Noches de azufre
La última vez no tuvo nada que ver con el resto, porque algo ardía en los suelos de las azoteas, como una premonición, un resorte que me empujó a hacerlo de nuevo. Tentaba a la suerte cada noche de insomnio y escapaba de casa dejando las ventanas abiertas y las llaves puestas en la cerradura. No tenía nada que perder; quien quisiera robarme algo tendría que conformarse con un puñado de sueños rotos y con los trozos de futuro que se amontonaban en las esquinas, como una pila de platos sucios.
Caminaba descalza y con prisa hacia la parada de taxis. Mi respiración acompasaba lo que podría llamarse la banda sonora más triste del mundo. El frío hincaba el diente aquella noche, rellenando fondo en aquel plano americano, y la niebla hacía que mis ojos se confundiesen con los de un fantasma cualquiera.
Un par de vueltas a la izquierda y cien rebases de bares a punto de cerrar me toparon con tu espalda descansando en el cartel del último concierto. Podía verte de lejos, casi a cámara lenta, lo que me permitió fijarme en cada matiz anclado en tu figura. Buscabas con ahínco un vértice regular en los adoquines de la madrugada, y tarareabas algo al cielo que se colaba como hilos de tinta entre los edificios altos. Te acompañé con un estribillo cualquiera que se quebró en el instante difuso que separaba mi boca de tu oído, y volcaste una mirada en el núcleo que nos unía como dos iguales peleados con todas las camas, un punto de apoyo sobre el que orbitar sin pasar dos veces por el mismo ángulo muerto, un enlace de hilo verde que sólo tú y yo comprendíamos cuando tropezábamos con él.
Siempre venías de la misma forma, y yo ya ni me molestaba en cerrar la puerta. Sentía que el resto del mundo era idiota por no darse cuenta, y rezaba por que todas las farolas con forma de flexo que minaban la ciudad reventasen y nos dejasen a oscuras un rato más.
No tenía nada que ofrecerte, pues el desvalijo de otoños en mi pecho me había dejado con lo puesto y con un par de canciones robadas, escondidas en recodos inaccesibles para el viento, pero a ti parecía no importante. Te bastaba con acariciarme la espalda con la yema de los dedos, como cien hormigas huyendo de las olas frías y sin espuma. Tu mirada decía que pocas cosas se te resistían, y mirarte me recordaba al laberinto de espumillón que siempre imaginé, un mapa de carreteras secundarias donde siempre había un camino secreto en el que perderse, calles selladas en una noche con ojos sin rumbo. Mi problema es que nunca supe interpretar los maullidos en el tejado que acompañaban tus ojos coloramanecer buscando una nebulosa más allá de mi pupila, rozando mi nervio óptico con la pluma pomposa que te permitía leer lo que estaba viendo, y a veces todo se nos volvía una lengua extraña, un pedaleo anudado en el deseo de tener cerca lo que siempre anhelamos. Y yo lloraba un poco, porque en el fondo nunca había creído en la magia y jamás llevaba una moneda para echar en tu sombrero de guitarrista. Y me agarrabas de la mano y corríamos a prender sobres sin sello, a arrojar recuerdos desde la ventanilla del coche pensando en que si conseguíamos borrar lo que habíamos sido por separado, ya no habría razón para no sonreír a oscuras juntos.
...

Mira mi espalda
cómo está de sola.
Aullando en el silencio de las madrugadas, en los rincones sin aliento que me guardas.
Porque deberías haberte ido y haber suicidado todas nuestras fotos por el camino.
Porque hoy me levanto con frío.
Porque de todo ésto sólo nos queda humedad en las costillas.
4:35 AM
Cuéntame otra vez como convertir ese espejo roto en un abrazo eterno, en cuarenta y tres minutos traduciendo tus ojos, en tu capacidad innata para interpretar mi partitura a cientos de kilómetros de mis cuerdas. Que entre dos sillones verdes la distancia es mínima, aunque estén de por medio medias de colores, camisas desteñidas y coleteros de caramelo. A éstas alturas todavía no soy capaz de descifrar el enunciado de los poemas que me convierten en número irracional, ni tu metamorfosis en consonante impronunciable, aunque quedemos tan bien juntos iluminados por los televisores sin sonido en el escaparate de la tienda de electrodomésticos; da igual si arriba o abajo, pero cerca, y con tu sonrisa al final de la escalera, colgada del pomo de la puerta. Un recuerdo antes de entrar a cualquier sitio o huir a ninguna parte.
Vuelven a no salirme las cuentas, olvido todas las fórmulas del sistema compatible indeterminado que me expliquen lo que significan tus palabras entrelazadas con las mías, atraídas por fuerzas desconocidas; me retuerzo como cada uno de tus mechones de pelo entre el nerviosismo de lo desconocido, aunque tú me pidas calma. Confío en que la X de nuestro mapa del tesoro esté calculada bajo coordenadas exactas, en el punto justo donde se unen dos mundos, donde huele a galletas recién hechas. Y cavar hasta encontrar nuestra historia pintada con tizas de colores, la que nunca se borra porque casi no llueve; la que late por sí sola y nos convierte de nuevo en algo vivo.
Traje sin medida

A veces soy consciente de que estoy jugando al límite; cuando noto el tacto frío de la cuchilla por la que camino clavarse en mis pies descalzos, dividirlos en dos perfectas mitades y dejarlos marcados por el riesgo de funambulista fracasada que siempre me acompañó. Cuando tiro los dados a oscuras y escucho su eterno rebote danzar por las baldosas del pasillo, y cruzo los dedos esperanzada de que no salga doble y tenga que irme a casa, muy a sabiendas de que seguirán saltando sin darme nunca una respuesta, que reventarán los cristales para tener un hueco más por el que huir. Y es que a veces soy consciente de que antes o después llegará el día en el que seré engullida por el tormento de lo indecible, aquello que todo el mundo conoce pero que se cobija en las noches húmedas para no ser visto, que ataca por sorpresa y por la espalda. Sé que entonces encontraré jarabes para la tos y mecedoras que no rechinan cuando te balanceas queriendo olvidarlo todo, pero de nuevo mi jugada quebrará los cráneos y huesos de los que tengo cerca. Todo acabempezará en el mismo lugar. Mi puta novela de cabecera inacabada.
Llegados al punto en el que ni yo misma permanezco quieta cuando todo detona por miedo a represalias, los cantos rodados que te hacen resbalar se multiplican en los márgenes del río, los puntos de inflexión de funciones muertas y repudiadas aparecen en cada escrito. Porque miro a mi alrededor y sólo encuentro quiebros y lámparas de araña que rasgan todas las cortinas, luces intermitentes e incisivas que duelen en las manos que no paran de llorar.
Dicen que fui fuerte y ahora (lo) he perdido. Replico que quizás entonces tenía más caricias de menta y chocolate que frenaban la gravedad hasta conseguir que todo sonara a violín afinado. Una sonrisa para ver los recodos desde otro punto de vista. O que me ahogaba en menos vasos de agua y me bebía de un trago las cervezas.
Pero, a pesar de todo, me lo vuelvo a jugar todo a una carta. Y no, no es que sea valiente ni ambiciosa; tampoco entiendo de órdagos ni escaleras. Es sólo que, aunque suene triste, prefiero la guerra contigo al invierno sin ti.
De cuando el miedo sobrevuela las azoteas
Un único instante fugaz convertido en dos segundos con leche, y la luz se tornó gris, dejando manchas de tinta en los márgenes de los cuadernos. Creo que todos podíamos imaginarnos cómo se sentía, cómo le dolían los huesos… porque escuchábamos el agua turbia nacer desde sus entrañas y salpicar a todos los presentes. No tuvimos el valor de enfrentarnos a sus pupilas repletas de desengaños, de balas confusas disparadas con la intención de clavarse entre dos costillas, sus labios despellejados de mentiras, su maraña de pelo repleta de dolor; pero tampoco podíamos obviar la situación, la bocanada de aire sucio y fuego que nos quemaba la tráquea, la aspereza que nos impedía dejar de temblar y mover las manos.
Estaba sola, contenida entre sudor y lágrimas, con algunas gotas de sangre perfectamente anudadas al rostro. La observé callada, sintiendo cómo se derrumbaba mi fe, sabiendo que nada volvería a ser igual después de aquello. Besaba el suelo, desmadejada, poseída por una fuerza de la que no era consciente. Por un momento esperé que empezara a derretirse ante mis ojos desencajados. Su piel, que aparecía de forma intermitente a lo largo de su cuerpo, se enrojecía con un temblor apenas perceptible; a ratos se amorataba por la acumulación de sangre concentrada, acompasando sus ojos mientras estallaban repletos de preguntas sin respuestas. Poco a poco se dibujaba la opacidad en su mirada absorta, en sus ojos grandes. Se aceleraba su respiración, se le caían una a una las pestañas. Me fijé en sus puños cerrados, en sus nudillos ásperos, pálidos y sin vida, y le pedí a todos los dioses en los que no creía que aún fuese capaz de pelear.
El viento soplaba frío, una brisa fresca traída de algún polo oeste, una ayuda que arrastrase nuestras pieles muertas. Entreabrió la boca ensangrentada y la madrugada se cubrió por un río de culpas que arrastraba ojos dados la vuelta. Las luces ruines aprovechaban los charcos para multiplicarse y huir. Ella y yo éramos las únicas que permanecíamos inmóviles. El pánico se apoderó de mí cuando me di cuenta de que apenas era capaz de moverse, una eternidad en los segundos que claudicaban tras la salida de emergencia. Y la abracé, queriendo protegerla de aquello que no acababa de entender, y noté su tacto frío, volátil, marmóreo. Casi no me miraba. Temblaba en mis brazos, manaba sangre por todos sus poros. Guardé su noche, su sueño desquebrajado, cubriéndola con la esperanza que no tenía. Y despertamos, con la piel reseca de todas las heridas, salpicando los adoquines de la calle que nunca abandonamos, siamesas. Y es que, por si no lo sabeis, ella y yo éramos la misma persona.
Patidifusismos
Separo los momentos de uno en uno para reorganizarlos en un perfecto collage sin orden aparente, con matices y colores ocultos tras la mirada de cartulina de los días de noria. Y recuerdo que el mejor momento para marcharse siempre es ayer, y vuelvo a no recordarlo cuando decido posponer la huida para mañana. Y mañana es hoy, y todo ha estallado, cien recortes de revistas en mil pedazos, y me levanto estornudando y tosiendo destemplada. Procedo a cortar el césped que le ha crecido a mi maleta, contando margaritas impares y mariquitas de lunares. Y me pesa, y me duele, y se me olvida. Repto de la cama al sofá, del sofá a la nada, del paracetamol al whisky sin hielo. Me trenzo el pelo entre los hilos de la ausencia, me miento y me vuelvo a mentir, me requeteprometo que será la última vez, me busco una sola vena que merezca la pena y me escupe el ojo que me espía al otro lado de la puerta. Huelo el ahogo de la historia cíclica, otro grito de la tele con cien historias de amor, sin contar con que en mi salón no hay ni un solo sapo susceptible de convertirse en mi Príncipe Violeta. Y corro escaleras abajo buscando de nuevo tu cara, porque no soy capaz de marcharme del zumbido que provoca tu presencia, ni quedarme acunada en el silencio de mis techos con goteras.
El vértigo anda de puntillas esta noche
Otra noche de promesas incumplidas, el reloj asesino que nos fusila como cada día en esa hora en la que morimos los que todavía permanecemos con vida. Deshaces tus pasos con mimo, volviendo por donde has venido, y sólo soy capaz de retenerte en el espejo. En los cristales púrpuras que flotan por el fondo de la habitación y levantan partículas de polvo dolorido; en el vuelo de todas las hojas no escritas de nuestro árbol decrépito.
Nos consumimos en una última mirada atrapada en el tiempo líquido que se nos escurre vertiginosamente entre los dedos, tiñendo de un gris moribundo los escasos recovecos que nos quedan por (re)corrernos. Vivimos confiando en que siempre quedará un lugar para nosotros en el recuerdo marchito de los helados derretidos, que permanecerá oculto en la guarida de los porsiacasos como emergencia a un salto de nuestra imagen en mil pedazos repletos de ahogo al son de una puerta detrás de ti y una ventana abierta por la que suicidar sombreros amarillos.
Borré el adiós del suelo y te propuse quemar todas las rayuelas asonantes cuya meta no fuese nuestra casualidad; y de noche me acosté con cien luciérnagas revoloteando por si decidías volver a donde nunca estuviste.
Me marché y sólo fuiste capaz de retenerme en el espejo. Aquél que me devolvía la cobardía de los imposibles, los faroles estúpidos y los ases quemados en la manga. Un miedo rastrero que me recordaba lo que era un verano nevado, el olor a lluvia de tu almohada, una i chirriante y larga que me cerraba la puerta hacia ese destino juntos. El sinsentido de que queriéndote tanto nunca sabré quererte bien. Corrí porque el cielo amenazaba con otra guerra de cristales rotos, y acabé en la batalla interna del que huye sabiendo que perseguidor y perseguido se esconden tras la misma piel.
Y en la oscuridad más profunda veo sin oír tus cien luciérnagas cancerberas que revolotean tu sueño de bicarbonato, y huelo la tristeza de la sangre ya reseca en nuestro escenario de cuatro letras, sabiendo que si estoy allí es porque jamás me atreveré, por cobarde, a regresar.
Nos consumimos en una última mirada atrapada en el tiempo líquido que se nos escurre vertiginosamente entre los dedos, tiñendo de un gris moribundo los escasos recovecos que nos quedan por (re)corrernos. Vivimos confiando en que siempre quedará un lugar para nosotros en el recuerdo marchito de los helados derretidos, que permanecerá oculto en la guarida de los porsiacasos como emergencia a un salto de nuestra imagen en mil pedazos repletos de ahogo al son de una puerta detrás de ti y una ventana abierta por la que suicidar sombreros amarillos.
Borré el adiós del suelo y te propuse quemar todas las rayuelas asonantes cuya meta no fuese nuestra casualidad; y de noche me acosté con cien luciérnagas revoloteando por si decidías volver a donde nunca estuviste.
Me marché y sólo fuiste capaz de retenerme en el espejo. Aquél que me devolvía la cobardía de los imposibles, los faroles estúpidos y los ases quemados en la manga. Un miedo rastrero que me recordaba lo que era un verano nevado, el olor a lluvia de tu almohada, una i chirriante y larga que me cerraba la puerta hacia ese destino juntos. El sinsentido de que queriéndote tanto nunca sabré quererte bien. Corrí porque el cielo amenazaba con otra guerra de cristales rotos, y acabé en la batalla interna del que huye sabiendo que perseguidor y perseguido se esconden tras la misma piel.
Y en la oscuridad más profunda veo sin oír tus cien luciérnagas cancerberas que revolotean tu sueño de bicarbonato, y huelo la tristeza de la sangre ya reseca en nuestro escenario de cuatro letras, sabiendo que si estoy allí es porque jamás me atreveré, por cobarde, a regresar.
Puntos convexos

En mis noches de frío sudoroso me invitaba a ponerme sus escaleras de ver el horizonte, desde donde podía comprender el futuro y fotografiar todas las posibilidades...
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(porque sólo él sabía lo que se escondía en mi mundo de piruletas...)
Fotogramas de la nada
Me dices al oído que todo es cuestión de enfocar de puntillas y hacer un trípode perfecto con los brazos y el cuerpo en el que se sostenga una ilusión, manteniendo el equilibrio al mirar fijamente nuestra presencia, y no tener miedo a tener que tomarnos el tiempo necesario para soplar las líneas sobre el papel, como la foto que siempre quisimos tomar, aunque nos parezca imposible. Que tenemos la luz arreglada, con muda limpia, de punta en blanco, esperando a que aparezcamos en cualquier objetivo fantasma encantados con nuestra pócima mágica. Batallar juntos para conseguir la mejor instantánea, disparos en forma de guiños con tonos color piel, cosquillas que ríen y suenan a cascabel. Guerras debajo de las sábanas que desenfocan epidermis inexistentes, dos cuerpos carentes de pellejos, llenos de mordiscos y arañazos, el paso del tiempo y del dolor en la comisura de los labios. Démosle la vuelta a las bombilla del tiempo, que entre nosotros la luz no ciega, ni el cuarzo aprieta, que tenemos firme y segura nuestra cometa de colores en el cielo de quesitos que me cuentas. Que esto no es el principio, que puede que el final llegue antes de habernos decidido, que no hay camino ni forma concreta de recorrerlo. Cuando nos escalamos la espalda a besos es cuando nos damos cuenta de cada fotograma de nuestra exposición particular que seguimos rellenando con instantáneas desde ángulos muertos y callados. Ya no recuerdo cuando se abrió, pero me cuentas que no tiene fecha de clausura en los calendarios.
Sé que seguiremos compitiendo buscando encuadres adecuados cada vez más cerca de nuestros labios, dos segundos en la eternidad de nuestro mundo. Más allá de los cuentos de circo y las mañanas de tres por cuarto. Seguro que antes o después aparece un horizonte cada vez más nítido, nuestro, perfecto, en gran angular y en escala de grises.
-¿Saltas?
-Salto
Sé que seguiremos compitiendo buscando encuadres adecuados cada vez más cerca de nuestros labios, dos segundos en la eternidad de nuestro mundo. Más allá de los cuentos de circo y las mañanas de tres por cuarto. Seguro que antes o después aparece un horizonte cada vez más nítido, nuestro, perfecto, en gran angular y en escala de grises.
-¿Saltas?
-Salto
Tardes de rojo satén
En las tardes de primavera y tormenta me encantaba que fuésemos juntos al teatro. Entrábamos por el pasillo recubierto de tarima vieja, de piezas desencajadas y poco pulidas, con un crujir que nos acompañaba hasta el desfile de asientos de tapicería roja que guardaban silencio a la espera de que se levantase el telón y Mari Pepa gritara con su voz de pito que ya eran las siete y aún no había llegado el señorito. Eran las épocas en las que yo aún tenía miedo, y nos sentábamos cerca de la salida de emergencia por si me tocaba irme corriendo, por si el sentimentalismo me mataba, o las ganas de nada, o las ganas de un beso. Y luego ese olor que tienen las cosas mágicas, entre rancio y moqueta, de mil tardes de salidas a hombros por la puerta grande, olor de inviernos consumidos y flores secas. Caían las luces y la enorme lámpara de araña que colgaba solemne del techo de escayola se quedaba en penumbra, iluminada tan sólo por los reflejos que emitía la pelea de una pareja sobre el escenario. Él la agarraba, ella soltaba. Cintura, brazo, hombro y cadera. A mí me divertía porque me recordaba a un baile cualquiera, una pelea perfectamente sincronizada. Él me miraba de reojo, entre gracioso y aturdido, y se reía para dentro de que yo sonriese por todo, de que pusiese morritos cuando estaba especialmente concentrada o de mis aspavientos por sortear el enorme moño de la señora de delante que no me dejaba ver. Yo le veía por el rabillo del ojo, y sonreía porque me miraba, y ponía morritos para que me besara, y hacía aspavientos para que me llevase consigo y me abrazara. Pero el mundo no está para sutilezas… hay tantas cosas de las que nunca, nunca, nos dimos cuenta…
Sólo tienes que querer(me)
Hoy, si quieres…
Salimos a la calle como dos locos (sin nada)
Comemos lacasitos,
Andamos de puntillas, nos acariciamos la espalda…
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Hoy si quieres, te bailo un vals en la luna

Salimos a la calle como dos locos (sin nada)
Rompemos todas las olas en las paredes descascarilladas.
Comemos lacasitos,
nos pintamos la cara.
Andamos de puntillas, nos acariciamos la espalda…
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*
Hoy si quieres, te bailo un vals en la luna
(descalza…)

Amenaza de teletransportación y posterior co(a)rtación de fleki a mordiscos.
Porque a veces me creo que puedas hacerlo...
Un último rugido, un eco de la nada que le gritaba que se desarmara si no quería problemas, que no iban a templarles sus lágrimas azules que amenazaban sobre su camisa como los primeros goterones de una tormenta de verano. Ni sus labios apretados, ni sus pies descalzos, ni los ojos clausurados. Ella sujetaba el arma en la mano derecha con la tozudez con la que engañaba al dolor en todos los tableros.
Caminó un paso hacia delante, un tendón sin fuerzas que se marcó en el dedo gordo de su pie izquierdo, una huella desdibujada, una vuelta de tuerca en su garganta. La muerte se olía en los callejones, levantaba con fuerza las alcantarillas, hasta llegar a sus pies y arañarle las uñas, como las piedrecitas de la playa.
Susurró un bajito “no” que repicó en todos los ventanales y alarmó a los gatos. Se bebió los tímpanos vacíos, rozó pieles muertas, desconsoló a los cristos justicieros. Un “no” firme a pesar del temblor de los labios morados, de los ojos volcados, de las lágrimas que lloraban hacia dentro, goteras sin arreglar de 20 años atrás.
Extendió el brazo hasta que éste dibujó una perfecta línea paralela con el suelo. Sin temblor, con los codos más ásperos que de costumbre. Se acordó de todos los diarios, de los huesos de aceituna y de las patas de gallo. Y ellos abrieron fuego, claro. No podían hacer más, o eso decían.
Desde aquel día su cuerpo yació en todas las carreteras mojadas, cual puta abandonada sin sol, ni pan ni esperanza.
Se vende

250 gramos, 650 ml.
En diástole a veces se bebe las mañanas de lluvia hasta hacer daño y aumenta hasta 700 ml, pero en sístole se acurruca sobre el endocardio guardando el calor que se disuelve en la sangre y baja a 575 ml.
Aurículas y ventrículos en perfecto estado. Late y bombea aunque a veces se le escapan algunos chorros de zumo de tomate (sobretodo en los disparos). Tiende a pararse en mitad de la noche guardando un minuto de silencio por los segundos perdidos latiendo en su ausencia, y se manifiesta como arcadas o ganas de caer para el resto del cuerpo. Se deja escuchar si colocas la oreja estratégicamente.
Algunas veces crepita pero no suele ser incendiario, sólo estira sus heridas y se desentumece, pero sin llegar a abrir vías de escape. Se entiende bien con el resto de músculos y vísceras a excepción del cerebro.
Los ojos, las manos y las palabras a veces le responden demasiado rápido, hinchándolo tanto que se pincha por algún lado, pero nada que no se pueda solucionar con un beso-parche de las bicis. Andamiajes retocados y revisados por arquitecto en prácticas. Consta de un rincón ausente y poco luminoso cuya puerta sólo se abre por dentro, donde conviene no levantar polvo ni remover en exceso el aire.
Contiene algún residuo tóxico que irrita los lacrimales (recientes estudios han demostrado que los lacrimales son especialmente alérgicos a las cajas fuertes de piel y hueso)
Es pequeño pero cóncavo, gran observador y buen anfitrión a pesar de las goteras. Se incluye kit de mantas para arropar a los fugitivos que se escondan dentro.
Se vende, por falta de uso y por no poder atender.
La verdad no sospechada
A veces un olor raro, como a esparto mojado.
Un gusto amargo, una sombra entre la gente que baja deprisa por la escalera. La ves pero te haces la despistada, porque crees que nadie más puede hacerlo. Que está en tu cabeza, en tu vida, en los ojos de todo gato callejero con aspiraciones de perro faldero. Sucia y altanera. Mirándote con desprecio en cada esquina, entre los árboles, en mil y un edificios grises con traje. Es un contacto que desgana, como realidades fijas que caminan entre las paredes de un club de mala muerte, enganchándose en las luces de tonos desacordes, pegajosas, con la mirada teñida por la pereza de aquel que camina pero no va a ninguna parte.
Y no me digas que no. Sé que tú también la sientes rondándonos entre las piernas, que la has notado esquivándote en el pasillo para ser más rápida que tú. Que sabes a ciencia cierta que es ella quien ensucia las juntas de las baldosas. Esa sombra. La luz no proyectada. El eclipse de un cuerpo con el sol. La silueta podrida de algún personaje perdido entre las páginas de una novela inacabada. Iconografía de la muerte. O de la vida. O quizás de la nada. Sí, la nada; eso es lo que da más miedo… la Nada.
Aurora Boreal
Amanece el sol, empañando los cristales, dejándose ver como círculos malvas a través de las cortinas. La mañana nos recibe con el frío del agua que llega a los tobillos. Otra noche en tablas. Me despierto dormida en una habitación sintética con olor a nochejuntos. Tú y tu espalda tatuada de luz a través de la persiana. Se pudre el amanecer mientras finjo seguir soñando (duermevela) para no despertar a la verdad callada entre las sábanas. Se que tú haces lo propio. El acecho de palabras adecuadas nos mataría antes de poder decir nada, un punto menos en la carrera hacia los convencimientos con olor a piel de otro. Respiramos despacito como queriendo desandar caminos, sin atrevernos a rozarnos siquiera, soltando minutos en cualquier motel de carretera. Sujetos con ansia y disimulo a partes iguales. Dos huecos rellenados con pieles de astracán.
Recuerdos acompasados de una noche que sabía a foto antigua, maquillada en tonos sepia, de luces calladas cuando los bares echan cerrojo y bajan la verja, de últimos coches que aceleran sin fuerza sobre adoquines borrachos. Un saco de culpabilidad diluido en la certeza de que antes o después ocurriría. Puede que por eso el sol allanase la luz dejando salpicaduras en tonos rojos y comenzase a templar los pies y unas palabras que acabaron por enredarnos de nuevo en una sola madeja. Ven aquí, anda y siento un abrazo de felpa que me eriza los lunares de la espalda. Nos invade la calma en las sienes, nos sonreímos con los ojos y nos acurrucamos, tranquilos, a la espera del pesquero del amanecer cargado de culpabilidades.
- ¿Dónde están tus manos?
- Consumidas en tus lugares más insospechados...
Recuerdos acompasados de una noche que sabía a foto antigua, maquillada en tonos sepia, de luces calladas cuando los bares echan cerrojo y bajan la verja, de últimos coches que aceleran sin fuerza sobre adoquines borrachos. Un saco de culpabilidad diluido en la certeza de que antes o después ocurriría. Puede que por eso el sol allanase la luz dejando salpicaduras en tonos rojos y comenzase a templar los pies y unas palabras que acabaron por enredarnos de nuevo en una sola madeja. Ven aquí, anda y siento un abrazo de felpa que me eriza los lunares de la espalda. Nos invade la calma en las sienes, nos sonreímos con los ojos y nos acurrucamos, tranquilos, a la espera del pesquero del amanecer cargado de culpabilidades.
- ¿Dónde están tus manos?
- Consumidas en tus lugares más insospechados...