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Y en ésas estamos...
Me dicen que el perro es el mejor amigo del hombre... ¡Y me lo dicen mis amigos! ¿Deberé reconsiderar también la calidad de mis amistades? ¡Claro que no! No pretendo divertir a nadie con estas historias. Me conformo con pasar un rato agradable escribiéndolas.
Sindicación
 
La bisabuela Dolorcitas

Su familia dice que Laura heredó de su bisabuela Dolorcitas su mal genio, su sonrisa y una caja de recuerdos.

Laura tuvo la suerte de conocer a su bisabuela. La recuerda siempre sentada cosiendo junto a la ventana, echándose de vez en cuando una cabezadita sin llegar a dormirse del todo. Y me cuenta que se imagina a su bisabuela Dolorcitas, siendo joven, sentada en la misma silla, delante de la misma máquina, con la misma costura entre sus manos.

Heredó de ella una caja de latón. En varias ocasiones, cuando nos quedamos demasiado solos Laura y yo, hemos revisado esa caja.

Habría que decir primero que doña Dolorcitas se quedó viuda en el 36, antes de que empezara la guerra, y que por tanto vivió aquel terrible acontecimiento recién enviudada y con dos hijas de once y siete años. Se dedicó a coser y murió, casi centenaria, cosiendo. No llegué a tiempo para conocerla personalmente.

Pero su caja de latón nos permite viajar por los mundos posibles. Porque en ella se encierran recortes de periódicos, cartas y fotografías. Todo ello tiene una característica común: empiezan en 1945 y terminan en 1957. Doce años de recuerdos. Postales de viejas amistades que tuvieron que marcharse de España, cartas de parientes que comunicaban acontecimientos felices o luctuosos, fotografías de sus hijas, y hasta alguna de su nieta, la madre de Laura. Recortes de periódicos: recetas de cocina, acontecimientos sociales muy lejanos... En la caja de latón también hay tres botones dorados.

Todos estos elementos están perfectamente ordenados. Laura y yo los hemos revisado varias veces, hasta el punto de poder recitar de memoria alguna de aquellas entrañables postales del exilio. Se diría que es como si doña Dolorcitas hubiera ido guardando toda su vida, que luego serían maravillosos recuerdos, en aquella caja de latón.

Es lo que nos obsesiona a Laura y a mí: ¿por qué todo ese mundo termina de golpe el 25 de septiembre de 1957?. El último recorte de prensa tiene esa fecha. La última carta, la última postal, la última fotografía, no la alcanzan.

Desde aquel día hasta su fallecimiento, cuarenta años después, doña Dolorcitas no guardó nada más en su caja de latón.

 
La mujer del café

Acudir todos los días al mismo café y a la misma hora supone encontrarte también con las mismas personas, aunque no siempre repare uno en ellas.

Desde hace un tiempo vengo observando a una señora de mediana edad, siempre sola, que se sienta en un rincón junto al ventanal. Toma un café cortado y una copa de ginebra, y entre sus manos tiene un libro que lee lentamente, pasa una página, mira a la calle, mira a la gente de la cafetería, sin mucho interés, y vuelve a la lectura. Cuando yo llego ella ya está, y cuando me marcho continúa en su sitio, dando leves sorbitos a su copa.

Lo que he observado últimamente es que el libro es siempre el mismo. Tenía curiosidad por saber de qué libro se trataba, pero no me atrevía a acercarme a ella e interrumpir su digna y plácida soledad. Ese interés mío llegó a convertirse en una obsesión, hasta el punto de no quitar los ojos de sus manos para ver si, en un movimiento esperado, lograba distinguir el título.

Ayer, por primera vez en todo este tiempo, la mujer se levantó para ir al aseo. Jamás la había visto abandonar su sitio. Dudé un instante, me lo pensé un momento: era mi oportunidad. Me levanté, me mordí una uña, me giré, me volví a sentar, volví a levantarme. Finalmente, aproveché la circunstancia para, rápidamente, acercarme a su mesa y dar la vuelta al libro.


Debajo de él había una nota:

Leo siempre el mismo libro porque, desde que lo leí la primera vez, creo que ya nadie puede escribir nada más hermoso.


Oí la puerta del lavabo y volví precipitadamente a mi sitio. Se sentó, tomó la nota que ella misma había escrito y, arrugándola, la depositó sobre un cenicero, abrió su libro y continuó leyendo.

Yo me miraba en el espejo que está junto a la máquina del tabaco, y sonreía moviendo la cabeza llamándome inútil cotilla. Con las prisas no pude leer el título del libro.

Por el rabillo del ojo pude ver, también por vez primera, una sonrisa en el rostro de la mujer.

 
El murete del Raculán

No es que tenga miedo de las leyendas de los pueblos. Casi todos las tienen, y finalmente son historias que, contadas de generación en generación, han ido adornándose de detalles muy poco creíbles.

En el pueblo donde vive Laura no existe oficialmente ninguna leyenda. Lo que existe es un silencio sepulcral y unas miradas cómplices cuando nombras el murete del Raculán.

El murete del Raculán es un pequeño muro, semiderruido, junto al camino de San Cosme y no muy apartado del río. Los que no somos del pueblo solemos nombrarlo en algún bar o en alguna tienda sólo para observar, comprobar y corroborar que se produce ese silencio y esas miradas. Y ese cambiar de tema rápidamente. En alguna ocasión hemos comprobado como los gatos o los perros se alejan de ese lugar, mirándolo de reojo o agachando el hocico. Incluso hemos llegado a echar a un gato hacia el muro y ha salido despavorido, como poseído, en dirección contraria.

Hemos sacado el tema cuando hemos visto a un grupo de niños jugando en la calle. Se miran y se van corriendo.

Podríamos afirmar que a los niños simplemente se les ha dicho que no hablen del tema, y menos con forasteros. Y estamos convencidos de que cuando llegan a una edad determinada (probablemente cuando deben abandonar el pueblo para ir al instituto) les cuentan el secreto del murete del Raculán. Un secreto transmitido en alguna ceremonia de iniciación en la que no tienen cabida los extraños.

Por eso no quiero vivir en el pueblo donde vive Laura. No porque me dé miedo el murete del Raculán, sino porque no están dispuestos a compartir conmigo el secreto.

 
Noches del sábado

Entiéndanme. No quiero que se piense que soy un gruñón amargado. Me agrada que vengan los amigos a cenar a casa y me gusta mucho ser yo quien les prepare la cena. El sábado pasado volvieron a hacerlo: vinieron.

Televisaban el Barça - Athletic, "podríamos comprarlo y verlo en tu casa". No me gusta el fútbol. Eso me pasa por tener el cable. A Laura, en cambio, le entusiasma. Naturalmente, le propuse que yo haría la cena mientras ellos disfrutaban del partido.

Así que entre sus uys, ays, y "tráeme otra cervecita, pringaíllo", el pringaíllo fue friendo unas croquetas de jamón que dejé listas por la mañana, y las sacaba calentitas, recién hechas, preguntando "¿cómo están?".

- 1-0, gana el Barça.

- Digo las croquetas.

-¡Ah! acabándose. A ver si vas trayendo otra remesa.

Hice un par de tortillas de patata y preparé una ensalada. Saqué embutido y laterío.

- Anda que te has descoñao preparando la cena.


¿Ves? Te pasas toda la mañana preparando unas croquetas que están a punto de ser santificadas, porque son divinas, y luego te critican porque abres un par de latas de mejillones, de berberechos y de aceitunas.

Para el café tuvimos que esperar a que acabara el partido, porque eso es cosa de Laura. Luis y Clara quisieron ayudarme a fregar los cacharros y recoger la cocina, pero yo, como soy imbécil, les dije que no, que mañana yo me apaño en un rato.

Dos botellas vacías de pacharán, otra de licor de hierbas, otra de ginebra y doscientas mil latas de cocacola se amontonaban junto al cubo de la basura cuando me levanté el domingo. Laura me ayudó con todo y, dándome un beso, me dijo que se iba a descansar a su casa, que quería dormir... que quería dormir más, mucho más. El domingo estuvo despierta cuarenta minutos. El Barça había ganado.


-Te llamaré.

Miré mi puzzle terminado y pensé que era bonito que lo hubiera empezado yo y terminado ella. Era de los dos... Era, porque ya no es.

 
Ella ya regresó

Laura llegó puntualmente el jueves a las 18.48. Naturalmente el mérito no fue de ella, sino del AVE. En realidad sólo es puntual cuando vuelve de viaje en tren.

Como ha tenido que estar fuera más tiempo del previsto en un principio, le han dado fiesta hasta el lunes. Pero ha decidido quedarse en mi casa, para descansar, me dijo.

¿Y qué va a hacer Laura un viernes por la mañana, ya descansada y sola en casa? ¿Limpiar los azulejos de la cocina? ¿Terminar de una vez Cabo Trafalgar? ¿Leerse enterita Ana Karenina? ¿Decidirse a volver a pintar? ¿Prepararme una paella de las que ella sabe hacer, aunque estemos entre semana?

No. Laura no puede ver sobre una mesa un puzzle sin terminar. Y lo ha hecho. Yo, hasta cierto punto, podría haber estado de acuerdo con Hada Cautiva cuando en su post me decía que sería hermoso que lo termináramos juntos (Laura y yo, claro). Vale: juntos, pero no ella sola. No me gusta que toque mis cosas. Mis cosas materiales, quiero decir, ...las externas al cuerpo.


- Es que me aburría -me ha dicho cuando ha visto mi cara de disgusto.

Y ha añadido, con esa carita suya:


- ...Sin ti.

Falsa. ¡Pero si vive en el campo (a 30 km.) porque dice que en la ciudad no puede descansar! Vale que no limpiara los azulejos de la cocina. Labor tan desagradable hay que hacerla entre dos y una botellita de cava. Puede entenderse que se le haya atascado la novela de Pérez-Reverte o que no se encuentre con ánimos de empezar Ana Karenina. Me cuesta más entender por qué ya no quiere pintar. Bueno.

¡Pero esa paella!

 
Si tú me dices ven.
A veces culpo a Laura de no ver más a mis amigos. Aunque la acusación es cierta, no por eso es justa. El caso es que el sábado volví a verlos. No lo hacía desde las navidades.

Bebimos. Bebí. Bebí muchísimo. Para despejarme un poco, decidí volver andando a casa, a pesar del viento y del frío.

¡Qué estrechas son las calles a esas horas, y qué lejos vivo!.

Caminar con frío te ayuda a pensar fríamente. Por ejemplo: ¿qué demonios hago yo con el maldito puzzle de Van Gogh, si tengo más de un libro sobre la mesilla, esperándome pacífica y tiernamente? Lo tiraré por la ventana y dejaré que el viento esparza las insoportables piececillas por todo el barrio. ¡Dios mío, son tantas que seguro es noticia mañana en el periódico!. La plaga del nuevo milenio: lluvia de puzzles en la ciudad. Me dará igual.

Pensé en el post que Hada Cautiva ha escrito y he vuelto a recordar a Pablo. Quizás mi comentario dejó la idea de que Pablo era un tipo fracasado. Dudar si es feliz no significa afirmar que es desgraciado. De hecho, es un buen profesional, profesor de instituto; vocacional hasta la médula, disfruta todavía con su trabajo. Y doy fe de que, en general, es respetado por sus alumnos y querido por sus compañeros. En ese sentido, la verdad es que es un triunfador. Y en muchos aspectos, lo admiro.

¿Soy yo más feliz que Pablo?

Las calles, tan silenciosas a esas horas, te preguntan: ¿Qué es necesario para ser feliz? Salud, dinero y amor. Y el que tenga esas tres cosas, que le dé gracias a Dios. Alma para conquistarte, corazón para quererte, y vida para vivirla junto a ti.

En estas cosas pensaba, tropezando con cada sombra que las farolas proyectaban sobre la acera... ¿o iba por la calzada?


¿Y si Laura se viniera definitivamente a vivir conmigo? Perdería una parte de mi independencia, pero, a fin de cuentas, ella ya pasa más tiempo en mi casa que en la suya. Si tú me dices ven, lo dejo todo. Esa es la prueba final: ¿sería (yo) capaz de dejarlo todo por ella?

Si negaras mi presencia en tu vivir
bastaría con abrazarte y conversar
tanta vida yo te di
que por fuerza tienes ya, sabor a mí.

Claramente, debería haber tomado un taxi.

Por no hablar de la resaca del domingo.

 
Los puzzles tienen sexo

A primera hora me ha llamado Laura para comunicarme que no podrá regresar hasta el jueves. Se han complicado algunas cosas de su trabajo.

Como no está ella, no tenemos que cumplir con el rito semanal de hacer una visita al Alcampo y llenar el carro de agua, leche, vino, cerveza, pacharán y algo para comer. No salgo de casa y decido atacar al puzzle, que se me está resistiendo.  Me quedan tres partes de La habitación de Van Gogh: el suelo, la cama y las paredes, o sea, todo. Tres montoncitos: grises, ocres, azules. Decenas, centenares, millares, millones de piececitas del mismo color. Sin embargo, no hay dos iguales. Los ojos se acostumbran a diferenciar la mínima diferencia de tonalidad.

Y, de repente, hago un descubrimiento que me parece extraordinario para avanzar: las piezas del puzzle tienen sexo, macho y hembra. De modo que ahora tengo seis montoncitos: dos sexos por cada uno de los tres colores.

Las dejo sobre la mesa, preparadas para más tarde, como si pretendiera mantenerlas en maceración. O para que vayan conociéndose y, tal vez, intimando. Puedo dedicar la mañana a leer plácidamente el periódico.

Intento ver el lado positivo del asunto: se me ha concedido una prórroga de tres días para terminar el puzzle y no tendré que cambiar las sábanas hasta el miércoles.

 
Pablo

Pablo me daba clases de repaso cuando yo estaba en E.G.B. Sí, se me atascaban las matemáticas. Gracias a él saqué el graduado, pude seguir estudiando y, sobre todo, gané confianza en mí mismo. Yo era un crío, pero sentía que me hablaba y me trataba como a un igual. Alto, muy alto, delgado, pensativo, distraído y tímido.  Él siempre dice que nació soltero, feo y cuarentón.  Las mujeres a las que ama nunca lo amaron, y la única que le amó no pudo ser correspondida: "Era una mujer extraordinaria, suele decir, pero le faltaba pasión". Acaba de cumplir los cuarenta y ocho y seguimos siendo amigos.

Sobre las ocho de la tarde, desde hace muchos años, acude siempre al mismo bar. Allí se acoda a la barra para hablar con la camarera y, a veces, se sienta en una mesa para leer un libro, hojear el periódico, escuchar la música de fondo, pensar y fumar, fumar, fumar, fiel a su Ducados desde que tenía quince años. En ocasiones juega una partida al billar con algún otro solitario, y nunca le ha importado ganar o perder.

Cuando he acudido al bar lo he encontrado sentado en una mesa, leyendo un libro, más cuarentón que nunca con aquellas gafas que yo nunca había visto.

Se ha alegrado al verme, aunque en su mirada y en su sonrisa hay un permanente puntito de amargura. Mientras jugamos una partida de billar, me cuenta que su vida sigue como siempre ("cada vez más soltero, más feo y casi cincuentón"), y prefiere que le hable de mí, de Laura... Bebe cerveza tras cerveza. Y fuma, fuma mucho, procurando que el humo no me llegue a la cara, pues recuerda que dejé el tabaco hace catorce meses. Al cabo de un rato pierde su típica timidez, se anima y empieza a hablarme de sus cosas, de su trabajo, de sus lecturas, de sus proyectos. Siempre moderadamente optimista.

Muchas veces me pregunto si es feliz. Qué curioso, después de tantos años de buena amistad, nunca le he hecho esa pregunta. Yo siempre he tenido la duda, y jamás me he atrevido a preguntárselo. Temo que me diga que no. Pero más temo que me mienta y me diga que sí.

 
Cinco días sin ella
Laura se ha tenido que ir de viaje, así que me he comprado un puzzle. Ya sé que no es lo mismo componer las piezas de cartón que descubrir los rincones de su ser. De su ser físico, claro.

Pero es que yo soy fiel.



A primera hora me he ido al Alcampo y me he comprado un puzzle de 1500 piezas, 9.90 € (Laura estará ausente cinco días, de modo que tendré que colocar una media de 300 piezas/día si no quiero que cuando vuelva me llame imbécil).

El motivo elegido es La habitación del artista. Admiro la obra de Van Gogh y este cuadro me recuerda extraordinariamente a mi propia habitación. Tal vez, inconscientemente, me vi influido por esta pintura para desordenar el lugar donde el sueño, el amor, los deseos y la fantasía me visitan cada noche... Bueno, la verdad es que cada noche, puntualmente, sólo me visita el sueño, pero los demás lo hacen de vez en cuando.

He conseguido componer el marco del puzzle, la ventana y un trozo de una de las sillas, la del primer plano. No he contado las piezas, pero desde luego no son 300 y, además, es lo más fácil.

No me importará que Laura me llame imbécil cuando lo vea sin terminar, ¡claro que no!, si luego me besa y hacemos el amor un poquito.

Lo que no estoy dispuesto a consentir es que coloque una sola pieza del puzzle.

Por cierto, el domingo tendré que cambiar las sábanas.

 
¿Y las miradas?


Suelen venir cada tarde al café. Se sientan en una mesa contigua a la mía. Mientras espero que Laura salga del trabajo, yo leo el periódico y los observo de reojo. Se me antoja una pareja demasiado extraña. Deben rondar los cincuenta. A ella le gusta vestir como si tuviera veinte años más y él cree rejuvenecer con ese suéter de cuadros y la bufanda beige.

Se sientan siempre muy juntos, rozándose brazos y piernas, a pesar de la amplitud de la mesa sobre la que el camarero coloca mecánicamente, sin que lo pidan, un cortadito para ella y un sólo para él.

Jamás los he visto hablar entre ellos. La voz de él la conozco porque suele pedirme el periódico cuando llega Laura. Y ella acostumbra a despedirse con un ligero buenas tardes, apenas perceptible.

Sin embargo, lo que más me sorprende es que jamás se miran. Sus ojos deambulan por el local, se detienen unos segundos en la televisión muda del rincón. Posiblemente es la única ocasión en que sus miradas coinciden en un objetivo. Pero ellos, entre sí, no se miran nunca.

Cuando los observo de reojo, pienso que es posible que en el amor se acaben las palabras, pero ¿y las miradas?



 
Extraños comportamientos
Mi vecino tenía un gato. Un horrible gato cuyos ojos te sumían en la intranquilidad, pues creías que estaban analizando tus pensamientos más íntimos, profundos y perversos.

Un buen día, el gato se suicidó. Delante de mí, de mi vecino y de su novia, se tiró desde la terraza del octavo piso donde nos encontrábamos. Del regazo de la joven saltó a la barandilla y, mirando al vacío, saltó. No se equivocó, no calculó mal las distancias. Simplemente, saltó y fue a estamparse contra el asfalto de una calurosa noche de verano.
Apenas un año después, mi vecino y su novia tuvieron un hijo. No puedo ocultar el temor que me produce mirar los ojos de ese niño: me recuerdan a los ojos del gato que se tiró por la terraza.
Sé que no tiene nada que ver una cosa con otra, y la verdad es que el asunto no me quita el sueño. ¡Claro que no!.
 
Las extrañas compañías

Hace un tiempo tuve en casa un pequeño acuario. O, mejor, una pecera grande. Seis o siete pececillos daban vueltas en aquel miniparque temático que en la tienda de bichos y mascotas habían preparado para ellos: piedrecitas, plantas de plástico... hasta un horrible cofrecillo que
esperaba estúpidamente ser rescatado por un tuerto pirata pata palo.

Hay algo más aburrido que siete pececitos dando vueltas en un acuario de cuarenta litros: siete pececitos muertos.

Quizá pueda alguien preguntarse si no me dio pena. ¡Claro que no! Pero si estaba deseando que llegara aquel momento. Lo lamentable es que no murieron todos a la vez, sino poco a poco, para torturar mi conciencia, supongo.
Y pude hacer que murieran todos juntos: como esas sectas que deciden darse matarile por amor al líder y porque vienen los extraterrestres y se van tan panchos al otro barrio después de cenar un buen potaje y ventilarse una botellita de pacharán o lo que sea que se tercie por esos lugares.

Mis peces murieron de aburrimiento. Pero yo no iba a colocarles un tiovivo en la pecera. ¿O sí? Es más: no les hacía mucho caso. Ciertamente, les daba de comer y de beber... ¿de beber? Les alimentaba. Les cambiaba el agua de vez en cuando y, en ocasiones, los observaba. Vamos, ¡un espectáculo.
Cuando me deshice de la pecera coloqué en su lugar un cactus. La verdad: mucho más interesante que una manada de peces.