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El Club de la Memoria
Escribe tu autobiografía
Acerca de
El fondo del corazón está más lejos que el fin del mundo.

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convocado por:
20minutos.es

Sindicación
 
¿Cómo se plancha la pana?
El otro día me encontré a mi mismo mirando una pared fijamente. Sonreía pero no pensaba en nada, ni siquiera sabía el tiempo que llevaba así sentado sin más. Recordé en una décima de segundo todas las cosas que tenia que hacer. Tenía que estudiar, leer libros, lavar ropa… Como no me apetecía hacer nada de eso me dedique a divagar y pensé en todo aquello que de verdad me faltaba por hacer. Pensé en la gente que todavía no conocía, en las conversaciones que nunca había tenido, en los sitios en los que no había estado… Hmmm… cuantas cosas sin hacer. Me imaginé a mi mismo dentro de diez y veinte años. Me imaginé mi casa y mis hijos y mi perro y mi cuarto de baño también, por alguna extraña razón. De pronto me sobresalté. Llevaba ya varios minutos pensando en cosas sin sentido, dejando volar la imaginación, pero me di cuenta de que no había pensado ni un segundo en ti. Ya no pienso tanto en ti supongo. Antes podía pasarme horas recordándote, inventándote. Recordaba las cosas buenas que me decías, cómo me mirabas y cómo te movías y tus manos… Si tenía un buen día podía imaginar que todavía estabas aquí y que hacíamos cosas y me llevabas a sitios nuevos mientras yo flotaba. Decías que yo flotaba en vez de andar. Mezclaba cuando me derretía en tus brazos con momentos inventados que sacaba de no sé dónde. Cuando tenía días malos imaginaba que no existías, que solo te había imaginado. También pensaba en que tú no estarías pensando en mí, ya no. Tú me decías que pensabas en mí a veces, pero ya no me lo creo. ¿Sabes que te digo? Ya no me importa nada nada nada nada… Ahora, he aprendido a dejar de pensar en ti. Aunque sigas en un rincón de mi memoria cada vez te veo más en sombras. Ya no me atacas de noche en sueños ni me hundes cuando noto que me hundo. Ya no. Lo siento, pero ya te he olvidado. De todas maneras prefiero no olvidarte del todo. Te recordaré de vez en cuando para ver como estoy, una especie de auto terapia, ¿qué te parece? Sí, voy a conseguir ponerte un interruptor para poder simplemente apagarte cuando quiera, sí. Aaaaaaaaahhh….. que alivio, verdad? En fin, te dejo que tengo otras cosas que hacer. No se puede divagar sin hacer nada muchas horas, no te parece? Un beso. Ya nos veremos

Por Ariadna, que se ha cansado de esperar
 
Fragmento del capítulo uno
Pegó el tejuelo, pegó el punto rojo, tiró del rollo de cinta adhesiva transparente y la puso sobre el lomo del libro cubriendo a su vez el tejuelo y el punto rojo. NO QUERÍA DISCUTIR. Llevaba llamando por teléfono a depósito veinte minutos. El tío este estaba durmiendo fijo y ahora tendría que ir ella y volver cargada con tres Gacetas de Madrid ¿seis kilos?. Puso el rollo de aronfix sobre la mesa, lo sujetó con la
mano izquierda y tiró un par de veces con la derecha para obtener el trozo que necesitaba. Puso el libro encima del plástico desenrollado, hacia el centro, confirmó que había calculado bien el tamaño y cortó la pieza de forro necesaria deslizando las tijeras entre el rollo y el libro, no hacía falta hacer con los dedos el movimiento de cortar. El aronfix tenía que ser un poco mayor que el libro que se quisiera proteger, le sobraban unos tres centímetros a cada lado, perfecto. No le diría nada o, bueno, le diría lo que tenía que hacer pero sin perder los nervios, sin gritar. Despegó el papel blanco del papel adhesivo
transparente y lo pegó al libro ayudándose de una regla, de esta manera evitaba que le salieran arrugas y pompas de aire. Lo de forrar ayudándose con una regla lo había aprendido ahí, se lo había enseñado la jefa de sala, y era un acierto, así no salían arrugas a la hora de preparar para sala los libros de texto. Al forrarlos, los que se preveía iban a ser objeto de un mayor número de consultas, se protegían y adquirían una mayor rigidez.
_Cristina, como éste no viene, voy a depósito.
_ Uhm...
Subió las escaleras para salir de la sala de lectura, atravesó el vestíbulo de la biblioteca y los arcos de seguridad.
Saludó a María, la conserje, que como siempre estaba inmersa en sus apuntes, cruzó los tres pasillos y dos vestíbulos hasta llegar al depósito. Bien estirada, hombros hacia atrás, sin peso. Ahí estaba.
_Rafael _ Rafael con un bote de Mahou en el bolsillo de la bata, en el del pecho _Rafael _ mirada al bote _ ¡Llevo más de media hora buscándote!, esto no puede ser. Ha llamado Hortensia, quiere las Gacetas del otro día.
_Joder pues que venga ella, que los pobres no tienen criados.
_¡Rafael, ella no es pobre y te pide eso porque llevárselo es tu puto curro! , yo me voy.
_No me lo puedo creer, sobando, ¡es increíble! y la gente buscando curro. Se lleva las ciento setenta mil muertas. El cara viene aquí a contar la película de su vida a todo el que se deja y se esconde en el depósito a beber y a dormir porque sabe que se lo voy a hacer yo ¡su puta madre!
Al final había gritado más que el día anterior, le sacaba de sus casillas. Mientras caminaba hasta la sala de lectura de la biblioteca le pareció ver más caras contenidas que nunca. Las de los futuros abogados del país. Pero ella de contenciones nada, claro, por eso no estudiaba derecho. La había cagado otra vez ¿por qué siempre acababa gritando? Llevaba media tarde diciendo que no le volvería a hablar, que se iba a callar, que sólo le iba a comunicar, pero no gritando, lo que tenía que decirle. Pues no.
Y el cerdo disfrutando. Había vuelto a perder la calma. Parecía que las muchas ganas que tenía de controlar su furia nunca fueran suficientes. Lo había intentado tantas veces y no daba resultado. Llegado el momento, un dolor agudo, a veces un leve pinchazo, siempre el mismo desenlace: la nube gris que ciega, el desconcierto y no ser capaz de respirar hondo o de contar hasta diez en silencio. Uno, dos... ¡Ya! Tormenta de insultos que se agolpan, boquerones y vaso de agua en el plato de judías del otro, su cara. No importa lo que me gustaría ser, ahora grito.
Rompo. Pasos nerviosos a uno y otro lado. Manotazos en las piernas. Cálmate. No puede ser una vez más, hoy.
Desde pequeña Lucía se decía que no volvería a gritar ni a perder los nervios después de cada discusión que mantenía con su hermano o con su madre, pero pronto se encontraba otra vez en actitudes demasiado elocuentes, excesivamente viscerales. Le desanimaba, no conseguir el dominio absoluto de su persona ante situaciones de conflicto o ante personajes como Rafael.
Cuando llegó a la sala eran las ocho y media y Cristina ya estaba vestida con el chandal para irse a natación, era miércoles. Los miércoles y los lunes se iba media hora antes para ir a nadar. Belén le fichaba al salir, a las nueve. Colocar los libros y llegar a casa se le hizo eterno. Tuvo que ayudar a ordenar la parte de Cristina, tuvo que cerrar la biblioteca y tuvo que esperar más de veinte minutos el autobús que le llevaba hasta el intercambiador de Moncloa. De Moncloa a su casa otros veinte minutos. Cuando llegó se descalzó, como siempre, antes de quitarse el forro y se puso las zapatillas de estar por casa. Después se quitó el forro y la bufanda. Pensaba en hablar con Pablo aunque tendría que esperar que él le llamara porque había salido. Tenía hambre, abrió la nevera y sacó un plato de ensalada. Retiró el papel de plástico transparente y pensó que no había mucho pero que para calmar un poco su estómago valía. Empezó a comer. Luego se prepararía algo más. Primero necesitaba echarse algo a la boca y descansar un rato, tirarse en el sillón y levantar las piernas, apoyarlas en la pared. Ensalada de arroz cocido con lechuga, queso cortado a tacos de un par de tipos si podía ser, sino un queso, unos pocos cacahuetes, aceite, vinagre y pimienta negra. Le había enseñado Pablo, estaba encantada con la ensalada. Nunca le había gustado el tomate y le encantaba el arroz. ¿Por qué no llamaba ya? o mejor, podía venir y hacían otra ensalada juntos y se la comían juntos y se acariciaban. Mientras masticaba, sentada en un taburete, junto a la lavadora, miraba los azulejos de la pared. Revisó uno por uno todos los que había entre el mueble blanco que hacía chaflán y la caldera del calentador: había manchas de grasa. Pequeños puntos naranjas sobre el blanco de los azulejos. A ver cuando se ponía a limpiar. Seguro que si preguntaba a Bibiana qué le parecía la casa, cómo le encontraba de limpia o de sucia, Bibiana le respondería que estaba loca, que la casa estaba niquelada. Diría: Lucía, tía, estás fatal. Para su madre, en cambio, la cocina estaría muy sucia y el resto de la casa bueno… pero Luci, hija, si es ponerte un ratito al día. Veinte minutos. Los veinte minutos de la parada del autobús! Estaba rendida. Dejó el plato en la pila, abrió el grifo y colgó el trapo . Apagó la luz, salió de la cocina. Pablo no llamaba.

Por María Sarmiento

 
Algunos días no me apetece nada recordar...
... y otros días me muero por tener una hora sólo para tumbarme y jugar a recordar cosas, a ver cuántos detalles recupero de la imagen de tal día o de tal otro. Y el juego, que visto así parece muy simple y hasta aburrido, me hace falta. Porque si no, esa vocecita que se parece tanto a la mía me llama la atención, y me dice a modo de reprimenda que hay que ver, que si no recuerdo ya ni tu voz, ni tu pelo, ni la forma esa tan peculiar que tenías de...Mira, ahora no me sale nada. Seguro que es porque tenías una manera peculiar de hacerlo todo. Y la vocecita me dice que no, que eso es que no te prestaba suficiente atención. No sé si es verdad. Lo unico que sé es que ahora el jueguecito de recordar me hace mucha falta, porque si consigo recordar unos cuantos detalles de ti, la voz me deja tranquila un rato, y puedo dormir.
Hoy he estado recordando y me he acordado de cuando estabas malita. Me da mucha rabia acordarme precisamente de eso. Con la de años que estuvimos juntas, y ahora cada vez que intento acordarme de ti te me apareces en el sofá, sentadita, tapada con la manta y con el perrete al lado, que cuando lo recogí dijiste que no lo querías en casa y el muy listo se pegó a ti enseguida y te ablandó en menos que canta un gallo. Y yo que puse el perro a mi nombre y resulta que era tuyo. Cuando te fuiste y se cansó de buscarte vino a mí, tomándome como dueña de repuesto un tiempo, pero ya nunca fue de nadie a partir de entonces. Era de todos, y el cariño que te daba lo repartía a partes iguales. Si acaso un poquito más a mí, que le sacaba más a menudo. Cuando él también se fue, empecé a imaginaros a los dos juntitos entre las nubes. Es curioso, no consigo deshacerme de la idea de que me miras desde alguna parte. Por más que intente convencerme a mí misma de que lo de ir al cielo no es más que una convención cristiana que tengo anclada en mi subconsciente, creo que no lo conseguiré nunca. Siempre te imaginaré entre nubes, mirándome.
Pues quería decirte (si consigo salir de mis divagaciones) que hoy con el jueguecito he recordado muchos detalles, y me siento orgullosa de ello, a pesar de que casi ningún detalle sea referente a ti. Me he acordado, por ejemplo, de que el día que papá me dijo que estabas mala, yo estaba en mi habitación con David. Era el primer día de Selectividad, y yo estaba (como siempre) tan preocupada por las notas. Al día siguiente no me importaban nada (bueno, algo sí, porque quería que estuvieras orgullosa de mí). Y me he acordado de que papá hablaba bajo, para que no le oyeras. Y recuerdo que estaba planchando porque por aquel entonces ya empezaba a echarme a cuestas algunas tareas de la casa. Así que cuando pienso en la noticia me veo a mí misma sentada en la cama, mirando fijamente la tabla de planchar, la silla vieja con la ropa, la pared con las medallas y los sombreros de paja. Ese día ya tiene sus detalles en mi memoria: esa habitación, esa pared, el verde de mi cama.
Te gustaría mi nueva habitación. Tengo el póster de los Beatles al lado de la cama, porque ya no tengo ese trozo de pared al lado de la puerta que hacía el armario empotrado, y esa bata tuya tan larga está colgada de un percherito de Ikea...
Pero para qué te voy a contar, si lo ves.

Por Perséfone
 
Hurgando
Como una niña maravillada
entierro mis dedos
en el inestable suelo
de mis recuerdos. Es tierra
blanda, mezcla de resaca
y restos de lo que pasa
cada día. Atenta voy hurgando
entre lombrices que audaces
se retuercen entre mis dedos.
Dejan su señal de renovación
y decadencia. Allí están las ínfimas
astillas que fueron marcando
mi cuerpo: rodillas, piernas,
manos. No hay casi lugar donde
no haya anidado infección, germen
de fiebre, pañuelitos frescos en la frente.
Siestas sofocantes donde todo podía
pasar, quebrar las líneas invisibles
de lo permitido y de lo prohibido.
En este suelo, fértil, alcanzo a ver
lo que hasta ahora había quedado
separado de mis palabras. No podía
unir lo más remoto, esos gestos
que me hicieron heroína
de mi propia historia. Acaso ahora
pueda decirme entera, sin extravíos.
Hacer brillar las plantas de un patio
trasero, y a la vez pensar que cerca
de allí la muerte sucedía.
Eran gritos de alarma; sirenas que
despertaban a la niñita de noche o
voces frente al hospital dejando
sus pintadas montoneras.
Cualquiera llevaba armas. Cualquiera
amenazaba al padre que pedía silencio.
Yo observé una noche cómo lo apuntaban.
Sólo quería poder descansar
y que su hijita no llorara de miedo.

Por Gabriela De Cicco
Del libro inédito "Literatura argentina"
Su blog / Su página web

 
Jazz
También descubrí que me gustaba el jazz, pero eso fue ya en verano. Me levanté una mañana de golpe y pensé: “me gusta el jazz”. Creo que tuvo algo que ver con Beatriz, porque la noche anterior había estado leyendo una de sus cartas “apuntes del natural” —como las llama ella— en la que me hablaba de un trenecito que recorría las calles de Vitoria con una banda de músicos de Nueva Orleáns a bordo.
Así que de todos los cambios, a pesar de mi anterior y profundo odio al jazz —una música que no entendía y que me estresaba, sufrida año tras año en el festival que se organizaba en mi ciudad—, aquél parecía el más lógico.
Mucho más raro fue, por ejemplo, cuando me compré sin pensarlo una camiseta amarilla. ¡Pero si yo detestaba el amarillo!, de niña tiraba a la papelera todas las pinturas de ese color y escondía en el fondo del armario la ropa con tonos amarillos que mi madre tenía la brillante idea de comprarme. Así que allí estaba yo, en las rebajas (¡yo en las rebajas!) en un gran centro comercial probándome una camiseta sin mangas amarilla. Jamás había ido a las rebajas; los centros comerciales me marean y me hacen perder la noción incluso de quién soy. Cuando fui con Paolo a Ikea para comprar una cama, logré sacarle de los nervios, y eso que Paolo es el hombre más tranquilo del universo. No era capaz de entender que una persona normal, supuestamente inteligente, no fuera capaz de relacionar los números que aparecen en esos papeles que cuelgan de los objetos en las tiendas con su precio. Tampoco entendía que una cama de 1,40 me llevara al recuerdo de una cama de 1,20 (una medida igualmente poco habitual) que teníamos en la casa del pueblo y para la que mi madre nunca encontraba sábanas. Intenté explicárselo, pero creo que después de mi incompetencia a la hora de leer etiquetas, ese flash-back hacia los veranos de mi infancia era demasiado para su presente. El caso es que la camiseta amarilla me sentaba tremendamente bien, no había ninguna duda (¡yo pensado así delante de un espejo!).
Después de la camiseta amarilla, llegaron unos pantalones finos blancos, una falda roja, otra beige y mi primer par de sandalias. Había aparcado definitivamente mis tradicionales vaqueros y mis botas de monte. Me apunté a bailes de salón en un segundo intento bajo la sorpresa de todos los que me conocían. El primer intento había sido muy desafortunado. Llegué al centro cívico realmente emocionada con la idea. Era un momento en el que no había nadie, sólo los dos chicos que apuntaban a los participantes en los cursos. Dije: “Quiero apuntarme a bailes de salón”; me preguntaron: “¿Tienes pareja?”; y yo: “No…”; “entonces no puede ser, necesitas pareja para apuntarte”. De repente me di cuenta de que había una cola de gente detrás de mí y todos empezaron a ofrecer su amable opinión: “Pobre, ¿no tienes pareja?” me decía uno; “¿un novio?”, “¿ni un hermano, o un primo, o un tío… que te pueda acompañar a las clases…?”, inquiría otro. No, no tenía a nadie, ni hermano, ni abuelo, ni sobrino, ni nada… ¿es que no se daban cuenta de que yo era una recién llegada? Y además, ¿qué tenían ellos que opinar sobre mi vida? No, no tenía pareja, y además vivía feliz sin ella hasta ese mismo momento. “Apúntala sola, igual hay alguno que viene solo también y los podéis juntar”, oí que decían más allá. Eso hicieron, pero no me llamaron, no debía de haber ningún otro solo cerca. Salí cabizbaja, odiando un mundo hecho para ser vivido en pareja.
En mi segundo intento llegué bien orgullosa al centro. “!Ya tengo pareja!, y además, ¡un italiano!”, me faltó proclamar a la hora de apuntarme. Mi vecino Paolo, que observaba atento todos mis cambios, tratando de averiguar el porqué de ellos, había accedido divertido a ser mi pareja para las clases de bailes de salón. Cuando di la dirección, especifiqué que cada uno vivía en una puerta diferente, yo en el ático 2, y él en el ático 3, pero alguien de la oficina debió de pensar, al pasar los datos a limpio, que si éramos pareja de baile y teníamos la misma dirección, debía de haber algún error en ese 2 y ese 3, y que evidentemente éramos pareja fuera de las clases y además vivíamos juntos. Así, según la Sagrada Familia, Paolo y yo pasamos a ser oficialmente pareja de hecho: ahora recibo la correspondencia de este centro cívico en la casa de mi vecino.
Tras los bailes de salón, la revolución llegó a la cocina. Me enamoré de un juego de tazas de té (nunca me ha gustado el café) y esa misma tarde lo tenía en una esquina de la encimera. De la noche a la mañana me compré un delantal, cuatro sartenes, un cazo, una vajilla de 36 piezas y una cubertería de 24. Incluso comencé a coleccionar puntos de compra de un supermercado con los que conseguí el cazo y dos de las sartenes a mitad de precio. ¡Yo, que siempre me había reído de mi madre cuando guardaba estos puntos como tesoros! Una vez había una promoción en el Eroski que mi madre seguía con verdadera pasión. Cada día me contaba lo que había comprado y cómo había conseguido más puntos, por ejemplo, quedándose con los de la señora que estaba delante de ella en la caja, que no los había querido. Por eso fue tan sorprendente que cuando mi amigo Dani vino a casa, después de lo que para mí fue más de una hora de aburridísima conversación sobre las propiedades de las sartenes de San Ignacio (que por lo visto eran las que utilizaba Argiñano en aquella época) mi madre le regalara 4 estampillas, porque como me confesó más tarde, “este chico es muy majo, pero no sabe cómo conseguir los puntos”. Y cuatro años después estaba yo siguiendo una colección de puntos porque las sartenes, precisamente, eran de San Ignacio.
Paolo, que como ya he dicho, seguía muy de cerca mi repentina evolución, me miraba intrigado mientras le enseñaba la jabonera y el soporte para los cepillos de dientes que habían sido mi última adquisición para el baño. “¿Seguro que no tienes nada que contarme?”, me decía riéndose. Nada. Nada de nada. Los cambios tenían más que ver con la nueva estantería para mis libros, que con mi recién estrenada cama grande. Siempre pensé que el día que tuviera el María Moliner, sería rica, porque de no ser así, no me gastaría tanto dinero en un diccionario. Mi madre lo encontró en una librería con una pequeña tara en una portada, por lo que consiguió que se lo vendieran más barato, de tal forma que ella me regaló un tomo, y yo compré el otro. No era rica, pero tenía el María Moliner, que se convirtió en un símbolo del lugar donde establecerme. Son dos tomos pesados que no se pueden cargar en mudanzas temporales. Hasta que no encontrara un sitio en el que asentarme, el diccionario no se movería de la ciudad de siempre. Cuatro años y cinco ciudades después, compré una estantería en Barcelona y acomodé en mi casa a la señora María Moliner.
Siempre me negué a comprar libros en grandes superficies. Sin embargo, con el mismo estupor con el que descubrí que me gustaba el amarillo, y la misma naturalidad con la que asumí una mañana de verano el jazz, me vi a mí misma comprando una sartén y dos libros de poesía en un hipermercado. Me llamaban con igual fuerza el teflón antiadherente y las palabras de Anna Becciu.
Acabo de descubrir que me gusta el café. Solo y con mucho azúcar.
Por N.S.R.
 
Fragmento del capitulo dos.
Día veintidós de enero de mil novecientos noventa y nueve

Cerró la puerta con llave y bajó las escaleras deprisa, de una en una, como hacía siempre, abrochándose la cremallera del bolsillo de su forro polar. Abrió con fuerza la puerta del portal y justo al pisar la acera de la calle vio que algo oscuro se le venía encima por la derecha. No pudo evitar el bultazo y el bulto no hizo nada por evitarla a ella. Dio un paso atrás y se quitó de en medio para que un hombre con una gran bolsa de plástico sostenida en la mano izquierda pudiera pasar por la estrecha acera. Se quedó parada unos segundos viendo como el tipo seguía su camino. Iba con la mano alzada, a la altura de la frente, de tal manera que la bolsa (de bolsas) avanzaba delante de su cuerpo y no ocupaba espacio a derecha ni a izquierda. Sólo así podía caminar y evitar rozar las paredes de las fachadas impares de la calle Juanelo por un lado y los golpes de los coches que avanzaban por la derecha, a milímetros, por el otro. Y claro, no molestaba a los coches por la derecha ni daba con la bolsa contra la pared por la izquierda pero no veía lo que tenía delante. Lucía maldijo en voz baja porque no le pidió disculpas. Se pasó la tira de la mochila por el brazo derecho, dio un saltito y anduvo hasta la Plaza de Tirso de Molina. A esa hora de la mañana abrían los comercios y las calles ya estaban llenas de gente, algunos se habían acercado a las tiendas de ropa al por mayor que inundaban el barrio y buscaban prendas que comprar para luego vender. Otros, ancianos, bajaban a hacer la compra con las doscientas o doscientas cincuenta pesetas de pensión que podían gastar al día y la mayoría se desplazaba en dirección al metro o salía de él. Lucía también se dirigió al metro y antes de bajar compró El Mundo independientemente de lo de las pensiones de los ancianos e independientemente del mismo periódico. Los Miserables, volumen II, siempre había querido leerlo. Lo sopesó lo giró y bajó la escalera leyendo la reseña de Juana Salabert. Se pondría sin falta este verano. En invierno Lucía hacía lecturas más breves sólo por no llevar demasiado peso en sus desplazamientos diarios, le gustaba caminar sin nada, llevar cualquier peso la irritaba. Los fines de semana salía con un pequeño bolso cruzado con las llaves, el monedero y el abono transporte. Cuando iba a la Universidad, cargada de apuntes y de libros, el peso podía convertirse en una obsesión. Al caminar no podía pensar en otra cosa que no fuera la carga, a veces ni si quiera veía a su alrededor, examinaba
mentalmente cada milímetro de su espalda y señalaba el punto o los puntos de dolor. Calculaba: más de cuarto de kilo de Teoría de la Literatura, ciento cincuenta gramos de lentejas contando el tuper, veinte gramos de naranja y la carpeta. A la espalda durante todo el día, qué barbaridad. Cada cierto tiempo echaba para atrás los hombros que se le venían hacia delante y erguía la cabeza, por las cervicales. Cuando hablaba de esto con Bibiana, Bibiana se reía
y no decía ni que sí ni que no. Eso era lo que le hacía sospechar que debía ser más grave de lo que ella pensaba, tenía que hablarlo con Nuria ¿cómo podía ser que últimamente, mientras iba sola, casi todo su pensamiento estuviera dedicado al dolor de espalda?.
Víctor Hugo pesaba como una cosa mala en Sol así que no quería ni imaginarse cuando saliera del intercambiador de Moncloa o cuando estuviera esperando en la parada del ciento treinta y tres, tenía que haberlo recogido el sábado, llevar todas esas cosas en la espalda no podía ser bueno para nadie. Mejor sacarlo y llevarlo en la mano.
Bajó en la antigua carretera de La Coruña, en la parada más cercana al edificio B y el autobús siguió su camino hacia el barrio de Mirasierra. Se encaminó hacia la puerta principal y entró. Ya no le dolía la espalda porque llegaba y el volumen de los Miserables, al fin y al cabo, quedaba bien. Lucía y sus amigas preferían decir que habían quedado o que tenían clase en el B a decir que habían quedado o que tenían clase en la Facultad de Geografía e Historia o en la Facultad de Fillología B. Era más corto. Decir “mañana quedamos a las nueve en el B” era más corto que decir “mañana quedamos a las nueve en la Facultad de Filología, edificio B”. El B, o edificio de Filología B, era para los alumnos de Geografía e Historia su facultad y para los alumnos de Filología o de Lingüística parte de su desperdigada facultad. Así como el A era, además de edificio A de Filología, Facultad de Filosofía y el C albergaba, además de la Facultad de Filología C, la Escuela Universitaria de Estadística y hasta hace tres años también la de Biblioteconomía y Documentación.
La Facultad de Filología de la Universidad Complutense estaba formada, como digo, por numerosas aulas repartidas en tres edificios, el edificio A, el edificio B y el edificio C. Cada uno de ellos distaba respecto del otro unos diez minutos andando, escalera de ochenta y dos peldaños incluida en el caso de desplazamiento del A al B o viceversa, con lo que el primero estaba a veinte minutos del tercero. Eso a paso ligero. Y los futuros filólogos se pasaban el día corriendo de un lado para otro. Parecerá broma pero esto era un aspecto importante para cualquier alumno a la hora de hacer la matrícula para estudiar una Filología o Lingüística. Debía confeccionar el horario y elegir sus asignaturas teniendo en cuenta el tiempo necesario para desplazarse de una clase a otra lo que era necesario hacer mínimo cinco o seis veces al día para terminar la carrera en cinco años. La mayoría de las veces llegar de un aula a otra exigía ir de un edificio a otro. Si alguien quería asistir a Lengua Española II que se daba en el edificio B los martes a las diez de la mañana y de nueve a diez había tenido Semántica en el C, pues bueno, llegaba sudado y cinco minutos tarde pero llegaba. Pero si después de Semántica, asignatura obligatoria que sólo se impartía los martes y los jueves de nueve a diez en el C, le hubiera gustado estudiar Historia de la Lengua que se impartía los jueves de diez a once en el edificio A pues, la verdad, le dejaba de gustar y no se matriculaba. Lo mejor de la omnipresencia de los filólogos en esta parte del campus era que impepinablemente se relacionaban con
estudiantes de otras carreras en los pasillos y en las cafeterías. Cada edificio tenía una. Ellos por supuesto usaban las tres.
Por María Sarmiento

María Sarmiento ha sido la primera y la que inaugura El Club de la Memoria con este precioso texto. ¡Muchísimas gracias, María!
 
El Club de la Memoria
¿Qué es El Club de la Memoria?
El Club de la Memoria es una bitácora basada en el Memoir Club, fundado en 1920 por Molly MacCarthy. Éste consistía en un círculo de intelectuales (la mayoría del grupo de Bloomsbury) que se reunía para escribir retazos de su vida. Posteriormente los leían y comentaban.
Entre las personas que dirigieron el Memoir Club se encuentran la propia Mary MacCarthy, Vanessa Bell (pintora y hermana de Virginia Woolf), Quentin Bell (hijo de Vanessa y escritor de la más importante biografía de la Woolf) y Frances Partridge.
Entre las personas que leyeron en el Memoir Club está Virginia Woolf. De hecho su único libro puramente autobiográfico, Momentos de vida (Moments of Being) surgió de sus escritos en él.
El Memoir Club estuvo reuniéndose hasta los años 60.
El Club de la Memoria pretende ser una versión "vía Internet" del Memoir Club. Todo el mundo puede participar enviando sus escritos autobiográficos a sally_seton@mixmail.com
Espero poder contar con vuestros recuerdos.

¿Cuáles son los requisitos para escribir en El Club de la Memoria?
1. El más importante: que los textos sean autobiográficos. Obviamente, yo no puedo comprobar si las cosas os han sucedido de verdad, pero la "gracia" de esta bitácora es que es un experimento para ver cómo transformamos nuestros recuerdos a la hora de plasmarlos en una pantalla. También es bonito ver cómo vivimos las cosas en su momento, cómo reflexionamos sobre ellas. Vuestros textos pueden abarcar un momento importante de vuestra vida (de ayer, de hace mucho...) o grandes períodos, eso queda a gusto de cada cual.
2. El Club de la Memoria no publicará textos sexistas, racistas, clasistas ni ofensivos de ningún tipo.
3. No plagiar. El Club de la Memoria no se hace responsable de los plagios realizados por quienes colaboren en esta bitácora, no obstante, os pido por favor que no os atribuyáis nada que no sea vuestro, y que siempre que citéis, nombréis la fuente.
4. Enviar vuestro texto en formato Microsoft Word o en un e-mail a sally_seton@mixmail.com Acompañarlo de:
-Nombre con el que queréis publicar (puede ser un pseudónimo).
-Dirección de correo electrónico. Si tenéis página web y queréis que figure, podéis adjuntarla también. No se anunciará ninguna página web que tenga los contenidos mencionados en el punto 2.
5. Los textos han de estar en castellano.

¿Y si no se me da bien escribir?
Si has sentido inquietud por escribir, si algo te ha vibrado cuando has descubierto esta bitácora, es que tienes algo que contar al mundo, y seguro que lo haces bien. Prueba. El Club de la Memoria revisara en la medida que le sea posible vuestros textos, pero sólo corregirá faltas ortográficas a no ser que estén en el texto a propósito.

¿Cómo me entero de que mi texto ha sido recibido?
Si me envías un texto, te escribiré lo antes posible para decirte cuándo va a ser publicado, y si no va a ser publicado, para explicarte los motivos.

¿Qué papel tienen las lectoras y los lectores de esta bitácora?
Un papel muy importante, pues es el de comentar los textos que se vayan publicando (pinchando sobre "comentarios", debajo de cada texto), como si de un taller literario se tratase. El Club de la Memoria pretende ser también un foro acerca de la autobiografía y nuestras reflexiones sobre ella, así como un lugar donde recomendarnos libros autobiográficos o acerca de la autobiografía.

¿Se pueden enviar poesías?
Sí, mientras estas tengan esencia autobiográfica.

¿Hay límite de textos que puedan enviar las personas que colaboren?
No, puedes enviar tantos textos como quieras. Sin embargo, hay límite en la extensión de cada texto: un máximo de dos páginas en Microsoft Word, con una letra de tamaño 12. Si tus textos son largos, puedes enviarlos por capítulos. No hay un mínimo de extensión establecido.

¿Se pueden enviar ensayos?
Mientras sean del tamaño mencionado en la pregunta anterior, sí. Ahora bien, éstos deben tratar sobre alguna autobiografía que hayáis leído y que deseéis comentar (mencionando siempre título, autor/a y editorial) o acerca de la autobiografía y sus vericuetos.

Espero, de verdad, de corazón, poder contar con vuestros recuerdos.