DESATINOS SALADOS
Quizás sólo ella misma podía contar los helados de migrañas que le llovían de los bolsillos y era demasiado difícil buscar un encuentro en el que bajasen las luces y el cielo se quedase a un milímetro de su flequillo, en el que naciesen boletos premiados de entre las estanterías y las camas dejasen de ser tan sombrías. Quizás por eso era incapaz de escapar del volátil espacio donde permanecía la copia inexacta del camino zarrapastroso, desparramado por las paredes o hecho un canuto estampado de crucigramas, según el día y el momento. Con todos los bares a punto de cerrar, un beso menos y una manta a la cabeza de más. Mirándose al espejo para desconocerse recostada en el importunismo de las costuras. Pellizco al corazón en la hora maldita que toca patrullar la ciudad. Un barco en una botella y su guitarra partida en dos. Y después de todo sólo parece amanecer cuando reconstruye los trozos carbonizados que cayeron al suelo en un golpe seco y empolvado y los templa con la cabeza apoyada en el brasero, para olvidarlo por necesidad y empezar a morderse las uñas como nueva rutina adquirida. Y en lo que se estrellan dos preguntas más hasta morir aplastadas de perdición ella malgasta sus ojos, que se cuelgan del amarillo de las paredes junto con los pares perdidos que observan desde el techo, resguardándose de la búsqueda de algo que les es extrañamente lejano y mugiendo un silencio que les permita no ser vistos. Por miedo a las expediciones suicidas, a que todo truene de nuevo o a perder el último autobús, eso da igual. El caso es no verse en los espejos, ni en la lluvia llena de peces, ni en tus gafas oscuras y profundas. No verse ni sentirse. Ni ausente ni emigrada. Ni repatriada ni exiliada de los sótanos de debajo de la cama. Sólo oírlo, más cerca cuanto más de madrugada, el crash de las cristaleras que mueren contra los bordillos y revientan las terminaciones nerviosas. Oír los manantiales enturbiados de las líneas de la mano y el murmullo adormecido de las bahías y, sin embargo, no ser capaz de descubrir cómo reiniciarse entre sueños limpios y mimetizar los surcos que dejaron las noches durmiendo a pierna suelta. No ser capaz de averiguar la cantidad de detergente por cada cien vasos de lágrimas ácidas. No saber por qué el blanco volvía a deslumbrarla, las sábanas la impedían respirar y amanecía cada semana dejando de ser alguien. No ser capaz. De volver a inventarse y renovar el fondo de armario. De aceptar que en esta puta vida lo que ella quiere es rellenar sus rincones y las rosas tendrán siempre espinas.
Comentario:
aii
cuánta concentración extrema
espero q las espinas hagan herida superficial.
besito!
cuánta concentración extrema
espero q las espinas hagan herida superficial.
besito!
Comentario:
"Por miedo a las expediciones suicidas, a que todo truene de nuevo o a perder el último autobús, eso da igual."
Mátame.