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CATALEJO LACADO
Acerca de
-"Tienes la cabeza en la luna" -"¡Qué va! La luna está dentro de mi cabeza"
Sindicación
 
Delirios (y dos)
Se sucedían los segundos sin agolparse entre cajones de fresón maduro y el amarillo chillón de los abrigos. Suelos pegajosos y engominados de sábados sin cerrar a la vuelta de la esquina; resacas en los lunes, perros de greda en los martes más oscuros y aún más fríos. De fondo sonabas tú. Un murmullo acompasado y ajustado al parpadeo de mis ojos inquietos, mientras los termómetros resbalaban en el descuido del quiebro de cintura en todas partes, menos en esas cajas. Se amontonaban apiladas sin orden aparente creando una estructura sólida y casi impenetrable, aunque nadie pudiera creerlo. Marrón reciclado. Olor a embalaje desgastado. Como un laberinto de cartón por el que perderse a la intemperie mientras alguien gritaba que la locura era de todos y los besos sólo nuestros. Embalajes de muebles y corazones de segunda mano con las esquinas dobladas por la humedad de los pasillos. Rincones en los que escondernos tirando de la hebilla de tu pantalón (de invierno). Como una fortaleza urbana y de callejón. Casi casi indecente. Sin pellizcos en los sueños ni verbos censurados a la hora de caminar. Un guiño, un alto en el camino, un punto y coma sin principio ni final.


 
Delirios

Hay cien cosas que nunca te he contado atadas a la puerta del bar, esperando nuestra salida muy a sabiendas de que nunca estamos; como que siempre intento alejarme de las multitudes por miedo a los cuerpos geométricos, las miradas llenas de vértices y los gestos obtusos. Que escondo y repliego hacia dentro de mí misma todo aquello que no tengo, por miedo a perderlo, o a no conseguirlo. Quizás por eso necesito respirar hondo, pensar dos, tres veces, cuál será el siguiente movimiento de nuestra partida de ajedrez eterna, qué estúpido momento será el adecuado para lanzar la moneda al aire y que no caiga de canto. Y es que, por si no lo sabes, nunca me queda claro el reparto de papeles, y tiendo a confundir el protagonista con ese actor secundario de una frase que aparece en el momento más inoportuno; por las luces, los sonidos o el decorado rococó, quién sabe. Hablamos de material frágil. De cien mil viajes con billete equivocado encima, sin saber en qué categoría encajo, y en una de éstas puede volcar el barco. Y hablo, casi sin ver, desde el fondo del armario donde nadie busca, donde se amontona siempre lo que no se sabe, donde el eco te responde a mala hostia y con tabaco negro. ¿crees que aquí pueden estar las palabras adecuadas?. Recuerda que a veces es un error tratar de sacar ventaja en situaciones desfavorables cuando uno pierde todos los partidos en el tiempo de descuento. Todo ésto mientras conservo un mapa de destrucción, un cajón con las noches más negras que se escapan de madrugada por no tener ni fondo ni cerrojo. Tan tan sucio. Tan tan feo. Aquí las raíces empiezan en el cuello. Y es que ser el reflejo de un millón de diminutas escenas que forman un collage surrealista y de orden caótico cuando sube la música y bajan las luces nunca pudo ser bueno. (pausa) Si ya lo decía mi abuela...


 
Hueco (I)







Sólo soy

la chica

que dibuja

círculos a medias

para que tú los cierres



 
DESATINOS SALADOS
Quizás sólo ella misma podía contar los helados de migrañas que le llovían de los bolsillos y era demasiado difícil buscar un encuentro en el que bajasen las luces y el cielo se quedase a un milímetro de su flequillo, en el que naciesen boletos premiados de entre las estanterías y las camas dejasen de ser tan sombrías. Quizás por eso era incapaz de escapar del volátil espacio donde permanecía la copia inexacta del camino zarrapastroso, desparramado por las paredes o hecho un canuto estampado de crucigramas, según el día y el momento. Con todos los bares a punto de cerrar, un beso menos y una manta a la cabeza de más. Mirándose al espejo para desconocerse recostada en el importunismo de las costuras. Pellizco al corazón en la hora maldita que toca patrullar la ciudad. Un barco en una botella y su guitarra partida en dos. Y después de todo sólo parece amanecer cuando reconstruye los trozos carbonizados que cayeron al suelo en un golpe seco y empolvado y los templa con la cabeza apoyada en el brasero, para olvidarlo por necesidad y empezar a morderse las uñas como nueva rutina adquirida. Y en lo que se estrellan dos preguntas más hasta morir aplastadas de perdición ella malgasta sus ojos, que se cuelgan del amarillo de las paredes junto con los pares perdidos que observan desde el techo, resguardándose de la búsqueda de algo que les es extrañamente lejano y mugiendo un silencio que les permita no ser vistos. Por miedo a las expediciones suicidas, a que todo truene de nuevo o a perder el último autobús, eso da igual. El caso es no verse en los espejos, ni en la lluvia llena de peces, ni en tus gafas oscuras y profundas. No verse ni sentirse. Ni ausente ni emigrada. Ni repatriada ni exiliada de los sótanos de debajo de la cama. Sólo oírlo, más cerca cuanto más de madrugada, el crash de las cristaleras que mueren contra los bordillos y revientan las terminaciones nerviosas. Oír los manantiales enturbiados de las líneas de la mano y el murmullo adormecido de las bahías y, sin embargo, no ser capaz de descubrir cómo reiniciarse entre sueños limpios y mimetizar los surcos que dejaron las noches durmiendo a pierna suelta. No ser capaz de averiguar la cantidad de detergente por cada cien vasos de lágrimas ácidas. No saber por qué el blanco volvía a deslumbrarla, las sábanas la impedían respirar y amanecía cada semana dejando de ser alguien. No ser capaz. De volver a inventarse y renovar el fondo de armario. De aceptar que en esta puta vida lo que ella quiere es rellenar sus rincones y las rosas tendrán siempre espinas.




 
Azul de metileno

Volvió a su bañera de olas como el que vuelve a su celda después de la hora del desayuno y las tostadas rancias. Aún guardaba con llave en el punto inexacto que une retina y garganta el color de la vereda del no, la cantidad exacta de pecado, incluso el tono adecuado de voz. Casi a la vez que subía la marea comenzaron a crecerla canciones de dudas entre los dedos que se volcaban y caían violentamente sobre el agua, haciendo círculos concéntricos e hipnotizando toda la bañera. Pronto se llenaría todo de grumos y sería imposible respirar, sin embargo permanecía inmóvil, haciendo pie mientras lloraba y lamentándose del tacto anciano de sus dedos arrugados. Comprendiendo que no comprendía nada mientras pasaban los días, los amaneceres y las camas deshechas. Mientras su olor seguía anidando en cada diente de su cremallera. Quieta. Porque allí era el único lugar donde podía mirarse los ojos tranquila, darlos la vuelta en un primer intento de introspección y desencajarlos de sus cuencas en un segundo. Clip. Clop. Enfrentarlos como dos amantes y que se mirasen tranquilos el uno al otro, buscándose y entendiéndose. Evaporándose para poder ser el contrario de gelatina. Una forma de evacuar las posibles palabras aún con vida, antes de que la fuerza centrífuga lanzase los verbos marchitos contra la pared de cemento y plastilina. Dirigiéndose al dolor en jarras, sin poder evitarlo, mientras clavaba las uñas en las pupilas llenas de cuentos de sus ojos, matándose en el transcurso de la vida media de una luciérnaga y desempolvando culpas como enciclopedias viejas. Demasiado a menudo hacía daño abrir los ojos cuando todo dejaba de ser cosa de niños y todo reptaba en el subsuelo donde morían machacados contra el olvido todos los relojes de cuerda. A pesar de todo o quizás por eso se desvanecía el movimiento violento y paralelo y sus labios comenzaron a tomar tintes violetas, congelados y petrificados como en sus peores tiempos mientras la maraña de lentes, objetos, papeles y pensamientos la hundía como un plomo hacía el fondo de la bañera para acabar, como tantas otras veces, engullida por el desagüe, empapada de cal en carne viva y con un par de ojos rebotando como canicas, nerviosos, por las baldosas del baño hasta la parte baja de la cama donde morirían llenos de pelusas y amoratados de preguntas sin respuesta.