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la ronda de noche: blog de clemente corona
Acerca de
Qué grande es el mundo.
Sindicación
 
Clima Celta
¿Cómo no va a haber sol en Irlanda? Esplendoroso. Su presencia es bastante impredecible: a mediados de otoño, un mediterráneo sentirá mareos cuando vea que poco después del café de la comida, el sol ha desaparecido. Brazos de agua caen de los canalones de los edificios de apartamentos, precipitándose desde un metro de altura con el ancho de dos brazos de irlandés: litros cada pocos segundos que se llevan los rastros de aceite de los automóviles, y resbalan a los sumideros, que van a dar al Shannon, que es el morir. El sol aparece entonces radiante apenas tras unos parpadeos, y reina –porque reina- durante otros tantos; el cielo vuelve a cubrirse y es otra vez el llorar.
El tiempo es hablador en Irlanda. Me quedé dormido en la playa de Inisheer mientras mi amiga nadaba: las tres horas de sol me abrasaron a mí como abrasaron a las hordas de adolescentes resacosos que se desparramaban como podían a lo largo y ancho de esa media isla. Fueron las únicas tres horas de sol seguidas que vi en aquella temporada; hasta entonces y después, salvo poco más de media hora en Adare, el sol no nos acompañó más de unos minutos seguidos. Se cotizaba caro, el sol, y por eso los irlandeses acudían por decenas de miles a las antípodas para ver a su selección de rugby y volver, todo en dos días: Sydney regala sol y luz, decían en la RTE. Y promociones inmobiliarias en algún punto ribereño del Mar Negro se anunciaban a toda página en la prensa sensacionalista, que regalaba recopilaciones musicales todos los fines de semana. Mi amiga decía que se oían mis ronquidos desde el mar: los ronquidos de un madrileño en sus antípodas, como los de un león de mar en su pedazo de hielo antártico, marcaban un territorio imaginario que bordeaban, decía mi amiga, los resacosos, las parejas y todos quienes vieran mi figura –embadurnada de arena, prominente en el espacio, amenazadoramente sonora-. Para ellos, era otro borracho tirado en la playa más y cualquiera.
Aquella noche bebimos cerveza en el único pub de la isla y tuvimos un buen rato; dormimos plácidamente, me desperté con hambre y desde la ventana del comedor se veía el océano por encima de las casas, como un telón a medio subir –o a medio bajar. No se puede estar siempre roncando.
 
IRLANDESES EN MADRID
Mesiánicos ellos, las decenas de miles de personas se entregaron a ellos con un fervor no menos religioso. Yo soy de los Stones, pero reconozco que estos irlandeses son muy, muy buenos. Tan o más conocidos que Joyce, Yeats o Michael Collins. En estos días de anuncio de entrega de armas, Sunday bloody sunday gana en validez.