Personalísimo
"Os vamos a ganar", dice el tipo y su compañero sonríe. "Seguramente", responde Uno, recogiendo del cajetín el billete de cartón. Sentado en un banco de piedra del andén al aire libre, un viejo europeo fotografía a unas niñas que le parecerán exóticas. Uno tiene la mente sucia y piensa que el viejo es un pederasta. La casa del ubicuo está a unos pasos de la estación: el ubicuo tiene vistas privilegiadas del Meditérráneo que ninguna urbanización puede ofrecer y prohibe que los turistas fotografíen los muros encalados del perímetro, resguardado por soldados delgados y vestidos de verde olivo. El ubicuo sabe vivir: recibe a otros ubicuos como él que viven en casas semejantes -sátrapas de medio pelo, a fin de cuentas-, a emisarios del emperador que le prometen juguetes nuevos si él les promete a su vez comportarse como hasta ahora, a celebridades locales que le besan las manos. Todos los recibidos ensalzan las vistas que tiene la casa del ubicuo, únicas en el mundo. De frente, un mar; a un lado, hectáreas de descampado donde los turistas hacen equilibrios sobre restos arqueológicos; al otro, un acantilado en el que se suspenden casas con los tejados azules. Algunas noches, cuando no hay luna y las luces de la capital atraviesan la contaminación, el ubicuo se sonríe complacido y piensa -está convencido de ello- de que lo merece, de que lo merecen a él.
Todos los ubicuos son iguales.

Todos los ubicuos son iguales.






