulana de turno. Se rompen hielos que reaparecen como lágrimas reposando en la comisura de los labios. No hay piedad. La perdiste. Yo decidí esconderla.
Hoy es el día en que no necesito tacón para parecer más alta, sólo para tener un objeto punzante con el que pisarte los huevos.
Añoros (I)
En el portal de al lado de mí casa había siempre una pareja de chavales que se hacían agua mientras llovía. Me encantaba verlos medio derretidos, mirándose con esa pasión tan adolescente, con esa delicadeza.
-A mí nunca me miraron así...- pensaba cada vez que pasaba por delante de ellos.
A falta de sangre, palabras.
Tic-Tac. Otro reloj roto en sus costillas. Caminaba descalza, a saltos de caballo en el ajedrezado que le marcaban las baldosas del pasillo. A estas alturas ya no tenía prisa, por lo que quiso perderse en los ojos de los personajes de los cuadros, con una camisa llena de recuerdos que le iban grandes como única compañía. La tenía cariño. Él la dejó olvidada en su armario alegando que ya no la necesitaba, porque la tenía a ella. Se rió mientras seguía saltando. Era irónico, pero la divertía pensar que cada maestrillo tenía su librillo y a ella se la hubiesen perdido todos. Y es que todas las siluetas que dibujaba en la nada con su lápiz solitario se desvanecían al chasquido de sus dedos. Y mira que lo intentó, guardarlas en su cabeza, engancharlas en su pelo con mil horquillas de colores, pero nada.
A veces, cuando llegaba la noche y ella remojaba sus penas sin alas, le imaginaba detrás de la puerta, oía una respiración que no existía, y fantaseaba con que se acercaba a la bañera con un par de patitos amarillos. Aquí, aquí me duele, y él curaba sus contracturas a ritmo de espuma y mimos, la envolvía en una toalla grande y cálida, y ella, feliz, se miraba en todos los espejos de la casa y bailaba sin música haciendo de la toalla un vestido de cola. Pintaba de colores cada uno de sus lunares y dormía tranquila. Sólo a la mañana siguiente se daba cuenta de que todo aquello no era real, sólo las marcas de sábana pegadas en la cara. No se acordaba de sus besos de pulga ni de si le había dado tiempo a despedirse. No sentía sus manos de agua, sus labios de miel o su tremendo olor a café (del rico) recién hecho. Pero no desesperaba. Volvía a bailar con su tu-tu imaginario y a construir figuritas de aire. Y es que... la noche estaba al caer...
A veces, cuando llegaba la noche y ella remojaba sus penas sin alas, le imaginaba detrás de la puerta, oía una respiración que no existía, y fantaseaba con que se acercaba a la bañera con un par de patitos amarillos. Aquí, aquí me duele, y él curaba sus contracturas a ritmo de espuma y mimos, la envolvía en una toalla grande y cálida, y ella, feliz, se miraba en todos los espejos de la casa y bailaba sin música haciendo de la toalla un vestido de cola. Pintaba de colores cada uno de sus lunares y dormía tranquila. Sólo a la mañana siguiente se daba cuenta de que todo aquello no era real, sólo las marcas de sábana pegadas en la cara. No se acordaba de sus besos de pulga ni de si le había dado tiempo a despedirse. No sentía sus manos de agua, sus labios de miel o su tremendo olor a café (del rico) recién hecho. Pero no desesperaba. Volvía a bailar con su tu-tu imaginario y a construir figuritas de aire. Y es que... la noche estaba al caer...
Nones
A Él le pirraba mi cara de cuento cuando (le) cantaba Das Grosse Erwachen de Annett Louisan, sin llegar a entender muy bien por qué me gustaba tanto. Se fiaba siempre de mi criterio a la hora de elegir barras de pan o paquetes de jamón de york. Se moría de ganas de que le volviese a leer, entusiasmada, mis páginas preferidas de El Principito. Porque le gritase a la tele cuando salían toreros, machistas, políticos o alquimistas. Por abrazarme cuando me ponía tonta en las pelis de llorar, o le decía que pasase los trailer de las de miedo que luego me imaginaba al cactus de mi habitación como un asesino en serie. Se reía de mis ocurrencias. De que repartiese sugus por doquier o caminase al lado izquierdo. De mi flequillo de perro y de que arrancase pelotitas de jerséis propios y ajenos. De mis preguntas tontas, las muecas a los bebés en la cola del súper, de que le hablase a todos los perros o estuviese enamorada de la guitarrista guapa que toca debajo del arco.
Ahora lo único que le hace gracia es que en esta batalla, yo haya elegido ir de parte de los indios.

Ahora lo único que le hace gracia es que en esta batalla, yo haya elegido ir de parte de los indios.

La cereza borracha

Hoy he vuelto a subir al ático con todos los globos que él infló para mí atados a la cintura.
Me he encontrado a mi vecino del segundo fumando tabaco hindú, y he visto como la chica guapa del bloque de enfrente bailaba rock’n roll a ritmo de sujetador. El canario de Hugo ha abierto la jaula y le ha dejado un post-it amarillo de despedida.
La señora de la limpieza chillaba a los gatos preguntando dónde estaban, y la familia del séptimo se quejaba de no poder regar las cortinas. El fotógrafo de interviú se tumbaba en la carretera para captar con su objetivo las ondas que produce el viento, mientras el señor del chucho verde le tiraba un rollo de papel higiénico a la cabeza. En el kiosco de la esquina, aquél donde venden zapatillas de segunda mano, un par de chicos colgaban un cartel que decía: “Se ha perdido un conejillo de indias. Puede presentar alteraciones genéticas. Para más información preguntar dentro”.
Una empresa de alquiler de camas gratuitas había puesto carteles en los coches llamando a María Gil García morosa. María Gil García arrancaba carteles con los dientes, mientras el narco de la esquina la seguía reponiéndolos y dejando una estela de traje azul. La vendedora ciega de la once veía películas eróticas en su móvil 3G con cámara de fotos y grabación de vídeo, mientras el estanquero de la esquina recogía firmas para que volvieran los cigarrillos de chocolate. Un violinista amenizaba la velada de un yonki que se esnifaba la raya de la carretera, mientras la mujer gorda bajaba a echar migas de pan a la acera, produciéndose un caos cuando todos los unicornios aterrizaron deprisa a comérselas.
El payaso de micolor amenaza con suicidarse tirándose desde el primer piso de su caravana del amor, y el fugitivo de Guantánamo le mata con un par de flechas-ventosa.
De repente alguien me da dos golpecitos en la espalda, y me coge de la mano. Era él. Que sentía haberse retrasado.
Oda al chico bekelar
Ponle un día como ayer, o invéntate otro si quieres.
Aumenta la presión de la atmósfera, el peso sobre tu cabeza te impide respirar, menguas por segundos, a velocidad de vértigo. Vuelves al reino de las dudas y los miedos, te invade un aguacero de tinta negra por dentro, como una enfermedad, un tumor, que fluye de tu cabeza al estómago. Se ancla en las costillas, se congela en la garganta, sale disparado por los poros. Monstruos, serpientes, fantasmas. Barrotes de aire, enredaderas en tus venas.
Y al otro lado estabas tú. Pintura, papel y tijera. Dibujando mil estrellas que colgar con hilos de lana en el techo, pegándolas un soplido para que pudiesen dar luz y al menos, por hoy, me olvidase de mirar debajo de la cama antes de acostarme. En cada huida siempre estás tú, al otro lado de la esquina que nunca me da tiempo a torcer, almacenando mis desgarros en la caja del recuerdo antes de que pueda agacharme a recogerlos. Con tu lápiz mágico dibujacontornos, y tu suelo de algodón que amortigua resacas de malos tiempos. Desplumas cien cigüeñas y me coses una a una sus plumas en mi espalda. Me arreglas los ojos cuando se les olvida como se hace lo de no llorar. Le pones música al hueco enorme que nos separa, palabras raras, nubes con forma de oso. Cien olores, cien colores colocados estratégicamente, que dibujan formas cuando los miras de lejos. Y es que hay mil cosas que podría decirte, pero sólo me sale una...
Gracias.
Aumenta la presión de la atmósfera, el peso sobre tu cabeza te impide respirar, menguas por segundos, a velocidad de vértigo. Vuelves al reino de las dudas y los miedos, te invade un aguacero de tinta negra por dentro, como una enfermedad, un tumor, que fluye de tu cabeza al estómago. Se ancla en las costillas, se congela en la garganta, sale disparado por los poros. Monstruos, serpientes, fantasmas. Barrotes de aire, enredaderas en tus venas.
Y al otro lado estabas tú. Pintura, papel y tijera. Dibujando mil estrellas que colgar con hilos de lana en el techo, pegándolas un soplido para que pudiesen dar luz y al menos, por hoy, me olvidase de mirar debajo de la cama antes de acostarme. En cada huida siempre estás tú, al otro lado de la esquina que nunca me da tiempo a torcer, almacenando mis desgarros en la caja del recuerdo antes de que pueda agacharme a recogerlos. Con tu lápiz mágico dibujacontornos, y tu suelo de algodón que amortigua resacas de malos tiempos. Desplumas cien cigüeñas y me coses una a una sus plumas en mi espalda. Me arreglas los ojos cuando se les olvida como se hace lo de no llorar. Le pones música al hueco enorme que nos separa, palabras raras, nubes con forma de oso. Cien olores, cien colores colocados estratégicamente, que dibujan formas cuando los miras de lejos. Y es que hay mil cosas que podría decirte, pero sólo me sale una...
Gracias.
Un, dos... vuela
Después de aquella noche de luciérnagas consiguió que me sintiera la mujer débil más fuerte del mundo, y me encantó. Ese es el problema de estas cosas, que acaban por encantarte. Compartía su luz con mi desaprensiva manía de desgastar mecheros encendiendo velas e inciensos con olor a marihuana. Me hablaba sobre la felicidad y de vez en cuando organizábamos algún suicidio juntos. Suicidio edulcorado. Por la noche, ya muertos, no conseguíamos conciliar el sueño debido al frío, y comenzábamos a tragar cerillas encendidas que nos ardían en la boca y se convertían en pequeñas hogueras estomacales. Nos construíamos cuentos de papel, cajitas de zapatos de príncipes y princesas, alfombras voladoras al son de tambores roncos. Juntos olíamos a canela, a solo de guitarra, y a cien cosas más que me recuerdan a su pelo enredándose en mis dedos. Nudos infinitos tras los que esconderse cuando los árboles estaban mojados. Y es que, mentalmente, estábamos sentados el uno encima del otro. Dos melenas rotas, cuatro ojos de muñeco de feria.
Llegó el día en el que caminamos lento y decidido hacia el fin del mundo, queriéndolo tocar sin hacer ruido, despacito, para no asustar a nadie. Él me contaba como, una vez llegados al horizonte, levantaríamos la línea que une el mar con el cielo, y nos colaríamos al otro lado sin que nadie nos viera, a hurtadillas, como cuando estábamos locos y filtrábamos nuestras pieles bajo las lonas de los circos sin que nos pillara el revisor de turno. Y es que juntos éramos poesía, pero este no era nuestro globo.
Llegó el día en el que caminamos lento y decidido hacia el fin del mundo, queriéndolo tocar sin hacer ruido, despacito, para no asustar a nadie. Él me contaba como, una vez llegados al horizonte, levantaríamos la línea que une el mar con el cielo, y nos colaríamos al otro lado sin que nadie nos viera, a hurtadillas, como cuando estábamos locos y filtrábamos nuestras pieles bajo las lonas de los circos sin que nos pillara el revisor de turno. Y es que juntos éramos poesía, pero este no era nuestro globo.
Zas
Mi calle se llena de aguaceros cada vez que me pides que volvamos a empezar. Entonces corro a mi cuarto a empujar las puertas de mi armario antes de que se me escapen todos los fantasmas, los monstruos... o vuelva el hombre del saco a llevarse eso que no sé si tengo. Te empeñas en desdoblarme en alma (recién planchado) y colocármelo en su sitio, para poder sentirme plena, a mí y a todas mis frutas de sangre. Tiras de la piel y dejas cada vena al aire, me entierras en la arena, bailas para que llueva y escueza, me devoras todo aquello que pueda llamarse corazón y pateas todo aquello que pueda doler. Me deshumanizas por completo y me pides que me contemple desde fuera para que vea en el cadáver que me he convertido, que me ría contigo y te ayude a reventarme el estómago. Devuélveme todos los besos cosidos a retazos, cada instantánea de algo que pudo ser verde, y prepara unos cuantos cubos, viene un temporal y no tengo ni tiempo ni dinero para arreglar tantas goteras.
El Sabina que canta bajo la lluvia...

Yo no tenía ganas de reir,
tú reías para no llorar;
yo le guiñaba un ojo a mi nariz,
tú consolabas a tu soledad.
Yo sin ninguna escoba que vender,
tú con mil y una noches que olvidar;
a mí no me quería una mujer,
a ti se te moría una ciudad.
Tú habías perdido el último autobús,
a mí me habían echado de otro bar;
los mismos alfileres de vudú,
el mismo cuento que termina mal.
Pero quiso el cielo
bautizar el suelo
con su gota a gota
y con champú de arena
para tu melena
de muñeca rota
y tu mirada azul
me dijo a cara o cruz
y mi alma de tahur
lo puso a doble o nada.
Y los peces de colores de mis botas
y tus marchitos zapatitos de tacón
locos por naufragar
salieron a bailar
al ritmo de la lluvia sobre las capotas
el rocanrol de los idiotas.
Yo no venía de ningún país,
tú ibas camino de cualquier lugar;
conmigo no contaba el porvenir,
de ti no se acordaba el verbo "amar".
Yo no jugaba para no perder,
tú hacias trampas para no ganar;
yo no rezaba para no creer,
tú no besabas para no soñar.
Y sin equívocos de vodevil
ni alertas rojas en el corazón
el dios de la tormenta quiso abrir
la caja de los truenos y tronó.
Porque quiso el cielo
acariciar el suelo
con su gota a gota
y con champú de arena
para tu melena
de muñeca rota.
Qué disparate de
partida de ajedrez
con un partenaire
adicta al jaque mate.
Y tu bolso como un nido de gaviotas,
y mi futuro con pan duro en el cajón.
Locos por naufragar
salieron a bailar
al ritmo de la lluvia sobre las capotas
el rocanrol de los idiotas.
Capeando el temporal
salieron a bailar
como dos locos bajo el chaparrón de notas
del rocanrol de los idiotas.
El rocanrol,
el rocanrol de los idiotas.
Como tú y como yo.
El rocanrol de los idiotas.
Se marcó la calle
con aquel detalle
de dejarnos solos.
El rocanrol de los idiotas.
Y por casualidad
comenzó a tocar
la flauta de Bartolo.
El rocanrol de los idiotas.
Go Johnny go, go, go.
El rocanrol de los idiotas.
All you need is love.
Y bailar
El rocanrol de los idiotas.
A vam ba baluba balam bam bu.
Tutti frutti.
El rocanrol de los idiotas.
Don't worry.
El rocanrol de los idiotas.
(El Rocanrol de los Idiotas - Joaquín Sabina)
Cada una de nuestras mil formas de cantarla.
Cada una de las frases que refleja lo que pasó, o lo que queda por pasar.
Círculos concéntricos
Hay muchas cosas que no sabes de mí, como que acostumbro a despedirme de mis amantes colándoles un sugus en el bolsillo del pantalón. Es una firma, un clavel o el asesino de la baraja. Que me encanta dormirme entre semen, cigarros y cuentos, como todo aquel que busca cobijo en cualquier madriguera. Que invento cualquier excusa para no llegar a tiempo al plano de las intenciones, aunque luego las olvide en el cajón que calma los jadeos. El límite, el tuyo o el mío, (el nuestro) no existe. Desgastamos resacas, besamos amaneceres, comemos choped los días impares. Volvemos a emborrachar las sábanas entre lágrimas y sudores. Tiramos por la ventana todo aquello que no haya aprendido a volar. Arrancamos las páginas de los libros, me riegas de humo, disimulas todo lo que no dices (quédate a dormir...) Me pregunto qué es el equilibrio, me arrancas la lengua de cuajo, que si mis manos ya te hablan, lo demás no te hace falta. Círculos viciosos. Historias de novela de cabecera. La mente se desprende del cuerpo, como cuando no quieres escuchar, o prefieres no saber lo que está pasando. Te odio. Pero me vuelvo a quedar a dormir en(tre) tus nubes. Descanso tranquila. Ya no hay pánico ni abismo entre nuestros labios. Ya no hay quietud...
Y es que nunca nada se había parecido tanto a la vida.
Y es que nunca nada se había parecido tanto a la vida.
Yo, mí, me, contigo.
Llueve. Moja. A mi vuelta se escapa un último coche en nuestra calle, vacía de siluetas, con un par de farolas que nos recuerdan lo que es un amanecer juntos. Silencio. Escandaloso ruido. Los murmullos que nadie oye los escuchas tú, y te acercas y me quitas el pelo mojado de la cara. Una mirada. Nosotros y la soledad como única presencia. No te conozco, pero empiezo a perderme entre tus huracanes. Estás cansado, llevas tiempo parado esperando a que alguien se cruzase en tu camino para poder preguntarle qué hay detrás de aquella esquina. El resto del mundo. Todos los caminos llevan a diferentes sitios, pero tú decidiste que era mejor esperar y que alguien te garantizara que, al otro lado, la calle estaba barrida. Yo también tenía miedo. Di un paso, y otro, y luego otro más. Eché a correr, descalza, rápido, para no poder pararme a pensar si lo que había hecho era lo correcto. Y me encontré sola en una ciudad que no era la mía, con otras caras y otros gatos muertos, pero con adoquines, como todas. Y un día, ponle hoy, brotas de una rama, sales de tu sombra, me sonríes y me rozas la mano. No te aseguro nada, quizás esté peor que tú. Me arañas los dedos, la palma de mi mano, me clavas las uñas, lloras ríos sanguinolentos, estigmas pegajosos. Ahora sí. Y ahí es cuando descubro que la unión hace la fuerza…
No lo quieras entender

-La culpa la tienes tú
-¿yo?
-¿cuántas veces te he dicho que no te fies de unos ojos que cambian de color?
Y es que hacía tiempo que M. no me mandaba un mail así. Y bueno, que me he emocionado porque a veces soy un completo desastre como amiga, enemiga o perro de compañía. Parece que él siempre está ahí, escribiendo sobre el país de las últimas cosas, recordándome que yo no soy su protagonista. En el fondo es que los dos somos tan tímidos que a veces no es fácil hablar, y yo me encojo de hombros y pienso que qué bien me siento a su lado. Que tiene ganas de ponerse bueno, darme un beso e ir a alguna expo conmigo. Y yo con el algodón de azucar en la trastienda...
Acordes suspendidos
Me bastaron un par de gintonics para demostrarle que eso que decía la gente era verdad, que aunque lo negase tenía una pseudovoz, agradable por teléfono, risueña entre copas, que se dejaba cantar si la escuchabas (tú).
Una guitarra despeinada, puntas de papel doblado, cien micrófonos claudicando detrás de las paredes, las manos quietas y el vértigo en la sien. Y sin saber cómo me(nos) encontré(amos) cantando cien canciones en inglés que no sabía(mos), acordes borrachos, pies descalzos, hombros desnudos, pelos de locos. Trasfiguramos la noche a nuestro parecer, a nuestro sin sentido, ahorcados y bautizados, sortijas y cristales rotos. Hacía frío, y no hablo de grados bajo cero ni de escarcha en los zapatos; hablo, como diría el maestro Sabina, de tener la carne del alma de gallina. Sentados en nuestras rodillas, brindando por la luna, los chicles de frutas y los dientes de plata. La ropa mojada por el calor del abrazo, me conviertes en descendiente de tu risa. Buscamos orillas que bebernos en nuestros ombligos, una copa viciosa que rellenar cuando no hay sed, un olor a esperanza. Fuera llueve con fuerza, con rabia incluso. Óleos de mar, óleos de bosque, aspiradoras de estrellas en tus manos. Un festín de pulpos abrazándose sin tierra ni oxígeno. Y esos ojos, tantos ojos, grandes ojos, que miran pero no ven, que buscan y encuentran otros ojos violetas. Deshumanizados, triunfos pasajeros al son de cuatro gritos mal gemidos. Versos desgarrados desde la cama, papeles mojados, saxofones entintados. Un triángulo de mermelada definido por dedos golosos. Tenías la ventaja inútil que era la superstición accidental y nocturna, los augurios de tu mente; eso, o que no tenías rimel que correr. Traspapelados entre los apuntes de la luna, con mil neuronas cercenadas, a la luz de un viejo relámpago nos hacemos cenizas en algún bolsillo de tu pantalón de invierno.
Dos coletas para mis sueños,
un susurro para tus labios.
¿Tablas?
Una guitarra despeinada, puntas de papel doblado, cien micrófonos claudicando detrás de las paredes, las manos quietas y el vértigo en la sien. Y sin saber cómo me(nos) encontré(amos) cantando cien canciones en inglés que no sabía(mos), acordes borrachos, pies descalzos, hombros desnudos, pelos de locos. Trasfiguramos la noche a nuestro parecer, a nuestro sin sentido, ahorcados y bautizados, sortijas y cristales rotos. Hacía frío, y no hablo de grados bajo cero ni de escarcha en los zapatos; hablo, como diría el maestro Sabina, de tener la carne del alma de gallina. Sentados en nuestras rodillas, brindando por la luna, los chicles de frutas y los dientes de plata. La ropa mojada por el calor del abrazo, me conviertes en descendiente de tu risa. Buscamos orillas que bebernos en nuestros ombligos, una copa viciosa que rellenar cuando no hay sed, un olor a esperanza. Fuera llueve con fuerza, con rabia incluso. Óleos de mar, óleos de bosque, aspiradoras de estrellas en tus manos. Un festín de pulpos abrazándose sin tierra ni oxígeno. Y esos ojos, tantos ojos, grandes ojos, que miran pero no ven, que buscan y encuentran otros ojos violetas. Deshumanizados, triunfos pasajeros al son de cuatro gritos mal gemidos. Versos desgarrados desde la cama, papeles mojados, saxofones entintados. Un triángulo de mermelada definido por dedos golosos. Tenías la ventaja inútil que era la superstición accidental y nocturna, los augurios de tu mente; eso, o que no tenías rimel que correr. Traspapelados entre los apuntes de la luna, con mil neuronas cercenadas, a la luz de un viejo relámpago nos hacemos cenizas en algún bolsillo de tu pantalón de invierno.
Dos coletas para mis sueños,
un susurro para tus labios.
¿Tablas?
Sutilezas

Desde hacía tiempo su vida se centraba en construir soldaditos de lata para vender en su puesto del rastro los domingos. Más bien para colarse entre la masa humana con un stand que él pudiese encontrar. Rozarle la mano cuando la extendía para tocar la punta del fusil del veterano de Vietnam de turno. Beberse sus muecas, suplicarle con los ojos un cachito de su mar de acuarela. Eran imbéciles. Estaban envenenados. Él odiaba las guerras y ya tenía enfilados en su mesa cien soldados enlatados. También odiaba que le devolviese las monedas colocadas estratégicamente encima del billete; la muy tonta... Ella odiaba morderse los labios mientras le envolvía minuciosamente el estúpido muñeco. Ambos sabían lo que había, y lo ignoraban. Ambos tomaban sus papeles de domingo y se disfrazaban de disimulos para no evidenciar el deseo de morir mordidos por sus cuerpos. Ambos tenían magia en el iris y miedo en las pupilas.