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la ronda de noche: blog de clemente corona
Acerca de
Qué grande es el mundo.
Sindicación
 
BD
¿Cuánto se ha escrito sobre el paso del tiempo? A mí, me parece una redundancia, un ponerle puertas al campo. ¿El paso del tiempo? Bueno, eso es el tiempo, ¿no? un pasar eterno. No habrá Dios, pero el tiempo estará ahí y estará en él. Claro que pasa el tiempo, menuda perogrullada indigna de crucigrama. Se levanta uno una buena mañana y se encuentra con otros unos a los que no veía desde ocho, nueve, dos años. Todo son preguntas que demandan respuestas como esencias, frases cortas que resuman en seis palabras una meta conseguida en esos ocho, nueve, dos años. Demasiada información y no menor urgencia por delimitar el nuevo medio que nos rodea, saber hasta qué punto los esquemas viejos siguen funcionando, averiguar por dónde han evolucionado. Habida ausencia de ideales, las premisas cambian, las ambiciones se acomodan. ¿Se acallan los gritos? Si los hubiere, tal vez. ¿Vosotros también los sentís?
 
Grados en Celsius
El invierno ha caído. Una masa de aire ártico a cinco kilómetros por encima de nuestra cabeza viene con la certeza de arrinconar el sol y helar nuestras tierras y nuestras calles. Sin nieve. La nieve que tampoco cayó en la ceremonia de nombramiento de nuestro Jefe, aunque en Internet circulen fotos donde se ve la nieve apilada en metros a lo largo de Nueva Inglaterra. En el norte del Atlántico, los pesqueros gallegos se pierden y los escoceses los encuentran y ya no se sorprenden de que no haya pescadores gallegos. Si los aeropuertos se cierran, los gatos se revuelven en sus jaulas de plástico porque ya no experimentarán el orgasmo del despegue. Hace frío y más que hará, y yo me acuerdo del frío que pasé una tarde de abril en la puerta de una capilla que dominaba Oviedo, de las madrugadas en Valladolid y de una mañana del día de Nochebuena en el que tenía los nudillos morados y conseguí convencer a mi honrado compañero Vicente de que nos fuéramos a un bar y trabajara Mister Scrooge. Qué pena el invierno sin ser gozado.
 
Fuerza Aérea
Lance Armstrong pasa de pedalear en una Europa aterida de frío y se refugia en una chica que constriñe su bello culo con barras y estrellas de cuero y que pensó y cantó a Clapton que era su error favorito, pero no lo bastante tonta como para dejarse compadecer por sus amigos comunes. Mientras Clapton mueve la mano cansinamente para contentar a urbanitas que podrían ser sus hijos que abogan por la criminalización de la Cocaine, Tonny Bennet se fuma un puro y mira el cheque en su oficina de su galería en Market Street, en esa ciudad donde las Fuerzas Aéreas serpentean bajo los pilares del puente rojo más famoso del mundo para ganar adeptos a su credo. Aquella tarde, los escasos cinco minutos que tardé en atravesar -como un turista más, como un viajero menos, como un chiquillo cualquiera- el puente con una bicicleta me parecieron eternos por la felicidad. Tanta, que tuve que parar, olvidarme de mi amiga y mirar las estelas de los aviones.