La puerta de Ishtar
Mis botas de montaña hacen crunck crucnk y no puedo dejar de pensar en el Ejército Rojo marchando sobre un Berlín derruido por los bombardeos aliados. No hay marcas de balas en la capital de Europa porque apenas queda nada construido anterior a 1945, pero los petardos y los fuegos artificiales que salen de las mochilas de niños y mayores hacen que los jubilados pasen el Silvestre en algún pueblo del interior. Más de un millón de personas beben vino caliente al compás de canciones latinas bajo la misma puerta de Brandemburgo que empujó el muro hasta que cayó; un muro que recorre a ras de suelo la Friedrichstrabe enfrente de unos sacos de cemento que recuerdan al chekpoint charlie de las películas de James Bond, donde los turistas italianos compran gorros de invierno con la estrella soviética. La aviación aliada no sólo redujo a escombros los edificios sino también lo que albergaban: personas y enseres y las columnas de la puerta del mercado de Mileto, que pesa 1.500 toneladas y está encajada en el museo de Pérgamo, el del templo. 170 museos, amplias avenidas flanqueadas de edificios grises comunistas, un reloj que marca las horas del mundo y la certeza de que la guerra se empezó aquí. Ahora, los berlineses mancillan el memorial del Holocausto bebiendo, petardeando y vomitando en él. No sé si es bueno –un monumento más, y eso es todo, digno de cualquier acto de vandalismo- o malo –¿puede algo así ser un monumento más en la capital del genocidio?. Le pegué en la cabeza para tirarle el sombrero; tenía cara de haber sido espía de la Stasi y, antes de ello, miembro de las Juventudes Hitlerianas. La puerta de Ishtar casi me hizo llorar, y el vino caliente, casi me hizo vomitar, y el sacrilegio del memorial, casi me hizo jurar que no volvería.







