ADN
En 'Las partículas elementales', Michel Houllebecq -francés, racista, misógino; empero, lúcido como pocos escritores contemporáneos y una joya humana como lo fueron Cela o Borges- decide exterminar a la raza humana tal y como la conocemos para acabar con muchas cosas y empezar, como pasa cada 20 años en los comics de superhéroes, desde casi cero.
A esta hora de esta noche de abril unos dicen que 30, otros que 90. Se superponen en mi mente a los tiros entre Al Fatah y Hamás, a los manifestantes sangrando en Katmandú, a los indios arrastrando planchas de buques. 30, 60, 80. A mí, sentado en mi casa, con mi banda ancha, mi camisa cara, mis billetes baratos de avión -a mí, prototipo tópico, afortunado y desagradecido de europeo occidental- no me tienen que convencer de nada. Ya lo estoy. Y sé de historia. Y sé que USA empezó huyendo del fanatismo religioso, matando a los indios, robando medio México y comprándonos la Florida. Sé que China se robó el Tibet. Que Rusia se extiende por dos continentes. Que Australia borró los senderos de las canciones del desierto. Que Alemania provocó dos guerras, y que Bélgica esclavizó el río Congo. Que Egipto sometió a los nubios, y los romanos a los dacios. Que en Cuba no quedan -es que parece que nunca haya existido- siquiera unos hilos desmadejados de sus pobladores originales. Así, desde el principio. Que los 30, 80 ó 120 -qué importa: igual de grave sería que sólo fuera uno con un rasguño en la mejilla- son la última ficha del dominó que ha caído y cuyo derrumbe comenzó el día en que alguien creyó que otro alguien le hablaba desde el cielo.
Pero al que le dio un papirotazo a esa primera ficha no le pongo cara; a quién ha tirado esta, sí. No es suficiente, pero me vale.

A esta hora de esta noche de abril unos dicen que 30, otros que 90. Se superponen en mi mente a los tiros entre Al Fatah y Hamás, a los manifestantes sangrando en Katmandú, a los indios arrastrando planchas de buques. 30, 60, 80. A mí, sentado en mi casa, con mi banda ancha, mi camisa cara, mis billetes baratos de avión -a mí, prototipo tópico, afortunado y desagradecido de europeo occidental- no me tienen que convencer de nada. Ya lo estoy. Y sé de historia. Y sé que USA empezó huyendo del fanatismo religioso, matando a los indios, robando medio México y comprándonos la Florida. Sé que China se robó el Tibet. Que Rusia se extiende por dos continentes. Que Australia borró los senderos de las canciones del desierto. Que Alemania provocó dos guerras, y que Bélgica esclavizó el río Congo. Que Egipto sometió a los nubios, y los romanos a los dacios. Que en Cuba no quedan -es que parece que nunca haya existido- siquiera unos hilos desmadejados de sus pobladores originales. Así, desde el principio. Que los 30, 80 ó 120 -qué importa: igual de grave sería que sólo fuera uno con un rasguño en la mejilla- son la última ficha del dominó que ha caído y cuyo derrumbe comenzó el día en que alguien creyó que otro alguien le hablaba desde el cielo.
Pero al que le dio un papirotazo a esa primera ficha no le pongo cara; a quién ha tirado esta, sí. No es suficiente, pero me vale.






