
Suelen venir cada tarde al café. Se sientan en una mesa contigua a la mía. Mientras espero que Laura salga del trabajo, yo leo el periódico y los observo de reojo. Se me antoja una pareja demasiado extraña. Deben rondar los cincuenta. A ella le gusta vestir como si tuviera veinte años más y él cree rejuvenecer con ese suéter de cuadros y la bufanda beige.
Se sientan siempre muy juntos, rozándose brazos y piernas, a pesar de la amplitud de la mesa sobre la que el camarero coloca mecánicamente, sin que lo pidan, un cortadito para ella y un sólo para él.
Jamás los he visto hablar entre ellos. La voz de él la conozco porque suele pedirme el periódico cuando llega Laura. Y ella acostumbra a despedirse con un ligero buenas tardes, apenas perceptible.
Sin embargo, lo que más me sorprende es que jamás se miran. Sus ojos deambulan por el local, se detienen unos segundos en la televisión muda del rincón. Posiblemente es la única ocasión en que sus miradas coinciden en un objetivo. Pero ellos, entre sí, no se miran nunca.
Cuando los observo de reojo, pienso que es posible que en el amor se acaben las palabras, pero ¿y las miradas?







