El nuevo blog se llama "A veces no soy tan miope", y espero poner en él más dedicación que en éste.

Durante el viaje, el padre de Laura nos contó levemente algunas cosas de su difunto primo, un hombre serio, estricto, amargado y antipático, según sus palabras.
En el velatorio yo no conocía a nadie, así que he fijado mi atención en las dos mujeres que recibían todos los pésames: la viuda y la hija.
A lo largo de toda la vida, habían servido con absoluta dedicación al marido y padre. Me imaginaba a la pobre viuda sin salir jamás del pequeño pueblo en el que nació, creció, se casó, parió y educó a su única hija. Preparando las cosas del marido, planchando sus camisas, guisando con devoción, hasta le pelaba y troceaba la fruta. Manteniendo, en fin, una casa en la que nunca se atrevió a entrar una mota de polvo.
Y la hija, hoy ya con los cuarenta más que cumplidos, a la que el padre prohibió estudiar en la capital porque su función era casarse y tener hijos. Sin embargo, ningún pretendiente fue del agrado del amargado padre, arruinando de esa manera la vida de la hija, que finalmente se dedicó a ayudar a su madre en las tareas domésticas.
Observando abstraído a las dos mujeres me ha parecido percibir una sonrisa y un brillo especial en unos ojos secos, que no han dejado escapar una sola lágrima y que se han unido en una mirada cómplice.
Nadie les ha preguntado de qué murió el hombre.
Su familia dice que Laura heredó de su bisabuela Dolorcitas su mal genio, su sonrisa y una caja de recuerdos.

Laura tuvo la suerte de conocer a su bisabuela. La recuerda siempre sentada cosiendo junto a la ventana, echándose de vez en cuando una cabezadita sin llegar a dormirse del todo. Y me cuenta que se imagina a su bisabuela Dolorcitas, siendo joven, sentada en la misma silla, delante de la misma máquina, con la misma costura entre sus manos.
Heredó de ella una caja de latón. En varias ocasiones, cuando nos quedamos demasiado solos Laura y yo, hemos revisado esa caja.
Habría que decir primero que doña Dolorcitas se quedó viuda en el 36, antes de que empezara la guerra, y que por tanto vivió aquel terrible acontecimiento recién enviudada y con dos hijas de once y siete años. Se dedicó a coser y murió, casi centenaria, cosiendo. No llegué a tiempo para conocerla personalmente.
Pero su caja de latón nos permite viajar por los mundos posibles. Porque en ella se encierran recortes de periódicos, cartas y fotografías. Todo ello tiene una característica común: empiezan en 1945 y terminan en 1957. Doce años de recuerdos. Postales de viejas amistades que tuvieron que marcharse de España, cartas de parientes que comunicaban acontecimientos felices o luctuosos, fotografías de sus hijas, y hasta alguna de su nieta, la madre de Laura. Recortes de periódicos: recetas de cocina, acontecimientos sociales muy lejanos... En la caja de latón también hay tres botones dorados.
Todos estos elementos están perfectamente ordenados. Laura y yo los hemos revisado varias veces, hasta el punto de poder recitar de memoria alguna de aquellas entrañables postales del exilio. Se diría que es como si doña Dolorcitas hubiera ido guardando toda su vida, que luego serían maravillosos recuerdos, en aquella caja de latón.
Es lo que nos obsesiona a Laura y a mí: ¿por qué todo ese mundo termina de golpe el 25 de septiembre de 1957?. El último recorte de prensa tiene esa fecha. La última carta, la última postal, la última fotografía, no la alcanzan.
Desde aquel día hasta su fallecimiento, cuarenta años después, doña Dolorcitas no guardó nada más en su caja de latón.
Acudir todos los días al mismo café y a la misma hora supone encontrarte también con las mismas personas, aunque no siempre repare uno en ellas.

Desde hace un tiempo vengo observando a una señora de mediana edad, siempre sola, que se sienta en un rincón junto al ventanal. Toma un café cortado y una copa de ginebra, y entre sus manos tiene un libro que lee lentamente, pasa una página, mira a la calle, mira a la gente de la cafetería, sin mucho interés, y vuelve a la lectura. Cuando yo llego ella ya está, y cuando me marcho continúa en su sitio, dando leves sorbitos a su copa.
Lo que he observado últimamente es que el libro es siempre el mismo. Tenía curiosidad por saber de qué libro se trataba, pero no me atrevía a acercarme a ella e interrumpir su digna y plácida soledad. Ese interés mío llegó a convertirse en una obsesión, hasta el punto de no quitar los ojos de sus manos para ver si, en un movimiento esperado, lograba distinguir el título.
Ayer, por primera vez en todo este tiempo, la mujer se levantó para ir al aseo. Jamás la había visto abandonar su sitio. Dudé un instante, me lo pensé un momento: era mi oportunidad. Me levanté, me mordí una uña, me giré, me volví a sentar, volví a levantarme. Finalmente, aproveché la circunstancia para, rápidamente, acercarme a su mesa y dar la vuelta al libro.
Debajo de él había una nota:
Leo siempre el mismo libro porque, desde que lo leí la primera vez, creo que ya nadie puede escribir nada más hermoso.
Oí la puerta del lavabo y volví precipitadamente a mi sitio. Se sentó, tomó la nota que ella misma había escrito y, arrugándola, la depositó sobre un cenicero, abrió su libro y continuó leyendo.
Yo me miraba en el espejo que está junto a la máquina del tabaco, y sonreía moviendo la cabeza llamándome inútil cotilla. Con las prisas no pude leer el título del libro.
Por el rabillo del ojo pude ver, también por vez primera, una sonrisa en el rostro de la mujer.
No es que tenga miedo de las leyendas de los pueblos. Casi todos las tienen, y finalmente son historias que, contadas de generación en generación, han ido adornándose de detalles muy poco creíbles.
En el pueblo donde vive Laura no existe oficialmente ninguna leyenda. Lo que existe es un silencio sepulcral y unas miradas cómplices cuando nombras el murete del Raculán.

El murete del Raculán es un pequeño muro, semiderruido, junto al camino de San Cosme y no muy apartado del río. Los que no somos del pueblo solemos nombrarlo en algún bar o en alguna tienda sólo para observar, comprobar y corroborar que se produce ese silencio y esas miradas. Y ese cambiar de tema rápidamente. En alguna ocasión hemos comprobado como los gatos o los perros se alejan de ese lugar, mirándolo de reojo o agachando el hocico. Incluso hemos llegado a echar a un gato hacia el muro y ha salido despavorido, como poseído, en dirección contraria.
Hemos sacado el tema cuando hemos visto a un grupo de niños jugando en la calle. Se miran y se van corriendo.
Podríamos afirmar que a los niños simplemente se les ha dicho que no hablen del tema, y menos con forasteros. Y estamos convencidos de que cuando llegan a una edad determinada (probablemente cuando deben abandonar el pueblo para ir al instituto) les cuentan el secreto del murete del Raculán. Un secreto transmitido en alguna ceremonia de iniciación en la que no tienen cabida los extraños.
Por eso no quiero vivir en el pueblo donde vive Laura. No porque me dé miedo el murete del Raculán, sino porque no están dispuestos a compartir conmigo el secreto.
Entiéndanme. No quiero que se piense que soy un gruñón amargado. Me agrada que vengan los amigos a cenar a casa y me gusta mucho ser yo quien les prepare la cena. El sábado pasado volvieron a hacerlo: vinieron.

Televisaban el Barça - Athletic, "podríamos comprarlo y verlo en tu casa". No me gusta el fútbol. Eso me pasa por tener el cable. A Laura, en cambio, le entusiasma. Naturalmente, le propuse que yo haría la cena mientras ellos disfrutaban del partido.
Así que entre sus uys, ays, y "tráeme otra cervecita, pringaíllo", el pringaíllo fue friendo unas croquetas de jamón que dejé listas por la mañana, y las sacaba calentitas, recién hechas, preguntando "¿cómo están?".
- 1-0, gana el Barça.
- Digo las croquetas.
-¡Ah! acabándose. A ver si vas trayendo otra remesa.
Hice un par de tortillas de patata y preparé una ensalada. Saqué embutido y laterío.
- Anda que te has descoñao preparando la cena.
¿Ves? Te pasas toda la mañana preparando unas croquetas que están a punto de ser santificadas, porque son divinas, y luego te critican porque abres un par de latas de mejillones, de berberechos y de aceitunas.
Para el café tuvimos que esperar a que acabara el partido, porque eso es cosa de Laura. Luis y Clara quisieron ayudarme a fregar los cacharros y recoger la cocina, pero yo, como soy imbécil, les dije que no, que mañana yo me apaño en un rato.
Dos botellas vacías de pacharán, otra de licor de hierbas, otra de ginebra y doscientas mil latas de cocacola se amontonaban junto al cubo de la basura cuando me levanté el domingo. Laura me ayudó con todo y, dándome un beso, me dijo que se iba a descansar a su casa, que quería dormir... que quería dormir más, mucho más. El domingo estuvo despierta cuarenta minutos. El Barça había ganado.
-Te llamaré.
Miré mi puzzle terminado y pensé que era bonito que lo hubiera empezado yo y terminado ella. Era de los dos... Era, porque ya no es.
Laura llegó puntualmente el jueves a las 18.48. Naturalmente el mérito no fue de ella, sino del AVE. En realidad sólo es puntual cuando vuelve de viaje en tren.

Como ha tenido que estar fuera más tiempo del previsto en un principio, le han dado fiesta hasta el lunes. Pero ha decidido quedarse en mi casa, para descansar, me dijo.
¿Y qué va a hacer Laura un viernes por la mañana, ya descansada y sola en casa? ¿Limpiar los azulejos de la cocina? ¿Terminar de una vez Cabo Trafalgar? ¿Leerse enterita Ana Karenina? ¿Decidirse a volver a pintar? ¿Prepararme una paella de las que ella sabe hacer, aunque estemos entre semana?
No. Laura no puede ver sobre una mesa un puzzle sin terminar. Y lo ha hecho. Yo, hasta cierto punto, podría haber estado de acuerdo con Hada Cautiva cuando en su post me decía que sería hermoso que lo termináramos juntos (Laura y yo, claro). Vale: juntos, pero no ella sola. No me gusta que toque mis cosas. Mis cosas materiales, quiero decir, ...las externas al cuerpo.
- Es que me aburría -me ha dicho cuando ha visto mi cara de disgusto.
Y ha añadido, con esa carita suya:
- ...Sin ti.
Falsa. ¡Pero si vive en el campo (a 30 km.) porque dice que en la ciudad no puede descansar! Vale que no limpiara los azulejos de la cocina. Labor tan desagradable hay que hacerla entre dos y una botellita de cava. Puede entenderse que se le haya atascado la novela de Pérez-Reverte o que no se encuentre con ánimos de empezar Ana Karenina. Me cuesta más entender por qué ya no quiere pintar. Bueno.
¡Pero esa paella!

¡Qué estrechas son las calles a esas horas, y qué lejos vivo!.
Caminar con frío te ayuda a pensar fríamente. Por ejemplo: ¿qué demonios hago yo con el maldito puzzle de Van Gogh, si tengo más de un libro sobre la mesilla, esperándome pacífica y tiernamente? Lo tiraré por la ventana y dejaré que el viento esparza las insoportables piececillas por todo el barrio. ¡Dios mío, son tantas que seguro es noticia mañana en el periódico!. La plaga del nuevo milenio: lluvia de puzzles en la ciudad. Me dará igual.
Pensé en el post que Hada Cautiva ha escrito y he vuelto a recordar a Pablo. Quizás mi comentario dejó la idea de que Pablo era un tipo fracasado. Dudar si es feliz no significa afirmar que es desgraciado. De hecho, es un buen profesional, profesor de instituto; vocacional hasta la médula, disfruta todavía con su trabajo. Y doy fe de que, en general, es respetado por sus alumnos y querido por sus compañeros. En ese sentido, la verdad es que es un triunfador. Y en muchos aspectos, lo admiro.
¿Soy yo más feliz que Pablo?
Las calles, tan silenciosas a esas horas, te preguntan: ¿Qué es necesario para ser feliz? Salud, dinero y amor. Y el que tenga esas tres cosas, que le dé gracias a Dios. Alma para conquistarte, corazón para quererte, y vida para vivirla junto a ti.
En estas cosas pensaba, tropezando con cada sombra que las farolas proyectaban sobre la acera... ¿o iba por la calzada?
¿Y si Laura se viniera definitivamente a vivir conmigo? Perdería una parte de mi independencia, pero, a fin de cuentas, ella ya pasa más tiempo en mi casa que en la suya. Si tú me dices ven, lo dejo todo. Esa es la prueba final: ¿sería (yo) capaz de dejarlo todo por ella?
Si negaras mi presencia en tu vivir
bastaría con abrazarte y conversar
tanta vida yo te di
que por fuerza tienes ya, sabor a mí.
Claramente, debería haber tomado un taxi.
Por no hablar de la resaca del domingo.
A primera hora me ha llamado Laura para comunicarme que no podrá regresar hasta el jueves. Se han complicado algunas cosas de su trabajo.

Como no está ella, no tenemos que cumplir con el rito semanal de hacer una visita al Alcampo y llenar el carro de agua, leche, vino, cerveza, pacharán y algo para comer. No salgo de casa y decido atacar al puzzle, que se me está resistiendo. Me quedan tres partes de La habitación de Van Gogh: el suelo, la cama y las paredes, o sea, todo. Tres montoncitos: grises, ocres, azules. Decenas, centenares, millares, millones de piececitas del mismo color. Sin embargo, no hay dos iguales. Los ojos se acostumbran a diferenciar la mínima diferencia de tonalidad.
Y, de repente, hago un descubrimiento que me parece extraordinario para avanzar: las piezas del puzzle tienen sexo, macho y hembra. De modo que ahora tengo seis montoncitos: dos sexos por cada uno de los tres colores.
Las dejo sobre la mesa, preparadas para más tarde, como si pretendiera mantenerlas en maceración. O para que vayan conociéndose y, tal vez, intimando. Puedo dedicar la mañana a leer plácidamente el periódico.
Intento ver el lado positivo del asunto: se me ha concedido una prórroga de tres días para terminar el puzzle y no tendré que cambiar las sábanas hasta el miércoles.
Pablo me daba clases de repaso cuando yo estaba en E.G.B. Sí, se me atascaban las matemáticas. Gracias a él saqué el graduado, pude seguir estudiando y, sobre todo, gané confianza en mí mismo. Yo era un crío, pero sentía que me hablaba y me trataba como a un igual. Alto, muy alto, delgado, pensativo, distraído y tímido. Él siempre dice que nació soltero, feo y cuarentón. Las mujeres a las que ama nunca lo amaron, y la única que le amó no pudo ser correspondida: "Era una mujer extraordinaria, suele decir, pero le faltaba pasión". Acaba de cumplir los cuarenta y ocho y seguimos siendo amigos.

Sobre las ocho de la tarde, desde hace muchos años, acude siempre al mismo bar. Allí se acoda a la barra para hablar con la camarera y, a veces, se sienta en una mesa para leer un libro, hojear el periódico, escuchar la música de fondo, pensar y fumar, fumar, fumar, fiel a su Ducados desde que tenía quince años. En ocasiones juega una partida al billar con algún otro solitario, y nunca le ha importado ganar o perder.
Cuando he acudido al bar lo he encontrado sentado en una mesa, leyendo un libro, más cuarentón que nunca con aquellas gafas que yo nunca había visto.
Se ha alegrado al verme, aunque en su mirada y en su sonrisa hay un permanente puntito de amargura. Mientras jugamos una partida de billar, me cuenta que su vida sigue como siempre ("cada vez más soltero, más feo y casi cincuentón"), y prefiere que le hable de mí, de Laura... Bebe cerveza tras cerveza. Y fuma, fuma mucho, procurando que el humo no me llegue a la cara, pues recuerda que dejé el tabaco hace catorce meses. Al cabo de un rato pierde su típica timidez, se anima y empieza a hablarme de sus cosas, de su trabajo, de sus lecturas, de sus proyectos. Siempre moderadamente optimista.
Muchas veces me pregunto si es feliz. Qué curioso, después de tantos años de buena amistad, nunca le he hecho esa pregunta. Yo siempre he tenido la duda, y jamás me he atrevido a preguntárselo. Temo que me diga que no. Pero más temo que me mienta y me diga que sí.

