suecos
Sea, pues. El freelance se despierta un domingo por la mañana -helador en la calle: el frío, por fin, ha llegado- y, con el impulso del primer café y el aroma de ella en la casa, comienza a trabajar. El freelance está desesperado por terminar una guía de viajes, y tiene que escribir sobre Delaware. Lo que sabe de Delaware no es de utilidad para el comprador de la guía. El freelance sabe que Delaware no merece la pena para el viajero pero sí para Chico, que sube todos los meses a embarcar coches viejos comprados en subastas rumbo a San Pedro Sula; o para Mike, que embala miles de zapatillas deportivas -también usadas- y las embarca al mismo lugar. El freelance estuvo una vez en el puerto de Dover, donde se quedó sin tabaco, mientras Chico regateaba -regateaba más y mejor que Prosinecki- el precio ya fijado semanas atrás del contenedor. Pero eso fue hace mucho; el freelance solo tiene que recordar que, dos meses atrás, se vio obligado a pasar la tarde en Wilmington y juró -como había hecho en Rock Mountain, Murcia o Dundalk- que no volvería hasta que se le hubiera perdido algo. Delaware está lleno de suecos y descendientes de suecos, y el freelance tiene a gala ser el más sueco de todos ellos. El freelance odia a quienes no saben hacerse los suecos, a los hijos de papá clasistas y a los integristas islámicos. No necesariamente por ese orden.

escanciador
Tal vez, si fuera del norte, me tomaría unas sidras y emplearía bellas y líricas metáforas, pero presumo de castellano y la cosa es áspera por real pero claro, cómo se va uno a quejar del tráfico porque en la revolución no pueden tener esos problemas y yo siempre argumento: OK, pero yo no tengo la culpa. Qué demagogo. Pero uno también lee a Michael Moore y dice que Karzai fue empleado de una petrolera de Bush, pero también lee a Richard Kaplan años antes contando cómo dormía en la casa paquistaní del hijo de un jefe que, comienzo de milenio mediante, acabaría de presidente de Afganistán, esa mancha rosa en los mapamundi donde se perdían los personajes de Kipling. Yo sé de alguien que lleva un mapa de la zona encima. 

más grados celsius
Yo ya lo sé, yo ya sé antes de aparcar que fuera del coche, el bendito coche, el carrazo -the voiture- que me lleva y me trae, que hace mucho calor. Los rayos solares dan la fuerza a Superman; a mí, me pasa lo que a los viejos Ladas, que sólo funcionan por encima de los 30ºC si están en Cuba. Sé de ambas cosas, de Cuba y de Ladas; no es presuntuoso haber conducido un Samara 1500 durante un año. Sí, motor Fiat duro, pero... Mi padre siempre decía que el salpicadero estaba así del calor porque se pensaron para otros climas pero yo decíaa que no, que era por pésimo y tardé un tiempo en darme cuenta de que era verdad, que no es cuestión de materiales si no de actitudes. Y pongo la palanca en su punto y compruebo que lo llevo todo y abro el portón y me sacude, me sacude con la fuerza de los efectos especiales baratos. Algo se funde en algún sitio pero el calor no sólo me cambia el modus operandi, si no que me perturba. Un gato, entonces, no es sólo un gato. Se le encuentran más usos que el de desembrocar. Y ella lo sabe. Rebusco en el bolsillo y meto monedas en el parquímetro. Miro hacia abajo buscando el lugar al que van a parar. Cuartos, cuartos, ¿dónde vais? He conducido desde St. Agustine. El sol de mediodía en Orlando, le hubiera puesto un alumno aventajado de los impresionistas si esto fuera un cuadro. O un encontrador -como los cerdos encuentran las trufas- de poetisas, si no fuera más que esto. Que nunca lo es. Se le culpa al calor, y en paz.


EL LLANTO DEL MANATÍ
Un amigo mío que ahora está perreando en Cuba me dijo una vez -me ha dicho muchas cosas- que, en La Habana de la década de los 50, los grandes capos mafiosos como Luciano y Lanksi gustaban de comer -lujo neroniano- manatí flambeado. No estábamos emulando a Humprey Bogart y Lauren Bacall en Cayo Largo en Key Largo -a mí, si acaso, me gustaría ser capaz de imitar a John Houston-, pero más que nada porque no habíamos visto la película. Pero vino el americano de apariencia prototípica -sólo se puede ser prototípico en Key West y bajo determinadas condiciones climáticas- diciéndome alborozado que, allí, había un manatí. Pasaron unos minutos antes de que se lo dijera, cuando vi a la media docena con los que compartíamos la playa dirigirse al embarcadero.
- Me ha dicho uno que allí hay un manatí.
Yo no tenía una idea determinada de cuán grande podía ser un manatí. Un metro, un metro y algo. El animal medía más de tres. Ella vino corriendo tras oir mi grito. Se metió en el agua apestosa a aceite de motor, recogió el repollo que le dio la chica que nos explicó que bajaban del agua fría por huracanada del Katrina, y disfrutó como yo no recordaba haber visto disfrutar a nadie. El manatí tenía la piel rugosa y cuarteada por las aspas de las embarcaciones.
El llanto del manatí es un nombre estupendo para una revista literaria.
Ahh, el Sheraton.

- Me ha dicho uno que allí hay un manatí.
Yo no tenía una idea determinada de cuán grande podía ser un manatí. Un metro, un metro y algo. El animal medía más de tres. Ella vino corriendo tras oir mi grito. Se metió en el agua apestosa a aceite de motor, recogió el repollo que le dio la chica que nos explicó que bajaban del agua fría por huracanada del Katrina, y disfrutó como yo no recordaba haber visto disfrutar a nadie. El manatí tenía la piel rugosa y cuarteada por las aspas de las embarcaciones.
El llanto del manatí es un nombre estupendo para una revista literaria.
Ahh, el Sheraton.






