Punto de fuga
Me quedé sin llaves tantas veces que tuve que inventar nuevos hogares. Entre piedra y escalón trataba de escapar de las cadenas de montaje, las manchas, los frascos, los precintos y siempre busqué moverme al ritmo de la música sin conseguirlo. Siempre preferí el latir acelerado y arrítmico que me provoca tu cuerpo al tictac de los relojes atómicos. Siempre sobre el alambre y sin mudar la piel, unas veces acelerando, tropezando y tejiendo traspiés, otras a punto de detenerme y dejar muertos los brazos, los labios, la piel. Sólo intentaba cantarte una canción, sin embargo era como aquella niña con pijama de franela que una y otra vez se asomaba a la ventana para ver cómo la nieve volvía a cubrirlo todo. No pretendo romper la baraja y llevarme los trozos, pero el día que me atreva a lanzarte un órdago yo ya no estaré. Tengo un único escaparate y guardo los artículos de lujo en el almacén. Por eso, a veces, notas un temblor, un reflejo oscuro, un abismo que no comprendes, la retina demasiado brumosa que sólo representa un instante nublado en una noche de verano. Podría demostrarte más heridas de guerra de las que ves; siguen sin ser demasiadas y seguramente tú tienes más; asumo que cada uno decide a qué velocidad andar, siempre y cuando no lleve a alguien de la mano. Sigo en la ventana, con 40º a la sombra no tardará en derretirse la nieve.
Cabezabajo
Se me escapan del calendario los cuentos, las avenidas, las postales. Se dio la vuelta. Se constipó con el viento, y ya no supe encajar en café sin tostadas adornando la despedida. Nada es lo que era. Por suerte y por desgracia. A mí se me olvida escribir y ni siquiera se entera mi mano izquierda. En momentos negros y oscuros siempre nacen falsos poetas, me digo. Afortunadamente el futuro no existe, y si lo hace, no es más que un hueco a la espera de los hastamañanasidiosquiere. El futuro es hueco, y el vacío es versátil. Puedes pintarlo, llenarlo, musicalizarlo, atiborrarlo hasta que colme por los bordes o le fuerce a expandir todos sus límites. Rellenarlo de lo que quieras. De lo que quiera dejarse. Así, minuto a minuto, nos dedicamos a engrosar momentos en una vida tan tragicomedia y tan implaneable que nos sostiene con grilletes a lo que ya hemos vivido o a lo que nos quedará por vivir. Y a mí, que nunca me gustó la esclavitud –ni siquiera de las ideas- me hace forzarme hasta desfibrar uno a uno los huesos, sin conseguirlo. Mis campos de minas siempre están debidamente señalizados para no saltarme ni una.No, nunca se tienden manos en los hemiciclos políticos. Cualquier intento de abrir de par en par los balcones, sacudir el polvo y tender mis miedos al sol se convierte en tropiezos y roturas de copas de ron. Cualquier intento de proyectarlos significa desviar esfuerzos hacia la manufacturación de estrategias fracasadas, inútiles y, en algunos casos, innecesarias. Próxima parada a la encrucijada de un camino dibujado con el pulso incierto de las motivaciones arrítmicas y discontinuas. Por eso no valen las promesas, las agendas llenas de verbos en futuro, porque uno no sabe cómo va a seguir reaccionando ni qué va a hacer de comida mañana. La realidad espera tras la puerta para sorprenderte. O para partirte a hostias, según le de. Esa es la gracia, que nunca sabes qué va a ser lo próximo. No vale improvisar. No depende de ti. No dependes de ti. Somos turistas en una vida de audioguías, consuelo y puñal.
Y no. Yo tampoco entiendo nada.





