A primera hora me ha llamado Laura para comunicarme que no podrá regresar hasta el jueves. Se han complicado algunas cosas de su trabajo.

Como no está ella, no tenemos que cumplir con el rito semanal de hacer una visita al Alcampo y llenar el carro de agua, leche, vino, cerveza, pacharán y algo para comer. No salgo de casa y decido atacar al puzzle, que se me está resistiendo. Me quedan tres partes de La habitación de Van Gogh: el suelo, la cama y las paredes, o sea, todo. Tres montoncitos: grises, ocres, azules. Decenas, centenares, millares, millones de piececitas del mismo color. Sin embargo, no hay dos iguales. Los ojos se acostumbran a diferenciar la mínima diferencia de tonalidad.
Y, de repente, hago un descubrimiento que me parece extraordinario para avanzar: las piezas del puzzle tienen sexo, macho y hembra. De modo que ahora tengo seis montoncitos: dos sexos por cada uno de los tres colores.
Las dejo sobre la mesa, preparadas para más tarde, como si pretendiera mantenerlas en maceración. O para que vayan conociéndose y, tal vez, intimando. Puedo dedicar la mañana a leer plácidamente el periódico.
Intento ver el lado positivo del asunto: se me ha concedido una prórroga de tres días para terminar el puzzle y no tendré que cambiar las sábanas hasta el miércoles.
besos. Ya se que está terminado el puzzle me gustó la forma en que describes tus momentos haciéndolo.

