El río huye de la desembocadura
Me telefonea mi hermana y me dice que el Shannon está a punto de desbordarse y que el agua avanza contracorriente con un impulso tremendo. Una ola de frío polar está azotando el oeste de Europa y sacude con fuerza en la verde Eire, azotando el aire huracanado el farol que cuelga del White House, el pub abierto a mediados del XIX donde se reúne la comunidad artística de Limerick -de la que es miembro honorario y mundialmente conocido Frank McCourt- y que está pendiente de cierre. Aún así, todos viernes a las cuatro de la tarde, seis o siete personas de cualquier edad se sientan a recitar poesía bajo una luz escasa y con alcohol en la mesa: cerveza Guinness, Oporto, whisky irlandés caliente con clavo. Si en el White House, no importa el que el sol huya a las cuatro de la tarde y el viento pegue en el farol y en los ventanales de madera. Allí se aguanta bien el temporal porque el temporal ha marcado el país, como aquí lo han marcado otras docenas de climas. Allí, uno y recio. De ahí las pieles blancas, los rasgos endogámicos, y la tierra que pide que la metamos a puñados en la boca. Casi lo mejor de todo es que el Shannon nunca acaba por desbordarse.


Síndrome de Houdini
¿Qué relación hay entre un neoyorquino de principios del siglo pasado y un madrileño de comiendos del XXI? Es decir, ¿qué tenemos en común Houdini y el weblogero? Pues unas irrefrenables ansias de escapismo. Igual que Houdini maravillaba a los pijos de la época que se gastaban sus buenos dólares en ver cómo se zafaba de las cadenas que le ataban rompiendo toda ley física, yo dejo que mi ensueño despegue cuando conduzco por las mañanas camino de mi oficina. Veo ante mí el perfil de la sierra, más visible cuanto menos contaminación mancha el cielo -el efecto túner, amigos-, veo también que no hay nube que manche el cielo y es el sol -su fuerza y su luz- los que disparan mi mente y la proyectan por encima del complejo empresarial hasta depositarse en carreteras amplias y vacías de Castilla. Momentos en los que mi mente arrincona a mi cuerpo, y este somatiza el ansia de escapismo desarrollando cuchillas en los nudillos, como un mutante. En eso me convierto en las primeras horas de las mañanas de invierno: en un mutante que añora su perdido poder de teletransportación y abandonar, sí, por unos momentos siquiera, la autovía y aparecer, un blinkear de ojos después, en algun bar-gasolinera de Soria, Zamora o Badajoz. Donde sea que haya espacio ante mí, espacio suficiente para desplazarse -que corra el aire entre el weblogero y los demás cuando éste sufre el ansia de escapismo- y dejar atrás, a miles de metros por detrás, los problemas, a todos y a todo. Porque a ciento ochenta por hora, nada puede alcanzar al escapista.







