Km 0
Nos acercamos hasta el borde mismo del escenario, donde los focos deslumbran y la tarima aún conserva su brillo, para saborear los cinco minutos antes del cierre de temporada, de los telones rojos, los aplausos y quemar nuestras máscaras en el jardín de la parte de atrás. Sonreíamos a contraluz, como un cosquilleo de margaritas creciendo en la solapa de tu abrigo, y es que ambos sabíamos que cuando todo empezó a suceder por primera vez en un instante sincronizado, sin contención, podríamos haber muerto como malos de la película o escondernos entre bambalinas por no entender nuestro papel ni saber en qué escena teníamos que entrar. Sin embargo, seguíamos bailando, girando sin mover los pies del suelo, y aquel hueco que reverberaba en las costillas se fue llenando como si fuera un molde artificial; me refiero a todo ésto que hacemos, esa forma de buscarnos, tus intentos de ver más allá de mis ojos, como si existiera alguna barrera que derribar. Me daba seguridad esa forma tan tuya de percibirme, la esperanza de detener el tiempo y que las puertas de embarque quedasen huérfanas del olor de tu pelo. Amaneceres con café sin churros en el que mojar las articulaciones hasta perder el tacto y mantener el contacto, los besos a medio pulmón, las guerras declaradas debajo del edredón. Resbalar(nos) entre las piernas, con paredes de chocolate y galletas. Jugar a definir el color de tus ojos. Caminar descalzos hundiéndonos en las fronteras difusas que enredan nuestra silueta. Contarnos algo que nunca haya ocurrido, inventarnos un pedacito de futuro incierto. Seguir en pie cuando suene la campana, dispuestos a soportar el último asalto, mientras tratamos de que, aleatoriamente, coincidan posición e instante. Que de ésto nadie sea capaz de capturar el momento exacto, la fotografía perfecta, que muera el encuadre y se funda la luz necesaria.
No hace falta.
No nos hace falta.
El telón nos cierra en la cara,
y empieza a no ser un error decidir
que éste es el Km 0,
que aquí es donde comienza de nuevo el camino.
No hace falta.
No nos hace falta.
El telón nos cierra en la cara,
y empieza a no ser un error decidir
que éste es el Km 0,
que aquí es donde comienza de nuevo el camino.
(...)

Sólo tú sabes lo que escondo en la mano izquierda.
Que escribo por poros, por piel, por pupila.
“Escrispirarte” toda la noche, sin remedio.
Pasar el trapo por el cielo y borrar de un plumazo las nubes.
Corro. Patino. Te busco.
Toda la vida.
Seguir tu olor en las aceras. Con migas de pan.
Volverte a “escrispirar”
Empapelar las paredes con las letras tartamudas de tu nombre.
Acurrucarnos entre cajas de fresón maduro
y que te enredes como un pez en mi goma del pelo.
Respirarnos. Tierra mojada. Mordernos sin vacunas ni venenos.
Volvernos a morder, lento.
Dejarnos de hacer guardia en el contestador. Colgarnos del segundero.
Dolernos como verdades en todo el cuerpo.
Tener la certeza de que no volamos solos al dormir.
Y aquí tengo un lunar, y aquí escondidos otros cuántos.
Huir de los caminos equivocados.
Bésame ya.
Remodelar la tabla de prioridades para después romperla.
Muerde.
Inventarnos formas para abrazarnos
y descubrir que desde ahora
ya no habrá espacio entre nuestros dedos.
Y a partir de ahí,
volver a “escrispirarnos” de nuevo.
De humo
Como un temblor o un punteo en tus tendones desnudos. Tienes las ganas descalzas y te das cuenta de que te has vuelto a acostar sin bragas y te cuelga un zapato del dedo gordo del pie. La punta del tacón está machacada de recorrer ciudades llenas de adoquines, y es que siempre fuiste peregrina de los bares y las camas ajenas. Le sabía la boca a tabaco y a semen, su sangre, fría y amarga, se convierte en sorbete de limón en un amanecer de resaca, con copas de más diluviando en su almohada. Olía a borracho, a sudor ajeno, a carne, y había perdido la noción de todos sus puntos vitales. Le pesaban las piernas y le zumbaba la cabeza. Ni siquiera ella sabía si se había ido o había vuelto de muy lejos. La niebla era la misma que ayer y las manzanas de caramelo habían dejado de devolverle a su infancia. Cómo para no desconfiar del gotéele que araña, del frío, de las nubes que escarchan o del negro de las paredes. Mala suerte. Es tan elegante y combina con tantos colores que es difícil pensar que es un adversario decente.
Nadie está

Quizás me esté oxidando un poco. Yo también lo sé. Últimamente me disgusta la gente y eso no es más que cosa mía conmigo misma. Es la humedad y el exceso corredores de apuestas libreta en mano que creen demasiado en sí mismos. Es más honesta la gente que carga de dudas, que arrastran sacos de piedras y te esculpen estatuas de ideas absurdas. Que se incomodan por cosas que nunca nadie entenderá y se les pierden, de los bolsillos llenos de ilusiones, las ilusiones llenas de bolsillos. Igual es un poco de autodefensa. Últimamente me fatigan las promesas y notar que estamos tristes, muy tristes, como una cajita de cerillas. Todo es tan raro como ésto.





