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Y en ésas estamos...
Me dicen que el perro es el mejor amigo del hombre... ¡Y me lo dicen mis amigos! ¿Deberé reconsiderar también la calidad de mis amistades? ¡Claro que no! No pretendo divertir a nadie con estas historias. Me conformo con pasar un rato agradable escribiéndolas.
Sindicación
 
Miradas cómplices
La pasada semana Laura y yo tuvimos que acudir al funeral de un tío suyo, lejano en la distancia, en el tiempo y en el cariño.


Durante el viaje, el padre de Laura nos contó levemente algunas cosas de su difunto primo, un hombre serio, estricto, amargado y antipático, según sus palabras.

En el velatorio yo no conocía a nadie, así que he fijado mi atención en las dos mujeres que recibían todos los pésames: la viuda y la hija.

A lo largo de toda la vida, habían servido con absoluta dedicación al marido y padre. Me imaginaba a la pobre viuda sin salir jamás del pequeño pueblo en el que nació, creció, se casó, parió y educó a su única hija. Preparando las cosas del marido, planchando sus camisas, guisando con devoción, hasta le pelaba y troceaba la fruta. Manteniendo, en fin, una casa en la que nunca se atrevió a entrar una mota de polvo.

Y la hija, hoy ya con los cuarenta más que cumplidos, a la que el padre prohibió estudiar en la capital porque su función era casarse y tener hijos. Sin embargo, ningún pretendiente fue del agrado del amargado padre, arruinando de esa manera la vida de la hija, que finalmente se dedicó a ayudar a su madre en las tareas domésticas.

Observando abstraído a las dos mujeres me ha parecido percibir una sonrisa y un brillo especial en unos ojos secos, que no han dejado escapar una sola lágrima y que se han unido en una mirada cómplice.

Nadie les ha preguntado de qué murió el hombre.