Kalós éidos scopéo
No es más que un juego de colores, un simple reflejo, un efecto producido por la luz y los trocitos de cristales de colores dentro de un tubo de cartón, introducidos entre láminas de espejo enfrentadas entre sí en la parte opuesta a aquella por donde miramos. De ahí surgen mil variaciones geométricas, diferentes en función del giro de muñeca en un momento dado, con una luz y una inclinación determinadas, todas ellas casuales y abstractas, arbitrarias, pero con una simetría regular y perfecta. Y cuando te contaba que lo nuestro era algo así como un caleidoscopio no podías evitar reírte y no encontrar más que sinsentidos en cada letra, porque nunca imaginaste que dos términos tan distintos pudieran unirse en un punto común, compartir el mismo núcleo interno del mecanismo similar y paralelo. Pero si lo piensas no es tan descabellado, no somos más que un par de espejos colocados de forma estratégica en un baile constante de quererse y no poderse, la conversión en figura y matiz, abalorios, cuentas y lentejuelas ajenas, hasta que de la unión de ese festín de formas sueltas y descompuestas surgen figuras nuevas, casi imposibles, determinadas sólo por el brillo de nuestros ojos, la temperatura de cada poro y el vuelco de la razón, sorprendes y distintas en cada puesta de sol, imposibles de crear por méritos propios sin la unión de dos reflejos instintivos en el ángulo exacto que nos convierte a cada uno de nosotros en un nuevo espacio policromo multiplicado simétricamente con cada movimiento circular. La unión armónica de forma y tonalidad. La innovación surrealista de nuestra parte más saturada de color. Y si no te has dado cuenta aún, es que no te has acercado lo suficiente al tubo.
Cera de vela
No me esperes despierto. No estaré cuando vuelen las cometas, cuando acabe la cuenta atrás, a pesar de que podría ser aquí o en cualquier lugar del mundo. Como si de pronto nos sintiéramos juntos con sólo soplarnos las pestañas, ¿dónde estas? que no, que no preguntes más, que es mejor que nos volvamos a encontrar cuando caminemos perdidos sin saber muy bien a dónde vamos, aunque en el fondo nos busquemos desde lejos, como cada vez que miramos el fondo del espejo por si uno de los dos está detrás, hilo musical, ritmo variable para no cincelarnos los labios. Y ven, siéntate a mi lado, que tengo algo que contarte con las manos. No lo ves, pero escucha que ésto también sale de las entrañas, como un rugido hueco, el arrebato de un meapeteces, tu eco. Y después te canto sensual, y nos pintamos un mañana por todos los brindis que nos debemos, escalamos las estrellas, nos comemos con los dedos... Pero hoy no me esperes despierto, que tengo roto el vestido rojo y me llevará toda la noche coserlo.
Zurcidos a punto de cruz
A veces, cuando el dolor te taladra y te tamborilea en las sienes en cada paso fallido, tu cuerpo queda reducido a la categoría de resorte y te convierte en un extraño ante ti mismo. Te estructura la mente en una red de pasadizos entrecruzados por un lado y otro, arriba y abajo, iniciando el vertiginoso camino hacia la autodestrucción innata que te convierte de nuevo un un cuerpo vegetativo. Y sólo puedes mirarte desde fuera, buscando la perspectiva adecuada desde todos los rincones en los que la luz se ajusta al grado de ento(r)nación de los ojos, hasta convertir el enfoque en el ángulo adecuado y perfecto que armonizará el conjunto ojo-luz-rincón. Es entonces cuando vuelves a preguntar(te) dónde se encuentra esa descarga eléctrica, el punto exacto que parte los lápices y desafina las cuerdas, y buscas un camino dormido que te garantice llevarte a algún sitio al que no habías pensado ir, sin cavilar muy bien si merece la pena ponerlo todo en juego porque te sientes rota de una manera que tiene la fuerza de convicción, la capacidad de control y el poder de soñarbuscar que nunca tendrán las telas horteras que te hacen sentir entera diariamente; como si tu verdadera naturaleza consistiese en estar quebrada. Y cuando te propones olvidarte de ello y lo consigues en un último intento desesperado y agonizante, descubres que es entonces cuando lo estás realmente, notas la lengua cuarteada al hablar y te silban los soplos internos. Piensas que igual es porque algo te grita desde dentro y te tira de todas las hebillas para impedir que des un paso más; que quizás no había sido necesario revolverlo, pero te diste cuenta lo suficientemente tarde como para haber perdido todas las energías y haber deshecho todos los relojes de arena intentando convencerte de que no estabas equivocada. Y de nuevo te atrapa la encrucijada en la que confluyen melodías caprichosas que se aparecen intermitentes en los márgenes de tu río interno, para hacerte entender que llega un momento en el que las fases del proceso invariable de curación dejan de ser efectivas, que la reconstrucción de los tejidos granulares se vuelve imposible... porque todo aquello que necesita ser lamido constantemente, no cicatrizará nunca.
...
No me había dado cuenta
hasta que tu sombra dormida en mi almohada
se deslizó como un susurro
un hueco
el eco de mi espalda.
Por si dolían las muelas, picaba la prisa o rasgaban las mantas,
por si una noche más volvían a rodar por la cuesta los fantasmas.
Para vigilar las palabras que ya no cicatrizan en la lengua
los murmullos,
las marañas,
las escenas.
Y borrar de debajo de la cama
el polvo y los zapatos usados
que ya no taconean.
hasta que tu sombra dormida en mi almohada
se deslizó como un susurro
un hueco
el eco de mi espalda.
Por si dolían las muelas, picaba la prisa o rasgaban las mantas,
por si una noche más volvían a rodar por la cuesta los fantasmas.
Para vigilar las palabras que ya no cicatrizan en la lengua
los murmullos,
las marañas,
las escenas.
Y borrar de debajo de la cama
el polvo y los zapatos usados
que ya no taconean.
Cubos de agua caliente en la nevera
Renacía con cada palabra, al grito de un tambor sobre la barra... y cantaba y silbaba mientras le guiñaba un ojo con las manos “On my mind, on my mind, on my mind, on my mind there's a thing that I can't explain...” y él se reía porque ponía cara de conducir, y ella se reía porque ponía cara de risa “so I'm quiet, yes I'm quiet, very quiet, really quiet most of my time...” cada vez más bajito y más alcoholizado, como en los mejores tiempos. Y luego todos aquellos movimientos pararelos que le hacían cosquillas en la campanilla, casi casi como su lengua, o los ojos debajo de las sábanas. Los dos segundos entrecanciones y otro acercamiento donde ya no cabía su suspiro, ni el suyo, ni los soplos que fluían de los dos. “Do it, do it, do it...” y la vistió de besos en cada solsticio, cuando el sol les derretía como a velas antihumo, mojados como las eses melosas de los cereales... “Sometimes I’m crazy, sometimes I cry…” y cuando la locura y el llanto se unían todo volvía a ser cuesta abajo, demasiado acelerado, cien derrapes en los labios...
-Hay cosas que nunca podré contarte...
-Me da igual, sólo hazlo.
-Hay cosas que nunca podré contarte...
-Me da igual, sólo hazlo.
.

- Dime algo bonito.
- ¿Algo bonito?
- Sí, dime algo bonito; algo que no le hayas dicho a nadie.
- Eres suave vértigo bajo la lengua, un cuaderno de rayas entre las piernas. Eres dolor de muelas, sed y ganas. Otoño infinito, letras gastadas. Algo así como el coño de un poema.
.
.
.
.
.
Y le abrazó aún más fuerte. Tanto, que se quedó dormida debajo de su piel.
Escala de tonos enteros
Temía los paraguas dados la vuelta, el frío, la velocidad a la que su cuerpo perdía calor si él no estaba, sin importar los inviernos o los veranos, los soles salinos o los edredones granizados. Y temblaba. Temblaba como si fuera un perro. Roía la caligrafía de su sueño y se convertía, una vez más, en H muda, en esputos sanguinolentos de ceros a la izquierda en su rostro. Deambulaba en el silencio de las madrugadas y mataba cada pesadilla con un alarido que se desenganchaba del estómago y salía en forma de garfio entre las anginas, rozando la campanilla, reventándole los dientes. Palpaba y no encontraba su mitad decente, la blanca y aséptica; la que congelaba las miradas elegidas. Escalaba por las celosías de la noche, buscando el espejo que algún día la absorbió, el suicidio precoz de su sombra en la alcantarilla más sucia de la ciudad, y no encontraba más que cristales rotos sobre los que volver a intentarlo, el baile eterno de la muñeca de su caja de música. Latía con un tutú hecho cenizas entre baldosas blancas y negras que se confundían con las cinco octavas de aquel que tampoco dormía y martilleaba sus teclas sin saber a dónde iba. Se movía lento y cantaba hondo hasta quebrarse el diafragma, un impulso violento que vibraba y le ardía en la garganta, que partió todas las cuerdas de su mundo sintético y dejó en la habitación olor a angustia y a amapolas mustias. Se empapaba de lluvia en cada nota, se fumaba todas sus letras descoloridas, se convertía en un ánima errante más frente al espejo casi podrido que sólo era capaz de devolverle unos labios morados y rasgados, la ausencia de un beso que reverberaba en las cuencas de sus ojos casi vacías, sus manos que buscaban el pulso del silencio, el compás indefinido que le hacía desfallecer como una cadencia imprecisa. Trece instantes después que se sucedieron como disparos asesinos, el sol se apresuró a cubrir lo que quedaba de ella como si fuera una frambuesa madura que le hacía cosquillas en la nariz, el triste momento del hueco (perfecto) que la enroscaba entre sus brazos y su pecho. La luz la coloreaba en un intento fallido de convertirla en acuarela, en lienzo que absorbiese cada matiz cromático mientras el calor que se proyectaba a través de las cortinas rasgadas de pánico la deshacía volviéndola pegajosa, enraizando los vapores del estío en sus poros ásperos, convirtiendo de nuevo ese momento, el cuadrante, la línea que delimitaba su cuerpo entumecido en un asqueroso Trópico de Virgo.
De cera y papel
Huele a fotos y a cer(v)eza. A chubasquero sin usar y a pelo mojado. Y no sé cómo he llegado hasta aquí porque resulta que mi casa nunca tuvo ático, y no encuentro el momento de bajar porque te encargaste de quitarme la escalera. Acampo en el recuerdo (¿acaso me queda otra?) y veo migrar palomas que cantan de bar en bar, ojos que pasan y me miran como si fuese una indigente. Por un momento me planteo si no sacar la guitarra y mendigar limones. Dicen que chuparlos previene el mareo. Me desabrocho la verdad amplia mientras se desata otra tormenta. Corre y vuela por encima de las azoteas, como si ya no entendiera mi lenguaje de signos. Algo así como yo y tus susurros al oído. Deriva. Derivo. Derribas. Y escalo cual gato sarnoso por los tejados de la noche, hasta encontrar el punto encendido desde el que se veían nuestras muecas marcadas en el asfalto. El reloj/termómetro/cartelpublicitario que nos hacía ponernos de puntillas en cada avenida en ámbar. Abrir los ojos y zambullirme de cabeza en tu pelo. Los momentos resecos que ahora me parecen recuerdos de niñez, imprecisos y casi difuminados, fantasmagóricos, como vividos en tercera persona. Y lo sabes bien, porque tú lo sabes todo, que intento ir borrando poco a poco los tachones dolorosos, pero las gomas de boli nunca fueron eficaces; los pequeños gestos y las punzadas insignificantes están grabadas a fuego. Y vuelta a lo mismo, lloro y se me escapan las mariquitas amaestradas cuando pienso que ya no queda nada del cine más pequeño del mundo, ¿recuerdas?, cuando te giraste de repente e insistías en que llorabas de frío, y yo me sentí tan diminuta y necesaria que se me puso cara de tirita, y te abrace como lo haría un parche de las bicis o una rodillera, por si te apetecía experimentar la fuerza gravitatoria desde la fila 8, porque no te fueras sin llevarme contigo. Ahora la fila ocho se nos ha quedado grande, enderezamos en paso con la seguridad del veterano y procuramos sentarnos cerca de la salida de emergencia, donde se regeneran erres y huele a jardín podrido. Dos pasos y ya estás fuera. Dos pasos y ya estás fuera... ¿dónde está la señal verde?. Dos pasos y ya estás fuera... ¿dos pasos dices? Mídemelo en pies de hormiga, que me he dejado los zapatos de payasa debajo de la cama.
Corazones de insecto
Cuando aparecías en el subsuelo de las noches heladas, dibujar tu contorno de un solo vistazo equivalía a bebernos el mundo de un trago y jugar con los ojos casi cerrados. Porque bastaba tu pupila cambiante para tornar mi mirada oscura en el lápiz moteado que siempre necesité, aquel que te escribía mensajes ocultos en el falso techo de la luna, donde sólo podrías estar tú. Y volvíamos a respirar(nos) confusos y disimulados en la penumbra indecente que delimitaba nuestros cuerpos, el lugar fronterizo y aterciopelado que olía a melón maduro y se notaba cálido en cada temblor. Nos convertíamos en mimos que velaban la noche del otro a base de ronroneos casi cardiacos, solapados bajo letras cosidas del revés que hidrataban cada poro reseco de soledad. Ahogando cada aullido a base de mordiscos, un grito que encendía las esferas de fuego de todos los rincones que evaporaban dos cuerpos llenos de lluvia. Los puños cerrados y las pieles rasgadas. El llanto a flor de piel y los besos-mariposa sellando cada pena más alta que otra. La luz que nunca dejaba de ser tenue, los abrazos que nunca fueron tan mullidos. Una madrugada más rendidos en el pecho del otro, con las pestañas entrelazadas entre los dedos y las piernas, un perfecto rompecabezas surrealista que no dejaba de encajar milimétricamente. Ojo y boca. Hueco y codo. Vértice y costado. Cóncavo y convexo. Movimientos despistados apenas observables siendo el espectador que espía desde el techo, el camino difuminado que se escapaba por la ventana, volatilizado, que escalaba por las paredes y cubría todos los rincones. Un sueño parecido al catálogo de mue(s)cas censuradas, las incisiones que aparecían por sorpresa con sólo tocarnos, aquello que siempre estaba en el aire pero que nunca nos atrevíamos a preguntar. Apenas alumbrados por el líquido brillante que rellenaba nuestros ombligos, el arrullo y la fe susurraban canciones inventadas que delataban que aquel era nuestro punto, el momento callado difícilmente arrebatable, y entonces tú sonreías adormecido y te cubría un destello violáceo que se perdía en la sombra de mi dedo sobre tus labios, mientras la complicidad húmeda que nos encerraba en la espalda del otro volvía a predecir una noche con anginas y otro amanecer helado con olor a café recién hecho. El laberinto de espejos del que nos sería difícil salir. La madeja enredada de la que ya nos sería imposible huir.
Expediente 0137

Me lo regaló hace tiempo, cuando aún creía que yo tenía que haberme escapado de algún cuento. Un trono de princesa de golosina en tintes rosa chicle, desde el que creía que podía convertir el verano en invierno para así poder seguir hibernando bajo nuestras pieles. Y a mí me divertía, sentarme altanera y comer piruletas que me coloreasen los labios de un rojo intenso para que así nadie se fijase en mis ojos. Recitar poemas inventados, antología sobre la vida y obra de un puercoespín. Silbar dulce como una caja de música. Peinarme de blanco y de tinto, rizarme, alisarme, atarme, engancharme, hacerme y deshacerme. Tener la certeza de que mientras estuviese allí sentada, no existirían las tardes cuentaatrás, ni los ojos-persiana que siempre se cerraban sin querer. Un mundo a parte que giraba con la lentitud con la que latían nuestras manos, donde la música se acoplaba al ambiente ciruela que envolvía nuestros cuerpos. La certeza estúpida de tener siempre la llave en el bolsillo. La ilusión ingenua de creer que los males eran poéticos desde que estaba allí arriba.
Hoy permanece arrinconado en una sala aneja (y añeja) a la del recuerdo encrespado, donde se amontonan pelusas y gusanos. Allí donde se esconde la realidad metódica y de manual que a veces me da miedo escuchar. Sombras que dibujan siluetas y perfiles grotescos en torno a un fuego quemagrasas. Y ahora me pregunto qué hacer con él. Echarlo a arder de forma cortante o desgastarlo a base de pasar la mano por su contorno poco pulido, hasta convertirlo en un trono diminuto, como de gnomo. Beberme su color de fresa o absorber su olor a mandarina y a hierba fresca. Besarlo hasta deshacerlo o hacerle dos coletas. Por el momento le he hecho una foto, por si se me olvida lo que pudo haber sido. Más tarde lo archivaré en el cajón de sucesos sin resolver, donde todo se pudre a base de polillas y polvo granulado. Donde malviven las historias sin final y los movimientos diacrónicos. Donde muere la dialéctica por falta de uso y abuso. Allí, donde permanecen tantas otras cosas...
Coágulos hexagonales
A veces mi dualidad interna juega con los sinsentidos, a base de reglas de engaños y tejemanejes para poder hacer trampas en cada desfase horario. Y a mí me divierte ser la espectadora que lo sabe todo pero que nunca se posiciona, poner a prueba el grado de elasticidad de mi parte más ingenua, sentir cómo grita a medida que se va quedando sin argumentos; y claro, acaba perdiendo, la pobre acaba perdiendo. No le queda más remedio que escuchar lo que nunca quiso oír: que antes o después acabaría pasando, porque era cuestión de tiempo. Demasiadas noches rozando ese instante en el punto muerto que une garganta y corazón como para que al final terminase disolviéndose de un modo efervescente en algún whisky amargo del último bar de Escocia. Más bien al contrario, ha ido macerando bajo la cama, como un monstruo más, y se ha esparcido con sigilo por los pliegues de todas las puertas desprendidas del tiempo para, llegado el momento, cerrarlas todas de golpe. Ya sabes cómo funciona, basta un trozo de papel y alguna vena más abierta que otra para quedarte absorta mirando el granulado de los tejidos adiposos que forman el quiste gris y maloliente de todo aquello que nunca te atreviste a decir. Empiezan a abrirse compuertas y notas como el nivel de aquel líquido frío y espeso escala desde el estómago hasta la cabeza, cubriendo todos los recodos que forman los entresijos de tu cuerpo, pero te mantienes quieta, como degustándolo. El número de litros que forman el ahogo es directamente proporcional al número de acordes tristes y elegidos que dispararán y detonarán municiones para hacer estallar los territorios marcados con una cruz negra. Y cuando cae la primera lágrima simulas sorprenderte, como si no hubieses estado preparándola, moldeando su contorno redondeado y dotándola de mil sentimientos salinos que más tarde reventarán en el precipicio de tus labios; como si no la necesitaras. Llegas al punto sin retorno de los pa(i)sajes del silencio, a la quebradura de huesos y el chasquido de los dedos. Al mundo de las sombras y los lugares oscuros que nunca quisiste destapar; las pendientes eternas y los tobillos rotos. Y escribes una y otra vez en la arena palabras que se desquebrajarán con el sudor de las olas, que engullirán las esperanzas y te cercenarán algún que otro dedo. Sólo queda rumiar pidiendo que no te trague la náusea y amanezcas antes de que te estrangulen las almohadas repletas e inundadas. Sólo queda esperar... la aparición de otra aldaba.