El show de Truman

He ascendido. Soy otro. Me he mudado. He cambiado Usera por Carabanchel Alto, muy alto, a apenas un par de kilómetros del límite del término municipal de Madrid. De todas las personas que lo saben, sólo dos han sabido en qué zona de Madrid vivo. Sólo dos personas saben que ahí, no hace cuatro años, se vendía y consumía droga. El nombre lo dice: la avenida de los Poblados. De los Poblados.
Pero ahora, las cenizas de los fuegos encendidos en el suelo de tierra del chamizo de Senén están bajo enormes, ultramodernas, tecnificadas y vigiladas urbanizaciones. Viviendas construidas en el siglo XXI en cuyos garajes conviven un Porsche Cayenne y una C-15. Es como estar en el mundo donde el pobre Truman era broadcasteado. Los niños saludan dando las buenas tardes al señor, aunque luego le miren con un mohín cuando le ven atravesar el jardín -inmaculado, segado a ras, hollado por rubias descalzas, húmedas de la piscina- con una bolsa de basura.
Soy un enviado especial al Show de Truman. Ya, no es Nassiriya; pero yo no tengo la culpa.
Además, sigo sin saber dónde meter los libros...





