EL LLANTO DEL MANATÍ
Un amigo mío que ahora está perreando en Cuba me dijo una vez -me ha dicho muchas cosas- que, en La Habana de la década de los 50, los grandes capos mafiosos como Luciano y Lanksi gustaban de comer -lujo neroniano- manatí flambeado. No estábamos emulando a Humprey Bogart y Lauren Bacall en Cayo Largo en Key Largo -a mí, si acaso, me gustaría ser capaz de imitar a John Houston-, pero más que nada porque no habíamos visto la película. Pero vino el americano de apariencia prototípica -sólo se puede ser prototípico en Key West y bajo determinadas condiciones climáticas- diciéndome alborozado que, allí, había un manatí. Pasaron unos minutos antes de que se lo dijera, cuando vi a la media docena con los que compartíamos la playa dirigirse al embarcadero.
- Me ha dicho uno que allí hay un manatí.
Yo no tenía una idea determinada de cuán grande podía ser un manatí. Un metro, un metro y algo. El animal medía más de tres. Ella vino corriendo tras oir mi grito. Se metió en el agua apestosa a aceite de motor, recogió el repollo que le dio la chica que nos explicó que bajaban del agua fría por huracanada del Katrina, y disfrutó como yo no recordaba haber visto disfrutar a nadie. El manatí tenía la piel rugosa y cuarteada por las aspas de las embarcaciones.
El llanto del manatí es un nombre estupendo para una revista literaria.
Ahh, el Sheraton.

- Me ha dicho uno que allí hay un manatí.
Yo no tenía una idea determinada de cuán grande podía ser un manatí. Un metro, un metro y algo. El animal medía más de tres. Ella vino corriendo tras oir mi grito. Se metió en el agua apestosa a aceite de motor, recogió el repollo que le dio la chica que nos explicó que bajaban del agua fría por huracanada del Katrina, y disfrutó como yo no recordaba haber visto disfrutar a nadie. El manatí tenía la piel rugosa y cuarteada por las aspas de las embarcaciones.
El llanto del manatí es un nombre estupendo para una revista literaria.
Ahh, el Sheraton.






