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CATALEJO LACADO
Acerca de
-"Tienes la cabeza en la luna" -"¡Qué va! La luna está dentro de mi cabeza"
Sindicación
 
In arms


Siéntate.
Tú.
Perdóname.
Hablemos.



Aquí dejo la máscara. Mi orgullo. Mi fortaleza. Escóndela en algún rincón, en el revistero o entre las revistas guarras del último cajón. ¿Para qué cargar con ella? Sentirse invulnerable, deslenguada y altanera no es más que una estúpida soberbia. Aunque deje pasar los nudos una, dos semanas, son engaños, huídas desacompasadas. Un ritual vacío y sin sentido, cargado apenas con el espeso aroma del estupor y el sabor de monedas sucias en la boca. Basta de tristezas ñoñas, de mis tardes, de los silencios, la ceguera. Rabia y vacío en el estómago. De violines, abismos y pieles lechosas. De celos en arrogante retrospectiva. Cien litros no valen para ahogar las ganas de gritar. Cien litros y desgañitarse entre sollozos. Cien litros de agua hirviendo no bastan para desinfectar. Quizás sólo nos quede bailar en la oscuridad del salón bañados en la rabia y zapatear sobre los ecos de todo aquello que pueda destruirnos. Sí. Aunque ambos seamos arrítmicos.



 
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El mar se mantiene distante como un estúpido charco que no parte. Vive prisionero, no puede huir a ningún lado, ni morir, ni desquebrajarse. El mar se parte contra la roca y no encuentra tus pies ni tus pantorrillas, sólo algún pescador aburrido tirando piedrecitas en el aljibe. Sueño con viajar en motocicletas rojas por caminos polvorientos. Quizás empiece a cumplirse en el momento en que salude a personas que no conozco. El mar. Algo le hace querer escaparse por las rendijas, llamándote. Ataca a las rocas, inunda la arena, amenaza con entrar en casa y destruirlo todo. El mar quiere huir, y yo (exhausta), me convierto en piedra donde rompe, sin quejarme ni oponer resistencia, aunque no puedo evitar sentir miedo. Se aleja y la roca seca el corazón de los pájaros. Las parejas corren a encontrarse, yo alcanzo a saludar con la mano. La aguja canta en segundos. Siento que escurre por mis piernas algo caliente y forma un charco mojando mis pies descalzos, mientras el corazón se me pone frío como aliento de esquimal.