In arms
Siéntate.
Tú.
Perdóname.
Hablemos.
Aquí dejo la máscara. Mi orgullo. Mi fortaleza. Escóndela en algún rincón, en el revistero o entre las revistas guarras del último cajón. ¿Para qué cargar con ella? Sentirse invulnerable, deslenguada y altanera no es más que una estúpida soberbia. Aunque deje pasar los nudos una, dos semanas, son engaños, huídas desacompasadas. Un ritual vacío y sin sentido, cargado apenas con el espeso aroma del estupor y el sabor de monedas sucias en la boca. Basta de tristezas ñoñas, de mis tardes, de los silencios, la ceguera. Rabia y vacío en el estómago. De violines, abismos y pieles lechosas. De celos en arrogante retrospectiva. Cien litros no valen para ahogar las ganas de gritar. Cien litros y desgañitarse entre sollozos. Cien litros de agua hirviendo no bastan para desinfectar. Quizás sólo nos quede bailar en la oscuridad del salón bañados en la rabia y zapatear sobre los ecos de todo aquello que pueda destruirnos. Sí. Aunque ambos seamos arrítmicos.
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El mar se mantiene distante como un estúpido charco que no parte. Vive prisionero, no puede huir a ningún lado, ni morir, ni desquebrajarse. El mar se parte contra la roca y no encuentra tus pies ni tus pantorrillas, sólo algún pescador aburrido tirando piedrecitas en el aljibe. Sueño con viajar en motocicletas rojas por caminos polvorientos. Quizás empiece a cumplirse en el momento en que salude a personas que no conozco. El mar. Algo le hace querer escaparse por las rendijas, llamándote. Ataca a las rocas, inunda la arena, amenaza con entrar en casa y destruirlo todo. El mar quiere huir, y yo (exhausta), me convierto en piedra donde rompe, sin quejarme ni oponer resistencia, aunque no puedo evitar sentir miedo. Se aleja y la roca seca el corazón de los pájaros. Las parejas corren a encontrarse, yo alcanzo a saludar con la mano. La aguja canta en segundos. Siento que escurre por mis piernas algo caliente y forma un charco mojando mis pies descalzos, mientras el corazón se me pone frío como aliento de esquimal.





